CAPITULO PRIMERO: RENACER
Ahora que me encuentro sentado en la más sucia y oscura esquina de la sucia y oscura taberna “Los 100 Rads”, un viejo complejo industrial reconvertido, con bidones oxidados que hacen las veces de sillas y ratas murmurando en las esquinas, alumbrado por una moribunda bombilla solitaria que cuelga oscilante de un cable, creo que ha llegado la hora de contar mi historia. No me ha resultado fácil hacerme con estas hojas sobre las que escribo y tuve que desprenderme de objetos valiosos a cambio de este estropeado bolígrafo que estoy usando, pero creo que mis futuros lectores me agradecerán que no haya permitido que estos hechos caigan en el olvido.
Han pasado ya 11 años desde mi llegada a la Zona, por aquel entonces, tras el Incidente, yo tenía tan solo 20 años de edad.
En el mundo exterior, ahora tan lejano para mí, apenas se hablaba de lo que ocurrió aquí, lo que ocurrió tras el terrible accidente de la central nuclear. Solo se sabía que se había establecido un amplio perímetro de seguridad y que no era seguro ni recomendable acercarse. Los padres disuadían a niños y jóvenes curiosos con terribles historias inventadas y las autoridades se encargaron con eficacia de acallar a todo tipo de alborotadores y agoreros. Poco a poco, la tragedia fue pasando a un segundo plano y la mayoría de la gente la extrajo de sus pensamientos.
Pero yo, como tantos otros que acabamos aquí dentro, no tuve unos padres que me disuadieran, unos amigos que me aconsejaran.
Tan solo recuerdo de aquellos días que no podía quitarme este sitio de la cabeza. Desde el mismo instante en el que me enteré de los pormenores del Incidente, supe que debía venir. Por alguna razón sabía que mi destino, fuese cual fuese, estaba aquí. Sentí “la llamada de la Zona”, como algunos pasarían a denominarla más tarde. Así que tomé la irrefutable decisión de abandonar cuanto antes el hediondo suburbio de Kiev en el que malvivía, trabajando de cuando en cuando como mensajero, montado siempre en mi vieja bicicleta y soñando con otro mundo, y acercarme tanto como pudiera a aquel lugar quimérico que aparecía cada noche en mis sueños. “Mi vida cobraría por fin sentido allí, tengo que dejarlo todo atrás”, me repetía a mí mismo a cada instante, y aquella inexplicable sensación me empujó a moverme más de lo que nada podría haberlo hecho antes.
Busqué y busqué durante meses, y al fin encontré a un grupo no muy numeroso de individuos que anunciaba por la red su intención de acceder al lugar. No dudé en contactar con ellos y, tras un mes de preparación, nos reunimos para realizar el viaje que cambiaría nuestras vidas para siempre. Pronto descubrí que eran una panda de tarados, pero estaban tan jodidamente desesperados por entrar en la Zona como yo.
Nos dirigimos al norte por carreteras secundarias, sorteando los controles militares, aunque nos fue imposible evitar que nos registraran el coche un par de veces. No llevábamos armas, aún no sabíamos cuánto las necesitaríamos, así que pagamos los sobornos pertinentes y los soldados no pusieron demasiadas pegas al dejarnos continuar. La desgana y apatía con que desempeñaban sus funciones me sorprendió y más aún la facilidad con que levantaron la barrera cuando vieron el fajo de billetes que mi compañero les ofrecía. No iba a quejarme, no obstante, pues aquello nos permitió continuar el viaje, que otrora hubiera terminado allí mismo, ante un militar recto y disciplinado.
Recuerdo que pensé que la situación era extraña: cinco hombres que apenas se conocían apretujados en un coche destartalado, escuchando música folk en un viejo radio-cassette Kenwood, de los que ya no se fabricaban, y dirigiéndonos a un lugar del que todo el mundo huía. Nadie hablaba. Según nos acercábamos, la emoción que todos experimentábamos era tal que el que tenía a mi lado no paraba de balancearse, presa de una especie de tic nervioso. Un tal Maxim, de Kharkov, me hubiera gustado aplastarle la cabeza contra la ventanilla para que se estuviera quieto.
Supe que nos acercábamos sin necesidad de mirar los carteles orientativos de la carretera, lo notaba en el aire, un olor extraño al que ahora ya me he acostumbrado, pero que entonces me causó un gran impacto. ¿Qué era aquello? ¿Radiación?, pensé. No, la radiactividad no puede olerse. Aun no sospechaba nada de lo que me esperaba allí dentro.
Ya no se veía a nadie a través de la ventanilla. Los pueblos, las granjas, las fábricas que pasaban velozmente tras el cristal se hallaban totalmente desiertos. Los habían evacuado hacía tiempo, tras el Incidente, o al menos lo habían intentado, ya que, pese a que los noticiarios rebajaron ostentosamente las cifras de muertos, era un secreto a voces que la dimensión de la tragedia humana en las regiones colindantes a la Zona había sido mayor de lo que nadie se atrevía a reconocer. La radiactividad, o “asesina silenciosa” como la llamaban algunos ucranianos, había barrido pueblos enteros, dejando a su paso cientos de muertos y terribles secuelas en los supervivientes. Si bien entonces, meses después, gracias a los fuertes vientos que soplaron tras la catástrofe y al inmenso caparazón de hormigón que se instaló en tiempo récord sobre la parte más radiactiva de los restos de la central nuclear, los niveles de radiación habían bajado considerablemente y se podía caminar con relativa seguridad por los aledaños de la Zona.
Alexandr, el co-piloto, llevaba extendido sobre las rodillas el mapa del perímetro que habíamos comprado a uno de los militares por 3000 grivnias. Un precio desorbitado en mi opinión, auque nos fue imprescindible para determinar el pasaje más seguro por el que acceder a la Zona. Alexandr hizo una seña al conductor para que se desviara a la derecha por un camino de tierra y enseguida llegamos a una pequeña granja abandonada de aspecto siniestro. El coche frenó. “Seguiremos a pie desde aquí”, anunció Vasyl, el conductor, tras una breve conversación con Alexandr. Aparcó el coche entre unos arbustos, con la intención de esconderlo, y todos nos apeamos.
