Sofía acababa de cumplir los diecisiete años cuando le amputaron la mano izquierda.
Se había convertido en una niña prodigio unos años antes, ante el asombro de un público incrédulo que no reparaba en emocionarse y romper en aplausos tras las interpretaciones de la joven. Había ganado ya varios concursos nacionales, e incluso internacionales; por eso, Sofía estaba en boca de todos los que alababan la maestría que se desprendía de las notas de su piano, como si fuese un miembro más de su propio cuerpo. Había actuado para gente de todas las edades, de todas las condiciones sociales. Y eso que es raro que a la gente le guste la música clásica, decían sus ignorantes padres que, no obstante, la acompañaban allá donde fuera: concursos, conciertos benéficos, audiciones para la jet set que organizaba cenas y reuniones en el piano bar de los hoteles…. Se podía decir que Sofía había vivido todas las experiencias que cualquier humano mereciera vivir, pero a una edad demasiado temprana. Sin embargo, sus maneras eran tan exactas como un reloj suizo, pues siempre sabía distinguir a su auditorio y conocía, por los sentimientos involuntarios que mostraban con sus gestos, el repertorio más adecuado para ellos. Alcanzó el éxito tan rápido que sus padres, preocupados, comenzaron a preguntarse si aquello estaba bien, que si la niña no sufriría estrés o que, si en algún momento dado, le fallase el “genio” que parecía acompañarla siempre, la montaña de ilusiones podía caer sobre ella como un castillo de naipes. Por eso, decidieron amputarle la mano izquierda. Lo hicieron para que la niña, que era diestra, pudiera seguir tomando apuntes en clase o comiendo sin la ayuda de nadie. Así seguirá sintiéndose útil, se decían. Yo, mientras tanto, me preguntaba si aquello iba a afectar más a Sofía que el hecho de haber alcanzado la gloria siendo aún una adolescente.
– No importa – contestaba sonriendo cuando alguien le preguntaba por su miembro amputado.
He de decir que la verdad es que Sofía no mentía en absoluto. Incluso se sentía mucho más cómoda, relajada, como si le hubieran quitado un peso de encima. Tenía todo lo que quería, menos su mano izquierda, a la que, sorprendentemente nunca echaba de menos. Podía arreglárselas muy bien sola, sin la ayuda de nadie, y eso enorgullecía a sus padres.
Un día, Sofía comenzó a escribir historias. Su única mano se deslizaba por el papel como la seda, a gran velocidad, ante la estupefacción de sus familiares y conocidos. Ellos no entendían demasiado bien el sentido de aquellas palabras, conectadas una tras otra, pero lo que sí es cierto es que les conmovían; poseían una extraña fuerza mágica y arrebatadora que atrajo pronto la atención de las editoriales más prestigiosas del mundo. Así fue como, con veinte años, el primer manuscrito de Sofía fue publicado y acogido calurosamente por un público ávido por leer más y más historias escritas por la única mano que parecía no agotarse nunca. Se podía decir de ella que había nacido para escribir, como si llevase dentro de sí una especie de memoria que le dictase lo que tenía que contar al mundo. Por eso me entristecí mucho cuando sus padres decidieron amputarle la mano derecha. Decían que podía ser a la larga objeto de duras críticas y amenazas por parte de otros escritores que veían reducido el número de sus ventas por culpa de las altísimas cotas de venta de los libros de Sofía. Quedó así invalidada de ambas manos a la edad de veintidós años. Su carrera como escritora había sido corta, pero no todo iba a acabar ahí.
– No importa – decía con una sonrisa dibujada en los labios.
Y así fue como comenzó a dictar sus libros a escondidas, en el sótano, con la ayuda de un miembro de la editorial, que transcribía palabra por palabra lo que fluía de entre sus labios, tal vez con más fuerza que antes. Ahora se dedicaba a contar historias mucho más intensas en cuanto a la crítica social. Decían que incluso tenía tiempo para crear columnas en los periódicos, firmadas bajo seudónimo, claro. Pero sus padres, atemorizados, se dieron cuenta de todo lo que su hija estaba tramando en el sótano de la casa, y, cuando Sofía hubo cumplido veinticinco años, decidieron sellar sus labios.
– No importa – decía con su mirada, intentando hacer una mueca de sonrisa.
Desde aquel día, se convirtió para todos en un pasatiempo muy común el ir a visitarla, porque todavía podía hablar con la mirada. Fue capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros, tan solo escrutándonos con sus profundos ojos de quién sabe qué color. Lo más sorprendente es que cualquiera podía comunicarse con ella tan solo estando a su lado durante unos momentos, comprendiendo con cada movimiento de sus ojos lo que quería decirnos. Llegaba hasta lo más profundo del alma humana y la convulsionaba por completo, tal vez para hacernos entender que no somos más que eso, seres humanos reducidos a la nada, caminando entre las tinieblas. A veces te decía que estaba cansada del mundo, de la gente, de la corrupción que reinaba bajo las envolturas de seres humanos que no éramos nada. Nada delante de ella. Incluso a veces la he visto llorar como nunca antes lo había hecho. Pero, claro está, sus lágrimas vertidas eran una manera de canalizar sus sentimientos hacia nosotros. Y por eso, sus padres volvieron a asustarse. Temieron que a las personas no les gustase que entrasen en su interior y revolvieran sus pensamientos más profundos. Así pues, al año siguiente decidieron extraerle los ojos.
– No importa – decía su cuerpo, que apenas se podía mover.
Todo el mundo sabía que Sofía seguía pensando; su cerebro trabajaba más que antes. Y sufría, al igual que el resto de los mortales, porque estaba convencida de que el hombre se impulsa a sí mismo hacia la perdición. “Pobres ignorantes”, solía pensar. “No saben que terminarán destruyéndose unos a otros sin remedio, porque la condición humana es así: la razón ha nacido con esas inagotables ansias de poder que serán la perdición de la especie.”
Sus padres sabían que sufría, y se preguntaban si privarle de sus manos, de su boca y de sus ojos había sido una buena idea. Entonces, decidieron consultar a un especialista, que les dijo que, obviamente, el problema residía en el cerebro de Sofía, y que lo más sabio era deshacerse de él lo antes posible, para que ese cuerpo mutilado dejase de sufrir para siempre.
Hoy le van a extraer el cerebro a Sofía. Sus padres han decidido donarlo a un instituto de investigación, para que lo analice y extraiga de él todos aquellos datos que hacían de la muchacha un ser tan excepcional. Tal vez sea para que, en un futuro, la mente humana pueda llegar al nivel de la de Sofía, pero no sé por qué extraña razón, no estoy muy seguro de que la investigación sea un éxito. Mientras tanto, pienso que tal vez hoy yo deje de existir, al igual que todos vosotros, cuando por fin le extraigan el cerebro a Sofía. Y ahora, observándola sentado a los pies de la camilla en la que van a intervenirla, no puedo evitar preguntarle qué siente en estos momentos, sabiendo que le van arrebatar lo único que queda ya de ella, a lo que me responde, con gran serenidad:
[FONT="]– No importa.[/FONT]
Comentarios
Un cordial saludo. JOSÉ RUBÉN
Un saludo y nos leemos,
Windumanoth
Saludos,
Shai
Windumanoth