Capítulo 1
[OCULTAR]- Oye, oye -ella se giró y me miró, sin prestarme demasiada atención.
- Dime.
- ¿Estás sola? -pregunté sin más. Ella me observó un momento, me miró a los ojos, como escrutando mi interior, como intentando averiguar qué hervía dentro de mi y por qué le hacía esa pregunta tan indiscreta.
Creo que en sus ojos pude ver el miedo por un momento.
- ¿Por qué quieres saberlo? -y continuó, casi balbuceando-. ¿Quién eres?
- ¿Y eso qué más da? Soy un desconocido que te habla en la boca del metro... Deberías escucharme, quizás la conversación que tengamos hoy cambia tu vida -ella me miró sorprendida por lo que acababa de decirle, tremenda osadía. Me relamí. Ella me observó sin parpadear.
No se esperaba en absoluto esa contestación, se le notaba en la mirada y en el temblor de sus labios. No sabía qué debía decir.
Continué mirándola, esperando. Si ella no quería hablar, no la obligaría. Para mi era suficiente con poder apreciar su belleza desde tan cerca.
- No estoy sola -contestó secamente.
- ¿Y quien es tu acompañante?
- Aún no ha llegado.
- ¿Llegará seguro?
- Ajá.
- ¿Es tu novio? -dejó de mirar la boca del metro y me miró. Ambos sabíamos que esa era una pregunta indiscreta.
Probablemente, de la respuesta que me diera en ese momento, dependería el resto de la conversación, incluso ésta podría haber acabado de haber sido afirmativa su respuesta.
- Estoy soltera -<<bravo>>, pensé.
- ¿Y quien es tu acompañante, si puede saberse?
- ¿Por qué te importa tanto?
- ¿Es la primera vez que os vais a ver?
Me miró, como preguntándose como había deducido eso. Noté como poco a poco su curiosidad hacia mi crecía.
- En realidad nos vimos una vez y me pidió mi teléfono -miró a la boca del metro, de nuevo.
Decidí desviar la conversación.
- Si yo te pidiera tu teléfono, ¿me lo darías? -ella rió. Rió mucho. Su risa era una melodía para mis oídos doloridos por el ruido del tráfico. Se había dado cuenta que no era ningún pervertido. O eso creí.
Sabía que iba a pedir su teléfono, o su messenger, o algo que me facilitara una relación con ella. Algo que me permitiera, en un futuro, gozar de sus virtudes como mujer.Ella no se planteaba este tipo de cuestiones, pero lo sabía bastante bien. Suponía y daba por obvio que era eso lo que yo buscaba.
¿Por qué pensaba eso? No lo sé... supongo que era de esas mujeres a las que cada día alguien le recuerda su belleza y tratan de seducir. Pero, para ser sinceros, dudo que esperara que le pidiera el teléfono de esa forma: nuestra conversación hasta el momento había sido muy tensa.
- No lo sé.
- Se lo diste a un desconocido.
- Tu también lo eres.
- Entonces, tienes que dármelo, a él se lo diste.
- A lo mejor hoy tengo un mal día
- ¿Lo tienes? -ella me miró y volvió a reír. Se me quedó mirando, sonriendo.
- No, no lo tengo.
- ¿Entonces es un buen día?
- Es un día... normal.
- Permíteme hacer que sea un día perfecto.
- ¿Perdona? -me miró, incrédula. Sonreí. Reconozco que fui descarado.
- Vamos, él también es un desconocido y, la verdad, no creo que te haya prometido un día perfecto... al menos con tanto énfasis como lo estoy haciendo yo.
- Que me prometas un día perfecto con énfasis, no quiere decir que lo vaya a ser.
- Déjame probar... quiero decir, déjame demostrártelo. Yo sé que será un día perfecto.
- Si te dejo probar a ti, mi acompañante no podrá hacerlo.
- Tu acompañante no te hará sentir lo que yo haré que sientas. -volvió a mirarme, sonriendo, mordiéndose el labio, indecisa, dudosa. Probablemente, nadie nunca le había hecho semejante propuesta.
- Lo siento. Llegará de un momento a otro.
- Entonces deberíamos irnos -sugerí.
- Deberías irte -corrigió,
- Pero si me voy, hoy no será un día perfecto para ti, y no podría perdonarmelo.
- Él me dará un día perfecto.
