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La línea recta

LucasLucas Pedro Abad s.XII
editado marzo 2010 en Narrativa
La línea recta



Carlos pensaba en los silencios. Silencios como piedras en la pared de la habitación, silencios como escupidas en el rostro. El sillón lo sostenía como a un borracho: las manos cayendo hacia los lados de los apoya brazos, las piernas estiradas sobre la alfombra, la cabeza hacia atrás e inclinada hacia un costado. No. Carlos no pensaba en los silencios, ni los imaginaba: los oía, reales, llegando desde la habitación superior de la casa, bajando las escaleras. Silencios de murmullos entrecortados, de mordidas, de placer. Levantó una mano, y una gota de whísky le corrió por la manga de la camisa. Recordó que debía mantener la horizontalidad del vaso. Bebió y tragó más allá del nudo en la garganta. Su mirada no pretendía un enfoque certero, y cerraba los ojos largamente hasta volver a ver el living dibujado sobre el rosa de sus párpados. Recordó que una vez tuvo una pesadilla: estaba en la oficina abstraído en unos presupuestos que debía entregar, y de reojo veía que alguien estaba parado a su lado. Él no podía dejar de mirar los papeles. Hasta que en un momento levantó la vista y allí estaba Carmen, la secretaria, vertical, con sus enormes ojos abiertos, y muerta. Más allá, de espaldas, había un muchacho recogiendo unos sobres que estaban sobre el mostrador. Carlos quiso gritar en el momento que el joven comenzaba a morirse, porque sin siquiera sospecharlo el tonto estaba en el camino de la muerte, en la línea recta e imperturbable que seguía la muerte aquella tarde. Quiso gritar y no pudo hasta que despertó con el grito vivo en la habitación. Desde entonces Carlos creía que la muerte seguía una línea recta, y que morirse era cuestión de estar dos centímetros más allá.
Ahora habría los ojos de vez en cuando y volvía a paladear el whisky, y giraba la cabeza estúpidamente para luego sonreír y sospechar que no tendría tanta suerte aquella tarde, que no tendría él la suerte de estar en el camino de la muerte en ese momento. Una sola campanada marcó las diecisiete. Pensó en que el tiempo suele ser enemigo de los hombres, que el tiempo es ese cartel imbécil sin flechas ni destino. Haber salido antes de la oficina fue su tiempo y su desgracia, y fue también la causante que lo obligaba ahora a escuchar silencios que bajaban por las escaleras. Ahora un quejido, ahora otra mordida. Carlos oía esos silencios y el suyo, y murmuraba entre dientes, maldecía y buscaba el camino. Imaginaba a la muerte entrando por la ventana, pasando por encima de la mesa, de las sillas, del gato ahora vivo, ahora muerto. La imaginaba subiendo la escalera, palpando la baranda, tiñendo de neblina el pasamanos de madera. Olvidó el vaso sobre la alfombra. Entrelazó los dedos y apoyó las palmas de las manos sobre la cabeza. Logró divisar a través de la ventana un grupo de gorriones alborotados, y reflexionó que esa imagen era su pasaporte a la realidad como así también lo sería, un segundo más tarde, el revólver en su mano. Y en esa realidad siguió escuchando silencios bajando escalones, y siguió recordando pesadillas, y cayó en la cuenta de que la puerta de la habitación estaba en el camino correcto, subiendo escaleras, ni dos centímetros más allá.


L.P.

Comentarios

  • Chus-AChus-A Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado marzo 2010
    Hola de nuevo, Lucas...

    Un texto interesante. Bien construido. Buen esqueleto en dos tiempos. Resulta inquietante y rica a la lectura la asbtraccción de la idea de la muerte. Es muy sugerente. Ese estar al azar en el lugar físico exacto por donde ella pasa propone una primera parte del texto muy interesante.

    Lo que me parece es que el desenlace queda a mi gusto un pelín indeciso y no se acaba de entender si la muerte llega por el libre albedrío del protagonista (revolver mediante) o por ese estar en el lugar exacto o por la relación de ambas cosas. No logré entenderlo.
    De cualquier modo he disfrutado la lectura.

    Un cordial saludo.
  • LucasLucas Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2010
    Hola Gonzalo:
    Muchas gracias por tu crítica. Seguro que tenés razón, y ahora que lo decís, me doy cuenta de que en realidad no queda claro si el protagonista intenta forzar el camino de la muerte o si por "casualidad" la muerte se hace presente sobre el final del relato. Es uno de esos textos que no termino de corregir nunca y que ya casi me convence que su mejor lugar es el tacho de la basura. Muchas gracias de nuevo, a ver cómo le doy una mejor forma y lo salvo del abandono.
    Un abrazo.
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado marzo 2010
    Hola Lucas, tu texto no merece la papelera. Yo personalmente lo leí de un tirón, casi sin respirar.
    La idea que me he hecho es que la línea de la muerte está en la mente del protagonista, obsesionado y tal vez bastante obnubilado por el alcohol que le dificulta la distinción entre pesadilla y realidad. Y siempre en su mente reside el hecho de marcar la línea dos centímetros más allá o más acá. Es el protagonista el que decide pasar por esa línea (la pistola en la mano lo demuestra). Esto es lo que entendí.
  • Chus-AChus-A Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado marzo 2010
    Shaianti escribió : »
    Hola Lucas, tu texto no merece la papelera. Yo personalmente lo leí de un tirón, casi sin respirar.
    La idea que me he hecho es que la línea de la muerte está en la mente del protagonista, obsesionado y tal vez bastante obnubilado por el alcohol que le dificulta la distinción entre pesadilla y realidad. Y siempre en su mente reside el hecho de marcar la línea dos centímetros más allá o más acá. Es el protagonista el que decide pasar por esa línea (la pistola en la mano lo demuestra). Esto es lo que entendí.

    Hola Shai, Lucas,, de nuevo ...

    Completamente de acuerdo. De papelera nada, Lucas. El texto, a pesar el comentario que te hice me resulta muy sugerente. También valoré esa misma posibilidad que comenta Shaianti de que se traté de la concurrencia de ambas cosas (EL estado del protagonista y su revolver y su visión acerca de la muerte) y quizá así aun sea incluso más interesante.

    Además, insisto en lo bueno de la recreación de los ambientes tanto físicos como mentales que propone el relato.
    Yo ni lo tocaría el texto.

    Pd.- No me llamo Gonzalo. Me llamo Chus :)
  • LucasLucas Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2010
    Gracias por los comentarios, Shai y Chus.
    Disculpá la confusión Chus, pensé que tu nombre real era Gonzalo, pero luego vi que todos son Gonzalos, o qué se yo, mucho no entiendo de estas cosas.
    Un abrazo.
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