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Sofía en la mecedora (mi primer cuento)

José VelascoJosé Velasco Banned
editado febrero 2009 en Narrativa
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Comentarios

  • belovedbeloved Anónimo s.XI
    editado febrero 2009
    Hola José. Gracias por dejar tu comentario sobre las escaleras...! Lei tu cuento, y con gran caradurez me animo a dejarte un comentario. En él se me mezclan tres cosas: un cuento hermoso, un ensayo atinado, y una reflexion personal! Vaya!. Pero me dedicaré al cuento. Como se me hace dificil explicar muchas ideas que se me cruzaron en la lectura, fui mas alla y me tome el atrevimiento (con todo respeto) de meterlo en el word, cortar y pegar! Se como duele cuando hacen esto con un hijo literario asi que te prometo compartir mi "primer cuento" con vos, para dejar fluir tu imaginación al respecto.
    El cuento en el relato, para mi, es este:

    SOFÍA EN LA MECEDORA (José Velazco)

    Es domingo de un año más, de quién sabe qué semana. Sofía continúa sentada porque ya no le gustan las matemáticas. Prefiere disfrutar y cuestiona su existencia.

    Otra tarde sórdida empañada por el sol ecuatorial, donde el oscurantismo se esconde cual saltimbanqui detrás de las algarabías, los destellos y las risas. En una esquina se afirman, a pocos pasos se refuta. Sumidos en la indiferencia, los creyentes asienten al sermón expuesto por los párrocos de turno, nadie comulga. Sobre los parques se esparcen detalles de romances para condimentar los apetitos del corazón saciados con la carne; por ahí se hace un niño en seno dichoso, por doquier se hacen otros. Aderezan el ambiente las resacas de canciones masculladas al oído por los más festivos.

    Sofía asiste decepcionada a la verificación de su calvario, esos murmullos transeúntes no provienen de conciencias. Son los reflejos vegetativos de un cuerpo social atropellado en la avenida del desarrollo. Necesitada de ilusiones, regresa a buscar refugio en la mecedora, acurrucándose para llamar recuerdos opiáceos como sustitutos del alivio.

    La primera aspiración profunda materializa el amante del pasado; idealista y liberador, la poseyó rompiendo los tabúes aristocráticos. En la intimidad confundieron los desgarres con ímpetu y los sangrados con osadía; a cada embestida pasional los borbotones vino tinto emanando de los cuerpos lubricaron las fricciones y caricias de patrones danzando en palacios de oro y rabia.

    Tan virtuosa era Sofía que podía fecundarse con las gracias del espíritu, sus hijos: artistas, genios, beatos… Quiso ella hacer de la revolución su procreador. Ingenuidad por la cual pagó legando a su descendencia ninguna estirpe y muchas dolencias. De aquellas relaciones son remanentes enfermedades venéreas que, pestilentes o de cuello blanco, purulentas con matices verde militar o vestidas de poncho, la carcomen lentamente. Sabiendo que difícilmente se curará porque contra el odio no se fabrican antibióticos, parece haberse abstenido de procrear.

    Ha llegado el momento de dormir para Sofía.

    En la madrugada del lunes se reparten los clasificados agrupando todas las ofertas laborales para la semana: estafador o estafadora, estafado o estafada, puta (únicamente mujeres… ¿Dónde está la igualdad de sexo cuando se la necesita?). Después de haber adaptado nuestras hojas de vida a los prerrequisitos exigidos por la sociedad partimos sigilosamente para no despertar a Sofía. Es mejor que siga durmiendo. Entre los achaques y el abandono un día se morirá sin darnos cuenta. Ruego que no haya dolor y nos alcance para enterrarla dignamente. Un bruto fajado de plata es venerable; el pobre apesta.

    El resto de la mañana se escurre mientras, valiéndonos de artificios, acechamos el éxito exhibido en las vitrinas de los centros comerciales. Esperaremos las oportunidades, deambulando por el parque de las utopías hasta que nos llegue el hambre. Siguiendo la rutina al almuerzo nos reunimos con Sofía y Soledad. Ambas ayudan disimuladamente a buscar aquellas monedas supervivientes de las penurias previas; las cuales caprichosamente siguen combatiendo el exterminio haciendo de los bolsillos trincheras que proliferan. Finalmente, desarmados de cualquier pretensión, la carta de armisticio es un menú mezquino e inalterable.

