Disyuntiva lésbica
Cuando
entré a aquella mansión, lo primero que se me ocurrió pensar era que estaba
loca por haber aceptado su invitación. Y lo segundo fue que nunca imaginé que
la anfitriona tuviese tanto dinero.
El
lujo la rodeaba por todos lados. Una magnífica mansión, decorada con refinada
elegancia; un amplio garaje donde había tres coches de alta gama y una moto de alto
caballaje, una cancha de tenis, un campo de golf de ocho hoyos, un jardín de ensueño,
una piscina olímpica; y, para atender todo eso y la mansión, un servicio
doméstico compuesto por seis personas.
“No, ni hablar, esto no es una típica fiesta universitaria. Esto es demasiado
selecto. ¿Dónde me he metido?” -pensaba.
Nunca había salido de mi cuarto de la universidad. Siempre era yo la típica chica
tímida que sólo destacaba en el colegio por ser una empollona.
Odiaba a los hombres. Más de uno se había aprovechado de mí. Uno en concreto me
violó dos veces. En realidad, más que un hombre era un hastial el que me rompió
el himen de una forma tan brutal que me hace llorar cada vez que lo recuerdo.
Me siento confusa. Mi amiga Silvia, ex colega de cuarto, me dijo que me lo
pasase bien, que la anfitriona de la fiesta era popular y que estaba interesada
en mí. “¿Interesada en mí? ¿Por qué? ¿Para qué?” -pensaba de nuevo.
Lo que seguro querrá es reírse de mí, que no es lo mismo, pero, a pesar de mis
protestas hacia Silvia, me prestó un traje ceñido de seda fina y de última
moda.
Cuando llego al portón de la lujosa mansión un chico alto y guapo, vestido de mayordomo,
me recibe. Mira la lista, cuando, con torpeza e inseguridad, pronuncio mi
nombre completo, y entonces ciñe los ojos, me mira y me pide que lo siga.
La gente anda revuelta por todos lados, inventando una locura tras otra, pero
aquel chico se asegura de que llegue sana y salva a uno de los lugares más
tranquilos de la impresionante mansión.
Me lleva por un pasillo y me deja en un suntuoso cuarto, que era como sacado de
las mil y unas noches, y me anuncia:
—¡La
señorita Triana! -y desaparece como por arte de magia.
Casi
instantáneamente, la anfitriona se aproxima a mí. Apenas sé nada de ella, pero
en la universidad todo el mundo la conoce.
Inesperadamente,
me saluda dándome un beso en los labios.
—¿Pero...
pero... tú... tú quién eres…?
—Me
llamo Manuela, pero llámame Manu. Es más íntimo.
Me lleva a un sofá grande; bueno, más bien una enorme almohada sobre el suelo.
Me sirve un té, tan aromático y relajante que hace que los nervios de mi
estómago desaparezcan.
—No
recordaba cómo te llamabas, pero en la universidad todos lo saben.
—Ninguno
de ellos me importa, sólo me importas tú.
—¿Yo?
¿A qué viene esto? No sé de qué vas. Mira,, no te da derecho invitarme a tu
fiesta sólo para reírte de mí- -Manuela parece confundida. Me mira con tal
intensidad que me turba. Mis mejillas se sonrojan.
—Quizá
me he precipitado, pero es que no es fácil acercarse a ti. Me contaron lo tuyo,
eso de... ya sabes... y...
—¿Y
te doy pena?
—No,
Triana, no. Yo... -Manu parece nerviosa y tensa.
—Me
gustas -añade de repente, sin ambages.
—¡¿Qué?!
—¡Qué
me gustas, joder, y mucho! Ya lo he dicho, así que ahora eres tú la que puedes
reírte de mí. Silvia me dijo que tú también sentías por mí, por ese motivo
monté esta fiesta, sólo para verte. Silvia me dijo que se aseguraría de que
vinieses, y ya estás aquí -pasmada me quedé, como si yo fuese la reina del
universo.
—¿Para
verme?
—Sí,
para verte -y de repente se lanza y me besa de nuevo en los labios. Muerde mis
labios y seguidamente rasga mi vestido y me lame los pezones, que se empinan,
como deseosos de lengua.
Mi corazón se acelera. Manu se desviste y después me desviste a mí, o más bien,
me arranca lo que queda de mi vestido. Me echa sobre el almohadón y me besa con
pasión. Estoy confundida. Inmoviliza mis muñecas. se pone encima de mi cuerpo y
empieza a danzar al compás de su deseo.
—¡Ah!
-consigo articular cuando se queda quieta-. Hay tanto deseo en tu mirada... -le
digo en voz baja.
—Me
gustas mucho... -repitió, mirándome a los ojos.
—No
te arrepentirás de esto... Te lo juro -añadió.
Me silencia toda respuesta con más besos, y no se detiene hasta que me escucha
gemir de placer.
Cuando por fin para, me mira fijamente a los ojos. Por un momento temo de nuevo
ser víctima de una novatada.
—Si
esto te está gustando, ya verás lo que te tengo preparado...
-sigue en página siguiente-
Comentarios
Súbitamente, las luces van menguando hasta que la estancia se ilumina solamente por una lucecita anaranjada, como el color de las paredes.
Hay en ese cuarto una cama grande y un yacuzzi. Me levanta, y me lleva al yacuzzi, a sumergirme en las burbujeantes aguas. De pronto, todo el cubículo huele a sales de baño y a incienso. Todo aquello embota mis sentidos.