- ¿Estás segura? -me miró, callada. Sonrió, cómplice. Noté que se moría de ganas de acompañarme. De dejarse llevar guiada por la belleza de mis palabras, seleccionadas meticulosamente. Quería seguirme, conocer la verdad de las ideas que le sugería. Estaba deseosa de venir conmigo. Pero dudaba.
- Míralo, está subiendo.
Su hombre vestía casi elegante, con una chaqueta de cuero negro talla S, una camiseta blanca y una palestina al cuello. Me pregunté si sabía lo que significaba, ya que sus pantalones, con motivos rastafaris, portaban también la estrella de David. Todo un inconformista, con calzoncillos Calvin Klein.
Realmente, parecía tener mucho dinero. Uno de esos hijos de papá que se hacen pasar por revolucionarios, de esos que a la que dejan de estudiar, les hacen un hueco en la empresa familiar. Un chico con dinero, que subía por las escaleras mecánicas desde la salida del metro.
- Que venga a tu cita no quiere decir que vaya a darte un día perfecto -comenté.
- Ni que no vaya a hacerlo.
- Por otra parte, yo me he atrevido a hablar contigo para algo más que pedirte el número de teléfono. Sabes que si vienes conmigo, me esforzaré por darte el mejor día de tu vida. Tengo que estar a la altura de mis palabras
Él continuaba subiendo, su mirada nos alcanzó. Dibujó una mueca de duda, preguntándose, seguramente, quien era ese hombre que conversaba con la mujer con la que iba a pasar la tarde hablando bobadas y caminando sin rumbo por las calles cercanas a Plaza Cataluña.
- No puedo, ya está aquí.
El hombre emprendió su camino hacia nosotros. La miré.
- ¿Lo harías si él no estubiera? -se acercaba.
- No sé...
- ¿No lo sabes?
- No. no lo sé... Quizás -mi voz la obligaba a decidirse, la ponía nerviosa, tensa. El hombre del metro estaba cerca, a poco más de diez metros.
- Rápido, está viniendo. Responde, sí o no.
- No lo sé -su voz estaba angustiada.
- Corre, lo ¡¿harías?!
- Sí, sí, lo haría, lo haría. Claro que lo haría -la tomé por la mano, suave y tibia.
Corrí con ella tras de mí, avanzando entre las masas de gente. Ella, lejos de resistirse, me seguía con paso veloz. Corrimos durante algunos minutos. Su risa a mi espalda, me alentaba a continuar corriendo. No quería que ese momento acabara, por si cesaba su risa. Creo que fue uno de los momentos más bellos de mi vida.
Todavía hoy hay días en los que me paro a pensar en la cara que se le debió quedar a aquél hombre mientras veía como me llevaba corriendo a la mujer con la que iba a disfrutar de aquél sábado de Enero.
Lo cierto es que al llegar al final, ella rió a carcajadas, sorprendida por la situación tan surrealista que acababa de vivir. Me miró, y me sonrió, y mi vida tuvo sentido al fin.[/OCULTAR]
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Ella intenta hacerme daño.
- ¿Te acuerdas de nuestro día perfecto? -me pregunta-. No fue perfecto... Ni mucho menos. Muchos hombres me han dado días mejores que aquél.
Río. Sé de sobras que aquél día fue, y será, el mejor de nuestras vidas, no por lo que yo le hice pasar o sentir -que también-, sino por el simple hecho de habernos conocido.
- Sí que lo fue, sí. Claro que lo fue -digo, más riendo que convenciendo. Mi soberbia la pone más nerviosa. La cabrea. Y me encanta.
- ¡No! ¡No te quiero! ¡Hace mucho que no te quiero!
Sus palabras me hacen daño, pero un segundo después, yo mismo recapacito. Está nerviosa y dice cosas para atacarme. Lo único cierto en nuestra relación es que el amor que sentimos el uno por el otro no tiene fin. Somos la pareja que más amor exportamos, olemos a él. Todos los enamorados soñarían con vivir lo que nosotros vivimos cada día.
- Si no me quieres, vete. Vamos, lárgate.
- No me obligues, que te dejo aquí solo y te encuentran en dos días muerto. Comido por las ratas.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a irte a pintar a otro sitio? Igual que te di la gloria, puedo quitártela, estúpida -eso sí que la daña.
La conozco bien. Atacar a su arte, es la forma más efectiva -y cruel- de combatirla. *
- Eres un hijo de puta.
- Ya. Y tú una mentirosa.
- ¿Qué? -me encanta.
- Bésame.