Recuerdo perfectamente la sensación que experimenté al abandonar el coche, cuando el motor se hubo detenido. El silencio me abofeteó en la cara dejándome aturdido durante unos segundos. La atmósfera, lúgubre hasta límites que mi cerebro tardaría en asimilar, nos oprimió hasta casi estrangularnos. Aquel lugar estaba maldito, y eso me encantaba.
Según el plano, aún estábamos a un par de kilómetros del perímetro marcado en rojo que ponía límites a la Zona sobre el papel. Muchos habrían deseado que bastara con dibujar un círculo rojo sobre un trozo de papel para circunscribir algo tan poderoso y dañino como era la Zona. Yo no era uno de ellos.
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Anduvimos sin pausa durante una media hora, cruzando la explanada, hasta que, en medio de la baldía extensión, nos encontramos con dos coches aparcados. Estaban vacíos y todas sus puertas se hallaban abiertas. Junto a ellos había multitud de huellas de pisadas marcadas en la arena y la hierba. Todas iban en la misma dirección.
Registramos los vehículos concienzudamente en busca de cualquier cosa útil. No hubo suerte, así que nos pusimos de nuevo en marcha, siguiendo el rastro.
No anduvimos mucho. A los pocos minutos, tras un leve desnivel, una sólida alambrada de unos tres metros de altura apareció cortándonos el paso. La cerca se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Simétricamente distanciados unos de otros, se podían leer, pegados a la gran barrera, diferentes paneles disuasorios en varios idiomas. Algunos simplemente mostraban un gran símbolo rojo de la radiactividad, otros hablaban de peligro de muerte más allá del perímetro de seguridad que delimitaba el cercado. No creí que ningún cartel pudiera disuadir a nadie que hubiera llegado hasta allí. En efecto, un poco más a la derecha de donde nos encontrábamos, una porción de la alambrada había sido cortada sin cuidado con unas cizallas, seguramente por los ocupantes de los coches, cuyo rastro habíamos seguido hasta allí.
El repentino brote de rabia que me atenazó al comprobar que no éramos los primeros visitantes no deseados que profanaban la zona no consiguió desplazar la emoción que me embargaba. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando Máxim se acercó temblando a la apertura. Recuerdo que Vasyl se agachó junto a él y lo apartó de un empellón, quería ser el primero en entrar y Máxim, acobardado, no se atrevió a contrariarle. No obstante, Vasyl permaneció unos segundos junto al orificio, oteando la lejanía, antes de tomar aire y deslizar su robusto cuerpo a través de la alambrada.
Yo fui el último en pasar, me reuní con mis compañeros al otro lado de la valla. Los cinco nos quedamos parados durante un buen rato, inmóviles, como aturdidos. Nadie hablaba, era momento para la introspección, para mirar hacia dentro de nosotros, para experimentar aquello en solitario. No sé lo que sintieron o pensaron ellos, pero recuerdo perfectamente lo que sentí y pensé yo.
No sabía muy bien qué era lo que esperaba al cruzar la alambrada, quizá una especie de catarsis sobrenatural que, de alguna manera, llenara el vacío que habitaba en mi interior desde que era un crío. Aquello no sucedió, y en el fondo, no me sorprendía: sabía que el mero hecho de traspasar un umbral no podía cambiarme por dentro. El vacío permaneció ahí pues, lo cual hizo que fuera aún más sorprendente la vasta sensación de bienestar que me asaltó de repente. Fue una felicidad primaria que jamás había experimentado en el mundo exterior. De pronto me sentía perfectamente integrado por el entorno que me rodeaba, era como si por fin mi ser extraño y rechazado por el mundo real, encajara a la perfección en aquel lugar fantástico e irreal; como si el lúgubre ambiente que transpiraba la Zona acogiera gustoso mi alma lúgubre como parte de él. Y, por un momento, la monótona extensión de matorrales grises y sombríos que se extendía frente a mí me pareció el lugar más acogedor en el que había estado, y el cielo plomizo que se cernía sobre nuestras cabezas me pareció el más hermoso que jamás había visto. Me di cuenta entonces, durante este momento glorioso, de que estaba en el lugar en el que debía estar en ese preciso momento, en el punto de partida de mi nuevo camino; de que mis 20 primeros años de vida habían sido una antecámara preparatoria, un duro trámite por el que debía pasar antes de empezar mi verdadera existencia tras aquella alambrada.
Pero el revelador momento terminó, y el vacío volvió a caer sobre mí como una pesada losa, más insoportable que nunca. No obstante, lo afronté sin miedo alguno, como nunca antes lo había hecho. Por primera vez me asomé sin vértigo al profundo abismo que se abría en mi alma, y supe que podría llenarlo, que la Zona me ayudaría a llenarlo.
Di un paso adelante, estaba preparado para ver lo que la Zona tenía que enseñarme, para vivir las experiencias que aquel lugar me ofrecía; o al menos eso pensé entonces. Muchos años más tarde me daría cuenta de que todo, hasta el más insondable de los abismos, tiene límites, y cualquier recipiente que se llena por encima de su capacidad tiende a desbordarse con fatales consecuencias.
Fui el primero en reanudar la marcha, ansioso por ver más, sorteando los matorrales. Las ramas secas y muertas se quebraban a mi paso y aquel era el único sonido que osaba sobreponerse al intimidatorio silencio que reinaba despóticamente. Mis compañeros me siguieron enseguida, aunque no me hubiera importado dejarlos atrás; no me agradaba la idea de tener que recorrer aquel camino que me aguardaba, mi camino, acompañado y seguramente incordiado por aquellos individuos.
Pronto los matorrales secos fueron dando paso a pequeños árboles, también mustios y de aspecto moribundo, con las hojas grisáceas, carentes de brillo alguno, hasta que nos adentramos en un bosque bastante espeso, de aspecto inquietante.
