Sevilla may 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Huimos de Venezuela y de su saña
El viento traía consigo el aliento agrio de la miseria, y la luz parpadeante de las torres anunciaba la inconformidad. En lo alto, los drones barrían las calles buscando algo. No sabíamos si buscaban sobrevivientes o delatores.
Berta se levantó primero, como de costumbre. Con ella, las mochilas que habíamos preparado desde hacía semanas. No fue una estampida, fue una huida premeditada. Desde la última redada sabíamos que era cuestión de tiempo. Caracas ya no era un lugar apacible para quedarse. La bonita ciudad de Caracas se convirtió en un cuerpo enfermo que hacía tiempo que había empezado a devorarse a sí mismo; o, mejor dicho, que los mandatarios lo estaban devorando, sin miramientos.
Salimos por la puertas trasera de nuestro edificio, entre sombras. Las calles estaban desiertas, pero no por hábito, sino por miedo. En los últimos meses, los venezolanos habías aprendido a desaparecer. Nadie quería estar donde pudiera ser visto. Nos movimos rápido y bajamos por el antiguo cauce del río que ahora servía como cloaca abierta. El hedor era insoportable, pero el anonimato lo valía todo.
Caracas alguna vez fue hogar. Aún recuerdo cuando sus luces eran promesas, no amenazas. Cuando las altavoces no gritaban órdenes, gritaban sueños. Pero algo cambió. Primero las restricciones: por seguridad, decían. Después, los cortes. La electricidad iba y venía al antojo del mandatario dictador, cual juego cruel. Y más tarde llegaron varias unidades policiales. No hablaban. No escuchaban. Sólo cumplían órdenes. Uno por uno, se iban llevando a aquellos que pensaban diferente al régimen dictatorial, a los que lo cuestionaban, incluso hasta a los que simplemente tenían miedo.
A Berta la delató una insidiosa vecina, adicta a chavismo. Dijo que hablaba peste del régimen, que nunca solucionaba nada, que empeoraba lo poco bueno que quedaba. La retuvieron tres días. Nunca me dijo lo que le hicieron, pero regresó con una mirada vacía y magulladuras por todo el cuerpo, como si hubiese dejado parte de sí en un mugriento cuarto sin luz, sin comida, sin agua, sin ventana, sin váter. Y eso fue un acicate poderoso para decidir la salida.
Nuestro punto de encuentro era la estación del ferrocarril en ruina. Nos reunimos allí con otros valientes, tan valiente o más que nosotros. Todos sabíamos el protocolo: no nombres, no preguntas, no promesas. Sólo seguir adelante. Caminar. Cruzar límites.
Algunos decían que más allá de las ruinas había comunidades libres. Zonas donde la vigilancia aún no llegaba. Lugares donde uno podía pensar sin temor. Sonaban a leyenda, pero a esas alturas, la esperanza era lo único que aún tenía peso.
Caminamos durante varias horas seguidas, evitando carreteras principales e incluso secundarias, siguiendo mapas que eran más intuición que certeza. Atravesamos fábricas oxidadas, barrios consumidos por la miseria, murales cubiertos de una propaganda que exaltaba al régimen Todo tenía ese aire de final, como si el tiempo mismo hubiera renunciado a transcurrir allí.
Un atardecer nos cruzamos con una patrulla. El pánico nos invadía, pero presto nos escondimos entre escombros. Sentía a Berta temblar a mi lado. Uno de los drones descendió, emitió un sonido agudo, y después siguió su rumbo. Nadie respiró hasta que las luces se extinguieron en el horizonte.
La primera noche dormimos en lo que en el antaño era un colegio. Los pupitres estaban apilados en una esquina, y en la pizarra todavía quedaba escrita con tiza la palabra libertad. El silencio era denso, como si las paredes contuvieran gritos. No encendimos fuego. Comimos un poco de fiambre en la oscuridad. Berta me cogió la mano. No dijo nada. No hacía falta.
Los días siguientes eran un borrón de pasos y barro. El mundo allí fuera no era mejor, pero al menos era nuestro. El cielo, aunque gris, era un cielo libre. Y eso comenzaba a hacernos felices.
Al cuarto día, encontramos una torre caída. Alguna vez fue una antena de comunicaciones, pero ahora era sólo hierro retorcido y nidos de pájaros que aprendían a vivir entre los desperdicios. Uno de los nuestros, un hombre al que llamábamos “El viejo”, dijo que estábamos cerca. Su voz tenía la certeza de quien ha perdido demasiado como para dudar.
Al amanecer del sexto día, cruzamos el río. Dejamos atrás las ruinas y los humos, las voces dictatoriales y las alarmas. El viento era distinto. Había olor a pino, a tierra húmeda. Y silencio, pero un silencio sin amenaza.
Fue entonces cuando vimos las primeras señales. Una columna de humo casero. Ropa tendida entre ramas. Huellas. Y después, por fin, rostros.
No nos recibieron con abrazos. Desconfiaban, claro, lógico. Caracas era una leyenda oscura, un lugar donde nadie volvía. Pero también sabían mirar a los ojos. Verían en los nuestros la fatiga de quienes han sobrevivido a algo que no debería haber existido.
Nos dieron agua y pan. Y pronunciaron con énfasis una palabra que habíamos olvidado: “¡bienvenidos!”.
Esa noche, bajo un cielo estrellado que parecía ajeno, Berta lloró por primera vez desde que escapamos. Pero no eran lágrimas de miedo, eran de duelo. Por lo que perdimos, por lo que dejamos atrás, por lo que nunca debió pasar. La abracé. No dije nada. Sólo miré la ciudad a lo lejos, su silueta deformada por la distancia, la tortura y la corrupción.
Allí quedó su saña. Aquí empezaba otra vida. Aún no sabíamos cuál, pero era diferente.

Comentarios
¡Viva la libertad!
A estas alturas de mi vida, no temo a nada: bueno, siempre fui valiente para todo y en todo. Tanto es así que este escrito lo he enviado a una revista sudamericana afincada en Sevilla que sólo habla de libertad para Cuba, Venezuela, Nicaragua... de fuera amarres y miseria, de fuera caciquilllos crueles. Han recibido mi texto con agrado e incluso me han dicho lo mismo que tú: que aplauden mi valor. Y no me he ocultado bajo nombre falso o seudónimo, sino con mi nombre real completo e incluso mi DNI, y no puse mi domicilio porque me dijeron que no era necesario.
Dos de mis hijos (una hija y un hijo) me han dicho: "papá, ¿te has vuelto loco?". Y yo les he respondido que si decir y defender la verdad es estar loco, bendita locura la mía. Siempre me han causado repugnancia las injusticias, y no es que yo vaya por la vida de justiciero, pero pongo mi granito de arena en pro de la causa, además de que en España, todavía hay libertad de expresión. Y digo "todavía" porque con este gobierno social-comunista que tenemos, nunca podemos adivinar sus reacciones.
Gracias por leerme
Saludos
Gracias