Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Vicenta no aparece en los carteles, no firma autógrafos ni saluda desde el escenario después del telón. Sin embargo, sin ella, la función no sería posible.
Vicenta es tramoyista, una profesional del teatro cuyo trabajo se desarrolla entre bastidores, allí donde las luces no iluminan rostros, iluminan mecanismos, poleas, sogas y estructuras que dan vida a mundos ficticios. Vicenta es, además, una mujer guapa. De esas cuya belleza no es sólo física, sino que emana también de su presencia decidida, su inteligencia práctica y la pasión con la que se entrega a su oficio.
A sus 35 años, Vicenta lleva casi década trabajando tras escena en un teatro histórico del de la ciudad. Su rostro, aunque muchas veces cubierto de polvo o iluminado por la tenue luz de una lámpara portátil, guarda una expresividad natural, de cejas firmes y ojos grandes, vivos, que parecen leer la escena desde la sombra con la precisión de una directora. Su belleza no es de escaparate; es una belleza trabajada, vivida, con cicatrices pequeñas en los nudillos y músculos definidos por el esfuerzo físico.
Desde muy joven, Vicenta supo que su vida estaría ligada al arte. Aunque muchos esperaban verla actuar, ella se sintió fascinada por el andamiaje improvisado que hace posible la magia escénica. Descubrió su vocación un día que su instituto organizó una visita al teatro municipal. Mientras todos observaban el ensayo general de una obra del gran dramaturgo Gala, Vicenta se quedó hipnotizada por los reiterados movimientos silenciosos de un hombre que cambiaba telones, ajustaba cuerdas y empujaba escenografía con una precisión coreográfica. Aquel hombre era tramoyista.
A los 16 años, Vicenta ya sabía que eso quería ser.
Cuando entró en la escuela técnica de artes escénicas, era la única mujer en su grupo. Al principio la subestimaron. Algunos pensaban que sería un estorbo donde se cargan estructuras pesadas, se trepa por escaleras estrechas y se trabaja en alturas incómodas y peligrosas. Pero Vicenta no tardó en demostrarles que la fuerza no es sólo una cuestión de masa corporal, sino de determinación, técnica y resistencia.
Su primer trabajo fue como asistente de tramoya en un teatro experimental. Allí aprendió lo que no enseñan los manuales: cómo anticiparse a un cambio de escena con sólo escuchar el ritmo de los actores, cómo improvisar una reparación con cinta y alambre minutos antes del estreno, y, sobre todo, cómo mantener la calma cuando de repente todo parece estar al borde del desastre.
Hoy en día, Vicenta lidera un pequeño equipo de tramoyistas. Sabe leer planos técnicos, construir estructuras modulares y organizar montajes escénicos complejos con tiempos ajustados. También conoce a fondo los sistemas de contrapesos, poleas y tramoyas automatizadas que se utilizan en las grandes producciones. Pero más allá de lo técnico, Vicenta tiene un don especial: entiende el alma del espectáculo. No sólo mueve escenografía, sino emociones porque sabe que su trabajo contribuye a contar una historia.
A pesar de su belleza, Vicenta nunca quiso que esta defina su identidad profesional. Ha rechazado más de una vez propuestas para aparecer en campañas publicitarias, o para ser modelo, o para ser presentadora de televisión.
“Mi lugar está aquí, donde se mueve la maquinaria que nadie ve”, dice con una sonrisa.
Para ella, la belleza no está en mostrarse, sino en hacer que otros brillen sobre el escenario. Y, sin embargo, esa entrega silenciosa es la que la hace aún más atractiva.
Los actores la respetan. La dirección la escucha. Los técnicos la siguen. Tiene una voz clara, segura, que da instrucciones sin alzar el tono. Nunca grita, nunca se impone con fuerza. Su autoridad nace de su conocimiento y de su actitud justa. Vicenta no busca protagonismo, pero su presencia se impone con naturalidad. En los pasillos del teatro se ha convertido en una figura admirada, tanto por su capacidad técnica como por su carisma.
Vicenta también es mentora de jóvenes tramoyistas. Cree firmemente en la transmisión del oficio, en el arte de enseñar a través de la práctica, y del error y del compañerismo. Sobre todo, motiva a otras mujeres a ingresar en un campo tradicionalmente masculino.
“El escenario es de todos, también detrás del telón”, suele decir.
En los instantes de descanso, Vicenta a veces se sienta sola en la platea vacía y observa el escenario. Allí, en ese silencio previo a la función, siente que todo cobra sentido. Sabe que su trabajo, aunque poco valorado por el público y hasta invisible, es vital. Ella no interpreta personajes, pero construye los mundos donde esos personajes existen.
El día del estreno, Vicenta es la primera en llegar y la última en marcharse. Revisa cada elemento, repasa cada marca, ajusta cada mecanismo. Mientras los aplausos llenan la sala, ella se asegura de que todo esté listo para los cambios de escenas. Y cuando el telón cae, sonríe desde las sombras. No necesita reflectores; su satisfacción viene de otro lugar, más profundo y sereno.
Tal vez algún día escriban una obra sobre una mujer como Vicenta. Una heroína sin capa, sin monólogos grandilocuentes, pero con una fuerza silenciosa que sostiene el teatro desde sus entrañas. Una mujer guapa y con unas hechuras envidiables, sí, pero, sobre todo, una mujer brillante, apasionada y esencial.
Y cuando lo hagan, probablemente será otra tramoyista quien mueva las cuerdas desde lo alto, inspirada por la misma figura que hoy trabaja sin pausa, sin miedo y sin necesidad de ser vista para ser admirada.

Comentarios
Este relato va dedicado a mi nieta mayor de 26 años, Maria. A pesar de haber terminado su carrera de periodista y teniendo dominio de los idiomas inglés y francés (hablado y escrito) ha decidido dedicarse a la tramoya, previo curso de preparación y aprendizaje en la escuela de artes técnica, ubicada en Madrid. Y ya ha trabajado en esto en Sevilla, Madrid, Valencia, Málaga, Zaragoza, Mallorca y Bilbao; eso en España; París y Marsella en Francia, y Milán y Roma en Italia. Y proyectos por toda Europa, e incluso cruzar el charco. La compañías de teatro tienen la palabra.
Bajo mi criterio, el mejor patrimonio que se le puede dejar a hijos y nietos es una carrera universitaria, pero no es nada despreciable otros conocimientos.
¡¡Mis felicitaciones a nieta y abuelo!!
Gracias, tú también eres abuelo y no hace falta que te diga lo que se llega querer a un nieto; a veces, más que a un hijo o a partes iguales.
Gracias por leerme
Me la comería... a besos