    Nuestra charla de sobremesa es el postre de poetas. Soledad trae el tema en bandeja, vertiendo -sin percatarse- sus mieles sobre nuestras glotonerías. Gran sorpresa la mía al descubrir el interés de Sofía quien, al percibir el aroma, se sintió revitalizada y se abalanzó para degustar los manjares expuestos. Morboso deleite el suyo porque ni bien ingirió los primeros sorbos cayó patas arriba pidiendo auxilio con alaridos multicolores dibujándosele en la cara.
    Atendidas las señoras me retiro porque de amor no sé nada.

    El ocaso arriba puntualmente. Sofía lo confronta con la tozudez que da la nostalgia. Pero poco a poco sus fuerzas se diluyen sobre las pailas de bronce en sus ojos, dejando derramarse las dulzuras conservadas por los duendes de los Andes entre sal y copos de montaña. Recorren la tez mestiza lágrimas agridulces de naranjillas, taxos y uvillas. Sabores que sus labios no contarán.
    Se cierran las cortinas para esconder el tiempo. Sofía huye a sentarse frente a la televisión. Se mece revisando reflejos de fantasías que nunca fueron pasado. Esta noche no dormirá con la ambición de que fueran presente.

    Ha sido costumbre nuestra arreglar la casa cuando la mugre y el desorden lo exigen, y no en fin de semana cuando veneramos a nuestro gran dios: el ocio, cuyo profeta San Viernes predica: ‘No hagas hoy lo que te pueden hacer después.’ Dejando a un lado las teologías que sirven como paliativo para la realidad pero no como medicamento, el pragmatismo nos obliga a comenzar el protocolo de asepsia con un duchazo de novedades. Las cuales deberían ser narradas exclusivamente por poetas y matemáticos, no por los jinetes del Apocalipsis. Si Gabo hubiese comprendido los logaritmos de la economía y descifrado las variables de la ambición humana, sería el paradigma del periodismo. Pero su aritmética usaba naturales, jamás aceptó los negativos. ¿Cómo se pueden sumar tantos y quedar debiendo?

    Terminado el baño me seco con un manto de ternura tejido por mi abuelita. Lástima que las polillas y el desgaste diario lo están haciendo polvos. Yo ya no tengo abuelita remendona que me lea cuentos de hadas traspapelados en una Biblia de pasta dura.

    Inicio mis quehaceres sacudiendo las sábanas para tender las apariencias. Por mi edad, coloco una almohada ergonómica como ama de la cabecera. Infortunadamente, el espacio que demanda me impide tener a la mano mis colecciones de peluches y barbis. Prosigo colgando las formalidades y planchando los problemas; guardaré los interiores en un cajón sin doblarlos. En el arreglo doméstico se va toda la jornada, dejándome como moraleja que la comodidad de desplazarse sobre alfombras se paga al momento de aspirar.

    Al acabar voy a reportarme con Sofía, quien usualmente se da formas para supervisarme desde algún rincón de mi conciencia. La busco en sus aposentos. Pero, la densa penumbra, rasgada escasamente por el Internet encendido, me alerta. Avanzo cohibido por el miedo a una verdad desagradable. Tropiezo con el descuido desparramado. El polvo en el librero acentúa mis sospechas. Poseedor de un valor que me es ajeno, alzo la mirada para encarar el destino. Sofía se tambalea inerte. La llamo como último aliento para ahuyentar mis temores. Consternado, extiendo mi brazo y la sacudo violentamente.
    No responde.

