Estoy cansado. Sumamente cansado del falso estoicismo que me lacera los dedos de los pies, dentro de los zapatos ya desgastados por incontables desdichas.
Estoy agotado. Terriblemente agotado de caminar y no poder encontrar, aún, el final del camino, mientras que detrás he dejado los recuerdos, y sin embargo, veo sus contornos dibujados a través de las nubes en el cielo, imitaciones de almohadas emplumadas que me invitan a dormir en ellas por siempre y descansar al fin.
Pero no puedo detenerme. Hace tanto que ya no logro recordar como regresar a casa, me he extraviado y miro detrás, tan sólo para encontrarme con la huella de mi sombra y ni un alma que pueda ayudarme, estoy a solas, caminando hasta el final sin detenerme y sin el derecho a la rendición tan necesaria y tan, desesperadamente anhelada.
Si, estoy muy cansado. Porque a pesar del camino recorrido, no consigo alejarme de mis demonios, criaturas viles, portando máscaras con la imagen de mi rostro, sobre sus peladas y ensangrentadas facetas. Me siguen de cerca, susurrando lugares, momentos y personas, y entonces sobresale un nombre por encima de todo: Luisa.
Y me detengo. Pero ya no hay demonios, no hay nada y entonces lo comprendo, Luisa se ha quedado rezagada. Más no logro comprenderlo del todo, pues pensaba que yo estaba detrás de ella, tratando de alcanzarla mientras me deshidrataba en el esfuerzo, no por el calor abrasivo del sol, sino por las lágrimas que cayeron de mis ojos cuando la vieron alejarse. ¿En verdad la he dejado atrás, es posible?
Tengo miedo. Ahora me siento más sólo que nunca, observando un camino desierto; Luisa no quiero dejarte atrás, no aún. Y por eso vuelvo sobre mis pasos, todavía más cansado que al principio y después de un par de metros, comienzo a escuchar de nuevo a los demonios susurrándome su nombre.
Por lo menos ahora sé, que cuando ellos desaparezcan, deberé volver por donde había ido, en esta carretera que llamo mi vida.
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