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Sicarius

WindumanothWindumanoth Pedro Abad s.XII
editado febrero 2010 en Negra
Veía arañas gigantes.
Era un hombre robusto, serio, que rozaba la cuarentena. Sus pupilas, dilatadas por completo, apenas dejaban ver el iris azulado de sus ojos macilentos y vidriados. El cabello, ligeramente encanecido, se aplastaba en sus sienes repletas de un sudor frío. Temblaba y se convulsionaba. Los espasmos de su cuerpo anunciaban que el último aliento se avecinaba a grandes pasos. Respiraba con dificultad, emitiendo sonidos guturales que parecían provenir de un animal. Los quejidos y las convulsiones lo atormentaron durante varias horas. Después, se sumergió en un profundo coma.
Llevaba tres años trabajando para el hospital. Algunos de nosotros teníamos un vago recuerdo de él, deambulando por los pasillos que conducían al laboratorio forense. No se le había visto hablar con nadie; sin embargo, todos le guardábamos un profundo respeto en honor al trabajo que fielmente desempeñaba. Día tras día, minuto a minuto, habíamos contemplado desde la lejanía la sombra de aquel ser, alabándolo unas veces como a un dios, y otras como a un hombre sabio.
Pero ahora veía arañas gigantes.
Lo que no sabíamos hasta entonces era lo que contaba el informe policial. He de confesar que, a pesar de haber visto algunos escenarios repugnantes, como mendigos, borrachos, niños descuartizados y toda esa clase de experiencias a las que un médico se tiene que enfrentar, este paciente había conseguido levantar una repugnancia insospechada en mí y en gran parte del personal que trabajaba en esa planta. A pesar del juramento hipocrático que nos vemos obligados a cumplir durante el oficio de nuestra vida y en esta adusta profesión, he deseado en mi interior que su vida acabara esfumándose, o aún mejor, que la locura devorase sus entrañas hasta que acabara con él, si no lo había hecho ya. Porque este hombre, que veía arañas gigantes, no merecía vivir ni un minuto más. Pero él ha sido el mismo juez de su destino, y parece haber querido firmar su sentencia de muerte.
Tras leer los correspondientes informes policiales, todos habíamos quedado tan alterados que ninguno, excepto alguna enfermera resignada a cumplir sus obligaciones y yo, habíamos osado a entrar en su habitación después de que entrara en coma. Había sufrido un shock a causa de las anfetaminas, que alteraron su ritmo cardíaco y su respiración. La dosis que se había suministrado era casi letal, como él ya debía saber gracias a sus amplios conocimientos médicos y científicos. Pero además, se habían hallado restos de un veneno que parecía proceder de una especie de araña llamada sicarius, la araña de arena de seis ojos, cuyos ejemplares solo podían encontrarse en algunas zonas desérticas de África del sur. Esta dosis, que parecía haber ingerido a propósito, era la que estaba afectando tan gravemente a sus órganos, ya que no hubo tiempo de identificar el veneno y el paciente entró en la unidad de cuidados intensivos en estado crítico, casi en un estado de resignación ante su propia muerte.
Cuando la policía logró abatir la puerta de la casa, tras unas abrumadoras confesiones que el moribundo realizó por teléfono a emergencias, en un último intento por salvar su vida, cuando ya estaba en estado de shock, lo que encontró fue una vivienda completamente normal: los muebles estaban perfectamente dispuestos, sin rastro alguno de polvo sobre ellos; la cocina estaba en perfecto orden; las camas hechas, las ventanas limpias y cerradas y, en medio del salón, el cuerpo tendido del forense. Su rostro estaba desencajado; los ojos, furibundos, estaban desorbitados, y la boca dibujaba un gesto extraño, sobrecogedor. Murmuraba algo a duras penas, pero nadie consiguió entenderle.
Dos agentes registraron más a fondo la vivienda, pero no pudieron hallar nada de lo que les había confesado el desdichado médico. Pero, tras echar un vistazo a una habitación en la que no parecía haber más que dos camas vacías y una larga alfombra que cubría la mayor parte de la superficie de la sala, descubrieron una trampilla oculta bajo la cama de la derecha, que estaba ligeramente descolocada.
Al levantar la trampilla, pudieron vislumbrar unas escaleras de madera que conducían a un sótano. Olía a formol y a cerrado, como si aquel lugar se hubiera abierto en pocas oasiones. Cuando consiguieron dar con unas luces, pudieron descubrir, atónitos, uno de los secretos mejor guardados del médico: varias colonias de arañas se aglomeraban en decenas de terrarios enormes, perfectamente dispuestos a lo largo de la amplia sala. Las arañas, del color de la arena, apenas se podían distinguir, salvo cuando se desplazaban de un lugar a otro, moviendo bruscamente sus monstruosas patas. Aquello era como una pesadilla en la que los agentes se veían rodeados de arácnidos, temiendo que pudieran estar sueltas y sufrir alguna picadura. Parecía como si les hubiera tendido una trampa. Pero todo estaba en orden. No había signos de movimiento fuera de los terrarios, por lo que, tras unos minutos de tensión, los agentes comenzaron a relajarse. Inspeccionaron el lugar con cierto temor, y dieron el correspondiente aviso a la central.
