MUERTO
1- Desordenado
Adelina del Carmen Guerrero se acerca al muerto y cree ver en los pómulos el viaje trazado por las lágrimas. El hombre de camisa rosa o lila persiste inexorablemente muerto cuando ella se inclina a buscar sus ojos. Adelina del Carmen Guerrero camina rumbo a su casa; la resonancia de la sirena de la fábrica de zapatillas, donde fue contratada como operaria para el mantenimiento y limpieza de moldes, planea en su cabeza impulsando un avioncito de papel imaginario. Un policía se aproxima y le indica que debe alejarse; es, precisamente, una orden que Adelina del Carmen Guerrero, sumisa, ejecuta. En el interior nauseabundo de la garita está el muerto: desparramado, sangriento y revuelto como un muerto. Una mujer murmura primero, y otra vocifera después, que tarde o temprano la justicia de nuestro Ejército alcanzará a cada terrorista. Ella vacila; no concibe que un recuerdo desordenado pudiera herir de tal manera a la memoria: el paso de las lágrimas por los pómulos, sobre la sangre y el polvo. Un pibe. Pobrecito. Le reventaron el pecho.
2- Aluminio
Sergio Mansilla y Jorge Raletti habían rebuscado en los recovecos conocidos de sus casas y los desconocidos de las de sus tías con una idea fija: ALUMINIO. Cualquier pieza que hallaran iría a desfigurarse entre las uñas de aquel terraplén desamparado. Ubicarían un cacharro y otro sobre el durmiente que soporta el extraño mecanismo compuesto por los rieles y, sujetos a la palanca de desvío de trenes, obtendrían alhajas del tamaño de un puño; pero antes los llenarían de bulones para acrecentar su peso. El rengo Agustín nunca descubriría el engaño pero Carlos era peligroso y más astuto que el viejo, aunque lo eludirían también. Sergio y Jorge jamás olvidarían el día que fueron empujados a patadas de la compraventa de metales por fundir una barra de plomo en el interior de una canilla de bronce. El estruendo que escucharon provenía del cabin abandonado. Después la garita fue rodeada por los policías y Sergio Mansilla y Jorge Raletti se acercaron; un hombre moreno de ojos oblicuos les interrumpió el paso: ¡vuelvan a sus casas, desaparezcan de aquí! Se apartaron unos metros y cuando el soldado los olvidó Jorge aprovechó el caminito que le dejaron los uniformes para trepar a la ventana. Entonces lo vio, vio al muerto; la hoja de un periódico le cubría la boca y el cuello. La imagen ocasionó un recuerdo: el gigante en la portada de un libro de cuentos que halló en un quiosco de revistas usadas. Los pies parecían no tener parentesco con las piernas, llevaba puestos unos enormes zapatos negros y no supo si la camisa había sido antes del color de la sangre.
3- Panfletos
El ilícito en el que incurría Hipólito Dauchet, al estacionar el colectivo repleto de pasajeros en medio de la calle, lo exponía al riesgo de ser penado por los agentes de tránsito, arracimados para espiar al muerto. Las cabecitas, tras los cristales de las ventanillas, intentaban adivinar lo que el conductor conocería unos segundos después; alguien (quizá un hombre excesivamente delgado de pullover celeste) se lo anticipó en la vereda. Hipólito Dauchet juzgó, al advertir el color morado de las uñas del muerto, que antes habría sido golpeado duramente, al menos en las manos. Por las salpicaduras dedujo que los papeles (amarillos o blancos) desparramados a su alrededor eran la deliberada estrategia que lo culparía, las salpicaduras de sangre repartidas en hileras de pequeños delatores, como dedos, como óvalos premeditados sobre el rollo de panfletos en el bolsillo del muerto. Un policía gritó: ¡apártense, den paso a la ambulancia! e Hipólito Dauchet regresó al colectivo. El muchacho tendría su edad, pensó, e igual que él el cabello corto; esa correlación le produjo una emoción semejante al terror. Un perfil movedizo, acaso un pasajero o la sombra de un pasajero en torno a la gaveta donde ocultaba la recaudación del día, le aligeró la marcha. Ascendió, se instaló en la butaca, frente al volante, y avanzó (un hombre de traje oscuro protestó por la tardanza). Durante un largo trecho la secuencia atroz que insistía a la memoria le negó totalmente la audición, por esto el timbre de la puerta de descenso seguiría sonando para nadie.