- ¿Qué?
- Que me beses.
- No.
- Sí, dáme un beso.
- No, no te quiero. Quiero irme, déjame ir.
- No, dáme un beso -le cojo la cara con ambas manos y le planto un violento beso. Ella se aparta, me golpea, y me empuja.
Me mira con miedo. Con odio. Me mira como la madre que ve a su hijo torturar un animal. Me mira como a un loco al que no le queda más remedio que amar.
La tomo por un brazo, se zafa y me increpa.
- No me toques -se gira.
Pasan unos segundos. Me enciendo un porro que hay en la mesa.
- No quiero volver a verte -dice, sin girarse.
- Gírate.
- No quiero.
- Gírate.
Se gira, me mira, y me ataca. Me besa. Besa toda mi cara, como devorándome. Sus manos recorren mi espalda, acarician mi cabeza, sus dedos surcan la selva de mi cabello y me toca con delicadez la cara.
Sus besos saben a miel. A la misma miel que hace doce años. Esa miel que me trajo más a la vida que mi madre. Una miel con la que me enganché a una mujer que abrió mi mente y canalizó mi amor y mi arte. Miel a la que prometí amor eterno, más allá de las barreras terrenales. Una miel por la que matar y por la que morir.
Una miel. La única. La amo.
Me coje de la mano, la miro, y apago el porro. [/OCULTAR]
[OCULTAR]Me despierto a las tres de la tarde. Hemos hecho el amor durante toda la noche y parte de la mañana, creo.
Miro a mi mujer. Su belleza angelical sigue abrumándome a pesar de llevar doce años durmiendo en el mismo lecho. A sus veintinueve años, poseé la belleza que poseén las quinceañeras. Se mantiene joven. Nuestro amor la mantiene bella, y por cada día que envejece, rejuvenece dos.
Me acomodo. Apoyo mi codo en la almohada, y acaricio su pelo ondulado, su tez rosada, sus labios carnosos, ardientes. El mundo deja de girar. El tiempo no pasa.
Su cabello negro, alborotado, se extiende por la almohada, colonizándola como aquél que no se detiene ante nada, y busca ocupar todo lo que hay a su alrededor. Sus ojos, salvaguardados por pestañas largas como espigas, están cerrados, esforzándose por ver sus sueños. Por verme a mí en sus sueños.
Su cara, como de muñeca de porcelana, me demuestra que llevo años compartiendo mis noches con un ángel. Estoy seguro: es un ángel que en el camino al cielo, decidió volver para hacerme el hombre más feliz del mundo. Del universo.
La luz que entra por la ventana abierta ilumina su cuerpo desnudo. Recorro con mis dedos sus curvas, maravillado. Ella siente un escalofrío, pero no se despierta.
La beso tiernamente en la boca. Son las cuatro, y después de esa noche, tengo mucho que hacer.
Me levanto y preparo el desayuno: zumo de naranja, tostadas con mermelada, y cereales. Lo dejo en una bandeja sobre la mesilla que hay junto a su lado de la cama. Vuelvo a besarla y me dirijo al comedor.
Enciendo el ordenador portátil, y prendo el porro que la noche anterior había apagado y dejado en el cenicero. Mientras cargan las aplicaciones me asomo al balcón.
Los vecinos me habían obligado a poner una celosía que cubriera en su totalidad la barandilla, con la finalidad de que los transeúntes no pudieran apreciar la natural desnudez con la que mi pareja y yo solíamos convivir.
Doy una calada, la hierba se quema y el humo entra en mis pulmones, llenándolos de fantasías enteógenas. Retengo la respiración unos segundos. después expiro. El viento se lleva el humo.
Observo la gente que camina por la calle, preguntándome donde irán, y si conocen el sentido de sus vidas. En la mía, solo me relaciono con gente como yo, personas que viven del artisteo, y que no necesitan trabajar. Ya casi no recuerdo mi época de proletario, y me siento orgulloso. Después de catorce años sin trabajar, sigo vivo. Papá y mamá se equivocaban.
Me compadezco de esas personas, mientras quemo con el mechero el papel del porro. Le doy otra calada, a su salud.
Vuelvo a entrar al comedor, y me siento en el sofá. Abro el último documento con el que había estado trabajando hacía un par de semanas, y lo releo. Ya me acuerdo de lo que trataba. Tardo unos minutos en volver a poner en práctica mis técnicas narrativas, y escribo frases que más tarde borro, porque no siguen la línea de lo anteriormente escrito.
