A veces escribo de madrugada cosas que salen de vaya usted a saber dónde
Sopló el café con inocencia de chiquilla y esperó que la espiral de humo se dispersara. El murmullo de aquellos que también soplaban cafés de invierno se le colaba en los oídos, y jugaba a enredarse en sus recuerdos como una canción antigua. Levantó la vista y, con el café entre las manos, buscó a tientas algo que observar. Un hombre de cabello oscuro y mirada penetrante parecía disfrutar del espectáculo de sus soplidos, y al sentir la mirada de ella sobre él, sonrió con encanto de esos que no se estudian. Ella le devolvió la sonrisa sin darse cuenta y dio un largo trago de café. Dejó la taza, que parecía arder, sobre la mesa, y volvió a mirar al desconocido, que había hecho lo propio con su taza y ahora parecía limitarse a mirarla a ella. Anouk se apartó un mechón de lacio cabello con cierto grado de nerviosismo que no sabía explicar, y sonrió con él cuando, al caer de nuevo el rebelde mechón sobre su mejilla, él esbozó una sonrisa. El tiempo tintineaba en el reloj, pero no dejaban de mirarse. A ella le palpitaba la sensación de prisa, pero no quería moverse de allí. Metió la cucharilla en el café, haciendo tiempo, y esperó a ver qué hacía él. Pero no se movió. Parecía estar esperando a que ella alzara la voz por encima de la gente y le dijera algo.
Se llevó el dedo a la taza, y, sin darse cuenta, rozó la superficie del café que aún quedaba. Él la miró con curiosidad y volvió a sonreír cuando ella se llevó el dedo a los labios y chupó, ensimismada. Anouk sintió que algo la sacudía por dentro, y siguiendo instintos que no reconocía, se levantó del mullido asiento y caminó, contorneando las cadenas con un deje infantil, hasta el servicio. Se refugió en la oscuridad de aquel cuartito oscuro, antesala de donde no pensaba meterse, y sintió que el corazón le pataleaba en el pecho. Su dedo aún estaba mojado de café, y sentía que el frío se había calentado en sus huesos. De pronto sintió un golpeteo, persistente y acelerado, y comprendió que estaban llamando a la puerta.
-Discúlpeme, señorita. Pero los de caballeros están ocupados, y… - sus ojos negros sonreían, y sus labios invitaban a las palabras.
-Oh, sí, claro, disculpe – le dejó entrar y, durante un momento irreal, esperó que entrara a uno de los pequeños servicios con los que contaba la cafetería.
Pero él no entró. Se acercó a ella, y con calma, rozó sus labios con la punta de los dedos. Ella sintió que se entreabrían, y se dejó explorar por aquel desconocido.
-Seguro que saben a café – susurró, mirándola a los ojos fijamente.
-Creo que tendrá que probarlos usted mismo – musitó ella, con la voz desmayada.
El desconocido rió y posó su mano en una de las caderas de Anouk. Ella se estremeció y buscó la boca de él, que presumía de saber a algo más que a café. Pero él no la besó, se limitó a acariciar su costado con calma.
-Creo que sí, que debería probarlo – ella sonrió, con cierto nerviosismo impregnado en el rostro, y se dejó llevar por la melodía de su voz.
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-Deliciosos – musitó él, separándose de ella.
Anouk rió, con esa risa de niño que tienen algunos adultos, y palpó el miembro de él bajo la tela, casi con curiosidad.
-¿Y esto a qué sabe? – inquirió con un tono infantil que no pudo reprimir.
Él sonrió y, con calma, desabrochó el botón del pantalón.
-Dímelo tú – ella le miró a los ojos y, muy despacio, como si el tic tac del reloj no significara nada, le bajó el pantalón y aspiró el aroma a intensidades que parecía flotar en el ambiente.
Sacó a aquella mole de carne, firme y caliente, de su cárcel de tela, y se la llevó a los labios como si saboreara la más tierna de las golosinas. Empezó a chupar, como una glotona, mientras se empapaba los oídos de los suspiros entrecortados de él. Notó sus manos sobre el cabello, alborotado, y chupó más, como si aquella piruleta grande, de carnes desconocidas, fuera lo más sabroso que había degustado nunca.
-Ven, ven aquí. Quiero besarte, quiero probar el café de nuevo – susurró él, con voz rota, mientras las manos buscaban los hombros de ella.
Anouk dejó la tarea a medio hacer, sabiendo que estaba a punto de verter sobre ella multitud de orgasmos indefinidos, y se alzó la falda hasta la cintura, rebelando unas bragas como de niña, con dibujos incoherentes, que amenazaban con gotear. Él las miró y, con una sonrisa, tiró de ellas, dejando que Anouk terminara de quitárselas. Cogió su cuerpo, que parecía vibrar, y con una calma que a los dos les resultó magnífica, la penetró, golpeando aquel cubículo mojado que empezó a palpitar, sediento de caricias y arañazos. Ella sofocó un gemido sobre el hombro de él y dejó que la aprisionara contra la pared, mientras empujaba, sacando y metiendo, como si nada más tuviera importancia. Buscó ella entonces sus labios, y con los ojos bien abiertos, sin dejar de mirar a aquel desconocido, le besó, sorbiendo el café caliente de la mañana y quizás panecillos de mantequilla, hechos por un niño solícito. Él besó también, mojado en su excitación ininterrumpida, sin dejar de sacar y meter, sabiendo que el mundo había dejado de girar y ellos eran dos muñecos perdidos en un parón del tiempo. Se sorbieron los besos en medio de una danza cada vez más rápida, de jadeos que se ahogaban y miradas que perdían consistencia, hasta que el calor se hizo fuego y empezó a treparle a ella desde la columna vertebral, cada vez más hacia abajo, sin control. Él se vio contagiado de sus espasmos, movimientos deliciosos que sugerían una perfecta explosión de emociones, y se la clavó más fuerte, más hondo, deseando fundir sus carnes en un orgasmo que apareció de repente, mojándoles a ambos las piernas y el alma entre gemidos y jadeos que no sabían decir nada pero que eran capaces de entender todo.
Cuando él se marchó, Anouk empezó a reír. Con las bragas, empapadas, a la altura de los tobillos, se sentía como una niña traviesa que hubiera estado jugando en un río de aguas peligrosas. Se llevó la mano a los labios, que le sabían a sensaciones, y murmuró alguna palabra que no llegó a escuchar. Se quitó las bragas con calma y, echándose una ojeada en el espejo, salió del servicio, sabiendo que cuando volviera frente a su café, ya helado, él no estaría.