Como todo Hombre que he conocido, yo también tenía la obligación de morir, y así lo hice. Quizás antes de lo que esperaba, pero siempre sometiendome a lo que la vida me deparaba. Quiero decir, que el suicidio no es algo que se me huibiera pasado nunca por la cabeza, a pesar del sentimiento de responsabilidad del que siempre he hecho gala. Morí, y donde para todos comienza lo mejor, para mí comenzó lo insustancial. No digo lo peor, no, simplemente insustancial.¿Tan insensato fui en vida que Dios me castigó con la indiferencia tras la muerte?. Tanto me aburría la eternidad, que sin decir nada a nadie decidí resucitar. Y realmente parece de una insanía mental de tal embergadura que ni Dios se la esperaba, ya que nadie se ocupó de hacerme entrar en razón. Es verdad que precisamente ésta no hace ninguna falta Allí.¡Hasta en eso fui un imbécil!. Le concedí a mi juicio la facultad de decidir algo en un lugar donde se es feliz precisamente porque no nos hace falta esa cualidad.
Así, sin consecuencias, aterricé de nuevo en el mundo. Más sabio, más escéptico, pero también con ganas de admirar lo divino desde la tierra,para redimir el mayor de mis pecados durante mi primer ciclo: la tibieza.
Apenas llegué, lo que hice fue una serie de visitas, en concreto tres. Lo primero era avisar a mi hermano Pablo de mi regreso. Pero fue más costoso de lo que pensé. Para mi sorpresa Pablo no me creyó, y lejos de sentirse asustado, pensó que no era yo más que un sueño:
- Tú no eres real...- me dijo cuando cerca de la madrugada lo fui a visitar a su propia habitación.
- Lo soy, Lo soy Pablo, ¡he resucitado!
- ¿Piensas que voy a creerte?, o mejor dicho,¿Piensas que voy a creerme?, ¿Por qué va a querer alguien resucitar? A menos que seas una visión mía, entonces tendría sentido, porque te extraño de veras.
- Pues ya me tienes aquí de vuelta...¡Yo también te extrañaba!
- ¡Dios Santo!, voy a dar un paseo, no me sigas, visión maldita.
Pablo salió a pasear, y no lo seguí. Fue entonces cuando comprendí que al incredulo se le puede aparecer el mismo Dios, encalarlo y decirle: "Yo existo", y divino y todo, fracasaría estrepitosamente. Tan ágil es a veces la mente humana para buscar razones a una convicción, que el incredulo hallaría más de una de peso ante la evidencia más espectacular en contra de ella.
Desanimado, yo también emprendí un paseo por la ciudad. Aunque esta no me merecía el más mínimo interes. Sumido en mis cavilaciones, ya podría haberse caído el cielo que no me hubiera dado cuenta. Pensaba en encontrar a la persona idónea. Alguien que pudiera creerme, y aunque no me caía muy bien, llegué a la conclusión de que la prima Matilde era la mejor opción. La llamaban en el barrio "La fanática", que era un apodo que además de poco original, la retrataba my bien. Al menos una decena de apariciones marianas decía haber experimentado la loca. Era el típico caso donde la herejía y la fe cristiana convivían con una asombrosa naturalidad. Nadie en su barrio recuerda haberla visto pisar una Iglesia, y sin embargo la Virgen la elegía para lanzar sus mensajes a la humanidad entera, cosa curiosa esto de de las elecciones divinas.
Fui hasta su casa y llamé a la puerta.
- Hola Matilde. Soy yo.
- ¡Virgen Santa! ¡Eres tú!- exclamo mi prima posesionada- ¡Ella me lo dijo, si, ella me lo dijo!
- ¿Quien te lo dijo?
- La Virgen, ella me lo dijo, si. Esta mañana me levanté temprano y me dijo: "Él vendra a visitarte"
- Y, ¿cómo sabes que "Él" soy yo?
- Porque nadie me viene a visitar, pero entra entra, sientate aquí, y cuentame cómo te va el trabajo.
- Matilde, acabo de resucitar, no tengo trabajo.
- ¿Acabas de resucitar? ¡Nooooo! ¡fuera de mi casa demonio! ¡Tú vienes a poseerme!, ¡Sal del cuerpo de mi primo!