Fumo, toso, y juego con el humo, creando anillos y volutas. Las formas que se crean me sugieren ideas que sólo en semejante alterado estado de conciencia soy capaz de entender. Las anoto en mi libreta de ideas, y vuelvo a dirigir mi mirada a la pantalla del ordenador.
Escribo lo que el ángel que duerme en mi cama querría oír. Luego escribo lo que la mujer con la que hace dos noches tuve relaciones, querría saber. Después escribo lo que a mí me gustaría leer, y finalmente, borro la frase.
Termino el porro, y me salgo al balcón de nuevo. Lanzo la colilla a la calle, y me quedo un momento observando la vida cotidiana. Alcanzo a ver vidas únicas y a la vez clónicas. Aprecio el amor acalorado en unos jóvenes, y el frío en sus miradas sin sentimiento. Observo niños corriendo, riendo, felices, y a sus madres discutiendo, llorando, tristes.
Me compadezco.
Observo los coches marchar a velocidades superiores a las permitidas, balones de fútbol de niños jugando caen en la carretera. Los infantes corren y miran a los lados de la calzada. No creen en Dios.
Barcelona era para mí, un santuario. Una ciudad que me permitía explorarme a mí mismo como persona. Me permitía explorar mis filosofías, mis pensamientos, mi forma de vivir. Pero lo cierto es que para otra gente, no era más que una cárcel, un lugar inhóspito donde debían sobrevivir. Una jungla. En ocasiones, recuerdo como yo también intenté sobrevivir en esa jungla o sabana, entre chacales y leones, gorilas y serpientes, animales ponzoñosos, y asesinos por deporte.
Recuerdo que tuve que sobrevivir. Ahora vivo.
Me dirijo al mueble-bar y me sirvo una copa de whisky, la trago de golpe, y me sirvo otra. Cierro el mueble bar, y vuelvo al sofá. Cojo marihuana de uno de los cajones de la mesa donde estoy escribiendo, papel, y cartón. Lío otro canuto.
Coloco la hierba y la boquilla en el papel. Lo deslizo arriba y abajo, hasta que la marihuana adquiere una forma más o menos compacta y alargada, ocupando todo el largo del papel de arroz. Lo enrollo. Intento dejar la boquilla de cartón lo más sujeta posible. Lamo la banda de pegamento y termino de fabricar ese cigarrillo ilegal.
Lo prendo.
Vuelvo a mirar la pantalla, pensativo. Nada se me ocurre.
Oigo ruidos. Se ha despertado.
- Hola -me saluda, con una sonrisa cómplice. Ha olido el aroma en el aire.
- Hola.
- Gracias por el desayuno.
- De nada -parezco antipático. Ella lo entiende, estoy creando.
- Voy arriba.
- De acuerdo.
Se encamina hacia la escalera de caracol. Quedo embobado con el contoneo de sus caderas. Doy una calada. Sus piernas, largas y firmes, terminan en unos glúteos que a cualquiera harían enloquecer. Expiro. Desde mi perspectiva, puedo disfrutar de la imagen de ese pequeño olimpo invertido que tiene entre las piernas. Casi sólo se insinúa, es perfecto. Vuelvo a inspirar.
Ella gira su cabeza. Expiro y sonrío. Sabe de sobras que cuando ella aparece, yo desvío mi mirada instintivamente. Comienza a ascender por las escaleras, riendo. La amo.
Vuelvo a mirar la pantalla. Las letras comienzan a ser lo único importante, lo externo a la pantalla se vuelve borroso. Conozco esa sensación. Mis dedos se posicionan sobre el teclado. Cierro los ojos, las ideas comienzan a sucederse a velocidades imposibles en mi mente.
Las escribo automáticamente, las relaciono con lo que ya tenía escrito, con el argumento formal que a partir de ahora cambiaría totalmente su rumbo. Improvisando, lanzando frases al folio virtual.
Escribo, y escribo, y fumo, y escribo, y bebo, y escribo, y anochece, y fumo, y escribo, y bebo y vomito, y escribo.
Cuando mi mente deja de funcionar, cansada o deteriorada, releo el documento. Me gusta. Lo imprimo, y subo con él las escaleras. Voy a mostrárselo a mi musa. Si no le gusta, lo quemaré.