El hedor, aquella pestilencia repulsiva pero sugerente al mismo tiempo que había percibido ya desde el coche, había ido aumentando en intensidad según avanzábamos por entre los arbustos, y al penetrar en la arboleda se había vuelto insoportable. Tan irrespirable era aquella espesa esencia que flotaba estancada entre los árboles, mecida por una brisa apenas perceptible, que algunos de mis compañeros sacaron pañuelos para taparse la nariz; incluso me pareció ver como Máxim contenía una arcada a duras penas. No lo entendía, acaso ellos no gozaban de aquella fragancia tan asquerosamente deliciosa. Cerré los ojos y olfateé el aire varias veces dejando que me embriagara. De pronto una curiosidad insana me atenazó por dentro. Qué demonios podía emanar aquella pestilencia, tan nueva y desconocida para mí. Sin perder un segundo eché a correr por entre los árboles, guiado por mi olfato, en busca de la fuente del penetrante efluvio. Enseguida llegué a un claro sumido en la penumbra.
Había un hombre tumbado boca arriba en el suelo. Estaba muerto. Nunca antes había visto un cadáver y un breve hormigueo me recorrió todo el cuerpo. Cuando llegaron mis compañeros, que me habían seguido, yo aún estaba inmóvil, observando el cuerpo. Ellos también se pararon a examinarlo con un interés enfermizo. El hombre, de unos 30 años, llevaba chaqueta y pantalones de camuflaje, aunque no parecía un militar, sobre todo por la deslucida melena que le tapaba media cara. Tampoco llevaba ningún distintivo que lo acreditara como tal, así que llegamos a la conclusión de que probablemente se trataba de un intruso en la Zona, seguramente uno de los que viajaban en los coches que habíamos visto antes. Había recibido tres balazos: en el muslo, en el costado y otro en la mitad del pecho, disparados, supusimos, por los militares que vigilaban el perímetro.
Alexandr registró con frialdad al desgraciado y se guardó algunas de sus pertenencias: munición, provisiones de comida enlatada y algunas vendas que encontró en su mochila, y una Glock 17 austriaca de 9 milímetros que llevaba en el cinturón.
-Quizá la necesitemos más adelante- dijo, y nos miró desafiante, quizá esperando que alguno de nosotros pusiera en duda si debía ser él quien portara el único arma del grupo. Si alguien lo hizo, no se atrevió a expresarlo en voz alta, así que Alexandr se puso en pie y continuamos caminando, ahora con más precaución.
A cada paso, los indicios eran más evidentes: no hacía mucho que allí se había producido un tiroteo. Había casquillos en el suelo, por todas partes, agujeros de bala en los árboles, y no tardamos en encontrar otros dos cadáveres. Al parecer, los militares de la Zona no se andaban con tonterías a la hora de tratar con los intrusos.
Decidimos dispersarnos para cubrir el área de la reyerta e inspeccionar todos los cuerpos en busca de armas y otras posibles pertenencias de valor. Yo caminé hacia el Este y no tardé en toparme con el cuerpo sin vida de otro tipo que había caído junto a un gran sauce. Este tampoco era miliar, había recibido cuatro tiros en la espalda y yacía boca abajo, así que le di la vuelta para verle la cara. Su rostro, contraído para siempre en una horrible mueca y manchado de barro es otra de las cosas que vi ese día que tardaría en olvidar; debía de haber tardado bastante en morir. Cuando el desasosiego que me produjo mirarle se me hubo pasado, hurgué en los bolsillos de la cazadora vaquera que llevaba el desconocido, haciéndome con una cajetilla de Marlboros, un mechero, una petaca de vodka y una navaja suiza. En su mochila hallé munición del 45 ACP, comida y la cartera del individuo, que examiné detenidamente. De origen ruso, tenía 34 años y se llamaba Andrey Kozlov, según su pasaporte, también encontré una foto de su novia o esposa y unas 10.000 grivnias. Andrey llevaba además una pistola en la mano, me costó bastante arrancarla de entre sus dedos fríos, cerrados sobre ella como tenazas, pero mereció la pena: era una semiautomática HK USP compacta con un cargador adaptado para albergar 15 proyectiles del calibre 45, una maravilla alemana reforzada con sprays anticorrosivos, ligera como si estuviera hecha de madera. Aquel modelo siempre había estado entre mis favoritos en lo que a pistolas se refería y fue una gran satisfacción encontrarme con ella. Enseguida la cogí un cariño especial y aún la llevo siempre conmigo, aunque ahora ya no la use demasiado pues se encasquilla con demasiada frecuencia. – Gracias Andrey - susurré y seguí caminando.
No encontré nada más en aquella dirección, así que volví sobre mis pasos hasta la gran roca donde habíamos acordado reunirnos tras la inspección de los alrededores. Solo Seriy había regresado. El único de mis compañeros de viaje del que aún no he hablado era un tipo de aspecto ausente y mirada fría e inexpresiva; apenas había abierto la boca desde que se presentó tras nuestro encuentro en Kiev. Me observó con indiferencia desde lo alto de la roca, a la que se había encaramado. El muy cerdo había encontrado un subfusil, un MP5 con culata fija, implementada para mejorar su precisión. – Joder qué suerte, ¿dónde lo encontraste? – le pregunté mientras ascendía por la superficie de granito hasta donde él estaba. Seriy permaneció callado, sus ojos vacíos se clavaron en mí durante unos segundos y entonces se dio la vuelta y oteó entre los árboles lejanos, como si no me hubiera oído. No albergaba grandes esperanzas de obtener respuesta alguna cuando formulé la pregunta, si bien el silencio que se estableció tras ellas se me antojó incómodo. Aquel hombre no me inspiraba confianza alguna, así que aproveché que no miraba para situarme tras él y mantuve disimuladamente mi mano derecha cerca de la empuñadura de mi pipa hasta que fueron apareciendo los demás. Ninguno de ellos había conseguido gran cosa, y todos envidiamos el flamante hallazgo de Seriy. Tras una vacua conversación en la que éste volvió a generar embarazosas situaciones, decidimos buscar un buen sitio para acampar, pues las alargadas sombras nocturnas caían ya sobre el bosque, y no nos pareció prudente continuar con nuestra incursión en la Zona bajo la oscura noche sin luna que se anunciaba ya, con la tarde aún agonizando.
