Y acá vengo con otro de mis relatos

que espero no me quede abandonado como
Si fuera libre... 
Asi q bueno...se van a divertir

eso lo aseguro ^^
Un poquito larguito =/...
Fombras. De Juan Nougués. 18/02/09
-Emboscada, viene del bosque; si uno estuviera en el mar, sería una enmarada.- dijo Sebastián sonriendo.
Su novia sentada frente a él reía.
El restaurante en el que se encontraban comúnmente no recibía muchos clientes, y aquel día no era una excepción.
-¿Qué otra palabra vas a inventar, Seba?- preguntó ella tomando un sorbo de su vaso.
-Hay tanto por analizar: piensa en repetir, “re” es “volver a”, mientras que petir, ¿qué es? Simple, petir es “hacer”. Voy a petir milanesas.- continuó simulando seriedad.
Sebastián tenía una amplia imaginación, y muchos decían que sabía usarla.
En la mesa de al lado una pareja cenaba felizmente.
-Escucha a aquellos que están detrás de ti.- dijo en susurros con el oído atento, ella obedeció. -Ella está enamorada de él. Demasiado enamorada. Él por otro lado; escucha su voz.- prosiguió, la voz del hombre tenía un leve tono agudo, afeminado, -Lamentablemente, él es homosexual, y no la ama, pero debe ocultarlo. Quizás sea por sus padres, o para no lastimarla a ella; pero cada vez que la besa, piensa en él, Fabián, su verdadero amor.
Ella nuevamente rió.
-Estás loco, Seba. ¿De dónde inventas esas cosas?
-¿Inventar? No, mi amor, no es inventar, es observar.- refutó conteniendo una carcajada. -Ahora mira a mis espaldas, otra pareja.- Así era, una pareja de personas mayores, el hombre hablaba constantemente y la mujer simplemente asentía con la cabeza. -Él intenta conquistarla hablando de hazañas inventadas; es su primera cita, probablemente a ciegas. Resulta que ella no tiene interés en él, por lo que se limita a asentir de vez en cuando o a decir un simple “sí” cuando él hace una pausa, paralelamente piensa en el otro muchacho con el que podría haber salido. ¿Ves? Es cuestión de saber observar.
-¿Y él la quiere?- preguntó ella con un codo sobre la mesa y con el mentón sobre la mano a su vez.
-Siempre buscando el amor, ¿no? Sí, él está fascinado con ella, siente que guarda un tesoro detrás de esa mirada desinteresada, por lo que intenta conquistarla ya desde un absurdo que sabe que fracasará.- terminó, saciando los deseos de su novia.
-¿Qué me dices de la moza? O esa pareja que nos mira de vez en cuando.
-La pareja está loca, él es un asesino y ella una ignorante. No hay mucha vuelta que darle. Pero la moza, pobre mujer. Mira su cabello rubio y aquellas pestañas. De pequeña sufrió un accidente en casa de su padre –ya que sus padres se habían separado-, se incendió todo pelo de la cabeza. Ahora usa una peluca rubia para llamar más la atención y pestañas postizas. Redigo, pobre mujer.
-Ay, que horror. Realmente tienes una amplia imaginación.- Ella sonreía de oreja a oreja; lo amaba con uñas y dientes.
-Aquí están sus espaguetis.- interrumpió la moza dando un cierre al tema. Sirvió los platos y se retiró.
-¿Cómo están tus padres?- preguntó a Olivia, su novia.
Continuaron la velada alegres, sonrientes, con besos y risas, bocados y tragos, miradas y caricias. Terminaron de cenar y encararon la calle. Permanecieron unos minutos en la cercana plaza y luego él la acompañó a su casa.
-Nos vemos por la mañana. Te amo, Oli.- se despidió él besándola.
-Adiós, mi creativo Sebastián.- se burló ella.
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-Hogar, dulce hogar.- dijo cansadamente.
Abrió la puerta de su habitación, la cual hacía una semana decoró con una alfombra que cubría todo el suelo. Una punta se había despegado. Acercó la mano para arreglarla y la propia cruzó camino con una ajena. Ésta última era pequeña como la uña del dedo gordo, y su dueño del tamaño del dedo índice se asomaba por debajo de la alfombra.
-¡Santo Dios!- exclamó asustado.
El hombrecillo lo miró con extrañeza.
-Oye, estamos trabajando aquí. Guarda silencio.- respondió con una voz aguda.
-¿Q-qué eres?- preguntó acercando su rostro para entender mejor lo que veía.
-¿Qué soy? Soy un fombrero y tú un gigante. Que qué soy, desconsiderado.
-¿Un fombrero? ¿Qué es eso?
-Típico de un gigante, ni siquiera un “gracias”. Somos los cuidadores de los fombras.
-¿No querrás decir de las alfombras?- corrigió Sebastián.
