Voy a hablar a continuación
de mi cobardía
y no hace falta
que saque mi maletín de
cosméticos de emergencia
para calificarla de
“falta de valor”.
Pondré un ejemplo cercano:
ese matrimonio
mayor
que está intentando que les devuelvan
su dinero lento de sopa espesa
en la caja central
del hipermercado
porque compraron
una aspiradora de oferta
que no acaba de funcionar.
La mujer mueve mucho los brazos
intentando aportar
convicción
a la demanda,
sus brazos son aspas de un molino
cansado;
mientras, su marido
se agarra
con fuerza
a algo
dentro de sus bolsillos
y piensa en los vericuetos
que le quedan por completar
a su muerte
para presentarse ante él
y sonreír
con cara de timbre.
Delante de ellos está
el encargado,
joven con traje hortera
(aunque él piense
absolutamente
lo contrario)
que les oye hablar
a través de la caracola de su desprecio.
Dice
que lo siente,
que lo siente
mucho
pero que no es culpa del hipermercado
que la aspiradora no acabe
de aspirar.
Ahora entro yo
(o debería entrar
yo
para ponerme de su lado
y sacar mi espada
de su funda de poliuretano)
pero no lo hago.
Me limito a ser esa estatua
curiosa
que escucha voces
y retrata en papel de cocina
los rasgos que atisba en la humanidad,
ese contemplador
de cocodrilos disecados
que flotan en la atmósfera privada
de su miedo a todo.
Comentarios
saludos
me gustó.
Me ha gustado por la sencillez, por la cercanía. Es una reveladora verdad que se ve todos los días y en cualquier lugar, y que nos empeñamos en ocultar, pretendiendo que no existe si no se ve. Pero sí, somos unos cobardes.
Gracias por el texto, y un afectuoso saludo.
Robe.
Un saludo.
Luis