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...los tres nos sentamos en cómodos sofás del salón, alrededor de una mesa de café.
El señor Ferguson es un hombre de unos sesenta años o poco más, entre canoso y pelirrojo, de trato jovial y voz grave y potente. Tiene la cara alargada y el pelo mucho más corto a los lados que por arriba, lo que da a su cabeza una peculiar forma de obús.
Su hijo Bud (creo que es el menor) ronda los treinta y tiene los párpados permanentemente a media asta; de esas personas que parecen estar siempre a punto de quedarse dormidas. Todavía no ha abierto la boca ni para saludar. Me mira fija e inquisitivamente, algo que con esa expresión en los ojos da la impresión de que le caigo mal por el simple hecho de haber nacido.
—Verán, ha llegado un hombre a nuestro rancho solicitando empleo. Mitch Martin —en cuanto escucha el nombre, el señor Ferguson eleva la cara hacia el techo con una carcajada silenciosa—. Ha dicho que pasó por aquí y quería…
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