Matilda me echó a escobazos de su casa. Pero el error fue mío. Debí asegurarme de que mi prima sabía que yo había muerto. Se ve que no le dijeron nada en la familia, por aquello de que tenía la costumbre de no pisar Iglesias. Si lo hubiran hecho tendría que haber venido a mi funeral, y en mi familia somos muy respetuosos con las animadversiones de los demás.
Eran ya dos fracasos, primero el escepticismo de mi hermano y ahora la credulidad feroz de mi prima. Debía buscar el termino medio, siempre tan sabio él.
Pasé muchos días con sus noches buscando el hombre intermedio. El que convinara a la perfección la fe y la sensatez, que fuera capaz de creerme de alguna manera, así fuera parcialmente. Ya apenas me había olvidado de la redención de mi pecado, ya nada me importaba. Quería encontrar a esa persona. Barajé muchas posibilidades. Fernando, el periodista...pero no. Demasiado egocentrico como para creer que hay algo más allá de él. Lucia la geologa...pero tampoco. Era de aquellas personas a las que todo lo que estuviera fuera de la ciencia las desconcertaba. No digo que no me creyera, pero desde luego no me serviría para mucho si lo hacía. Imagino que querría investigar mi caso desde su laboratorio. El padre Filiberto...no no no, de ninguna manera. Demasiado curioso en la teología. Antes que ayudarme me preguntaría con todo lujo de detalles por las consecuencias de la muerte, inseguro de su fe.
Repasé de esa manera nombres y biografías, analizando sus personalidades, hasta que recordé de golpe aquel cura que vino a confesarme de urgencia antes de morir. No recordaba su nombre, pero fui al hospital a verlo. No sabía si era lo que necesitaba, pero desde luego era lo último que me quedaba.
- ¿Es usted el capellán del hospital?
- Ese mismo, ¿con quien tengo el placer de hablar?
- ¿No me recuerda? usted me confesó la semana pasada, cuando agonizaba.
El sacerdote dudó durante unos segundos y luego, abriendo mucho los ojos, dijo:
- ¡Ah, si!, ¿pero tú no habías muerto?
- Si, pero he resucitado...usted me confesó y me vio morir, dígame que me vio morir.
- Si, si...te ví morir, pero no entiendo porque has vuelto. Eso de tener poca palabra está muy mal muchacho. Me dijiste que te morías, que por eso querías el sacramento de la confesión. Y el que muere, muere.
- Si pero es que verá...allí me aburría.
- ¡Por Cristo! pero que idiotez es esa...entonces, yo diría que tu sitio es el infierno.
- ¡No diga eso padre! Tengo un problema. Quiero ver a Dios en las cosas de la tierra, cuando lo consiga podré disfrutar del cielo.
El cura quedó pensativo y me propuso dar un paseo por las afueras del hospital. Yo, claro, acepté, y estuvimos charlando mucho acerca de la muerte, la vida, y las cosas en la tierra que te llevan a Dios. En un momento de la conversación, me dijo algo que hizo que mis esperanzas de redención se desvanecieran.
- Hijo, ¿Alguna vez has mirado el cielo durante un atardecer y te has sentido una hormiga, te ha dado miedo, o incluso te ha mareado la visión?
- No- le respondí.
- Entonces no hay redención que valga. Vuelve ahí y arregla las cosas desde donde corresponde.
- ¿Y como hago eso?
No recibí contestación, al menos en forma dialogada.El bueno del cura me empujó con fuerza hacía la calzada, justo por donde pasaba un enorme camión al que no le dio tiempo a frenar. En una fracción de tiempo indescriptible, volví a parar a la eternidad. Todo estaba como antes, nadie me esperaba, mi ausencia no había modificado nada. Estuve vagando varias horas por las desoladas extensiones que estaban bajo mis pies, buscando a Dios. Estaba seguro de que Él podría resolver este problema, y no entendía cómo no se me había pasado por la cabeza hacerlo antes de resucitar. Caminé, caminé y caminé, y a medida que lo hacía mi desesperación aumentaba, estaba otra vez sintiendo una indolencia profunda que mellaba mi alma y mi ánimo, si es que ámbas son cosas distintas. Hasta que por fín, después de cierto tiempo (que en el mundo podrían muy bien haber sido días) divisé un cúmulo de vidas a lo lejos.Una legión de ángeles afrancesados charlaba alegremente. El jefe, que me conocía ya de la otra vez, se hizo con la palabra una vez que conseguí llegar hasta ellos.
