Hola,
He decidido compartir este relato en el foro (que es una forma de publicarlo...) para evitar la tentación de volver a presentarlo a otro concurso. Las veces que lo he hecho no ha tenido ningún éxito. Creo que hay algo en él que vale la pena el esfuerzo de leerlo, pero no sé qué opináis vosotros. Confío en que tengáis tiempo (y ganas...) de leerlo y, como siempre, os agradeceré vuestros comentarios.
Una inquietud cotidiana
Alex A. Armesto
Como cada mañana laborable, salí de casa y me dirigí al trabajo. Al
descender las escaleras del metro, las personas que suelen salir de la
estación a esa hora se cruzaron en mi camino. Por los pasillos, caminé
acompañado por quienes habitualmente se dirigen a mi andén. Cuando el
convoy se detuvo, entré en el vagón de siempre, donde los pasajeros,
casi todos conocidos —después de años compartiendo viajes efímeros, ya
no somos extraños—, seguían concentrando su atención en la pantalla que
llevan a todas partes. Como si aún fuera ayer, como bien podría volver a
ocurrir mañana si nadie le pone remedio.
Hice un esfuerzo y me abstuve de sacar el móvil para consultar las
noticias. Intenté que los diez minutos del trayecto de aquel día fuesen
diferentes, y miré a mi alrededor. Una mujer leía un libro, era la única
persona que lo hacía a mi alrededor. La mayoría de los otros viajeros
fijaban la vista en el aparato que llevaban consigo: un móvil, una
tableta, un portátil… Sus caras mostraban interés, sorpresa,
aburrimiento; incluso algún mohín equívoco. Como suele ocurrir, alguien
que había estado a punto de pasarse de parada se levantó de su asiento
apresurado y, tras ruegos y empellones, consiguió salir a tiempo.
Entre los pasajeros, había quien mantenía la cabeza erguida, sin dedicar
su atención a ningún libro o dispositivo, con la mirada perdida en
algún lugar de su memoria. Sus rostros eran inescrutables. Mediante un
nuevo esfuerzo, incómodo, esbocé una sonrisa a un viajero que creí que
me miraba, un anciano, pero él aparentó no haberme visto y me dio la
espalda. Yo hice lo propio, todavía sonriendo, y dirigí mi rostro
radiante hacia una mujer joven y hermosa. Sus facciones se endurecieron y
una mueca de repugnancia se perfiló en sus labios. Dejé de sonreír y
bajé los ojos. La situación había provocado que me ruborizara y, antes
de que el sentido del ridículo se apoderara de mí, acerté a pensar que,
tal vez en otro momento, en otro lugar, la reacción de la chica hubiera
sido diferente. Fue un triste consuelo, pero me ayudó a enfrentarme al
resto de la jornada.
Volví a la carga aquella misma tarde. Descarté el metro, donde la
proximidad física y el cautiverio temporal malograrían mi propósito. Me
decanté por un parque cercano, por el cual debo pasar cada día al volver
del trabajo. En vez de atravesarlo a toda prisa, di un rodeo por una
senda lateral, reduje el ritmo de mis pasos y me dirigí a un banco en
una loma cercana. No recordaba haberme detenido nunca en aquel lugar.
Dejé vagar la mirada por las sendas que la gente transitaba. Los más
irreductibles, los empecinados, lo hacían con los ojos fijos en algún
tipo de pantalla, pero eran los menos, la mayoría miraba por dónde
caminaba, fijando brevemente la atención en algún punto de su recorrido.
Ensayé un gesto amable y pensé en algún comentario banal, apropiado
para un encuentro fortuito. Los preparativos se me antojaron inútiles:
las personas que deambulaban por el parque lo hacían alejadas del lugar
en el que yo me encontraba. Si quería experimentar una situación fuera
de lo cotidiano, debería ir en su búsqueda y no esperarla sentado. Me
levanté y caminé decidido hacia la zona que me pareció más concurrida.