Buscamos pues, y no tardamos en encontrar un amplio claro que parecía perfecto para nuestros propósitos. Mientras Vasyl y Máxim montaban un par de tiendas de campaña, no muy grandes, que habían acertado en llevar con ellos a la expedición, los demás nos dedicamos a encender un fuego con periódicos y trozos de madera seca que encontramos en los alrededores.
Una hora después, cuando nos sentamos en torno al crepitante fuego a comer los bocadillos o las latas de sardinas y arenques que habíamos traído desde Kiev, apenas podíamos distinguir los árboles que nos rodeaban, palpitando de forma siniestra a la tenue luz de la hoguera. Mi primera noche en la Zona es otra de las cosas que jamás olvidaré.
El breve coloquio sobre fútbol ucraniano que se había dado entre bostezos tras la exigua cena no cuajó, y mis camaradas se fueron retirando uno a uno a las tiendas. Pese a la insistencia de Alexandr, decidimos que ninguno de nosotros se quedaría fuera haciendo guardia, ya que teníamos la intención de apagar el fuego y todas las linternas con el fin de no delatar nuestra posición a ninguna posible patrulla de vigilancia, y a ninguno le atraía demasiado la idea de quedarse solo en medio del bosque y completamente a oscuras, rodeado de mil sonidos amenazadores.
Esperé a que todos mis compañeros se hubieran ido para encender un cigarrillo y lo fumé todo lo despacio que pude, disfrutando del silencio nocturno y de la tranquila compañía de las brasas mortecinas, que aún arrojaban algo de luz sobre el claro. Pensé en la Zona, en todo lo que me aguardaba allí, y sonreí mientras arrojaba la colilla al fuego, ya muerto. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.
Tras comprobar que la hoguera ya no se reavivaría, me metí en la tienda haciendo el menor ruido posible, me tocaba dormir con Máxim y éste ya estaba roncando. No me importaba lo más mínimo su descanso, pero me aterraba la idea de despertarlo y verme obligado a mantener una charla nocturna con él. Me acosté boca arriba sobre la incómoda esterilla y cerré los ojos.
Tenía sueño, pero era incapaz de dormirme, y una hora después aún me revolvía dentro de mi saco. Entonces escuché un aullido en la lejanía. Un agudo alarido que me heló la sangre. Reverberó entre los árboles durante unos segundos y varios pájaros huyeron aterrorizados. La soñolencia que ya empezaba a aletargarme desapareció en el acto y mi mente se disparó entonces con elucubraciones. Desde el primer momento tuve clara una cosa: aquel grito no había podido salir de ninguna garganta humana, y estaba seguro de que entre la fauna que habitaba el norte de Ucrania no podía encontrarse bestia alguna capaz de emitir semejante bramido. Mientras a mi cabeza acudían las historias sobre la existencia de mutantes que había oído en Kiev tras el Incidente, historias que yo siempre había considerado patrañas, nuevos sonidos anómalos me hicieron contener la respiración una vez más. Esta vez, siguiendo a un nuevo alarido de la inconcebible bestia, se oyeron varias ráfagas de ametralladoras y fusiles de asalto; otro grito, ahora indudablemente humano, se ahogó entre los disparos, que se frenaron bruscamente justo antes de que se produjera una estruendosa explosión. Las ráfagas se reanudaron después con menor intensidad y se fueron apagando poco a poco hasta que todo volvió a quedar en silencio unos minutos después.
Durante las dos horas siguientes no pude pegar ojo, aquel terrible aullido resonaba de nuevo en mi cabeza cada vez que el cansancio me vencía y el agradable sopor se empezaba a apoderar de mi cuerpo. Durante este período de insomnio escuché nuevas ráfagas aisladas que cruzaban como estrellas fugaces en la negrura del silencio que me oprimía el resto del tiempo.
Elucubré sin descanso acerca de lo que podría estar pasando a decenas de kilómetros de allí, en el lugar donde se originaban los disparos, pero entonces escuché algo que prácticamente hizo que se me saliera el corazón por la boca: un gruñido antinatural y grotesco, aunque mucho más suave que los anteriores, quebró la quietud reinante, si bien esta vez no fue desde la tranquilizadora lejanía, desde donde lo habían hecho los anteriores ruidos, esta vez sonó cerca, a unos pocos metros de las tiendas. Ambos, Máxim y yo, dimos un brusco respingo al incorporarnos, y yo busqué rápidamente mi pistola, a tientas en la oscuridad. La criatura se acercaba, oímos cómo avanzaba torpemente entre los quebradizos arbustos, emitiendo nuevos gruñidos. Durante los segundos en los que apunté tembloroso mi pistola hacia la dirección de donde provenían los chasquidos, experimenté por primera vez en mi vida el terror en estado puro. El bloqueo impuesto a mi mente por el simple hecho de no saber a ciencia cierta si iba a estar vivo o muerto al segundo siguiente me impedía pensar en otra cosa que no fuera la inminente posibilidad de perecer. Mis músculos en tensión absoluta, mi pulso tembloroso, mi dedo sobre el gatillo, la desbordante sensación de total inseguridad recorriendo mi cuerpo. No hubo un solo día en todos mis años de estancia en la Zona en el que no experimentara, en mayor o menor medida, lo que viví aquella noche por primera vez, hasta tal punto, que este cúmulo de sensaciones que inundaba mi cuerpo cada vez que el peligro de muerte se cernía sobre mí, se convirtió en una poderosa droga, de la que acabaría dependiendo para no sentirme apesadumbrado y vacío por dentro.
Finalmente, cuando consideré que la criatura se hallaba lo bastante cerca de la tienda como para acertarle en la oscuridad, efectué cuatro disparos. Un chillido ensordecedor se alzó hacia el firmamento; al menos una de las balas había hecho blanco. Escuché cómo la bestia se revolvía de dolor entre los matorrales, a unos dos metros de la tienda, y disparé el arma de nuevo hasta vaciar el cargador. La alimaña emitió un débil y prolongado plañido, tras el cual pude oír como se arrastraba, huyendo malherida por donde había venido. Suspiré. Guardé mi arma, que aún humeaba tras recargarla, y miré a Máxim en la penumbra, éste yacía hecho un ovillo en su saco, aún tembloroso. – Bien hecho, camarada – susurró. Me repugnaba aquel tipo, y volví a sentir deseos de golpearle, esta vez como castigo por su insultante cobardía, pero me contuve y me apoyé sobre mis rodillas, incorporado ligeramente y jadeando, con el corazón aún dándome tumbos. Aún no había tomado plena conciencia de lo que acaba de pasar cuando Vasyl nos preguntó si estábamos bien desde la otra tienda. Máxim le explicó brevemente lo que había pasado, pero yo ya no escuchaba, sumergido como estaba en mis pensamientos: aún me negaba a reconocerlo, pero ya entonces me asqueó que hubiera vuelto la calma tan rápidamente, ya entonces eché de menos la adrenalina que había segregado mi cuerpo al sentir tan cercana la muerte.