Pero no era aquello lo que buscaban.
Había una puerta, cerrada bajo llave, que comunicaba con la sala de las arañas. Forcejearon durante casi media hora, hasta que, finalmente, la puerta cedió ante ellos.
El olor a formol se extendió súbitamente. Era insoportable. Ambos agentes penetraron en la sala, a tientas, tapándose como podían para no tener que respirar el aire viciado que parecía perforar las fosas nasales. Uno de ellos encontró finalmente el interruptor. Las luces fueron encendiéndose, parpadeando en filas de dos. Cuando todas ellas estuvieron encendidas, uno de los agentes se encaminó hacia un montón de cajas que estaban dispuestas simétricamente en el suelo, cubiertas con un cristal transparente. Al llegar a la primera de ellas, el agente, sobrecogido, dio un paso atrás...
-[FONT=&quot] [/FONT]Han matado...Mi casa...Asesinas...
Ésta había sido la confesión del causante de la muerte de las dieciséis jovenes que estaban expuestas en las cajas cuidadosamente cubiertas con el cristal. Algunas de ellas no contaban con más de dieciséis años, y estaban perfectamente embalsamadas, como lo haría cualquier forense experimentado. La más mayor, a la que se identificó como Marina Ivánovna Pétrovich, contaba veintiún años y había desaparecido unos tres días antes. Era la pieza clave de la exposición, pues todos sabíamos que el forense había sido su pareja durante tres años. Nadie había puesto denuncia ante la desaparición de Marina, pues se creyó que estaba en Valencia, junto con algunas amigas y su nueva pareja.
Los cuerpos desnudos que se exhibían en aquella cámara del terror fueron rápidamente trasladados al Instituto Anatómico Forense, en donde se les practicó la autopsia. Todas ellas presentaban ciertas heridas en manos, brazos y cuello, mordeduras realizadas por las sicarius que el forense criaba en los sótanos de su casa. Dieciséis jóvenes, todas ellas violadas ante mortem por el siniestro personaje que se debatía entre la vida y la muerte en la más absoluta soledad de una habitación que no recibía visitas. Algunas presentabas signos de haber sido sodomizadas post mortem, como si las ansias de seguir siendo un criminal todavía pudieran pervivir en aquel monstruo.
El individuo había seleccionado cuidadosamente a sus víctimas, que no tenían una relación aparente entre ellas. Su atractivo físico de hombre de mediana edad que todavía se cuida y en el que se pueden percibir atisbos de su juventud, era para las muchachas un impulso más, sobre todo para las más atrevidas, que habían osado entrar en su casa, de la que no saldrían más. Antes de asesinarlas, las había violado, tal vez varias veces, para luego dejarlas morir a manos de las temibles sicarius. En cambio, Marina Ivanovna había sido sutilmente atraída hacia su casa con el propósito de mantener una charla, puesto que no habían dejado de verse de vez en cuando tras su ruptura. Pero aquel ser abominable tenía otros planes, para completar la colección con su opus magna, la vida de la única persona a la que había amado. Probablemente, las secuelas sufridas tras la ruptura habían sido tan profundas, que había intentado en vano coleccionar amantes con rasgos físicos y edades similares a las de Marina, como si así quisiera mantener la esencia de su amor roto. Aquel amor de loco le había desquiciado hasta el punto en que decidió quitarse la vida, tal vez al sentir algún atisbo de culpabilidad tras haber asesinado a la única persona que le amó de veras; o tal vez porque no halló ningún sentido a su despreciable vida después de haber completado su macabra colección.
Estoy sentado frente a él. Mis ojos se clavan sobre su rostro moribundo. Lleva tres días en coma, lo que hace que su muerte sea menos dolorosa. No sé si he de esperar que de repente vuelva en sí, para poner en marcha mi venganza, o quedarme sentado esperando que los monitores anuncien su deseado óbito. Nadie va a venir en su auxilio, pienso. Tal vez ni los agentes que custodian su habitación. Ya no queda mucho más que hacer con él. Salvo desear que su muerte fuera lo más agónica posible. Me entretengo caminando por la habitación. Pasan las horas, dos, tres, cuatro... Y pienso. Mis preguntas sin respuesta consumen el tiempo. ¿Debo desconectarlo del respirador? ¿O tiene que sufrir un poco más?
Mi pobre niña, mi única hija, mi Marina. Veintiún años cuidándola, protegiéndola, para que un asesino como el que tengo frente a mí me la arrebate con ese desprecio tan descarado...
Hora de la muerte: 16:21

