Sevilla may 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Pánico y chasco en un parking público
Mientras una noche iba bajando por la escalera de aquel parking subterráneo,
sentía una aprensión que iba convirtiéndose en miedo a medida que iba
descendiendo por sus escalones poco iluminados y desiertos. El miedo iba
subiendo a pánico, no bien me iba aproximando al lugar en el que estaba
estacionado mi coche.
Y no era para menos, porque desde que una banda de cultos satánicos merodeaba
por aquella zona y que en una furgoneta aparcada habían encontrado restos humanos,
nadie bajaba por allí por la noche, y si lo hacía de día, era acompañado.
Un intento de violación a una adolescente de 17 años, que se libró merced a sus
ágiles piernas, hacía que ese parking fuese temido por mujeres e incluso por hombres que a diario tenían que acudir a recoger su vehículo.
Y la realidad es que ese aparcamiento público estaba prácticamente abandonado. Tres
plantas bajo tierra, con una capacidad para cientos de
vehículos, cero vigilancia y casi nula iluminación, hacían de él un agujero siniestro.
Automóviles dormidos como cuerpos alineados en una formación lúgubre se sucedían a mi
paso, y mi sombra, distorsionada y reflejada en las paredes, se movía ajena a
mis movimientos, formando extrañas y amenazantes siluetas.
De pronto, un sonido sordo atronaba en el silencio del lugar. Me quedé
congelada, firme, rígida, quieta, y a la expectativa de alguna inesperada
aparición. Pero no, era un gato negro y tuerto que había aterrizado de un
felino salto en el capó de un coche y que me miraba al pasar con su único ojo
brillante y amenazador.
Llegué al fondo del local, justo frente a mi utilitario, y sin ganas de limpiar el
parabrisas me volví deseando salir a escape de aquella ratonera, cuando un
ruido me llegaba de lejos, y se hacía más intenso y sonoro a medida que me iba
acercando a la hilera de los coches del otro extremo.
“¿Qué ha sido eso?” me pregunté, asustada y sobresaltada.
El ruido provenía del interior de uno de los coches
aparcados en la casi oscuridad
Me aproximé hacia ese lugar con sigilo y con mucho miedo, y con espanto pude ver una cabeza que se
movía y unos brazos que parecían agredir a un cuerpo, oculto a mi visión.
Gemidos femeninos y respiraciones agitadas me llegaban. ¡Estaban
agrediendo a una mujer! Si era un violador, había que salvarla de las garras de
ese malvado. Con un valor desconocido por mí, pero sin dudar, aporreé varias
veces la puerta del lado del conductor, e incluso hice un intento de abrirla.
Gritando amenacé.
Se resistía la dichosa puerta. Pero, de pronto, el tumulto del interior del coche había
desaparecido.
“¿La habrá matado?”, me pregunté de nuevo.
Pero, súbitamente, el negro cristal de la ventanilla del conductor se bajó a
medias y apareció una cabeza despeinada de un tipo que parecía un hombre maduro y que me
dijo con cara de cachondeo:
-¡Pasa tía! ¡¿Es que uno no puede tener aquí un rato de intimidad?!
Me di media vuelta y, cambiando mi pánico por una risa nerviosa y persistente y apresurando mis pasos, me fui presurosa hacia el estacionamiento en el que, plácidamente, dormía mi utilitario.

Comentarios
Un relato con humor siempre es bienvenido.
Shalom amigazo
Ser entrometido no está penado por la ley...
Bueno, entrometido no penado por ley, según en qué, porque si uno se mete "entrometidamente" en asuntos oficiales secretos, la ley le cae con todo su peso.
Sí, un relato de humor; un humor que está perdiendo valor en la sociedad; por lo general, ya no reímos abiertamente, ya no contamos chistes, ya no nos divertimos con familiares o amigos.. y así... Lo material se está cargando lo espiritual. Repito que hablo en forma general, porque yo no pierdo mi sentido del humor, que me ayuda, y mucho, a seguir viviendo. El humor ocupa un lugar preferente en mi idiosincrasia.
Saludos