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Después de muchas circunstancias variopintas consiguió un Oscar

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 26 de julio en Erótica

Después de muchas circunstancias variopintas consiguió un Oscar 

Su coche subió la pronunciada cuesta y se detuvo frente a la casa de Vivian. Se bajó y besó en la mejilla al hombre que había salido a la vez de su coche, que era Al Ray, un oficial de la policía de Hollywood.

—¡Amigo Ray, tienes la habilidad de aparecer cuando más te necesito!
—No estaba lejos –sonrió.- Anoche, mientras tomaba café en la cafetería de enfrente de la Academia de los Oscar, te vi en la tele. Gracias por la dedicatoria.
—De nada. Estoy molida. Creo que me voy a ir directamente a la cama.
—¿Te encuentras bien?
—Bien, pero cansada.
—Pues entonces tú a descansar y yo a seguir con mi ronda.
—Gracias por tu siempre amabilidad conmigo. Besos a tu hija Susan y a su bebé.

—Se los daré de tu parte.

Y el policía la veía entrar en su casa antes de dar la vuelta el coche, y pensaba:

"No me gusta ciertas cosas que hace y dice, pero soy feliz porque, por fin, es ella”.

El teléfono sonó apenas entró al salón de su casa.

Era su madre, una ñoña capillita que vivía en Nueva York y que no se llevaba bien con su hija.

—¡Qué amoral lo que hiciste anoche en la Academia! –así la saludó-. ¡Desde ahora, no podré ir por la calle con la cabeza alta! ¡Has dado la nota en todo el país! ¡Y bla... bla... bla...! ¡Y bla… bla… bla…!
—¡Adiós, viuda de Davis , y esposa de no sé quién! -y colgó. Su madre debió quedarse con un teléfono mudo en la mano.

De nuevo sonó el aparato, pero no lo descolgó, lo desconectó. Al cabo de un rato, volvió a conectarlo, y al poco vibró otra vez, pero como ahora parecía que el zumbido era el característico de las llamadas locales, lo descolgó:

—¿Sí?
—¿Vivian?

Enseguida reconoció la voz.

—No soy Vivian, soy su secretaria –mintió, cambiando la voz-. ¿De parte de quién?
—Soy Robert Gross.
—Usted era su antiguo agente, ¿no es así?
—Así es. Dile a tu jefa que se ponga al teléfono que tengo buenos negocios para ella.
—No puede. Va camino de Hollywood -mintió de nuevo-. Pero me encargó que si usted llamaba que le recordara que tiene que devolverle el borrador del libreto de una novela que le dejó hace más de tres meses en su despacho. Y también me dijo que no tuviera reparos en enviarlo directamente al carajo –soltó una risa y colgó.

Mientras se deleitaba con lo que acababa de decir, el teléfono sonó de nuevo. Y esta vez sí le gustó, a pesar de los pesares, la llamada. Era Guy Gre, su  amigo homosexual, que era el director de teatro que la había eliminado del reparto de una obra que se había celebrado en Broadway.

—Hola, Vivian -entró suave-. Sé que no tengo perdón, pero no podía dejar pasar algo así.
—¿Quién te dio mi teléfono? –eso fue lo primero que le dijo, en forma de pregunta.
—El taxista mulato que nos llevó en su taxi hasta el lago verde del Central Park. ¿Recuerdas?
—¡Claro que me recuerdo, jajajajaja! –su memoria se fue inmediatamente a aquel divertido episodio.
—Me alegro qué hayas llegado a la cima –adquirió un tono serio-. Pero, ¿a qué ha sido alto el precio del éxito?
—Sí, Guy demasiado alto–respondió.
—Te advertí, cuando empezabas en esto que tenías que llevarte bien con los viejos verdes y con los maricones. Y aunque éste maricón que habla no se portó contigo como un hombre, sabe que te quiere –hizo una pausa-. Pero te llamo porque me alegro de tu éxito –sollozos se oían y después seguía la voz-. Vivian, que sepas que sigo viviendo en el mismo lugar. Un beso grande para tus labios cerrados. Adiós.
—También yo te quiero. Cuando regrese a Nueva York te veré –y colgó, conteniéndose las lágrimas.

A los dos minutos, de nuevo el teléfono. Esta vez era su agente, Don Miley.

—¿Con quién has estado hablando todo el tiempo? Te he estado llamando cada cinco minutos -y sin esperar respuesta, añadió-: eso que hiciste anoche de desnudarte completamente en la sala de los oscar fue buena estrategia. En todos los años que llevo como agente cinematográfico, nunca había visto aparecer una estrella en una noche.
—No fue una estrategia, Don.
—Bueno, eso no importa ahora. Ven a mi oficina. Tengo un montón de ofertas en firme en las que sólo tú puedes imponer tus condiciones.
—¡A la mierda tus ofertas y a la mierda el dinero! –contestó y colgó.

