Karen Victoria, no podía quitarse ese nombre de la cabeza. Mientras las luces de la ciudad se prendían con fugacidad en sus ojos, en su cabeza sólo había espacio para el eco de ese nombre. Las calles estaban apretadas de automóviles, las bocinas se escuchaban febriles del otro lado del vidrio de su carro, que guardaba de forma egoísta la estridente guitarra del grupo en turno. La graduación lo esperaba, y Karen también. Poco a poco la circulación avanzaba, aplastando el húmedo hollín del asfalto que refunfuñaba ante tanto inesperado visitante. Pero dentro del pequeño automóvil rojo, la fiesta no había hecho más que empezar. Refresco de cola en mano, cigarro entre los dedos, y la tenue luz dentro de las corneas, la misma ilusión que carga el niño que espera en la fila, para poder sentarse por fin en el regazo de Santa Claus.
Allá, del otro lado de la accidentada autopista, se imaginaba el ritual de la fotografía de generación. No le quedaba otra opción, al ver los negros y perezosos dígitos de su reloj de pulsera, supo que no llegaría. Imaginaba todas las largas sonrisas, las negras togas, y el inquieto listón que está entercado a colgar del lado equivocado. Las bromas, los empujones, los torpemente acomodados pies en los recién lustrados zapatos. Las hermosas risas de todas ellas, la nata espesa de perfume que flotaba en los rincones donde concurrían: el aura que untaban en el aire tras su paso. Los lozanos copetones, los bien peinados flecos, las lisas y hermosas orejas adornadas por un atinado pendiente de piedra. Ahí, dentro de toda aquella cosa, intentó imaginar a Karen.
Perfectamente cubierta por su toga negra, tranquila como siempre, ya sentada quizá, charlando con aquella amiga de la cual nunca supo su nombre. Sonriéndole al viento con coquetería. Rozando a todo mundo apenas con la periferia de sus ojos. Distraída, pero a la vez concentrada en la plática sin sentido de la amiga. Justo así como era ella, tiernamente despistada, pero siempre atenta a todo. De pronto, el anuncio del fotógrafo, todos acomodándose con la más original pose, o la simple pero perpetua sonrisa. Todos esperando el flash, pero Karen sonriendo timorata, como si alguien la estuviera viendo, como si la mirada del lente de la cámara le sedujera la piel. Porque algo que tenía Karen era eso, sonreía de tal manera, que hacía creer que podía ver tu mirada desde el otro lado del papel. Su sonrisa te hacía sentir el único; y qué forma más bella de guardarse a sí mismo en la perpetuidad del papel fotográfico: sonreírle a cualquier extraño, perdido quizá en la ingente geografía del planeta, o del tiempo, y regalarle con la sonrisa un momento de unidad.
Llegó corriendo a la universidad. Adornada bellamente, con holanes de papel maché colgando de las paredes, flores blancas y manteles largos… pero lo que hacía realmente bella la universidad aquella noche, era que la gente estaba realmente feliz. Buscó por los jardines pistas de sus amigos, y encontró la escena de la fotografía de generación a la que no pudo llegar. Encontró las sillas, las mesas, y algunas togas ya abandonadas. Supo entonces que no se había perdido de mucho, y que la escena que él había imaginado había sido muy parecida a la realidad.
Después de errar un par de veces el lugar de la celebración, encontró la carpa guiado por el olor a vino derramado. Se acercó lentamente para no llamar la atención de nadie, tomó entre sus dedos una copa de vino, y degustó. Supo rápidamente que el vino era barato, pero nunca había probado uno más delicioso, porque siempre el que había tomado, era el vino ajeno. Éste que tenía temblando entre la lengua, era el vino propio, el que le había sacado a fuerza de desvelos a la universidad. Atisbó entre los cuerpos enmarañados del interior de la carpa, un cabello castaño que se contoneaba de forma errante, supo que era Karen, y que estaba bailando. Le dio gracia, se rió para sí mismo, y buscó con quien sentarse. Encontró asiento no muy lejos de donde estaba ella, se sentó en el sillón blanco de piel, cruzó la pierna, y descansó los ojos en el cuerpo de Karen. Pronto llegaron sus compañeros de clase, que abrazándolo fuertemente y escupiéndole el aliento ligeramente alcohólico en la cara, le quitaron el cuadro que se había colgado en la cabeza. Él, rápidamente se olvidó de aquello, y se dispuso a festejar.
El vino, pronto dejó de ser el elixir conmemorativo, y pasó a ser el alma de la fiesta. Los amigos dejaron de ser los compañeros de clase, para pasar a ser los más amados hermanos. Los fuertes apretones de manos y los abrazos llenos de aprecio varonil, se convirtieron en gestos de un cariño reprimido; para el susto de alguno, un intento para provocar el placer del roce de los cuerpos. La noche iba madurando, y con ella, el estado de la celebración. Pronto el suelo estaría encima del océano, y las paredes hechas de humo. Supo que de seguir así, la memoria de aquel momento se haría escurridiza, y él no quería eso… cambió el alcohol, por el acostumbrado ponche de jamaica. Aún así, los tercos empeñados en hacer valer el gasto de la universidad en el vino de honor, siguieron empinando copa tras copa, hasta caer en el estupor del exceso.
