Lola
Tengo que confesarles una cosa terrible. Apenas tuve noticias de que Lola se estaba muriendo, no me sentía especialmente triste. Es muy probable que esto pueda resultar cruel, sobre todo por venir de un médico, pero es que no puedo pensar en ella sólo como un paciente más. En realidad, cuando supe que iba a venir a mi consulta, después de todo este tiempo, creía que se trataba de un acto de reconciliación.
Me pregunto qué ideas cruzan su mente.
¿Acaso cree que nuestro inminente encuentro es sólo una tentativa desesperada por salvar su vida? O, tal vez, antes de que caiga sobre ella la parca, ¿ansía verme una vez más como yo verla? ¿Y su esposo? A pesar de una remota posibilidad de que no esté informado de nuestras relaciones amorosas de años atrás, se enterará ahora. Pero, en un principio, sin importarme los sentimientos que aliente, que ignoro y que ni tan siquiera me importan, no podrá impedir que nos veamos. Después de todo, es un hombre acostumbrado a tener lo mejor y, en ese terreno, modestia aparte, soy el número uno.
Lola es dos años más joven que yo: tiene 38. Y a juzgar por fotos recientes en periódicos y revistas, sigue siendo una mujer bellísima, radiante. Demasiado llena de vida para estar tan gravemente enferma. Para mí, siempre ha representado la quinta esencia de la fuerza vital.
La actitud de su marido fue amable en nuestro primer contacto telefónico. Pero al referirse a su esposa, no dejaba translucir sentimiento alguno. Y con respecto a mí, daba por sentado que iba a ponerme de inmediato a su disposición.
- La señora Mar padece de un tumor cerebral. ¿Nos recibe usted enseguida?
Pero detrás de su arrogancia, percibí el reconocimiento implícito de que yo tengo un poder que él no tiene. A pesar de tener mucho dinero y ser un consumado de los negocios, no tiene la facultad de hacer un pacto con la muerte y, por el momento, vencerla. Y esto se vuelve en un motivo de satisfacción para mí.
Pero con un repentino cambio de tono en su voz, apenas perceptible, añadió:
- Por favor.
Tenía que ayudarlos. A los dos. Y a mí también.
Su expediente llegó a mis manos en menos de diez minutos. Rasgué el sobre, pensando de una forma irracional que tal vez habría dentro algo que me permitiese reconocer a Lola. Pero, por supuesto, sólo contenía doce radiografías de tecnología avanzada de su cerebro. Pero la mente no es un órgano. En el cerebro no es donde mora el alma. Y el médico que hay en mí se enfureció e Incluso las radiografías mostraban una evidencia de Neoplasia. ¿A qué clase de médicos habían acudido antes que a mí? Leí la nota y sólo encontré la habitual jerga aséptica que usamos los médicos:
La paciente, una mujer de 38 años, acude en primera instancia al doctor Ríos, quejándose de fuertes dolores de cabeza, que los atribuimos a un estrés emocional y prescribimos tranquilizantes.
Era irrebatible que había una tensión indeterminada en su vida. Quizás movido por un interés egoísta, pensé que tenía algo que ver con su matrimonio, porque, aunque aparecía con su marido en fotos de los periódicos como una especie de figura decorativa, se empecinaba en tener su vida propia, al margen de la matrimonial. Por contra, Filomeno Marcos era un hombre público. Su coloso internacional FAMA, además de ser el propietario y fabricante de automóviles más importante de su país, abarca la construcción, la marina, la industria, la siderurgia, los seguros y el campo editorial.
Se habían publicado fotos en "revistas del corazón" que lo relacionaban con una mujer más joven que su esposa, pero esas fotos habían sido hechas en fiestas de beneficencia, por lo que se trataba de especulaciones escabrosas. Pero, sin importar la realidad de lo que fuese, estas insinuaciones eran como un fósforo que encendía el fuego de mis emociones. Por lo que, finalmente, decidí atribuir la angustia diagnosticada por el doctor Ríos a un desamor de su esposo.
Seguí leyendo el historial. Lola había languidecido en demasía antes de que Ríos la tomase en serio y la enviase a Madrid a un neurólogo, cuyo nombre era precedido de un título nobiliario, además de que disfrutaba de prestigio internacional. Sin duda, descubrió el tumor, pero diagnosticó que era inoperable, y esto me convirtió en su último recurso y me provocó una sensación desagradable. Es cierto que en ocasiones la técnica genética, de la que soy el precursor, había conseguido revertir el crecimiento tumoral al duplicar el ADN con el efecto corregido. Pero, ahora, por primera vez entendí por qué los médicos no deben tratar profesionalmente a las personas queridas por ellos. De pronto, perdí la confianza en mi capacidad, a la vez que cobré conciencia de mi propia falibilidad. No quería que Lola fuese mi paciente.
No habían pasado todavía cinco minutos desde que me entregaron el expediente, cuando el timbre del teléfono me sacó de mis pensamientos.
- Y bien, doctor López, ¿qué opina usted?
- Lo siento, señor Marcos, pero aún no he tenido tiempo de leer todo el historial.
- ¿Acaso un simple vistazo a las radiografías no le dice lo que necesita saber?
Era indiscutible que tenía razón.
- Percibo que es usted un hombre perspicaz, pero siento comunicarle que mi diagnóstico coincide con el de mi colega Ríos. Esta clase de tumores son incurable.
- Excepto por usted –objetó, perentorio.
Sin pecar de inmodesto, reconozco que esperaba que dijese eso.
- ¿A qué hora puede recibirnos? –me preguntó de nuevo.
Miré mi agenda. Pero no sé por qué hice eso si sabía de antemano que acabaría por acceder a su petición.
- ¿Le parece bien a las cuatro?
Debí haber adivinado que iba a mejorar la propuesta.
- Nuestra casa está a poca distancia de su consulta. Podemos estar ahí en cinco minutos.
- En ese caso, les espero -me di por vencido.
A los pocos minutos, mi secretaria me anunció por línea interior al señor Marcos y a su esposa. Mi corazón comenzó a latir. En pocos segundos, la puerta de mi consulta se abriría y con ella un aluvión de recuerdos.
Primero lo vi a él: alto, atractivo y de un porte imponente. El cabello empezaba a ralear en las sienes. Me saludó, entre cortés y presuntuoso, con un leve movimiento de cabeza. Seguidamente me presentó a su esposa, como si yo no la conociera. Miré a Lola. A primera vista no había cambiado. Sus ojos despedían el mismo fulgor de cuando estábamos juntos, pero eludían mirarme. No podía descifrar sus emociones. Poco a poco me iba percatando de que había un algo diferente en ella. Me dio la sensación de que traslucía una tristeza indefinida, que por supuesto no relacionaba con su enfermedad. Para mi forma de ver estas situaciones, reflejaba un gesto de una vida vivida en el extremo opuesto de la felicidad.
Todos esos pensamientos los hizo mi mente en menos de quince segundos. Después, di unos torpes pasos hacia donde se encontraba Lola, extendí la mano, y le dije:
- Me alegro de volver a verte.
A Chávez LópezSevilla jun 2025
Comentarios
¡MUY BUENO!
Shalom amigazo
Gracias. Bueno, pienso que más conciso que corto.
También es muy bueno tu último relato El viaje que has insertado en "Literanoicos". Dejé un comentario a bote pronto.
Saludos