    Sofía y yo nos conocimos cuando a mis ocho años buscaba en el librero un resumen para sortear la tarea de la escuela. Esa noche me sepultaron por curioso las versiones para niños de ‘La cabaña del Tío Tom’, ‘Platero y Yo’, ‘Marcelino, pan y vino’… Me rescató ‘Un capitán de quince años’ con sus figuras explicativas. Desde entonces fuimos inseparables. Defendió mis casitas de Lego tan criticadas por un tío que insistía en ponerles puertas y techo. «Las ventanas sí -decía yo-, porque cuando pasa el sol a través se abre el portal de los puentes arcoiris. Pero lo otro no.» (¿A quién podía ocurrírsele poner puertas donde todos son bienvenidos o techos donde siempre hace buen clima?). Armamos rompecabezas; desarmamos linternas, afeitadoras, cerrojos, bisagras,… (Mis padres siguen creyendo que todo lo hice yo). Nuestra mayor hazaña de infancia era deslizarnos bajo el gran sillón de la sala, donde mi papá reposaba cual cocodrilo. De esa forma contrabandeábamos horas extra de televisión para venderlas a precio de especulación en el mercado negro de la imaginación de primos y hermanos. Una noche, por no prestar atención al horario, nos embarcamos accidentalmente en el Enterprise. Dirigidos por el capitán Kirk y Spok, fuimos a parar en el planeta SoulTrain. Sus habitantes vestían trajes que destellaban como la arena en días de temporada playera. Sus pieles eran del color de las pepas de cacao que se secaban en el tendal de nuestra finca; algunos ya se habían fundido hasta convertirse en chocolate. Estos alienígenas podían encantar con conjuros que resonaban al interior de uno hasta perder la noción del tiempo y del espacio. Además poseían una artillería impresionante de lásers. Afortunadamente, al mando de la voz de su príncipe (¿o rey?), el conde Van Hallen abrió una puerta interdimensional con las descargas sónicas de su bajo. Así pudimos regresar sanos y salvos a casa.

    A los doce años, viajero intergaláctico experimentado, me recluté como soldado de las fuerzas Atari. Modestia aparte, pero yo salvé más de mil veces al planeta de invasores espaciales. Ni hablar de las batallas con tanques en las cuales despedacé las defensas del enemigo... Necesitaría tomos para describir todas mis satisfacciones de pubertad con el Joystick. No voy a aburrirlos, sólo créanme. Regresé a la Tierra cuando me transfirieron a un colegio de gente pudiente para salvarme de la pobreza causada por el fenómeno del Niño. Sofía se había adelantado y me recibió con una comitiva de fútbol barrial reunida en los amplios garajes de la institución donde debía aprender el francés. Los jugadores eran idénticos y hermanos de padre y madre. No llegué a jugar fútbol, ni de arquero me querían. Pero si llegué a comprender porque muchos temen a los indios; de grandes pulmones, de gran corazón, son genios, son videntes, son shamanes. También siguen siendo mis mejores amigos los miembros de esa familia.

    Cuando se divorciaron mis padres Sofía se vio en la obligación de adoptarme. Hijo suyo por encargo, mas no de nacimiento, innumerables ocasiones me le escapé para emborracharme en nombre de la verdadera amistad. Ni que decir de los sustos que pasó por mi insistencia en fisgonear por los escotes del primer amor. En esa época los preservativos se importaban por cajas y bajo pedido. Mi primera caja de cien fue costeada a medias entre un compañero de aula y yo. Eran caros, carísimos. No obstante, regalamos algunos con el fin de presumir. Normalmente debían haber sobrado porque el amor verdadero es único y eterno… ¿Quién inventó esa patraña? Cincuenta condones no le duran ni dos semanas a los amateurs. Si angustioso es dejar de ver a la amada por cortos períodos de tiempo, imaginen la angustia de verla entre el lapso del pedido y el arribo de la susodicha importación. (Mi tabaquismo es consecuencia de la burocracia aduanera)

    En la secundaria trastabillé entre supletorio y supletorio por culpa de unos profesores tramposos que enseñaban la mitad, o talvez menos. Un libro, dos libros, tres libros, ¡Ayayay! ¿Cuántos libros no habrán sido? … De físicas, de químicas, de fechas, de geografías,… ¡Ayayay! ¡Cuántas trasnochadas! Mi educación habría fallado de no ser por Sofía quien me guió de la mano hacia la antesala del colegio. Descubrí que todo se trataba de un montaje narcisista promocionado por los proveedores de la verdad con mayor capacidad mercadotécnica. La secundaria es el Hollywood de los daltónicos. Cultura es una palabra interminable. Es la poesía del colibrí saltando de alegría entre flor y flor. Es el tenor del barrio gritando buenos días a las seis de la mañana. Son los silogismos escritos por un vándalo en los muros sin celador. Son las tortillas de verde, el chulpi, el mote, el maduro con queso,… Son las mentiras, las bromas, las confesiones, las anécdotas… Son los buses, los bares, las calles, los patios baldíos. Son los chinos, los judíos, los turcos, los árabes, los indios, los montubios,… (¡Qué se vayan al carajo todos esos capataces del imposicionismo cultural!, ¡Qué se vayan al carajo los esclavos que no se sublevan! Yo prefiero seguir averiguando lo que piensa una fruta antes de ceder mi libertad para apreciar, admirar y recordar.)