- Por fín has vuelto- me dijo con una voz chillona.
- Si, ya estoy de vuelta.¿Cómo os va todo por aquí?
- ¡Genial!, como siempre.
- ¿Por qué está tan desolado todo esto?
- Siempre está así.
- Ah...no lo recordaba.Oye...¿Cómo puedo hablar con Dios?
Los ángeles se miraron con una media sonrisa en los labios, y uno que parecía el más joven y hermoso de todos dijo:
- Es una broma,¿verdad?, ¿Para qué quieres ver a Ese?, Ahora estás aquí, y por si fuera poco, por segunda vez.
- ¿Estoy aquí?, ¿Donde es aquí?
- ¡ja ja ja! ¿Donde va a ser?¡El Infierno!, ¿pensabas que eramos de color rojo y echabamos fuego por la boca?, Aquí no torturamos a nadie. Y lo mejor de todo. Aquí no tendrás que ver a Ese jamás, porque no podrás.
Para cuando pude procesar la información ya los ángeles caídos se alejaban. ¡Así que esto era el infierno y siempre estuve aquí! ¿No es más que una inmensa soledad?, no es más ni menos. Porque no podría ser menos, pero tampoco más. Es la soledad. Nada parecido a la soledad terrenal; quiero decir, allí siempre te queda la esperanza de morir. No hay nada, no hay nadie, no hay esperanza, no hay muerte, no hay yo ni los demás, y por encima de todo, no hay Dios.
Y así estoy ahora, y parece que para toda la eternidad.
Más tarde me volví a encontrar con los ángeles y me explicaron que podía resucitar cuantas veces quisiera, pero decidí que no, porque así resucite mil veces, acabaré siempre en el mismo lugar.
Comentarios
Me ha encantado tu manera de escribir tan natural. No necesitas ornamentar la frase porque ya funciona muy bien en el registro que utilizas. De verdad, me ha asombrado mucho la historia porque tiene un final inesperado, pero tampoco se libra del tono burlesco de la situación.
Un abrazo,
Windumanoth
quiero decirte que he disfrutado mucho con tu relato, desde las primeras líneas fluido e irónico. Pienso que tratas con elegancia el difícil tema de la fe y del agnosticismo, la soledad del individuo ahora y después, la paradójica ironía en la inutilidad de su muerte. Es un trabajo serio y medido. Me encantan tus "ángeles afrancesados".
Saludos,
Shai
Enhorabuena por tu escrito.
Un cordial saludo,
Sara
Sara, no sabría explicarte lo que quiero decir porque ni yo lo sé. Sólo sé que lo escribí pensando en un amigo que tiene una inteligencia realmente admirable, pero es incapaz de tener un pensamiento medianamente trascendente, y eso me apena mucho. Quizás sí los tiene y sólo es la impresión que me da, pero pensé en alguien que sea incapaz de ver a Dios (al Dios que quieras) en un acto de bondad desinteresada, o simplemente en una maravilla de la naturaleza, y de verdad que eso me parecía un infierno. La indiferencia te mata.
Con respecto al infierno; creo que es suficiente con el sufrimiento de estar lejos de Dios.
No sé, es que si alguien no es capaz de ver a dios no creo que sea indiferencia. Puede ser simplemente que no cree, y entonces no sería tibio sino frío, ¿no? Bueno, igual no lo veo como tú porque no soy católica (pero no me considero indiferente), aunque sí me llaman la atención estos temas desde el punto de vista literario o incluso psicológico. De todos modos me ha parecido muy interesante la fuente de tu inspiración, aunque no sé si según tu relato y tu explicación yo iría a ese infierno
Mis más cordiales saludos,
Sara
Pero sobretodo estoy de acuerdo contigo en que seas o no creyente el tema es interesante desde el punto de vista literario. Yo no creo en los duendes, pero leo novelas y me fascinan: La magia de la ficción!!
Un abrazo Sara, a ver si busco algún texto tuyo y seguimos el debate sobre uno de tu creación!
PD: Yo también pensaba que los demonios eran malos, no rojos ni con cuernos, pero lo de las torturas sí
Xao!