4- Castigo
La hermana Joaquina, de la orden Siervas de Jesús, apretujó las perlas de su rosario, bajó la cabeza y rumoreó una plegaria. Cuando recobró la vista observó al niño que, saltando, se descolgaba de la reja. Se arqueó hasta el suelo para persignarse y luego, al restablecerse, reconoció en su rodilla un borrón de pólvora manchado con sangre. Supo que era una pena por la debilidad de su fe: El Señor permitía que El Maligno también eligiera su pierna para complacerse con el dolor de la víctima. Llegó al internado y buscó misericordia en el sacramento de la Penitencia.
5- Cristiano
Alguien le adelantó pormenores sobre lo que sucedía frente a su casa. Teresita Soler alcanzó irreflexivamente la bolsa de plástico blanco con la que acostumbraba ir de compras y salió a la calle; el recurso le pertenecía (al menos esto pensaba quien desconocía la existencia de un juego llamado psicología) y crearía en los demás la certeza de que había llegado allí por casualidad. Teresita Soler era la primera en destapar infidelidades, embarazos indebidos y otras felicidades del barrio, aferrada siempre a la bolsita que su hermana tejiera con envases de leche vacíos. Sólo ella percibió la cruz de madera flotando en el charco violeta. Perteneció al difunto, pensó, mientras el cordón roto todavía pendía del cuello del chico como una aguja roja. Luego lo cargaron en la ambulancia y la hebra se torció en la tierra; fue el instante que Teresita Soler perdió de vista el crucifijo. Más tarde, cerca de las cuatro, telefoneó a la oficina de su esposo para anunciarle que acababan de asesinar a un cristiano.
6- Desprolijidad
El Doctor Artemio Henríquez, capitán de la Compañía de Comando y Logística, lamentó el hecho ante el teniente primero Ressetti y le reprochó el accionar de sus muchachos; se están convirtiendo en criminales desaforados, aseveró. Artemio Henríquez juzgaba que para esta circunstancia el artilugio de varillas de quebracho y alambres de acero hubiese sido más prolijo y eficaz. Aniquila por asfixia, dijo, secciona la garganta y el resto de los órganos se conservan intactos. Tírenlo al pozo.
7- Guardia
Frente a las barrancas del río, en el Puesto de Guardia Nro. 2, el soldado clase cincuenta y nueve Martín Casano duerme acurrucado sobre la pasarela de hierro. El sargento primero Agustín Navarro lo sorprende golpeando su casco con la culata del fusil. Casano se pone de pie, firme, como le enseñaron y su sargento primero desprende la hoja de papel que sujetan los barrotes de la baranda, el cuento que esa noche Martín Casano no acabó de componer. Hay alegorías que no comprende y al menos una docena de palabras que lee por primera vez. En la narración el lector (y ahora también el sargento primero Agustín Navarro, como una figura que se desdobla y obtiene una incómoda fascinación al silabear su nombre) es situado en el diámetro visual de un grupo de personajes, una intención es que a través de las observaciones de éstos comience a sospechar que la muerte del conscripto, en el fondo de la garita del ferrocarril, es el brutal escarmiento de un ejército feroz…
No ha amanecido y el sargento primero Navarro ya se presentó ante el oficial de guardia, quien en este momento cree descifrar un pasaje de la hoja. Así que el soldadito es terro, miralo vos, con esa cara de boludo. Se equivoca mi tenien… ¡cállese la boca, sorete! seguro que los proyectiles que desaparecieron de la sala de armas, la semana pasada, te los robaste vos, zurdo hijo de puta (exasperado, manotea el papel que dejó sobre la silla y lo abolla ante los ojos temerosos del sargento primero) como este pendejo no tiene huevos para meternos una bomba escribe cuentitos tratándonos de criminales y otras mierdas, así empiezan… ¡póngase firme, carajo!