    Bajo la tutela de Sofía ingresé a la universidad. Robustecido por sus cuidados, a más de uno le rompí la careta de los dogmas y los absolutos. Además, tuve la entereza para hacerme respetar por los pandilleros ideológicos acechando las vías a casa. En cuanto a los catedráticos responsables del circo, sus lecciones fueron premoniciones del Sodoma laboral. Aquel acosando a las estudiantes más atractivas físicamente se convirtió en el director nacional de los fondos para la educación superior. Aquel, o aquella, que inventó resultados y alteró fotos obtuvo su recompensa con publicaciones científicas. Repugnado por tremendas inmundicias deserté.
    Cerrando los libros condené a Sofía a una habitación angosta de paredes sólidas donde las respuestas no son sino el eco de las preguntas. La forcé a acomodarse al deterioro paulatino, pero ineludible, de la memoria. Mi desdén la anquiloso.
    Hela ahora, aquí, bajo mis manos temblorosas, protagonizando una fatalidad que no concibo asumir.

    Mañana será el comienzo de una nueva semana. A Sofía aún no le gustarán las matemáticas pero disfrutará enseñándoselas a un niño. Con el cual conocerán a Tom, a Platero, a Marcelino,… y a muchos. Juntos, armarán construcciones imaginarias, viajarán a mundos desconocidos, salvarán civilizaciones,… y muchas proezas más. Harán falta innumerables tomos para narrarlas. Créanme.

    Vivirá siempre que haya un crío capaz de cerrar los ojos y abrir su mente.


    Ha llegado el momento de soñar para Sofía.
  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado febrero 2009
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  • belovedbeloved Anónimo s.XI
    editado febrero 2009
    Hola José! Que bueno que recepcionaste amablemente mis comentarios! Gracias. Ahora te explico lo que se me ocurrió y mis sugerencias.
    Lo que encontré en el texto fueron muchos temas, si algo me animé a sacar, no fue porque no tuviera tema, sino, al contrario, porque tienen otros temas que no es el del cuento. Seguramente son tus diálogos interiores, pero si pensamos el cuento como pieza literaria, y no como hoja del diario íntimo (como dice mi profesora de literatura), hay cosas que vale la prescindir como escritor, para no quitarle tensión al cuento en si mismo. Es tan fuerte y tan bella la historia de Sofía, que esos párrafos le quitan tensión. Cuando los leía pensaba, “¿Qué tiene que ver con Sofía?, no me cuestes eso, me distrae”. Una vez recibí una critica genial a un cuento mío, me dijeron, “no está largo, está alargado”. Es muy sutil la diferencia entre largo y alargado. Si esta alargado es porque algo le sobra, que es proporcional a lo que le quita al cuento, a la tensión de la historia del personaje.

    Con los párrafos que saqué, tenés material para un ensayo!:
    Cuánto escritor latinoamericano no ha creado dimensiones mágicas para dilucidar con imaginarios. Gran falencia en nuestro pensum que no se abstrae al universo de lo real. ¿Qué Maestro se atrevería a postular conceptos que discriminan por una rayita en la apariencia, dando a un grupo dos raíces y al grupo opuesto ninguna aunque su valor absoluto fuese el mismo? Allá, en la vecindad de Papá Noel, los hombres definen los dominios para evaluar las funciones y prevén las consecuencias calculando los límites. Acá, nadie habla de continuidad… ¡Ay!, si ni dividir sabemos.

    Al superar la mitad de su vida, todo hombre debería darse la oportunidad para reflexionar sobre su definición de felicidad. No antes porque escasearía el tiempo para acumular las experiencias necesarias; no después porque escasearía el tiempo para comprenderla. Desgraciadamente, muchos se excusan en la ignorancia del momento de su fallecimiento. Yo, con base en las estadísticas, moriré a los setenta y dos años de enfisema pulmonar. Por lo tanto, mi hora de reflexionar ha llegado.
    Comprendo que me haría feliz una lápida simple y limpia donde la gente pueda sentarse a tomar el sol o besarse a hurtadillas. Me alegrarán las flores de colores vivos; enraizadas en la tierra, no cortadas ni en coronas.
    Envejeceré hasta la parálisis sobre una silla, mirando a la calle. En el período que toma el proceso, asustaré niños contándoles sobre cucos. Las noches de luna llena, haré aullar lobos de grabadora. Llamaré a la policía por el efecto dramático de las sirenas. También daré regalos cuyos remitentes sean ratoncitos de los dientes, grillos de la buena conciencia y mascotas del pasado.
    Cuando aún pueda caminar, pero mis pasos sean pesados, me vestiré de rojo, cargaré pinos y esparciré confetis. Esconderé huevos de chocolate. Aprenderé magia.