Como resultará obvio, tampoco fui capaz de conciliar el sueño durante las tres horas que restaban hasta el amanecer; si bien el sueño quedó relegado a un segundo plano y, ansioso como estaba por reanudar la exploración, abandoné la tienda de campaña apresuradamente en cuanto los primeros rayos de sol hubieron traspasado la fina lona. Máxim aún roncaba, “¿cómo era capaz de dormir?” pensé, y tropecé intencionadamente con unas cazuelas que habíamos dejado junto al fuego, con el fin de despertarle a él y a cualquier otro que pudiera retrasar mí partida con su holgazanería. Después me acerqué al lugar hacia el cual había disparado para examinar posibles trazas del paso de la bestia, aún pensando en el suceso nocturno. A primera vista, no parecía que nada fuera de lo común hubiera acaecido allí, salvo por los agujeros de bala en la tienda cercana, si bien, tras un minucioso análisis de los arbustos, hallé algunas de sus ramas quebradas y restos de un líquido oscuro manchando sus hojas marchitas. Supuse que debía de ser sangre de la criatura, aunque su color era casi tan negro como el guante de lana que cubría la mano con la que examiné la sustancia. Apenas sabía nada de cómo seguir un rastro en el bosque, no obstante las manchas de sangre negra y las ramas partidas eran claramente identificables en los matorrales próximos que se adentraban en la espesura. Estuve tentado de dejar atrás a mis compañeros de viaje y seguir el camino de la bestia moribunda para encontrar, quizá, su cadáver, que me hubiera fascinado examinar, mas el recuerdo reciente de los sucesos acaecidos durante la noche y de los cuerpos hallados al atardecer hizo que la prudencia se superpusiera a mi innata curiosidad. En ese momento sentí que mi única responsabilidad, mi único deber como nuevo habitante de aquel lugar, era el de mantenerme con vida, no podía permitirme morir sin conocer los secretos que allí se guardaban, morir como un recién nacido en mi nueva vida. Decidí, pues, no adentrarme solo en el bosque, y regresé al centro del campamento. Encontré allí a los camaradas ya despiertos, recogiendo las tiendas y los enseres junto a los restos de la hoguera. A juzgar por las profundas ojeras que marcaban sus rostros, ellos tampoco habían dormido demasiado.
Emprendimos la marcha aún de madrugada, hacia el este, adentrándonos en la Zona; según nuestro plano, a un par de kilómetros en aquella dirección hallaríamos un diminuto pueblo. Atravesamos una extensa pradera amarillenta tras dejar atrás el bosque en el que habíamos pasado la noche y, en efecto, tras remontar una loma de suave pendiente, divisamos a nuestros pies, en una pequeña ensenada, el primer resto de civilización desde que entráramos en la Zona. Y digo resto porque el ínfimo pueblo, un conjunto de unos quince edificios destartalados situados a ambos lados de una única calle central, parecía un cadáver medio podrido, tirado en mitad de la baldía extensión en que se encontraba, ya de de por sí desprovista de vida alguna. El techo de algunos de los edificios, casi todos de una sola planta, se había venido abajo, dejando al descubierto sus interiores desnudos, exentos de mobiliario. La mayoría de las ventanas estaban rotas, había desconchones en la pintura de las paredes y cualquier elemento metálico visible había sido devorado vorazmente por una gruesa capa de óxido rojizo. Por si fuera poco, las alargadas sombras que proyectaban los edificios, iluminados de soslayo por los rayos aún tempraneros del sol, ayudaban a darle un aspecto aún más pintoresco a la desierta aldea. La visión me pareció extrañamente atractiva.
Varios coches, en lamentable estado, habían sido abandonados al principio de la calle central en el otro extremo del pueblo, uno de ellos estaba aparcado a modo de barricada, bloqueando el paso y cubierto por agujeros de bala, al igual que las paredes de algunos de los edificios. Me pregunté si alguno de los tiroteos que habíamos oído durante la noche se habría producido allí.
- ¡Eh!, relajaos, ¿vale?, aquí nadie va a haceros daño – El tipo habló en ruso, pero todos le entendimos a la perfección; aún recuerdo cada palabra que dijo, y su voz cansada -¡Cómo me revienta esta actitud que tenéis todos los novatos! Aunque, después de todo, es normal... ¡Y tú, niñato, guárdate esa pipa! – Se refería a mí, y me ofendió la evidente falta de respeto en sus palabras, aunque hice lo que me decía – Aquí no la vas a necesitar, en este pueblo se os respetará y se comerciará con vosotros a no ser que seáis bandidos o militares, y no parecéis ninguno de los dos, desde luego que no... ¡Wolf, han llegado más novatos! – Se dirigió ahora hacia la puerta por donde había salido y por donde, tras una breve y tensa espera durante la cual nadie abrió la boca, salieron varios hombres más, entre los cuales destacaba uno, que parecía el líder de aquella gente.
El hombre en cuestión parecía bastante mayor, de unos cuarenta, sus manos nudosas, su fisonomía corpulenta y su cara, de facciones duras, bronceadas y surcadas ya por arrugas, infundían respeto. Respeto, que no temor, ya que su expresión, pese a estar amparada bajo una capucha negra que la bañaba en sombras, tenía un leve aire de rígida amabilidad. Parecía que llevara una eternidad en la Zona, por la seguridad con la que se movía y la forma en la que los que parecían sus subordinados le rodeaban y acataban sus acciones.
