Aquel llanto de hojas muertas susurraba tímidamente bajo sus pies.
Desnudos, solitarios e inocentes.
Perdidos en la inmensidad del bosque, buscando el refugio de su ser, buscando un lugar donde poder sentir, donde la libertad fuese algo más que palabras.
Desnudas, solitarias e inocentes.
Mezcladas con el mundo bajo la fina brisa de la tierra de los hombres,y, allí estaba el sonoro fluir del otoño surcando las paredes del boque,guardando en sus aguas el enigma de la vida, el enigma de los sueños.
Sus azarosos pasos casi rozaban ya las tibias aguas del río, a la vez que la fina brisa se desprendía de los cuerpos, que poco a poco se inundaban, agitando así la serena claridad de aquello que siempre está sereno, de aquello que siempre está claro.
Sus risas, rápidamente, se fundieron con el cantar del bosque, ajenas al destino, ajenas al momento en que su vida dejaría de ser suya.
Comentarios
JOSÉ RUBÉN
Independiente de la situación que quisiste plantear, creo que tu escrito me ha sujerido el suicidio por inmersión, y más precisamente el recuerdo de un suicidio por inmersión y aún más, la imagen de Virginia Woolf dejando este mundo.
El poder de evocación esta bastante logrado.