-Ese invento de los gigantes, Dios santo. No, he dicho fombras, no alfombras. Creímos que volverías más tarde. Ahora que me has visto, sígueme por el fombra de tu habitación. Yo te enseñaré qué sucede con cada paso que das aquí.
El pequeño fombrero trepó por la alfombra y, ya sobre ella, caminó con pequeños pero rápidos pasos hasta el centro del cuarto. Del suelo salió un pequeño palillo que, Seba pensó, era un micrófono.
-Atención, fombreros, el gigante Sebastián nos ha descubierto, todos al fombra, redigo, todos al fombra.- ordenó el hombrecillo confirmando la sospecha sobre el palillo. Su voz resonó en toda la habitación.
Sebastián comenzó a oír extraños ruidos debajo de la alfombra. “Debo estar soñando” pensó, “Pellizcarme sería una opción, pero sería un tanto infantil… Probar no mata a nadie”. El pellizco dolió.
-Oye, gigante, esto no es un sueño.- se burló el fombrero que clasificó como líder.
Pronto se abrió una trampilla de alfombra lo suficientemente grande como para que la cabeza del supuesto gigante pasase.
-Mete tu cerebro allí.
-¿Perdón?- preguntó asustado Seba.
-Tampoco entiendes una broma. Mete la cabeza allí. Malditos gigantes, siempre tan cobardes.
Obedeció temiendo lo peor. Encontró entonces un mundo nuevo, un mundo debajo de su alfombra, “o fombra, mejor dicho”.
-Escuchen todos,- comenzó a decir el pequeño ser, -todos deben repetir sus actividades para mostrar al gran Sebastián lo que sabemos hacer. ¡A trabajar!
Unos fombreros reforzaban la zona donde apoyaba sus rodillas, otros el sitio de las manos. Un tercer grupo reparaba la esquina doblada.
-Mi nombre es Arbmof, pero puedes llamarme Arb.- informó el pequeño.
-Encantado…Arb.- respondió confuso.
El hombrecillo señaló los equipos que Sebastián había visto recientemente.
-Ellos son los Efe, encargados del mantenimiento principal del fombra; cada paso que das, los Efe están ahí para que no rompas tu amado suelo. Después están las O, como la vocal,- prosiguió señalando a fombreras que al parecer tejían, -ellas se dedican a tejer más fombra para reemplazar la que diariamente se rompe; como puede ser la que está debajo de tu cama, tanta presión desgasta tu suelo y nuestro techo.
Seba no comprendía nada y al mismo tiempo entendía todo.
-¿Por qué razón he visto alfombras rotas en otras casas o habitaciones?- preguntó aún confuso, pero fascinado a su vez.
-Son fombras. Lo que sucede allí, es que los fombreros deciden abandonar aquel hogar. Puede suceder por maltrato, cansancio o escasez de materiales.- informó Arb.
-Realmente es impresionante.- dijo sinceramente, -¿Qué más hay por saber, Arb?
-Yo soy el capataz de esta fombra. Cada una tiene uno propio. Nosotros llegamos aquí por orden de la fombrera mayor, Brefomra. Ella se encuentra en las lejanas fombras del Vaticano, a los pies del Papa.
-Eso sí no lo creo.
-Dios mío, ¿por qué nos castigas con gigantes ineptos?- se burló el fombrero mirando más allá del cielo.
-De acuerdo, quizás sea verdad. ¿Qué hacen cuando alguien los descubre, como yo?- se interesó por saber qué sería de él.
-Simple, los matamos.- respondió Arb seriamente.
El corazón de Sebastián se aceleró como nunca antes.
-¡¿Q-Qué?!
El pequeño humanoide rió a carcajadas.
-Estaba bromeando. No hacemos nada, esperamos que ese gigante hable y que el resto del mundo lo escuche y tenga piedad de nosotros, que trabajamos incontables horas para mantener sus suelos limpios y hermosos.
-Ah.-, no supo qué mas decir.
-Ahora que sabes de nuestro mundo, espero seas más amable al pisar una fombra.
-Así será, no te preocupes.
Miró por última vez aquel extraño nuevo mundo: su suelo de madera, su techo de alfombra, pequeñas carpas donde descansar, cajas llenas de restos de alimento que él tiraba a la basura, pequeños obreros trabajando bajo sus pies. Un mundo distinto.
Levantó la cabeza y de dos largos pasos abandonó la habitación. Durmió en el sofá de la sala de estar, o por lo menos lo intentó.
Desde ese día en adelante, Sebastián nunca volvió a pisar una alfombra. Ahora teme por un mundo debajo de las baldosas.
Juan Nougués
Voy a seguir leyendo que acabo de ver que hay segunda parte.
hasta ahora..
Genial. Es pura nostalgia de cualquier fantasía infantil, un déjà vu de los sueños de niño, un cuento melancólico. Formidable.