Comentarios

  • Chus-AChus-A Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado febrero 2010
    Buenas tardes, Windumanoth...

    Mi enhorabuena. Creo que es el relato que más me ha gustado por el momento de lo poco que llevo leído en esta sección de género negro.
    No entiendo muy bien cómo nadie te ha comentado el texto. Espero que no se trate por la extensión. Yo lo he leído con placer hasta el final de forma muy muy cómoda. Hay textos mucho más cortos que se hacen más pesados. Eso significa que tu texto engancha. Te atrapa la historia y la manera de contarla, que obviamente es el otro cincuenta de esta cosa de escribir.
    Desde que entrado en este foro he intentado ser muy muy crítico con los textos. Aun con esas me suelo un cortar un poco a la hora del despiece, por cierto pudor y temor a herir sensibilidades. Me gustaría poder desguazártelo un poco pero me va a resultar difícil. Apenas tengo nada que alegar en contra. Sólo me tropiezo con virtudes: buen control de los elementos del género negro: forenses, policias, muertes, un misterio a resolver, unas chicas .. etc. Subrayar en este sentido la buena aportación del asunto de las arañas a la historia. Me parece un condimento estupendo al relato.
    Los personajes bien construidos, aunque no sean sobresalientes y del todo peculiares. En este sentido invito a que se juegue más con la construcción de los personajes, o por lo menos alguno de ellos y no queden todos tan planos y estandarizados. Buena recreación de los lugares, las escenas y las acciones.
    Buena sintaxis, fácil, quizá algo plana y estandar, pero qué coño, buena al fin y al cabo.

    Y va, que entro a matar ;) Tú me perdonarás por ello:

    - En una primera lectura nó pude pillar al vuelo la relación entre el médico y la víctima (su hija)
    Tampoco me ha quedado clara tras la segunda lectura el momento de descubrimiento de los cuerpos:
    "-Han matado...Mi casa...Asesinas...
    Ésta había sido la confesión del causante de la muerte (...)" expresado por el policia que hace la requisa del lugar, que tú lo citas como el causante".

    - Encuentro a faltar saltos entre párrafos para espaciar el tiempo narrativo convenientemente.
    - Con el tiempo que te has tomado para escribir el relato y la extensión que tiene, creo que te has precipitado un poco a la hora de resolver la guinda final: La frase en la que descubres al lector la relación entre el ´protagonista (el médico) y su hija (víctima) Creo que falta trabajar ese momento.

    Por lo demás... Una delicia ;)

    Un cordial saludo
  • WindumanothWindumanoth Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2010
    Saludos,

    Buf, personajes planos, la misma falta de sustancia que en el otro relato... Siempre doy con los mismos errores. Soy la leche :p

    Muchas gracias de nuevo por tus comentarios.

    Windumanoth
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