Cuando habló, recuerdo que me sentí reconfortado, de algún modo agradecí al destino que hubiera guiado mis primerizos pasos hasta aquel hombre, y no hasta una jauría de hambrientos mutantes, o hasta los militares asesinos. Estar en aquel pueblo, que parecía su hogar, me hizo perder, al menos momentáneamente, el angustioso temor a que la muerte me alcanzara desprevenido en cualquier momento, temor que me perseguía sin descanso desde el día anterior, echándome su frío aliento en la nuca. Seguramente, esto mismo habían pensado al llegar todos los hombres que fueron saliendo de los distintos edificios, unos veinte. Todos armados, aunque yo ya no los temía.
- ¿Quiénes sois y de dónde venís? – Preguntó Wolf, también en ruso, con voz cavernosa. Vasyl fue el que respondió, autoproclamado cómo se había, líder de nuestra modesta expedición.
- Venimos desde Kiev, aunque no todos procedemos de allí... somos de distintas regiones de Ucrania – Él concretamente, había nacido en Rivne – No queremos ningún conflicto, solo pasar y explorar la Zona sin hacer daño a nadie – No debía haber mucha gente en Kiev capaz de poner así de nervioso a Vasyl, algunos rieron ante sus palabras, dubitativas.
- Me parto con estos tíos – murmuró el del pasamontañas tras una carcajada.
- ¿Explorar, dices? Bien, os explicaré algunas cosas porque parece que no habéis captado muy bien lo que significa este lugar y los peligros que entraña – Mientras Wolf hablaba, Vasyl se iba poniendo cada vez más rojo de ira, humillado como estaba, y, por un momento, temí que pudiera hacer alguna locura, como liarse a tiros contra una veintena de hombres bien armados – Ahora mismo nos hallamos en territorio neutral, aquí somos todos camaradas. Gracias a las cuotas que pagamos al coronel de este área los militares nos dejan en paz, y los bandidos no están lo suficientemente organizados para asaltar este pueblo. Pero... más allá de aquella colina... – Señaló al otro extremo del pueblo, a la pendiente inclinada atravesada por un camino que se alejaba de la barricada formada por coches – La situación por allí es bien distinta: los militares disparan primero y preguntan después, y los bandidos arrojarán vuestros cuerpos desnudos a una cuneta después de robaros hasta la última migaja que llevéis encima. Por no hablar de los mutantes... aunque los que hay por esta zona no son de los más peligrosos, se comerán vuestras tripas si no estáis preparados – Hizo una pausa para observar nuestras expresiones disgustadas – Si seguís avanzando tal cómo lo habéis hecho hasta ahora no seréis más que carnaza, caeréis ahogados en vuestra propia sangre y moriréis sin saber siquiera lo que os ha alcanzado. Por eso os daré un consejo, novatos, tomadlo o dejadlo, pero escuchadme al menos con atención: volved por dónde habéis venido, vosotros que aún podéis, salid de la Zona antes de que sea demasiado tarde, antes de que estéis muertos o, peor aún, antes de que logréis sobrevivir en este lugar – En aquel momento no entendí muy bien lo que quería decir, parecía que aquel hombre odiaba la Zona.
- ¡Vamos, Wolf! – El del pasamontañas volvió a elevar aquella voz tan característica, tenía un acento extraño que no lograba identificar – Les sueltas la misma mierda a todos los novatos que te cruzas, y aún no has conseguido que uno solo se vuelva a casa -
- ¡Nosotros no volvemos! – Intenté hablar con tono firme. Aunque la perorata de Wolf me había producido no poco desasosiego, no quería que aquel tipo con la cara tapada volviera a faltarme al respeto – No daremos ni un solo paso atrás – Pese a todo, mi determinación era entonces más fuerte que nunca, y quería que aquello les quedara bien claro a Wolf y a sus subordinados.
- Está bien, quedaos pues. No seré yo el que os lo impida… – Una chispa de abatimiento cruzó su rostro durante un segundo, de repente, parecía profundamente cansado. Tragó saliva y habló como si cada palabra le supusiera un gran esfuerzo, mientras tanto, los demás hombres se fueron dispersando. – Pasaros a ver a Sidorovich. Es el comerciante local, el muy cerdo parece que estuviera esperando que esto ocurriera, ya estaba aquí cuando llegamos los primeros y se está forrando a costa de novatos como vosotros. De todas formas es un tipo legal, quiero decir, no os disparará nada más veros y os venderá algo de equipo decente, o al menos más decente que lo que lleváis ahora. -
- ¿Dónde está? – preguntó Vasyl, de manera cortante. Era evidente que no quería que la conversación con Wolf se prolongara. A Vasyl le gustaba controlar la situación, ser él quien diera los consejos y las órdenes y no el que los recibiera. Tenía madera de líder, se notaba con solo mirarle a los ojos, y verse relegado a un segundo plano, oculto bajo la alargada sombra que Wolf proyectaba, le estaba poniendo enfermo.
Nos dejó allí, algo desorientados, sin saber muy bien qué hacer. A nuestro alrededor, las gentes de aquella pequeña comunidad, integrada, al parecer, tan solo por hombres, se hallaban enfrascados en diversas tareas. Realizaban aquéllas con rutinaria naturalidad, de manera que daba la sensación de que llevaran allí una gran cantidad de tiempo, acostumbrados por completo, como parecían, a aquel entorno desangelado, tan idílico para mí.
Unos pocos habían extendido una especie de plano sobre una mesa carcomida y lo estudiaban, seguramente planeando su próxima incursión en las profundidades de la Zona. Otros fregaban multitud de platos en una enorme fuente mientras charlaban, a la vez que, algo más allá, apoyado contra una pared, un individuo de aspecto apesadumbrado rasgueaba en su guitarra ajada los acordes de una melancólica canción. Junto a él, otros dos hombres trataban de encender una hoguera con periódicos viejos.
La mañana era muy fría y el viento, ocasional, parecía cortar en las mejillas. Miré a mis cuatro compañeros de reojo. Nuestro viaje, o al menos la primera parte de él, había llegado a su fin, y la compañía que habíamos formado durante las últimas 36 horas debía romperse inevitablemente en aquel punto. Nada nos unía ya los unos a los otros, pues nada sino el interés común por llegar hasta donde nos encontrábamos en ese momento nos habría empujado jamás a establecer vínculo alguno entre nosotros; personas radicalmente distintas en la superficie, aparentemente incompatibles, aunque quizá no tan diferentes en el fondo como pensamos en aquel momento.
