La temida última gota
Eran ellos una pareja de cinco años atrás.
Ella estaba profundamente enamorada de él, pero
él pasaba de ella.
Ella venía sospechándolo por detalles, en un
principio insignificantes y tan poco relevantes en realidad que no le servían
para convencerse del todo de que su Amor no era recíproco.
Tampoco era que él
no la quisiese, no, no era eso; habían compartido juntos muchas cosas: aficiones, costumbres, chistes... Pero esto no significaba que él estuviese enamorado de ella.
La cuestión era que un mal día (o un buen día) todo acababa entre ellos. A ella le tocaba sufrir, y a él huir de un
sentimiento de culpabilidad.
En las cosas del querer es muy arriesgado decir
cuando es un buen día o un mal día para tomar esta clase de decisiones tan contundentes, peliagudas, rotundas...
Y transcurría el tiempo; y él, pensando que todo
el amargor de ella había pasado ya, se atrevía a pedirle sus amistad, y ella,
aferrándose al Amor que todavía le profesaba, aceptaba.
Pero es sabido y reconocido que amistad no es lo
mismo que Amor, al menos no siempre, y, por supuesto, no en ellos, aunque Amor y amistad junto es el no va más.
Ella traducía cada mirada, cada gesto, cada
palabra, cada frase de él en una cercana posibilidad de volver a unirse, pero él, simplemente, no traducía nada.
Un día, que nunca debió existir, él osó a
contarle que estaba enamorado de otra mujer y ella lo encajaba, pero llorando
por dentro y sonriendo por fuera. Sin embargo, la postura arrogante de él la
derrotaban, y era por eso que luchaba con todo su ser para no amarlo, para no
verlo, para olvidarlo. Pero no, no lo conseguía.
A cada llamada de él que ella no pensaba
responder, respondía. Cada vez que la citaba, ella, guapa y radiante, aparecía,
y se tragaba su orgullo, sólo por verlo, por hablarle, por estar con él…
Uno de aquellos días, él, derrotado, la visitaba y le decía que su nuevo Amor lo había dejado, pero ella, en vez de alegrarse le
curaba las heridas y le daba lo que nunca se había dado a sí misma.
Una noche de Luna, vino y clavel, él confundía el
concepto amistad. Ella quería convencerse a sí misma de que por fin iba a
“hacerlo de nuevo” de nuevo, y lo hacían. En la cama se reían de
todo, como en los viejos tiempos, y dormían abrazados el uno al otro, como
hacían en un pretérito próximo.
Al otro día, ella despertaba primero, e
ilusionada y enamorada, se ponía a mirar cómo dormía él. Hubiese cambiado miles
de noches de agonía por un segundo de esa noche de derroches de Amor.
Pero el golpe final, definitivo, venía cuando ella lo
escuchaba musitar el nombre de la otra mujer, con una dulce sonrisa en los
labios.
Entonces, ella, tranquila, le cubría el cuerpo
desnudo, pero desde ese momento se prometía a sí misma no llorar nunca más por él.
El odio, aunque azucarado, que la invadía por la
insolente actitud de él, podía más que una reconciliación. Y aunque sabía de
sobra que aún lo amaba, algo que por el momento no lo podía evitar, decidía
que era hora ya de sacar su orgullo a pasear.
Cuando él se despertaba y ella había rumiado ya la
realidad de la situación y luego del intento de él de llorar en su regazo, lo
apartaba con delicadeza y le decía palmariamente lo que en adelante tenía que afrontar.
—Has reaccionado demasiado tarde, cariño Ahora tú estás empezando a
enamorarte de mí, pero yo estoy terminando de estar enamorada de ti.

A Chávez López
Sevilla mayo 2024
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Con las mujeres, hasta la primera gota es peligrosa