La reciente muerte de Miep Gies; la mujer que descubrió, guardo y entregó el diario de Anna Frank, me ha hecho pensar en la sombría y necesaria figura del albacea literario. En el caso del escueto y asombroso legado vivencial de la Frank, Gies tuvo motivaciones humanitarias y menos literarias. Su posterior éxito, se debe quizás, al hasta entonces, ausente testimonio de primera mano de la juventud judía respecto al holocausto. Como obra literaria, “El diario…” conmueve, no podemos pedirle otra cosa.
En cambio, en literatura, los albaceas gozan de diferentes destinos; tenemos a Max Brod, que, según cuenta la leyenda, contra los deseos de su amigo Franz Kafka, salva de las llamas y el olvido, toda su obra narrativa y epistolar (incluido “El proceso” que curiosamente no esta “mordisqueada” e incompleta). En razón de esta acción, se nos hereda una de las obras más valiosas del siglo XX. No menos extraño resulta pensar en Borges y su albacea María Kodama, quién por un lado distribuye y renueva en el mundo el interés por su obra y por otro lado, no sin porfía, re-edita documentos incómodos para “Georgie” como ese juvenil compendio de ensayos llamado “Inquisiciones” que merecía toda la reprobación de Borges. (vale mencionar la vasta e indiscreta biografía “Borges” por su amigo Bioy Casares; como mínimo otro aspecto desconocido del argentino) Caso más lamentable resulta el de Poe (¿hay algo no lamentable en la vida de Poe?) quién en la inminencia de la muerte que siempre se le hizo compañera y musa, dejó su legado y la especulación sobre su obra a nada más ni nada menos que el miserable Griswold: su sínico y celoso enemigo secreto. De estas heridas laudatorias, Poe, en la conciencia literaria americana no se repondría hasta su hallazgo artístico en Francia por Baudeleaire.
He mencionado tres casos pendulares: el feliz descubrimiento de Kafka, el extraño re-descubrimiento de Borges y la reivindicación de Poe.
En el plano ficticio, tenemos al Quixote, que, recordemos, es planteado, dentro del juego cervantino, como un manuscrito de la autoría del historiador musulmán Cide Hamete Benengeli y no de Cervantes. En este caso el autor real es un albacea literario ficticio de sí mismo. Cervantes busca escapar al anonimato en una época de ebullición teatral. Esto también lo lleva a defender sus derechos de “Copyright” del falso Quixote de Avellaneda. Caso opuesto el de Shakespeare, que sólo concedió sus sonetos a la rúbrica de la imprenta, el legado de su obra escénica fue póstuma iniciativa de recopilación de sus compañeros actores del Teatro “El Globo”, gracias a esto, conocemos sus historias, comedias y tragedias. A diferencia de Cervantes, Shakespeare se mostró incrédulo del valor de su obra escénica o simplemente no le interesó su publicación.
La obra que en vida es sistemáticamente manejada por el autor, tras su muerte, deja su dominio y toma los más distintos destinos.
Colega escritor, cuando dejes el sueño de la vida, te pregunto…
¿quién velará tus escritos?
Comentarios
Por otro lado creo que las indiscreciones o los secretismos de los escritores no debieran salir a la luz pública. Casi diría que siempre son manejados con la variable financiera por los albaceas. Diarios íntimos, cartas vergonzosas, o anteproyectos de obras, (o post en foros virtuales:eek::eek:), etc, etc.
Habría que aprovechar de quemar (o borrar) todo lo que nos pueda avergonzar o lo que sea “indigno” de nuestra futura reputación.
Nunca se sabe.
Saludos.
Otros albaceas han hecho negocio, han llenado la cartera sin importarles realmente la obra. No obstante, aunque su actitud fuera reprochable, no quita que gracias a su afán de lucro hayamos disfrutado de la obra del autor. Quizá, a veces, aún no respetando el deseo del autor (persona) pero por el bien de la obra (personaje).
Saludos.