-sigue en página siguiente-


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 26 de julio

    No había caminado dos pasos hacia la cocina, cuando… ¡ring, ring, ring…!

    Ahora era su buen amigo y examante, el joven mulato Sam.

    —¡Hola, Vivian! ¡Esto sí que me gusta para ti! –así la saludó. Y siguió-: te felicito. Pero lo hago por teléfono, no vaya a ser que en persona tengamos problemas uno de los dos o los dos, como ocurría en los viejos tiempos –sonrió.
    —Gracias, Sam –le devolvió la sonrisa-. Lo más acertado que puedo responderte en este momento es que te deseo que lo mejor de tu pasado sea lo peor de tu futuro -pero no había dejado aún el receptor en su lugar cuando se apresuró en decir-: ¡no cuelgues! –pero Sam ya había colgado. Sólo quería preguntarle cómo había conseguido su número de teléfono.

    Poco después, una nueva llamada. Ahora era su exmarido, un famoso y millonario escritor.

    —¿Qué tal, querida? Esta vez has sido tú misma. No sé si me creerás si te digo que me alegro de que hayas logrado el más alto honor para un escritor. Yo no lo he conseguido aún.
    —Gracias. En esto de la escritura me queda mucho que aprender de ti -y añadió: supongo que para alguien tan importante como tú no le habrá supuesto inconvenientes averiguar mi número teléfono.
    —Eso no es verdad. Soy ya viejo y vivo del pasado. Tu generación, contigo al frente, es la que pita hoy en día -agradeció la gentileza, pero hizo caso omiso en cuanto a lo del número de teléfono.
    —Ley de vida –respondió, sin recabar más sobre lo otro.
    —Obviamente –se quedó en silencio unos segundos, después le preguntó-: por cierto, ¿tiempo atrás no has estado enredada en un asunto serio, de cárcel incluso?
    —Cierto, pero pude salir del trance.
    —¿Por qué no acudiste a mí?
    —No fue necesario. Gracias –colgó, sin darle opción a la réplica. No quería remover la mierda de su pretérito.

    No hizo más que colgar, cuando otra vez sonó el ya un poco gastado timbre.

    El psiquiatra Frank Taylor estaba al otro lado del hilo.

    —¿Cómo se encuentra la señorita Vivian?
    —Bien, doctor Taylor. Y en parte, gracias a ti –sonrió, y añadió a través de una pregunta una frase sobada ya en esa noche-: ¿cómo conseguiste mi teléfono?
    —De la gente famosa y adinerada, todos se ocupan en saber sus señas.
    —A lo de famosa, bah. Y a lo de adinerada, paso.
    —¿Te parece poca riqueza el hecho de que ya estás repuesta del todo?
    —Por supuesto, y te estoy muy agradecida, Frank. Iré a visitarte cuando regrese a Nueva York. Pero ahora, si me disculpas, estoy cansada y voy a echarme un rato –mintió con esa disculpa.
    —El descanso siempre es bueno. Sabes que te aprecio. Cuídate.

    -sigue y termina en página siguiente-


  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Se quedó pensando que necesitaba una secretaria, al menos esa noche porque a los pocos segundos de colgar, el timbrecito volvía a hacer de las suyas.

    Era Ruth, su ex "amiga íntima", bisexual y mulata ella.

    —Hola, cariño. Me ha costado dar este paso porque no sabía si querías hablar conmigo. Felicidades. Te mereces ese premio que has conseguido y más -eso fue lo único que dijo.
    —¡Claro que quiero hablar contigo! De hecho, tengo intención de ir pronto a Nueva York. Te llamaré y cenaremos juntas.

    E imaginándose que la llamada que sonaba sería la última, descolgó por enésima vez.

    —¿Si?
    —¿Puedes dedicar un minuto de tu valioso tiempo a un viejo amigo?
    —¡Tom Douglas!

    A Tom Douglas, que era un famoso productor de cine y teatro, se le notaba interés en la voz. Pero le agradó a Vivian que se hubiera acordado de ella.

    —¿Recuerdas que te lo dije? Ahora sólo falta reunirte conmigo. Entre los dos nos comeremos el mundo.
    —Todo se andará, Tom. Te veré pronto, y gracias por confiar en mis posibilidades. Tú siempre tan amable.