Se sumerge una y otra vez en el agua y poco después emerge y coge de una bandeja dos copas. No sé qué contienen. Echa unas gotas y me da a probar. Ella bebe de mis labios. Tímidamente, intento detenerla.
—No comprendo nada. Explícame... -se detiene en seco y me mira.
—Silvia me dijo que quizá no estuvieras preparada, que yo tenía que ir despacio contigo. Pero llevo varios meses planeando esto. Tanto tiempo esperándote y tú como si nada, no me veías, no parecías interesada en mí. Cuando Silvia me dijo que...
—¿De qué conoces tanto a Silvia? -la interrumpí.
—Me hice su amiga cuando me enteré de que tú eras su compañera de cuarto. Quería saber de ti... -respondió.
—Pero yo... -me tapa los labios con sus finos y alargados dedos.
“¡Es tan guapa y perfecta! ¿La chica más espectacular de la universidad fijándose en mí? Esto es una novatada o una encerrona, seguro, pensaba de nuevo.
—Todo esto es una broma, ¿verdad? -intento salir de la duda. Pero ella endurece la voz.
—No es una broma, pero Silvia es una zorra. Tengo celos de ella. Parece que no soy la única interesada en ti. Ella también.
—Bu… bueno, ella se portó bien conmigo y... siempre era tan tierna y agradable que... -parece enfadada. Sale del yacuzzi. Se tapa con un albornoz verde y yo la sigo tapándome con mi roto vestido -intento llegar hasta ella.
—Estoy confundida. La más pringada de la universidad, es invitada a una fiesta tan elegante y por la propia dueña...
—Pero ambas estábamos en la universidad.
Tras pensar unos segundos, añade:
—¿Has hecho tú el Amor con Silvia?
No necesito pensar. Recuerdo que una vez que Silvia estaba borracha y me obligó a hacer “cositas” con ella. No sabía que eso se hacía entre mujeres. Lo había escuchado, pero mi familia siempre ha sido tradicional, en fin… puritana… -asustada la miro como si fuese un fantasma.
—¿Qué haces aquí, Silvia?
-sigue y termina en página siguiente-
¿Y yo? Bueno, yo me describiré como una muchacha con pelo negro azabache, con ojos grandes del color del castaño y con un cuerpo corrientito.
—¿Cómo qué hago aquí? Es una fiesta, y me gusta –responde Silvia.
—Tú has preparado esta novatada, ¿verdad? -miro a Manu. Parece enfadada.
—Dile que la deseo, que la amo; bueno, que no es lo que ella piensa.
—Dijiste que sólo la besarías y que probarías pedirle salir, pero si ella no quiere...
—¡Te mentí! ¡Sí quiere, así que ayúdame! -dice airada recobrando la mirada de gata traviesa.
Me quedo clavada. Miro a Silvia. Se me acerca más como aquella vez. Pone música y al ritmo empieza a quitarme el vestido de mi mano y después se quita el suyo
Manu me sujeta por detrás con suavidad; siento su cuerpo completamente desnudo pegado al mío. El calor que emano y siento es como la lava de un volcán.
Empiezo a sentir dolor y placer a la vez; dolor, porque me pide algo que de momento no estoy dispuesta a dar; y placer, porque Manu me besa en la boca con lengua serpentosa incluida, alternando eso con lamidas profundas en mis pezones.
Es entonces que no puedo ni quiero resistirme.
Silvia se arrodilla frente a mí.
—Llevo mucho tiempo deseando repetir esto -y, acto seguido, noto un placer punzante en mi coño.
Cierro los ojos, y al compás de la música la mujer más hermosa que he conocido me folla. A mí, a una don nadie.
—Sólo una vez follamos Sílvia y yo, pero no sentí nada -respondo con miedo a la pregunta que me hizo Manu.
—¿Cómo que no sentiste nada? Pues a mí me gustó -escucho la voz de Silvia, detrás de mí.
Asustada, la miro como si fuese un fantasma.
La tenue luz que se cuela por la ventana, me despierta de golpe.
No podía distinguir dónde estaba. Pero ahora caigo: en la mansión de Manu, en una la fiesta. ¿Pero qué ha ocurrido? Intento ponerme en pie, y vestirme, me incomoda estar desnuda, no puedo moverme.
A mi lado está Silvia, durmiendo plácidamente. Está desnuda como yo, bajo un albornoz que la cubre hasta los muslo pero se le ve el coño. Está espectacularmente hermosa.
Al otro lado, veo la descansada silueta de Manu. Lleva una toalla enroscada en su perfecto busto.
Las dos parecen felices, las dos parecen exhaustas. Y yo también.
Intento levantarme, y a duras penas lo logro. Me visto con mi roto vestido y salgo en busca de algo que llevarme a estómago, y al baño a despejarme.
Cuando consigo ambas cosas, veo que la mansión aún está por limpiar. En el salón me esperan Manu y Silvia. Sus aviesas sonrisas me dejan estupefacta.
—Era una novatada, ¿verdad? -pregunto apenada. Ellas permanecen en silencio. Hasta que Manu dice:
—Ojalá fuese una novatada, porque si lo fuese, todo sería más fácil para ti creerte lo que pasa. Pero no es una novatada. Y ahora dime, ¿cuál coño prefieres de los dos? Me pregunta queda expectante a mi respuesta.
—Somos muy jóvenes, y las tres odiamos las pollas y nos gustan los coños, así que vamos a hacer un trío -respondo.
Y partir de mi respuesta, estuvimos varias horas dándole placer a nuestros cuerpos
Sevilla jun 2026