    Ahora que comienzo a reflexionar, ¿Habré acumulado las experiencias necesarias para mi definición de felicidad?

    Si felicidad fuese la ausencia de tristezas, está se compondría de una mente curiosa, sin prejuicios, dispuesta a aventurarse; motivada por la honestidad, los sentimientos y los actos heroicos. No se dejaría engañar por los mercaderes de historia que dan al fundador el valor de un mercenario; y al genocida, el valor de un mártir. Feliz ha de ser quien aprecie lo vivido y pueda maravillarse de lo simple, sin nublar su perspectiva con tácitos y mitos.
    Ahora que comienzo a comprender, si para que se disfrute del día o haya besos furtivos, debo ser una tumba, me consumiré satisfecho abonando flores. Si para motivar al héroe dentro de cada niño debo sacudir miedos, mi voz será el villano; mi cuerpo, el argumento.
    Caminaré sin apuros, riendo a carcajadas. Saltaré de alegría, plantando dulzuras a mi paso. Escribiré cuentos.
    Probablemente, el primer síntoma de decadencia de una sociedad sea la superficialidad. Se organizarían fiestas y celebraciones con el fin de disfrazar vacíos y opacar penas. Predominaría la egolatría sistematizada en un convenio de adulos y concesiones. No habría solidaridad. Las ansías se aplacarían con razones epicúreas. Los bebés nacerían por error o como complemento emocional. Las relaciones filiales perderían su incondicional significado para convertirse en nomenclatura. Concomitantemente, la gente evitaría involucrarse en temas de importancia vital para la sociedad aludiendo que son desagradables. Habría quienes se abstuviesen de opinar justificándose en la excesiva información. Los desatentos se dejarían arrastrar por inercia. Ese sería el segundo síntoma: la pasividad.

    Usufructuando de la inocencia de los más románticos, surgirían los líderes zalameros; seduciendo con poses e incitando a la violencia. En su apogeo, los mecenas recompensarían a sus lacayos, nombrándolos artesanos y eruditos. Las víctimas de tal proceso degenerativo deambularían confusas entre realidades que no se cumplen e ilusiones que se marchitan. Por el afán de subsistir, menospreciarían su parte sublime; hasta se olvidarían de amar.

    Finalmente, aún los más sensatos, turbados por la nostalgia, se agitarían entre las dudas del porvenir. Las razones para vivir darían la impresión de haberse desvanecido.

    Pero, esa historia sólo será ficción. En todas las épocas ha habido quienes con sanidad cotejan los hechos con los prescritos, sabiendo abstraer las referencias etéreas de sus maestros para avanzar entre los miedos y encarar el más allá. Estos individuos insensibles al condicionamiento que reconforta a las conciencias ociosas tendrán el reto de recuperar la magia del pasado y combinarla con el pragmatismo del presente. Todo por un futuro que preserve los encantamientos ancestrales sin recurrir a sumergirlos en obsoletas alquimias.


    Y el final, no entendí lo de:
    (Ya un chiquillo inquieto ha dado sus primeros pasos en el pragmatismo mágico, sepultando en el desconcierto a los curiosos.)… ¡Ups!

    Tiene muchísima fuerza la frase:
    Ha llegado el momento de soñar para Sofía.


    El final de un cuento es tan crucial como su comienzo. A mi particularmente me estremecen dos finales, de mis dos cuentos preferidos de Borges (Ruinas circulares, y El otro).
    Los cuentos me apasionan, me pueden mas que las novelas, mi paradigma quizás sea “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar.

    Bueno, espero haber podido expresar con claridad, mis ideas sobre tus ideas, que me parecen geniales. Gracias por leerme.