    Pero, súbitamente, se sentía decaída. Casi todas las personas que la habían llamado era por un motivo de interés personal. Seguía sufriendo, aunque de diferente forma, las secuelas del éxito, que era, a pesar de no parecerlo, un peso que tenía que sobrellevar, si es que quería seguir en el carro de doble filo de la fama. Pero el éxito no estaba tan bien asfaltado como se lo habían pintado. En esta vida, por suerte o por desgracia, todo tiene un precio.

    De pronto, como si el teléfono quisiera azucararle el ánimo, recibió una nueva llamada que le sirvió para rememorarle un episodio, más de recuerdo que de otra cosa, de su pasado. Procedía de Roma (Italia) y la voz que hablaba desde el otro lado del hilo era la de Gina Capello, la esposa del famoso productor italiano Renato Bianchi.

    —¿Qué tal se encuentra mi guapísima galardonada?
    —¡Gina! –ésa exclamación era la respuesta al saludo recibido.
    —Mi felicitación por tu oscar. Sé la alegría que debes sentir en estos momentos, porque, como sabes, yo también disfruté de ese premio. Pero en Roma puedes tener más "oportunidades", además de las de escritora y actriz. Además de que estarías protegida por uno de los hombres más poderoso de mi país. Y por su esposa, por supuesto.
    —Gracias, pero no –respondió, y añadió-: desde que me levanté de tu suntuosa cama de la deslumbrante suitte del famoso hotel Sant Regis, decidí que en mi vida sólo mando yo. No quiero que nadie se adueñe de mí.
    —Pero no queremos ser dueños de nadie. Solamente que pienso que aquí puedes acabar de realizarte. Y te lo dice una mujer que tiene experiencia en estas cosas. También yo tuve tu edad y pasé por “cosas”, de las que nunca me arrepentiré, porque, en definitiva, me han servido para llegar a la posición social y económica en la que ahora me encuentro. Pero, sobre todo, quiero que sepas que te quiero.
    —Y yo también te quiero, pero insisto en mi postura.
    —Si es esa tu decisión… Un beso para tus labios. Ciao.
    —Y un beso para tu mejilla. Adiós –y colgó.

    Recordó de pasada que para legar a lo más alto, tuvo que pasar por muchas camas, y la cama de ese millonario y lujurioso matrimonio italiano fue crucial para su propósito. Pero también recordó que ambos cónyuges la engañaron, con  la intención de que se acostara con los dos en trío, aprovechando que ella estaba pasada de copas.

    El teléfono empezó a sonar de nuevo. Pero ni caso. Se limitó a arrancar el cable y a meterlo en su acuario, pensando en que en realidad no sabía por qué preguntarles a todos los que habían llamado los medios para averiguar su número de teléfono. Pero, sin dar mayor importancia a eso, se fue a su dormitorio. En la mesilla buscó y encontró un cigarrillo de marihuana, lo encendió y empezó a fumárselo en el porche, a la vez que observaba de punta a punta la ciudad. La noche era cálida. De pronto, sus ojos empezaron a humedecerse…

    Y sentada en uno de los escalones del porche, seguía fumándose el cigarrillo. Entre calada y calada se secaba los ojos. Pero, súbitamente, rompía a llorar desesperadamente, como nunca había llorado. Una tremolina de pensamientos contrapuestos se agolpaban en su mente, mientras a lo lejos, las multicolores luces de Los Ángeles tililaban resplandecientes a través de sus sentidas lágrimas.

    Luchando contra su llanto, medio se repuso. El primer pensamiento que le vino a la mente fue el de dos personas: Ruth y Ray. No estaba de acuerdo con lo que le aconsejaba Ruth de que lo necesitaba era un hombre que la mantuviese; ella era lo suficiente valedora como para mantenerse a sí misma. Y ahora más, porque, además de conseguir el oscar, también obtenía una cuantiosa suma de dólares, y era considerada como una escritora de prestigio, con lo cual se la rifarían los agentes y las editoriales.

    Sin embargo, le atraía la idea de unirse a algún hombre, a pesar de haberle dicho a Ruth que le gustaba estar sola. Y quien mejor candidato que Ray, el oficial de la policía de Hollywood, que tanto la había ayudado y apoyado y sabía que la amaba y que intuía que estaba enamorado de ella. No pensaba en las diferencias de edades; al fin y al cabo, se había casado con su exmarido, que le llevaba 26 años, y Ray solamente 12. No estaba enamorada de él, pero lo quería y se amparaba en que, con el tiempo, terminaría enamorándose, ya que era un hombre honesto, honrado y trabajador; un hombre bueno, en definitiva. Tenía sus dudas, pero se planteó seriamente ir a buscarlo…



    A Chávez López
    Sevilla jun 2025

     :)

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