¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Eugenia

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Eugenia

Eugenia siempre había sido una mujer práctica. De sonrisa fácil y mirada punzante, había aprendido desde joven que en la vida no todo se trataba de romanticismo ni fidelidad, sino de equilibrio, organización y, sobre todo, astucia. A los 36 años, llevaba diez de casada con Bartolomé, que era perito aparejador, un hombre metódico y aburridamente predecible. A él le gustaba el café sin azúcar, la radio y leer el periódico del día, sin saltarse ni las esquelas mortuorias. Para Eugenia, su matrimonio era estabilidad: casa propia, reuniones familiares, y una suegra que vivía en otra ciudad. ¿Pero pasión…? Eso era otra historia.

Y ahí entraban Óscar y Bruno.

Óscar era fuego. Un fotógrafo por cuenta propia, un freelance. Vivía entre viajes, exposiciones, estudios fotográficos y noches de whisky y juerga. Tenía una moto de alta cilindrada y la barba siempre recortada. La conoció en una galería, donde ella había ido por compromiso y él por trabajo. Hablaron de colores, de imágenes, de cuerpos desnudos y de naciones exóticas. A los dos días, estaban enredados entre sábanas ajenas, fogosos y divirtiéndose como adolescentes.

Bruno, en cambio, era ternura. Profesor de Literatura, con una voz que arrullaba y unos ojos atrayentes que hacían que Eugenia se sintiera única, necesaria. Con él hablaba de libros, de sueños, de cosas que con Bartolomé eran terreno seco. La conoció en un club de lectura. Se atrajeron a primera vista, como dos trenes que saben que van a un mismo destino.

Y ahora, la pregunta inevitable era: ¿cómo se las aviaba Eugenia?

Pues, según ella, con precisión Pitágoras.

Eugenia tenía una agenda -de papel, nunca digital, por seguridad- donde cada día estaba cuidadosamente organizado. Los lunes y miércoles por la tarde eran para Óscar, que creía que Eugenia daba clases particulares de inglés a niños, y la cual se inventó dos alumnos, hermanos mellizos, y hasta preparó un cuaderno de ejercicios por si Bartolomé husmeaba. Óscar nada le preguntaba; le gustaba que fuera misteriosa.

Los viernes por la mañana eran para Bruno. Ella decía que iba a clase de yoga y después a desayunar con sus “amigas del club de meditación”. Bruno, más romántico, quería más tiempo, más espacio, más promesas. Pero Eugenia se mantenía firme: “Ahora no es posible; debes entender que hay cosas que no puedo cambiar tan fácilmente”. Él, pacientemente, esperaba.

Bartolomé, por su parte, confiaba en su esposa. No la vigilaba, y si a veces le parecía que llegaba con el pelo revuelto o la mirada distante, lo atribuía al cansancio. Tenía su mente ocupada en proyectos de obras y reuniones eternas.

Pero, claro, ningún plan es perfecto eternamente.

Una mañana, mientras Eugenia tomaba café con Bruno en una cafetería escondida, una amiga de su suegra pasó caminando y la vio sentada en una mesa con un hombre que no era su marido. No la saludó, pero la miró con esos ojos inquisitivos de quien ya ha emitido juicio. Esa misma tarde, la suegra la llamó por teléfono.

—¡Eugenia, estás saliendo con un hombre que no es mi Bartolomé?! -le preguntó, airada..

Eugenia, con frialdad templada, respondió:

—¿Cómo se te ocurre decir eso? Es un profesor del club de lectura. Me está recomendando libros para un proyecto personal.

La suegra no quedó convencida, pero no dijo más. Empero, Eugenia tomó nota; tenía que ser más precavida y cuidadosa.

Comenzó a rotar días y lugares. Cambió de rutas, de excusas, de ropa. A Óscar le dijo que los mellizos ahora tenían clases en casa, así que sólo se verían en moteles de carretera. A Bruno le bajó la frecuencia, alegando un taller de desarrollo personal los viernes. El hombre, siempre resignado, accedió

Pero lo que realmente puso todo en jaque fue el cumpleaños de Eugenia.

Bartolomé le organizó una cena sorpresa. Invitó a familiares, amigos y colegas. Eugenia, con ese instinto fino que tenía, sospechó algo y canceló su encuentro con Óscar. A Bruno le dijo que tenía una cena familiar y que lo vería otro día.

Todo iba bien hasta que, a la hora del brindis, Bruno apareció en la puerta del restaurante con una clavel rojo en la mano. Pensó que sería un gesto tierno, discreto, enamorado. Quería decirle que no podía vivir sin ella.