Tras una fría despedida, cada uno hubo de tomar su propio camino. Alexandr y Vasyl, cuidándose de avanzar por separado, se encaminaron hacia el búnker subterráneo que había señalado Wolf para ver al comerciante. Pensé en ir también en esa dirección, pero no quería que pensaran que les seguía, así que me quedé parado esperando a ver qué hacían los demás. Máxim dudó unos segundos, y después anduvo decidido hacia el grupo de hombres más cercano a nosotros y empezó a hacerles preguntas insistentemente. Con cara de fastidio, los desafortunados, dos tipos robustos que vestían cazadoras de cuero, lo condujeron al interior de un edificio donde los tres se sentaron en torno a una hoguera. No me apetecía hablar con nadie, así que decidí no incordiar a los que me rodeaban con preguntas que no habrían sabido responderme y comencé a pasear entre las ruinas, disfrutando del paisaje. Al cabo de un rato me di la vuelta para ver que había hecho Seriy y me sorprendió observar que se había sentado en el suelo junto a un muro, lejos de todo el mundo, y reposaba con los ojos cerrados, sin moverse. Sin darle mayor importancia seguí caminando hacia ninguna parte en concreto, mirando todo, observando cada detalle del entorno que me rodeaba con una curiosidad casi obsesiva. De repente, mis ajetreados ojos se posaron en uno de los edificios de la aldea que llamó poderosamente mi atención: Una vieja estructura rectangular de hormigón armado, vieja y ruinosa. Se hallaba algo alejada de las otras edificaciones, fuera de la única calle identificable de la aldea, solitaria, como marginada en una esquina, no había nadie en sus alrededores. En sus pareces desconchadas, antaño pintadas de rojo, aún se podían ver algunos restos de propaganda comunista y antinorteamericana adheridos a la maltrecha superficie, resistiendo a duras penas el paso del tiempo. Una estrella de cinco puntas coronaba, además, el edificio: Su majestuosidad perdida, como su brillo, yacía bajo el óxido, representando los valores ya decadentes de la vieja Unión. A mí, personalmente, todo aquel ajuar de connotaciones ideológicas que envolvía al edificio muerto no me decía absolutamente nada. No fue aquello lo que me atrajo tanto de él, fue más bien otra aura, más misteriosa e intrigante, que lo rodeaba, lo que me impulsó a acercarme. Agarré mi linterna a pilas y penetré por la única puerta abierta en el interior del edificio, sumido en tinieblas. Las ventanas habían sido cegadas con tablones de madera. Saqué mi pistola. Avancé despacio, muy precavido: no me acababa de convencer aquello del “territorio neutral” que había dicho Wolf. Por mucho que sus palabras fueran totalmente sinceras, cosa que no dudaba, el hecho de que él confiara en sus hombres y de verdad se creyera aquel cuento, no iba a hacer que me sintiera más seguro quedándome a solas en la oscuridad con uno de ellos. En un lugar sin leyes el hombre se convierte en un animal salvaje y temible, nadie puede cambiar eso, y por entonces aún no había descubierto hasta qué punto la oscuridad de la naturaleza humana llegaría a sorprenderme.
No tardé demasiado en registrar la planta baja, el edificio no era muy grande. Se habían llevado todos los muebles. Las habitaciones desnudas desfilaron ante mis ojos una tras otra, despertando en mí cierto desasosiego. Esta sensación se vio incrementada cuando, al final del último pasillo, me encontré con una amplia trampilla de madera a mis pies.
Lentamente me fui agachando y agarré la oxidada argolla. La trampilla me llamaba, me estaba reclamando, tenía que abrirla – “Ahí abajo tiene que haber algo, seguro que encuentro algo ahí” – Pensé mientras levantaba muy despacio la pesada plancha de roble.
No sé muy bien qué buscaba entonces, y aún hoy, cada vez que me encuentro a punto de traspasar un nuevo umbral, cuando mi sentido común, el poco que me queda, intenta disuadirme con todas sus fuerzas de que no lo haga, tan solo para que yo pueda ignorarlo, me pregunto: ¿Qué demonios estoy buscando?
Tras levantar la trampilla, descendí por una escalera de mano que parecía a punto de venirse abajo. Muerto de miedo, pero totalmente dispuesto a seguir adelante, me hallé, con la pistola en una mano y la linterna en la otra, ambas temblorosas, frente a un pasillo estrecho en el cual flotaba ese característico olor a cerrado, como de aire estancado, podrido, que se respira en las bodegas que llevan mucho tiempo sin ventilarse. Avancé muy lentamente hasta que ante mí se abrió una estancia amplia, con estanterías transversales que llegaban hasta el techo. Viejos toneles y barricas, la mayoría de ellos partidos o vacíos, se hallaban esparcidos por el suelo polvoriento. Caminé sobre la alfombra de suciedad hasta el centro de la sala y fue entonces cuando me di cuenta: Había alguien más allí abajo.
No sé si fueron sus pasos lo que oí o su respiración agitada elevándose sobre la mía propia, pero le sentí muy cerca, acechándome en la oscuridad. Sin previo aviso, una voz, su voz, rompió el silencio, y casi lo agradecí, pues éste me oprimía como una prensa hidráulica – Te estoy apuntando y voy a matarte, si no te mueves todo acabará enseguida... – Su pronunciación pésima del ucraniano era temblorosa, probablemente tenía tanto miedo como yo, pero eso no mejoraba mi situación: Estaba armado, apuntándome, y justo detrás de mi. Mi cerebro se bloqueó durante una centésima de segundo y me dio una arcada. Fin del juego: iba a caer en el segundo obstáculo serio que la Zona ponía en mi camino. Aquello era inadmisible.
