Sevilla may 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Cobardía
El rectangular espejo con su luz fluorescente palpitando, le devolvía la imagen de un hombre triste, pálido y envejecido.
Se hallaba cansado. Tras toda la noche pensando y escribiendo, sentía que las piernas le flojeaban. Por primera y única vez sentía la necesidad de irse a la cama. Cerraba la puerta del cuarto de baño y caminaba a través del pasillo, tratando de no hacer ruido. Al pasar por delante del dormitorio de los niños, entreabría la puerta y se asomaba. Una sonrisa aparecía en su expresión. Esa era la típica sonrisa de un padre orgulloso de sus hijos.
Despacio cerraba la puerta, se iba hacia el salón y se sentaba en el sofá. Los pensamientos bullían y rebullían en su mente, incontrolablemente, pero sólo un nombre permanecía quieto: Críspulo. Críspulo en su juventud, Críspulo el día que fue por primera vez a su casa, Críspulo cuando se marchó… y Críspulo ayer...
Le había vuelto a ver después de veinte años, sin saber si se había casado o permanecía aún soltero, si estaba trabajando o estaba en el paro, y sin siquiera saber si había muerto o seguía vivo. Pero, ahora, el pasado volvía como un fantasma, como una sombra que se había presentado de pronto y se lo llevaba. Pero se percataba de que el tiempo le hacía ver las cosas de un modo diferente.
Cuando tenía veinte años, el casarse y el formar una familia le parecía una buena idea, lo que todo hombre sueña, o por lo menos lo que él soñaba. Sin embargo, ahora daría él lo que fuese por no haberse casado. Sabía que no quería a su esposa, pero, a pesar de eso, se había casado con ella.
¿Por qué? Lo sabía, pero todavía hoy no se atrevía a decirlo. A veces soñaba con gritarlo a los cuatro vientos, pero siempre surgía algo que lo frenaba. Quizá sus hijos, quizá la familia que había formado, o quizá miedo. Miedo a sentirse rechazado, miedo a ser diferente, miedo al qué dirán...
La cabeza le iba a estallar. De ninguna de las maneras podía seguir lamentándose por lo mismo tantas veces. Eran más de las tres de la madrugada y aún no había terminado. Tenía que acabar la carta que había empezado antes de que su familia despertase. Se levantaba del sofá lo más rápido que sus ya endebles músculos le permitían, y entraba de nuevo a la cocina.
Todo seguía como lo había dejado antes de salir hacia el cuarto de baño a refrescarse. El agua fría le había sentado bien. No se sentía ya tan somnoliento. Se sentaba de nuevo frente a la mesa y releía lo que ya había escrito:
Amado Críspulo:
Sí, has leído bien, he dicho “amado”. Lo he dicho y no me arrepiento. Lo volvería a decir mil veces más, porque eso es lo que siempre has sido para mí. Siempre he querido estar contigo y cuando te vi ayer creía que me iba a desmayar. Quería correr y darte un beso, como aquel que me robaste hace veinte años. ¿Te acuerdas? Sí, tienes que recordarlo. Te juro que yo no lo he olvidado. No he besado a nadie más desde aquel día. Mis labios se han unido a veces a los de mi esposa, pero los besos de mi alma siempre los tenía reservados para ti. No sabes cuánto he lamentado no haberme subido contigo a aquel autobús. Miles de veces maldije mi cobardía por haberte dejado ir. Por eso te digo ahora lo que siempre quise decirte, que nunca me atreví :"te amo”.
¿Y cómo seguir a partir de este punto? Las últimas dos palabras lo decían todo. ¿Pero estaba haciendo lo correcto?
Luchando consigo mismo se percataba de que lo más correcto sería envejecer junto a su esposa y sus hijos, pero, a pesar de eso, decidido estaba a entregarse.
Comentarios
No llego a comprender el significado de esta palabra como final de la inconcebible historia relatada.
Pues entregarse, en este caso, es que se iría vivir con su amigo homosexual, sabiendo él de su tendencia hacia lo mismo: la homosexualidad.