Miró por la ventana, no le gustaba esperar, salvo a sus abuelos. Entonces era diferente porque se respiraba un sentimiento que la unía con sus hermanos, respiraba el anhelo, algo muy parecido a la felicidad. No se peleaban, jugaban y reían mientras a ratos miraban por la ventana esperando el momento. No aparecían por la esquina, pero ese también es un buen momento. Así que se recreó en sus hermanos. Ambos menores que ella. Miguel y Juan trataban de esconderse en la pequeña casa con más imaginación que posibilidades, adivinaba el pie de Juan detrás del sofá echado en el suelo, la puerta del armario del salón no estaba bien cerrada y sobresalían unos pequeños deditos que trataban de sujetarla. Sin embargo da una vuelta por la casa, y mira dentro de los armarios de la cocina, y entre las flores del jarrón mientras escucha las risas ahogadas de sus hermanos. Hasta encontrarlos, zarandearlos y empezar otra vez el juego. Mientras ellos se esconden ella miraba por la ventana y contaba, porque entonces sucedía, ver a sus abuelos a través del cristal, gritaba y los pequeños al salir de su escondite tropezaban y caían, siempre reían.
Uno, dos, tres, cuatro… Los abuelos cargados de regalos y sonrisas no tardarían en llegar. Su madre saldría del despacho, les prepararía café y se sentaría con ellos. Cinco, seis, siete, … un chico aparece paseando a un perro, tal vez más grande que el niño, y lucha para que no se introduzca en jardines ajenos, la cómica escena amplía su sonrisa. Ocho, nueve…
Los abuelos – Grita.
Juan se golpea la cabeza al salir atropelladamente de debajo de la mesa, y Miguel tira toda la ropa sucia al salir de la cesta. Con el estruendo aparece la madre, pero no les riñe, nunca lo hace porque sabe lo que supone para ellos, y porque ella también respira ese sentimiento, ese momento de felicidad.
La madre recoge la ropa sucia, y empieza a preparar café. Diana, Miguel y Juan se estorban tratando de mirar todos a la vez…
Cualquier tiempo pasado fue mejor. Bueno ya es hora de levantarse y seguir con la vida. Pero esos recuerdos la pusieron muy triste, no encontraba las fuerzas para levantarse de la cama.
Comentarios
Violetas amarillas.
Abril. Ya se empiezan a ver las primeras violetas de los alpes, y siento de nuevo la misma alegría. No se agota. Revive. Te gustaban tanto las violetas. Todos los años guardabas los bulbos envueltos en papel de diario. En el otoño siguiente, florecían de nuevo los capullos con sus colores brillantes. Parecía que la tinta resguardaba su vida latente. Te digo que lo intenté. Seguí los mismos pasos, y cuando fui a plantarlos, estaban negros y llenos de hongos. No hay caso, vuelvo a comprar violetas todos los años.
Nunca vi violetas amarillas, es una pena. Era tu color preferido. Tenías un vestido amarillo, un “chemise” como le decías. Cada vez que lo usabas, sólo en ocasiones especiales, cuidabas todos los detalles. Los aros al tono, zapatos y cartera que combinen, medias finas y el inconfundible perfume inglés. El de la cajita con la mujer dorada. Te imagino así vestida, el día que me recibí. Ese día, fue el que más te extrañé. Cuatro meses. Tenías que estar conmigo cuatro meses más. Creo que ese, es el único reproche que le hago a la vida. Pero de tu vida viví, de tu sangre soy parte, y es mi mayor orgullo. Porque vos la desafiaste. Ella te quiso probar, y no pudo.
Imagino vagamente el sentimiento de traer una hija al mundo sin un padre presente. Como se decía entonces, una “hija natural”. Contradecir todos los designios y modificar todos los destinos elegantes de la época. No te escondiste, no viajaste a visitar una tía lejana, no le diste paso a la deshonra, ni mucho menos al desapego de la vida. Defensora incansable de los derechos propios, de los tuyos y de los otros. De creer en una próxima vida, desearía que cumplieras tu sueño de ser abogada. En mi presencia nunca admitiste que eras una soñadora. Te enojaste conmigo cuando decidí estudiar arte. ¡Me veías con rastas vendiendo artesanías en el mercado de pulgas! Como si aquello no reflejara tu espíritu soñador. Todo porque eras una mujer de hechos y acciones. Y si, lo hiciste. Cuando nadie se atrevía fuiste una mujer independiente. Y a la vez, tan dependiente de los tuyos, de tus afectos y tus amores. Por esa capacidad casi infinita de protección podías convertir cualquier momento en una escena acogedora. Sobre todo, los días de lluvia y mucho frío cuando tomábamos mate con leche y sopaipillas.
Voy a reconocer, aquí y ahora, que fui tu preferida. Y no me importa. Cuando era chiquita y se usaban unas jirafas horribles de paño lenci, yo quise un bambi, y tuve un bambi. Me regalaste tu anillo preferido. Cambiaste un medallón por una guitarra. ¡Ojalá hubiese aprendido a tocar! Todavía la tengo, de adorno. Y te emocionaste por mí, ese fue el mayor regalo. Aquel día que recibí el premio por un concurso de murales. Te retiraste antes del acto por las taquicardias. Y el cardiólogo te dijo, “Bueno, señora, no esté cuando se reciba”. Tal vez por eso no estuviste.
Me leías historias de los Hermanos Grimm tantas veces que te aburrían. Así que les cambiabas el final. Cómo me enojaba eso. Pero me los volvías a leer, con un final distinto. Ya ni me acuerdo todas las aventuras que les inventabas a los personajes de cuento. Hasta podría reescribirlas.
Creo que así fue tu historia. Con pasión de vivirla. Tal vez la misma que siento hoy al recordarte.
Es abril y voy a plantar cuatro violetas, en tu nombre, como todos los años.
Le decíamos, Mamá Nelly, como a ella le gustaba. Era mi abuela.