8- Domingo
La señora Estela de Casano amasa desde temprano los ñoquis para el almuerzo; hoy es domingo y día franco de Martín, un hijo menos o un hijo más, muerto en el fondo de un cabin desamparado. Mientras el señor Raúl Casano hojea el periódico sentado en su sillón, junto a la estufa, un perrito pekinés juega con un ovillo de lana. Estela y Raúl no ignoran a los hombres que presiden la República Argentina, pero desconocen que la suma de todos sus nombres, sus rostros y sus rangos compone hoy el dibujo de una cifra viva, una clave en movimiento, un desorden de consonancias y fonemas equivalente a una crónica de espanto que el mundo leerá mañana.
Cuento escrito por Ariel García, en el año 1994.
Comentarios
El lenguaje es profundo, pero a su vez sencillo, da tumbos, y eso es bueno!
La estructura es original, digno, me atrevo a decirlo, de un Garcia Marquez... dejando mucho a la imaginacion del lector...
La ambiguedad en esta clase de relatos es algo que me atrevo a decir, es dulce y amargo, y me encanta!
Te felicito sinceramente!!!!!
Escribi más pronto!!!!:D
Lo leeré con calma pues es un texto largo y elaborado. No nos merecemos una lectura superficial ¿verdad?
Volveré.
Hasta pronto.
FElicidades
Desordenado:
En desordenado me fijo en la herramienta de las frases largas ( una de mis mil asignaturas pendientes) y la cortas que realzan la importancia justo donde quieres ejecutar la intención. Lo haces en:
Un pibe. Pobrecito. Le reventaron el pecho.
Con éstas tres sencillas afirmaciones cierras desordenado, pero antes nos haces ver al muerto que en su mutismo habla por medio de Adelina del Carmen Guerrero desde que se inclina a buscar sus ojos y por que si, porque le da la gana al escritor, la retira de la escena de cuerpo presente y camisa rosa o lila ( bien por ese o de color confuso) y en una pirueta es operaria especialista de algo tan lejano a un duelo como mantenedora de moldes, he sonreído con éste Hale Hop.
Bravo por el recurso de una mujer mumura PRIMERO y otra vocifera DESPUES, con esos adverbios, la murmuración y la voz adquieren tempo y visualidad escénica.
Pero me temo ser lectora exigente y crítica, sólo practico esta disciplina con un buen texto, lo que me hace renegar del tercer innecesario nombramiento de Adelina del Carmen Guerrero.
Buena descripción del viaje de las lágrimas, me ha encantado, y sobre todo Ariel, ese contar por fuera y por dentro, situación y sensación desde tres ángulos:
- El narrador
- Adelina
- Los pómulos del muerto.
Por la frase final de Aluminio dije bravo por la o de rosa o lila en el comentario anterior, antes pudo ser del color de la sangre…
Siento no conocer el oficio de buscador de metales para poder apreciar en lo que vale ésta parte del cuento. Aquí, en la isla de Gran canaria, mucha gente se buscó la vida con el metal de los buques hundidos, pero cada vez hay menos y más leyes que prohiben comercial con cualquier artefacto flotante, hundido o no.
Nos metes en otra escena donde un niño llamado Jorge no podrá olvidar nunca los pies de un gigante. Tanto le impactó la imagen que ahora lo está contando.
Esto que llamas con humildad un cuento titulado muerto es algo más.
Has recreado en un escenario de papel una historia donde los personajes entran y salen. Lo leo como una obra de teatro. Prosopón. Cambian los actores y las situaciones. De fondo el muerto y también absoluto protagonista.
Ya tenemos que la sangre tiñe de rosa o lila la camisa y el color morado habla por sus uñas. Vas conformando al muerto en cada título.
A mi modo de ver, los paréntesis sobran, los dos, sobreexplica lo que no necesita en absoluto aclaración, y el del pullover celeste dices es excesivamente delgado ¿para quién?.
Como los dos anteriores títulos los finales me interesan:
“Durante un largo trecho la secuencia atroz que insistía a la memoria le negó totalmente la audición, por esto el timbre de la puerta de descenso seguiría sonando para nadie”.