Eugenia lo vio entrar como si viera una bomba de relojería. Corrió hacia él, lo abrazó como si fuera un viejo amigo y le dijo, con voz alegre y rápida:

—¡Oh, Bruno, qué sorpresa! Atención todos, este es mi primo de Madrid, el que les conté. Vino sin avisar. Qué locura, ¿no?

Bruno, confundido, pero encantado de verla, le siguió la corriente. Bartolomé, desde lejos, saludó con la mano. Nadie sospechó, al menos esa noche.

Pero Bruno entendió. Esa noche no le dijo nada, pero nunca volvió a citarse con ella.

Óscar, por otro lado, empezó a notar la distancia. Eugenia ya no se reía como antes, y sus excusas eran cada vez más débiles. Un día, simplemente le dijo:

—Me estás escondiendo algo. Y yo no quiero compartirte.

Y se fue de su lado sin decirle adiós.

-sigue y termina en página siguiente-



Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Quedó Bartolomé. El marido de siempre. El que le preparaba café en las mañanas, el que jamás dudó de ella. Y ahí Eugenia sintió un vacío nuevo. Porque ni lo amaba como a Bruno, ni lo deseaba como a Óscar, pero era el único que permanecía.

    Entonces, volvió a su rutina de esposa. Pero a veces, cuando doblaba una esquina, su corazón latía más rápido, como esperando encontrar una barba conocida o una voz de terciopelo. Pero no. Ni barba, ni voz.

    ¿Se arrepentía?

    No exactamente. Eugenia no creía en culpas. Había amado como había podido. Había manejado su deseo como una equilibrista. Y aunque ahora caminaba por una cuerda más estrecha, todavía no se había caído.

    Y mientras preparaba café -con azúcar, a diferencia de Bartolomé- pensaba que, tal vez, algún día, se permitiría otra historia. Una nueva. Porque aunque la fidelidad era cómoda, la pasión la llamaba a voces.

    La clave, se decía para si Eugenia cual mantra, era el calendario. Un sistema de gestión digno de una corporación multinacional. Cada semana estaba planificada al detalle, menos los domingos que eran suyos. Nada ni nadie le tocaba ese día. Era sagrado: lo usaba para leer, escribir, organizar la semana y reencontrarse consigo misma.

    Y claro, hacía falta talento actoral. Con Bartolomé era la esposa serena, que cocinaba platos sencillos, discutía sobre política con mesura y compartía películas clásicas con un cubilete de palomitas. Con Óscar era la mujer elegante, que hablaba de libros, iba a cenas con su círculo de amigos y sabía callar en los momentos justos para no interrumpir sus brillante monólogos. Con Bruno era la amante desinhibida, que pintaba desnuda, improvisaba poesía y se dejaba llevar por el caos del arte.

    Nunca mezclaba estilos. Ni olores. Cada personaje tenía su perfume, su forma de vestir, su manera de hablar. Eugenia era como un espejo que devolvía lo que cada hombre quería ver. No por hipocresía, sino por placer: ella disfrutaba de esa transformación, de ser muchas sin dejar de ser una.

    ¿Y la culpa?

    No existía. Eugenia no creía en la moral convencional. Consideraba que la fidelidad era una construcción social que pocas veces respondía al deseo auténtico. Ella no mentía por malicia, sino por eficiencia. No hacía daño a nadie. Bartolomé era feliz, Bruno la adoraba, Óscar la necesitaba. ¿Por qué arruinar algo que funcionaba?

    Claro que hubo momentos de tensión. Una vez, Bartolomé quiso sorprenderla con flores, cuando ella estaba en casa de Óscar. Por suerte, había dejado la excusa lista: una reunión de padres de último minuto en el colegio. Otra vez, Bruno apareció sin aviso en la puerta de su edificio. Por fortuna, Bartolomé estaba de viaje de trabajo. A pesar de eso, Eugenia le dijo con firmeza: “Nunca vengas sin avisar. Respeta mis reglas o esto se termina”. Bruno se disculpó y obedeció.

    Su mayor temor no era el que fuera descubierta -eso lo tenía controlado-, sino enamorarse de verdad de uno de los tres, o incluso de los tres, porque eso rompería el equilibrio. Y lo que ella más valoraba en la vida era el equilibrio.

    Pero entonces ocurrió lo inesperado.

    Fue una mañana de jueves, mientras desayunaba con Bartolomé. Él, con las gafas al borde de la nariz, hojeaba el periódico. Ella removía su café con leche, distraída, cuando él dijo:

    —Eugenia, anoche soñé que tenías otro hombre.