Le gustará. La conozco. Le gustará, y me besará. Ella me mostrará su última creación, me sentiré un poco más enamorado de ella, igual que ella de mi, y volveremos a hacer el amor entre botes de pintura, extasiados por el arte y las drogas.[/OCULTAR]
[OCULTAR]
Nos despertamos juntos. El sol entra por las grandes cristaleras del estudio, y nos obliga a abrir los ojos. Miro a mi alrededor, sin ser capaz de recordar lo que ha pasado.
Veo el cuerpo desnudo de mi mujer, pintado con figuras esotéricas y motivos florales. El suelo está lleno de pintura, nuestros cuerpos han estado revolcándose encima de ella. Estamos sucios. Me miro a mí mismo. Mi cuerpo está prácticamente cubierto en su totalidad por tonalidades rojas, verdes y naranjas.
Ella me mira y me sonríe. Es evidente lo que ha pasado durante esa noche, aunque no tengo ni el más mínimo recuerdo. Confío en que durante el resto del día, en mi mente se vayan sucediendo las imágenes que faltan en el puzzle, que son la mayoría.
Estamos unos minutos mirándonos en silencio, maravillados. Bendita sea la vida que recibimos y que gozamos.
Suena su teléfono.
- Joder... -suspira, y se lanza escaleras abajo, a prisa, dejando tras de sí un rastro de huellas marrón rojizas.
Me estiro y desperezo en el suelo, disfrutando de la ternura de la vida y maldiciendo la dureza del suelo que me ha destrozado la espalda.
Me levanto. Me asomo a las grandes cristaleras. Es pronto. Muy pronto. Observo los cuadros pintados por la mano de mi ángel, y me emociono. Lágrimas corren por mis mejillas. Los toco, los recorro con los dedos.
Los siento.
Siento lo que ella sentía al pintarlos. Cierro los ojos y mi corazón se acelera. Esos cuadros son preciosos. Me conmuevo al entender, una vez más, que esos cuadros son su alma, lo que me vuelve a confirmar, con una razón irrefutable, que estoy enamorado de un ángel.
Una persona normal no puede tener un alma tan bella y limpia como la que se muestra en sus cuadros.
Me interrumpe. Ya está limpia, mostrándome en su totalidad su belleza angelical. Me informa de que le han llamado de Madrid, tiene una exposición. Su natural dedicación a todo lo que pueda tener un ápice de artístico, la lleva a organizar hasta el último momento todos los detalles de sus exposiciones.
No es la primera vez que se va, pero esta vez se va a quedar allí una semana.
¿Una semana?
¿Para qué?
- Quieren que me quede allí hasta el día de la exposición.
- ¿Por qué?
- Quieren que hable con algunos compradores interesados, y hemos de discutir números.
A mi no me gustan los números, eso lo controla ella. Su mente es mucho más privilegiada que la mía, que solo puede dedicarse a escribir tonterías.
La sonrío. Ella sonríe.
Se gira, y se dirige a la planta de abajo. La sigo, embobado todavía por ese cuerpo precioso. Es el cuerpo más perfecto que jamás he conocido.
- ¿Cuando sales?
- Esta tarde.
- ¿Tan pronto?
- Mejor no perder tiempo, ¿no?
- Es verdad.
Me sonríe, mientras mete ropa en la maleta. El pelo, ondulado, le cae sobre la cara. Cuando se lo retira, de golpe, salvaje, me besa y me dice que me quiere. Sonrío. Es perfecta. La amo tantísimo.
- Voy a ducharme.
- Vale, cariño.
Me besa de nuevo.
Me meto bajo el surtidor de agua. Su ruido y el agua inundan mis oídos. Me permiten una curiosa libertad creativa muy agradable. Me siento bien conmigo mismo, valoro lo que tengo, y me siento orgulloso.
He luchado contra tanto... Soy un hombre fuerte, he salido adelante sin arrodillarme ante nadie, sólo con mi talento. Mi talento. Mi don. Mi habilidad para expresar el arte que fluye por mis venas. De hacer llegar a los lectores, los sentimientos más profundos y comunes, que suelen ser censurados en la sociedad.[/OCULTAR]
Es largo, sí, pero si lo leéis, os identificaréis, seguro. Ahora porque es una historia de amor, en las siguientes páginas porque se convertirá en una historia de sueños y amor, dolor y café, drogas y represión, libertad y conciencia, muerte y vida.
No hace falta leerse los cuatro capítulos, con un poco de atención me conformo.
Se lo agradezco
un abrazo
Sigue asi y felicitaciones.