Un cordial saludo,
Sara
Espero con ansia una poesía o un relato tuyos...
Yo he escrito poco en el foro, pero la gente siempre ha sido magnífica a pesar de mi escaso talento. Asi que no tengas miedo.
Un abrazo.
Un saludo
Quizás me traicionó el subsconciente, es porque de verdad admiro esa cualidad que posee mi amigo.
Sin embargo hay algo que quiero decir acerca de lo que has dicho. Entiendo que tú crees que NO CREER EN DIOS no te hace menos humano, y en gran parte estoy de acuerdo. No creo que alguien sea peor persona por no creer en Dios (Él me libre), pero sí pienso que la creencia en algo superior, y en esto estaremos de acuerdo, es algo exclusivamente humano, y aun predominante, desde los primeros hombres.
Esto es significativo, pues es una tendencia natural, como rascarse cuando te pica o comer cuando tienes hambre. Igual que dice Chomsky del lenguaje,la idea de Dios es innata en el hombre. Mi opinión, el ateo rechaza una idea preexistente.
Por otra parte el instinto agresivo también es innato y los civilizados lo rechazamos, con lo cual no quiere decir que todos los instintos sean buenos, pero sí verdaderos.
Digo esto para que sepas que yo no soy un "odia-ateos" ni nada por el estilo, de hecho creo que en parte (para mí como creyente me es imposible completamente) entiendo, respeto e incluso puedo valorar algunos conceptos ateos.
Un placer haber podido aclarar ese punto.
Saludos.
- En primer lugar, mi opinión es que cada cual puede tener las creencias religiosas que quiera (en mi caso, ninguna) pero éstas estarán siempre basadas (exclusivamente) en la fe. Me explico: vale que uno sea católico, judío, etc, pero que no intenten llevarlo al terreno de la lógica. Digo esto porque todavía recuerdo las cinco vías de Sto Tomás de Aquino para justificar la existencia de dios (con 14 años o así ya me parecían bastante extravagantes y ahí sigo aun).
- Por otro lado, creo que hay un problema de conceptos al confundir la querencia primaria de la explicación de la realidad de un modo precentífico (atribuir las cosas a lo sobrenatural, vaya) con el hecho de que creer en un dios como el que supongo que tienes en mente (omnipotente, omnipresente, etc.) es una "idea preexistente" en todo humano. Desde mi punto de vista, esta última idea no es más que la evolución (y refinamiento quizás) que hubo en varios grupos humanos en un momento dado (no hay más que ver que otros grupos continuan con un grupo de creencias nada similares a las tuyas como el animismo, panteísmo...) y que no podemos aceptar como "natural".
Un saludo (y perdón por tanto paréntesis, es un "tic de escritura"
Lo que yo decía era que el pensamiento trascendente, la idea del creador (o creadores) fue en un principio, va de la mano de los hombres y es la linea que separa al animal del animal humano. Esto es un concepto científico: antropológico.
Pues bien, de esto se deduce que el A-teismo es una respuesta negativa posterior al Teismo, que es primigenio y natural.
Yo creo el teísmo no es innato sino aprendido (históricamente, socialmente…). A lo largo de la historia las culturas explicaban mediante dioses todos aquellos conceptos que escapaban a su lógica. Así, los astros fueron dioses para muchas culturas. Luego llegó la ciencia y nos explicó los astros. Esto sería un ejemplo de ateísmo –sí, posterior al teísmo-, pero no como reacción negativa sino como evolución del pensamiento y de los conocimientos.
Lo que quiero decir es que en mi opinión ni el teísmo ni el ateísmo en sí son innatos: lo que es innata es la capacidad humana de hacerse preguntas y buscar respuestas – la capacidad de razonar-, aunque las respuestas a esas preguntas pueden ser teístas o ateístas (depende de muchos factores y de cada persona).
En mi opinión, lo que verdaderamente distingue a un humano de un animal es la capacidad de razonar (¿como causa o como efecto del lenguaje articulado? – ya sería otro debate) y la creatividad – el ser humano como el creador.
El pensamiento transcendente no tiene por qué terminar en un dios, puede trascender más allá de la idea de éste. No por no creer en un dios todo pensamiento se torna intrascendente (
Mis más cordiales saludos.