Cuando tenga tiempo y atención, será otro día, seguiré comentándote, si no te molesta Ariel.
Me complace descubrir que la idea pretendida para Desordenado puede llegar a otros del mismo modo que la concebí; digo esto por que, al escribir, no siempre se tiene en cuenta la existencia de un lector (puede ser que no haya ninguno) pero en el momento de exponer la narración a un grupo comienza a generarse, en el creador, el temor por haber compuesto secuencias demasiado íntimas o intrincadas, imposibles de trasladar al lector real; y me estoy refiriendo a una limitación del escritor, no de la persona que lee. Al menos es lo que yo experimento.
La primera versión de Desordenado era, precisamente, ordenada; quiero significar que mantenía una hilación temporal estricta. Luego, al releer lo escrito, especialmente el tramo: "... no concibe que un recuerdo desordenado pudiera herir de tal manera a la memoria." entendí que debía darle a todo el bloque una confusión semejante a la que podría experimentar el personaje. Se me ocurrió alterar el orden del texto, desordenarlo; incluso eliminé enunciados que ayudaban a sostener la temporalidad, en uno de ellos Adelina del Carmen Guerrero cena junto a su esposo e hijo, en silencio, sin comentar el incidente; en otro siente el pesar de una certeza: ser la única persona en el mundo que se ha inclinado a buscar los ojos del muerto. Y, al fin, las cosas quedaron como pueden leerse ahora en el cuento.
Hasta pronto.
PD: Cómo podría molestarme, Suina, que otro día prosigas comentando mi cuento cuando soy yo el que agradece que lo hagas, mi gratitud para ti; también para ángel sin alma, gitanita_bonita y las personas que han llegado a este hilo.
Gracias por compartirlo aquí.
saludos,
Shai
Su tuviera que sintetizar éste cuento diría que es un caleidoscopio, como figura central e inmutable el muerto y a su alrededor giran los diversos personajes que utilizas como justificación para dibujar distintos perfiles de una sociedad.
En 4.- perfecto esbozo de una culpa sublimada en penitencia.
En 5.- Psicología, vuelven los dichosos paréntesis a indicar al lector por donde debe ir su ojo, algo innecesario. Teresita Soler es intuitiva, y lista, y observadora. ¡Ay esa cruz! Y ¡Ay esa frase de….” como una aguja roja y la hebra, se torció en la tierra” ¡Cómo me gusta!
En 6.- Pues como toca, frialdad y datos. Bien documentado de los aritulugios forenses. Perfecto en su forma.
Sigues escenificando, en diámetro visual de los personajes que entran y salen de la escena así lo indica.
Se van atando cabos en éste 7, y hasta sargentos ¿eh?
8- Domingo
Escena doméstica: una cocina donde se sitúa a la señora, y al señor tras su periódico, y el perrito pekinés completa la estampa casera.
Y como final la crítica social perfecta del último párrafo que completa el magnífico relato que nos has regalado, piruetas psicológicas desde todos los ángulos posibles, es más que un cuento negro, más que un relato detectivesco, es una intensa radiografía.
El párrafo:
“no ignoran a los hombres que presiden la República Argentina, pero desconocen que la suma de todos sus nombres, sus rostros y sus rangos compone hoy el dibujo de una cifra viva, una clave en movimiento, un desorden de consonancias y fonemas equivalente a una crónica de espanto que el mundo leerá mañana.”.
Fin. Un placer haberte leído Ariel.
Observar el examen y separación de los componentes de uno de mis cuentos, análisis llevado a cabo por Suina, en este caso, no sólo me ha otorgado la posibilidad de percibir una perspectiva diversa, lo que ya es demasiado, sino también enriquecer la narración original y las que aún no he escrito; por que la exposición de una obra y la absorción o consideración de la crítica que ha desencadenado complementan el aprendizaje, aprovechando la voluntad y los conocimientos que otra persona, generosamente, nos ha querido entregar.
Hasta pronto.
Una abrazo.
Lo volveré a leer en breve para poder sacarle algo mas de jugo porque me da la intuición de que algo se me escapó XD
SALUDOS
Sutil