    Saludos ¡!!!!
  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado febrero 2009
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  • belovedbeloved Anónimo s.XI
    editado febrero 2009
    Hola José! Que divertido que es esto! Gracias por dejarme jugar. Me sorprendieron mucho tus preguntas porque no las entiendo, encima me preguntás sobre las partes del cuento que NO ENTIENDO! Hoy he leído el cuento unas 20 veces, y acá estoy deambulando entre imaginarios, funciones, Papá Noel y sinónimos. Me hiciste pensar un montón!, y no se si lo que encontré es clarificador, aclarador, si te ayuda…ya no tengo idea de nada. Pero te paso mis respuestas, desobligándole de todo “daño colateral” que genere.
    El párrafo que más me resuena, donde creo que están todas las respuestas es:
    …Dejando a un lado las teologías que sirven como paliativo para la realidad pero no como medicamento, el pragmatismo nos obliga a comenzar el protocolo de asepsia con un duchazo de novedades. Las cuales deberían ser narradas exclusivamente por poetas y matemáticos, no por los jinetes del Apocalipsis. Si Gabo hubiese comprendido los logaritmos de la economía y descifrado las variables de la ambición humana, sería el paradigma del periodismo. Pero su aritmética usaba naturales, jamás aceptó los negativos. ¿Cómo se pueden sumar tantos y quedar debiendo?

    Cuánto escritor latinoamericano no ha creado dimensiones mágicas para dilucidar con imaginarios. Gran falencia en nuestro pensum que no se abstrae al universo de lo real. ¿Qué Maestro se atrevería a postular conceptos que discriminan por una rayita en la apariencia, dando a un grupo dos raíces y al grupo opuesto ninguna aunque su valor absoluto fuese el mismo? Allá, en la vecindad de Papá Noel, los hombres definen los dominios para evaluar las funciones y prevén las consecuencias calculando los límites. Acá, nadie habla de continuidad… ¡Ay!, si ni dividir sabemos.

    Creo que Gabo es un referente (Gabriel García Márquez) del realismo mágico de todo el cuento. Los números imaginarios parecen los códigos para descifrar el mensaje encriptado, o como lentes para mirar la magia. Me imagino un “caleidoscopio”. La continuidad de una función matemática o la continuidad de la función, se evalúa al trazarla, uniendo puntos cercanos entre sí, sin levantar el lápiz del papel. Para la historia tal vez sea la continuidad de Sofía como persona perenne. Papá Noel vive allá, en el grupo de dos raíces. Sus vecinos viven acá, son el grupo sin raíz. Y no se donde están, pueden ser países, vecinos del barrio, distintas culturas, o clases sociales! Sinónimos de pragmatismo que encontré: protocolo, realidad. Y porque al final elijo que Sofía sueñe en vez de estar adormecida, porque al soñar se proyecta al futuro, crea, vive en cada crío capaz de cerrar los ojos y abrir su mente”. No está adormecida en el pasado como al inicio. Creo que soñar es un acto de conciencia, en tanto que adormecerse es un acto de resignación. O tal vez, solo quiero un “final feliz”!

    Creeme que hice mi mejor esfuerzo!

    Te dejo un saludo,
  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado febrero 2009
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  • revuerevue Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2009
    José, tu capacidad de análisis no deja de sorprenderme. Disfruto con ello. Me hace ser más auto-crítico conmigo mismo.

    Despacio y disfrutando como si comiera un plato exquisito, he leído tu relato/cuento. Si bien, no es mi intención llevaros la contraria en vuestras correcciones y cambios, aportadas por Beloved y tú, bajo mi punto de vista, no hubiera hecho ningún cambio. Ahora bien, viendo tan justificadas respuestas, estructuradas y reforzadas; no puedo objetar.

    Os sigo leyendo.

    Un saludo
  • belovedbeloved Anónimo s.XI
    editado febrero 2009
    Hola José!
    Gracias, por mostrarme todo ese universo condensando en palabras, que mi miopía ignorante no pudo ver. Y a la vez dejarme participar.
    Hoy se más cosas, hoy conocí a dos escritores ecuatorianos maravillosos! Es de una gran bondad lo que compartiste conmigo.
    Leerte me inspira, entenderte me enseña.
    Me seguiré meciendo con Sofía, espiándola y descubriéndola, hasta que pueda leer el cuento al final del proceso.
    Un abrazo,
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