Mientras se diluía la fiesta con el ponche, encontró que Karen lo miraba desde el otro lado, sonriéndole entre los matices de las sombras, él sólo atinó a hondearle una mano. Ella se lo festejó, con una sonrisa más pronunciada, avisándole que su saludo le gustaba. Creyó estar seguro, ahí, al ulterior de la pista de baile, la guerrilla de ritmo que los separaba. Sintió alivio de no tener que hablarle en ese momento, pues hacerlo, era siempre una batalla contra el pudor y contra la timidez. No pudo acomodar de forma aceptable tales palabras en la cabeza, cuando encontró que de las faldas de la pista de baile, brotaba una sombra que contrastaba con todo lo que había visto hasta ese momento en la fiesta, era Karen. Caminando hacia él, con su coqueto ritmo, pausado, pero continuo, seguro de llevarla a cualquier lado. Al percatarse de que era inminente el encuentro con ella, decidió congelar por un instante aquella imagen, Karen Victoria acercándose a él… algo por lo que muchos pagarían. Ahí, cortando la sombra y las luces esmeraldas y acarameladas, formando la silueta de su cuerpo perfectamente situado en su espacio. Su piel cubierta con ternura por la tela negra de su vestido, cubriéndole su vientre, marcándolo perfecto en su perímetro, la falda larga y densa, separándose de su cadera con la misma fuerza de la luz del sol traspasando las nubes de la mañana.
Karen dejó caer su cuerpo cansado en la comodidad del sillón blanco de piel, le soltó una vez más aquella sonrisa timorata. Se dieron un beso en la mejilla saludándose, y abrieron el canal de la comunicación con una carcajada mutua: los cuerpos de sus amigos ya vencidos por el alcohol, reposando su macabra concurrencia en el honor del vino, en las frías manos del pasto. Comentaron el tráfico, y como él no pudo llegar a capturarse en el tiempo por culpa de un chofer ebrio. Ella le hizo saber su pena, frunciendo el ceño, y preguntando “¿Y ahora?”, él contestó que en efecto, nunca iban a poder reconocerlo en la fotografía. Repasaron con el diálogo los rincones de la fiesta, de lo que les esperaba afuera, y de cómo se verían en veinte años. Se miraban con la misma añoranza de los amantes atravesados por un vidrio, y alzando en la imaginación un encuentro más personal, más íntimo… (Un momento de piano y trompeta, de platillos arenosos y tiernos contrabajos, ésos que a él tanto le gustaban cuando estaba inspirado) se escuchó en el aire, como si esta frase se escapara de su jaula de pudor, “¿no quieres ir a tomar un café?”. Él se quedó sorprendido por lo que había dicho, y ella de que al fin lo había dicho. Karen se contuvo, y acepto la invitación cerrándole los ojos.
Se pararon de los sillones al mismo tiempo, acomodándose las ropas para disimular el nerviosismo. Y poco a poco se alejaron de la añeja fiesta. No se despidieron de nadie, no lo necesitaban. De la única persona que les interesaba despedirse con todo el ritual alrededor de ello, estaba a su lado, y sabían que a la noche le faltaba mucho para llegar a ese punto.
Karen, en una astuta estrategia, le propuso caminar hasta el café… sabía que tardarían más en llegar, y por tanto, tendrían más tiempo de hervir eso que se formaba entre ellos. Él aceptó, entendió el propósito, y se sintió emocionado por ello. Caminaron por la acera tiernamente iluminada por los postes de luz, perfumada con la humead del asfalto, y adornada con los titilares de las luces de la interminable fila de automóviles. Caminaron a brazo enganchado, sin prisas, saboreando suavemente cada paso que daban juntos, desenvolviéndose cuidadosamente en el silencio de la calle, el silencio que se había formado solamente entre ellos.
Él, se soltó de su brazo, para temerariamente cruzarlo por encima de la espalda de Karen. Ella, confortada por el gesto de cariño, se repegó tiernamente hacia su cuerpo, haciendo más corto cada centímetro entre ellos, hasta hacerlos desaparecer. Karen, se sintió, al fin, en el lugar y momento correctos, cubierta por el candor que le había faltado y que había estado esperando. Sintió cómo su corazón se calentaba, y cómo el aire que respiraba, le llenaba de forma dulce los pulmones. Él, se dio cuenta que si doblaba tan sólo un poco los cánones más elevados del respeto, algo sucedería entre ellos, y supo que el
soundtrack de su vida, se estaba escribiendo al fin de la forma correcta, sintió estar escribiendo ese magnifico
solo de guitarra, cada mirada una nota en su lugar, cada palabra un tono más arriba, más abajo, más perfecto. Ese
solo que no habría de escuchar, hasta muchos años después.
Comentarios
Mima a tus lectores porfa
Échale un ojo a las faltas de ortografía y a alguna cacofonía que se te ha colado. También cuida los "mente" y los gerundios.
Por lo demás la historia la veo creíble y tiene muy buena pinta.
Un saludo,
[FONT="]Windumanoth[/FONT]