Quizás la expectación del encuentro hizo que descuidara dónde ponía los
pies, pero el caso es que, al regresar a la senda que recorre el parque,
hundí el mocasín derecho, como si su empeine fuese una pala, en una
masa de excrementos. El perro que la produjo debía ser de gran tamaño, a
juzgar por el volumen de lo que su amo había dejado olvidado en el
parque. Además, la inmensa deposición era reciente. Mientras evaluaba el
estado de mi calzado, los caminantes se apartaban de mí y evitaban mi
mirada. Puede que pensaran que lo que se desprendía cuando yo agitaba el
pie, emitiendo un olor nauseabundo, era producto de un accidente
escatológico de una persona mayor. Aun así, mientras mantenía el
equilibrio sobre una pierna, dando pequeños saltos y golpeando balones
invisibles con la otra, era consciente de mi propósito inicial. Seguía
buscando los ojos de los transeúntes, sin dejar de sonreír, preparado
para comentar, de una manera casual, lo apacible que la tarde se
presentaba o las pocas posibilidades de que esa noche lloviera. Nadie me
dio la ocasión de hacerlo. El recorrido de las personas que se
aproximaban trazaba un semicírculo, cuyo radio surgía del punto en el
que yo me encontraba, zarandeando el pie derecho y haciendo que la caca
de perro saliese disparada hacia todas partes.
No soy una persona exigente, incluso admito que aquella tarde mi afán
por romper la rutina se concretó en una experiencia que, si bien no fue
agradable, fue enriquecedora. Me he informado, y ahora sé que las
ordenanzas municipales permiten a los animales aliviarse en el espacio
urbano, siempre que sus amos hagan desaparecer después el resultado
tangible de dicha dispensa.
—La gente es muy guarra, Juan —dijo Paula, mi mujer—. Lo que no entiendo
es qué hacías caminando por el parque —y, mostrando repugnancia hacia
mi calzado, añadió—. Es tu turno de ir al súper. Cámbiate de zapatos y
baja antes de que cierren.
No protesté, volvía a salir de casa y me dirigí a hacer la compra
semanal. Sin embargo, no dejaba de rumiar mi propósito de aquel día.
Una nueva oportunidad se presentó, inesperadamente, en el supermercado.
Un hombre, al que no podía ver porque estaba detrás de mí en la cola,
comentaba las vicisitudes de la espera. Era evidente que deseaba
entablar una conversación. Me resistí al principio, pero,
tentativamente, mediante gestos comprensivos, asintiendo con la cabeza o
con alguna interjección, comencé a responder a sus comentarios. El
cajero tenía poca experiencia y, cada vez que hacía una consulta para
poder realizar su trabajo, el hombre de la cola replicaba en voz baja o
con una risita sarcástica. Finalmente, me volví hacia él y le dirigí
unas palabras amistosas, no recuerdo cuáles, pero sí lo que él
respondió:
—¿Disculpe?
El hombre se había desprendido de los auriculares que llevaba puestos y
me miraba extrañado. Yo no sabía qué decir, mi cara ardía de vergüenza.
Continué sofocándome en silencio y me encogí de hombros a modo de
disculpa. El desconocido volvió a ajustarse los audífonos, con actitud
desconfiada, y continuó la conversación en la que yo había creído
participar.
La experiencia fue dura, pero también me hizo más sabio. Hoy, cuando
volvía en el metro, he apartado un momento la vista del teléfono y, al
cruzar mi mirada con la de una señora que me ha sonreído fugazmente, he
fingido no darme cuenta y he mirado hacia otra parte.
Comentarios
Hola.
A mí me ha gustado. Bien redactado, buen enganche con las sintaxis y sintagmas y sin fisuras en la puntuación, aunque a falta de más matices significativos complementarios, con la idea de que atrape al lector desde el principio.
Sin ánimo de enmendar la página a nadie (puesto que sólo soy un aficionado a la escritura), humildemente me permito recomendarte que lo amplíes al menos 1500/20000 palabras más. Me ha dado la sensación de que queda incompleto.
Prueba a presentarlo aquí<.
https://exogenesisxxi.wordpress.com/
Saludos y suerte
-0-
Para eso estamos aquí, Alex, para colaborar y levantar este foro.
Otro abrazo para ti