Todo ocurrió muy rápido, apagué la linterna y me agaché en una fracción de segundo. La habitación quedó a oscuras y él disparó. Disparó su pistola varias veces y noté como las balas silbaban sobre mi cabeza, creí que me había quedado sordo. La adrenalina potenciaba mis músculos, era más rápido, más fuerte por unos segundos. Con un movimiento digno de un felino, me lancé hacia la izquierda, saliendo instintivamente de su ángulo de tiro y atravesando una estantería de madera podrida que se vino abajo a mi paso. De nuevo con una inusitada agilidad me di la vuelta y disparé mi pistola a tientas en la oscuridad por segunda vez en menos de doce horas. Vacié el cargador apuntando en varias direcciones, barriendo el área en la que creía que se hallaría mi enemigo, que ya no disparaba. Los fogonazos iluminaron toda la sala hasta en quince ocasiones antes de que la corredera de mi pistola saltara indicando la ausencia de proyectiles. No obstante, ni siquiera durante estos lapsos infinitesimales de intensa luminosidad pude distinguir al bastardo entre las informes sombras que se dibujaban. Sí oí claramente, en cambio, un golpe sordo, no muy lejos de mí, al finalizar la ensordecedora traca, cuya reverberación dejó un molesto pitido en mis oídos que tardaría horas en desaparecer.
Tras la atronadora tormenta de ruido y explosiones, que había durado poco más de quince segundos, todo volvió a quedar en calma. El polvo levantado volvió a buscar su sitio en los estantes, ahora destrozados, y el más sepulcral de los silencios volvió a caer lentamente sobre la estancia. Quería estar seguro, así que contuve la respiración hasta casi ahogarme para oír mejor, con todo, no puede captar ni un leve resquicio de aquel hombre que había hallado allí abajo, ni su respiración desacompasada, ni sus pasos sobre el polvo, nada... Mi cerebro volvió poco a poco a regir con normalidad, los impulsos cesaron y de repente fui plenamente consciente de lo que había pasado. Tanteé entonces el botón de la linterna, que aún sostenía en mi mano sudorosa. Esta, como temerosa de iluminar lo que yo ansiaba ver, no respondió de inmediato y tuve que agitarla, obligándola a verter su chorro de luz sobre las tinieblas, cosa que hizo tras unos segundos. Necesitaba ver lo que esperaba ver, obtener una confirmación visual, así que, ansioso, dirigí el haz luminoso de un lado a otro, buscando.
Lo primero que vi fueron sus pies inmóviles, cubiertos a duras penas por unas botas sucísimas. Ascendí muy lentamente por unos pantalones militares raídos, después una chaqueta de pana marrón y, al fin, su cara quedó perfectamente enmarcada dentro del círculo de luz que proyectaba la linterna. Estaba muerto. Me pareció apreciar cómo su tez cetrina perdía color por momentos. Sus ojos, hinchados y enrojecidos, parecían a punto de salirse de sus órbitas, una nariz desproporcionada y picuda y una barba espesa manchada con salpicaduras de sangre completaban un cuadro realmente horrendo. Acababa de matar a un hombre por primera vez.
Curiosamente, la primera sensación angustiosa que me invadió tras contemplar boquiabierto el semblante sin vida de mi primera víctima mortal, no tuvo nada que ver con la misericordia, la pesadumbre o el remordimiento. Fue una sensación de profundo temor ante las consecuencias de haber dado muerte a aquel desgraciado, de pánico al castigo que quizás me esperaba. No fue ningún reproche moral lo que me hizo temblar incontroladamente durante los primeros segundos. Y esta inmediata reacción, totalmente involuntaria, esos minutos en los que incluso llegué a pensar fríamente en cómo trazaría una coartada creíble, en cómo me desharía del cadáver, aunque muy breves, me traerían grandes quebraderos de cabeza más adelante.
No menos desconcertante fue la singular reacción que experimentó mi conciencia cuando, tras unos minutos más, conseguí templar en parte la histeria inicial mientras caminaba por la sala, dando vueltas, desquiciado. De algún modo, al volver a mirar el cadáver, centrándome ahora en el agujero de bala que perforaba su cuello y que antes había pasado por alto, me sentí extrañamente orgulloso de mí mismo. Una inusitada altivez me subió por el pecho involuntariamente y me henchí sonriente durante un segundo. “Hacía un momento un hombre me apuntaba con su pistola por la espalda en la oscuridad, y ahora él yacía muerto a mis pies con el gaznate limpiamente atravesado por una bala certera que había disparado sin ni siquiera apuntar” – Pensé. Y aquello hizo que me sintiera poderoso, letal. Más tarde me daría cuenta de que llevaba gran parte de mi vida anterior buscando aquella sensación, y, por desgracia para muchos, tan solo llegaría a encontrarla matando.
Permanecí casi dos horas junto al cadáver, devanándome los sesos, intentando averiguar por qué cualquier sentimiento mínimamente humano o empático que asomaba en mi interior con respecto a lo que acababa de ocurrir parecía falso o forzado. ¿Acaso no era capaz de sentir como una persona normal? Estaba confuso. Tras este rato de incongruente charla conmigo mismo, decidí que lo mejor que podía hacer era largarme de allí cuánto antes; la infranqueable oscuridad y la presencia del fiambre, interlocutor poco comunicativo, empezaban a agobiarme. Me demoré unos instantes más para hurgar en los bolsillos del sosegado oyente, hallando tan solo una tarjeta identificatoria doblada y un herrumbroso abrelatas y marché hacia la escalera que conducía fuera de aquella bodega que yo había convertido en sepulcro. Mientras ascendía pude notar cómo aquel olor acre se extendía ya por la estancia, me detuve unos segundos a olfatear, y después abandoné el lugar para siempre.
Pável Kuchma. No olvidaré fácilmente el nombre de la primera persona a la que quité la vida, y aún conservo entre mis objetos más personales, la tarjeta que encontré en su chaqueta de pana marrón.
Espero la continuacion, Saludos
Ahora voi a poner el capitulo 2.
Saludos
Dejando de lado el punto de cuan realista es aceptar algo así, que no digo ni que sí ni que no, el resto me parece bastante interesante y bien escrito. Lo mas importante es que el tono me parece muy adecuado a la historia que se cuenta.
En cuanto tenga tiempo me miro la continuación y te cuento. Saludos.