No se si viene bien en la seccion "Negra"...pero bue
Acio. De Juan Nougués
-La noche del incendio es algo que aún intento olvidar…
Ello era cierto, Horacio constantemente lo decía, sin importar cuanto te conociera, lo decía una y otra vez.
“Deberías buscar ayuda profesional”, “La vida sigue, aprovéchala”, “Disculpa, pero debo irme” eran las respuestas que normalmente recibía. El joven muchacho de cara quemada vivía muy solo. Su padre muerto y su madre en coma, ambos en aquella situación por culpa suya.
-Maldito, maldito sea yo.- se repetía.
Tenía trece años. Vivía con sus tíos que lo despreciaban, así como él a ellos, por lo que muchas noches escapaba a una silenciosa colina al Norte de la ciudad. Así fue como conoció a Silvia, algo que pronto deseo nunca hubiera sucedido.
Era una mañana normal, Horacio había insultado a su primo y la casa se había convertido en un caos. Para aliviar su enojo, se dirigió a su lugar de paz. Tomó asiento sobre la misma roca de todos los días y miró la ciudad deseando verla en llamas.
-¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué todos me odian y discriminan? Dios mío, dame una respuesta, por favor.- rogó a los cielos.
-¿Con quién hablas?- preguntó una infantil vocecilla.
Sin darse cuenta, se había arrodillado. Se sorprendió y dio media vuelta buscando a la dueña de tan tiernas palabras.
-Con nadie.- respondió sorprendido. Ella no hizo gesto, mueca, o comentario alguno referido a la fealdad de Horacio.
-¿Y por qué estás arrodillado?- La muchacha escondía sus manos tras la espalda.
-Pues…No lo sé.
-¿Puedo acompañarte en lo que sea que estés haciendo?- pidió ella.
-De acuerdo.- aceptó él. ¿Qué clase de burla nueva era ésta?
Permanecieron ambos de rodillas por unos minutos, hasta que ella quiso saber que estaban haciendo realmente. Él rió y el intercambio de palabras fue fluido. Tras decirle su nombre, el muchacho se atrevió a preguntar:
-¿No harás comentarios, gestos, ni nada que se asemeje respecto a mi?
-Pues el único comentario que haría, es uno que no pienso decir.- respondió en risitas insoportables.
Horacio pensó lo peor y su enfado creció. Se puso de pie, desafiante.
-¿Es respecto a mi apariencia?
-Así es, pero créeme que no es negativo.
Aquellas palabras no disminuyeron la tensión del muchacho.
-Explícate, Silvia.- ordenó con sus puños cerrados.
-No te enojes, Horacio…Está bien, te lo diré, pero mañana, ¿de acuerdo?- pidió con una amplia sonrisa la chiquilla de doce años.
Horacio asintió de mala gana, aunque pronto volvió a sonreír gracias a la bella niña frente a él.
La mañana acabó y la tarde estaba próxima a ello.
-Oye, Acio,- dijo tiernamente ella, dándole un apodo diferente a “Cara quemada” o “Deforme”, -Ya se ha hecho tarde, te veré mañana aquí, ¿sí?
-Hasta luego, Silvia.- respondió él maravillado, a pesar de seguir pensando que esto no era más que una broma pesada.
Volvió donde sus tíos y, ansioso por la mañana siguiente, fue a la cama temprano.
El sol asomó por el horizonte y Horacio abandonó su cama de un salto, vistió su más bella ropa, y corrió hacia la colina que frecuentemente visitaba.
Ella estaba allí, esperándolo.
-¡Acio, viniste!- exclamó ella abrazándolo.
Él estaba fascinado, nunca nadie lo había envuelto en sus brazos.
-Creo que hay algo que tienes que decirme.- dijo feliz por el nuevo día.
En un instante, ella se puso colorada de la vergüenza.
-De acuerdo. Lo que iba a decirte es…es que eres muy bonito.
Su sonrisa se extendía de oreja a oreja. Nunca había estado tan feliz. Nunca se había sentido tan…extraño.
-¿Por qué dices semejante idiotez?- preguntó ahora desdibujando aquella sonrisa.
-¿Qué?
-¿Qué te he hecho yo para que te burles de mí?
-Horacio, yo…
-Anda, dime, Silvia.
-¡Horacio!- lo detuvo ella, -La belleza va más allá de las apariencias, tú en sí eres hermoso, debes ver más allá de lo visible, mira quien eres y entenderás.
Él logró tranquilizarse por un momento. La miró con tristeza. La miró intentando comprender. La miró, y no le creyó.
-¡Te burlas de mí como todos! Maldita seas Silvia, ¡malditas seas!
El niño se abalanzó sobre la indefensa muchacha y la tomó por el cogote. Sus manos firmes apretaron el cuello de Silvia, y en segundos, la niña dejó de respirar.
Macabramente, Horacio rió, rió y lloró, lloró y se maldijo, se maldijo y huyó, se alejó de allí para nunca volver.
Los días pasaron y finalmente se atrevió a mirarse en el espejo una vez más. Era hermoso.
Juan Nougués
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