    Ella dio un respingo. No demasiado rápido. No demasiado lento. Con naturalidad.

    —¿Ah, sí? -preguntó, sonriendo-. ¿Y qué más pasaba en tu sueño?

    Bartolomé la miró, entre curioso y pensativo.

    —Nada. Sólo que tú estabas feliz. Y yo también. Era extraño. No me molestaba. De hecho, sentía alivio.

    Ella se quedó en silencio. No por miedo, sino por respeto. ¿Qué pasaba por la cabeza de Bartolomé? ¿Había intuido algo? ¿O era sólo un sueño inocente?

    —Curioso -dijo al fin-. Tal vez necesitas vacaciones. Llevas mucho tiempo sin parar.

    Pero algo en ella se movió ese día. Una inquietud leve, como un cambio en el viento antes de la tormenta.

    Semana después, Bruno le dijo que quería algo más serio. Le pidió exclusividad. “No me importa si ves a otros, pero quiero saber que soy el primero”, le dijo con los ojos brillantes. Ella lo abrazó y no respondió.

    Días más tarde, Óscar le preguntó si pensaba en el futuro con él. “A veces siento que no te tengo del todo”, le confesó. Eugenia le acarició las mejillas, esquivando posibles preguntas con un beso.

    Fue entonces que Eugenia se percató de que el equilibrio empezaba a resquebrajarse. No por errores logísticos ni por descuidos, sino porque el Amor -ese caos irreverente- se iniciaba a intervenir donde antes sólo reinaba el deseo y la costumbre.

    Eugenia se retiró un domingo, como en los viejos tiempos, a pensar. Caminó por el parque, escribió en su cuaderno, tomó café en su cafetería. Y al caer la tarde, supo lo que debía hacer.

    No iba a elegir. No iba a confesar. Pero tampoco iba a seguir fingiendo que todo seguiría igual. Decidió hablar con cada uno. No para revelar la verdad, sino para ajustar las reglas del juego. Explicarles que necesitaba espacio, que no estaba preparada para ser posesión de nadie, y que los sentimientos eran como el arte: complejos, mutables, libres.

    Bartolomé escuchó en silencio y después dijo: “Mientras vuelvas a casa, para mí todo está bien”.

    Bruno lloró, gritó y luego sonrió. “Eres un incendio, Eugenia. Y, a pesar de eso, quiero bailar en tus llamas”.

    Óscar frunció el ceño, bebió su whisky y sentenció: “No lo apruebo. Pero no puedo renunciar a ti”.

    Y así, con sus reglas redefinidas y su orquesta afinada de nuevo, Eugenia volvía a su vida múltiple. Tal vez no para siempre. Tal vez un día todo llegaría a colapsarse. Pero mientras tanto, ella seguía, con su calendario secreto, su perfume cambiante, y su Amor plural.


    A Chávez López
    Sevilla jun 2025

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Este relato es más largo, pero lo he recortado para plasmarlo aquí, y así y todo ha acaparado dos páginas. Este es el único foro que conozco que limita el número de palabras. No sé, la dirección tendrá sus razones.

     :)
     
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    Que buena vida se lleva Eugenia, todos deberían compartir,  :)
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado junio 2025
    Que buena vida se lleva Eugenia, todos deberían compartir,  :)

    Eugenia se las sabía todas: con su marido tenía seguridad, sobre todo económica. Con uno de sus dos amantes tenía algo que le gustaba sobremanera: espiritualidad. Y con el otro amante, sexo y pasión. Extraña forma de organizarse la vida, pero omití decir que Eugenia era una mujer lista e inteligente, una magnánima dualidad que pocos poseen. Yo no, por supuesto.

    Gracias por leerme y saludos, jefa

     :)
     
  • Una vida tripartita,,,,mujer con extrictos puntos sobre las íes, la buena organización es la base de todo sistema.
    ¡muy original!
    Shalom javer
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    betobrom dijo:
    Una vida tripartita,,,,mujer con extrictos puntos sobre las íes, la buena organización es la base de todo sistema.
    ¡muy original!
    Shalom javer

    Por muy buena organización que lleve esa clase de personas, al final caen.

    Saludos

     :)
     
  • pessoapessoa Gonzalo de Berceo s.XIII
    Pobre Bovary: acabó mucho peor.

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    pessoa dijo:
    Pobre Bovary: acabó mucho peor.


    En realidad, esta "bobary" de Eugenia satisfizo sus deseos, sin importarle que cometía actos de infidelidad.

     :)
     
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com