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Nada

BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
editado octubre 2008 en Literatura
N A D A

Medio día en la montaña.
La soledad es mi compañera. Mi espalda reposa sobre la hierba verde y tierna. Un sol de fuego me aplasta, pesa sobre mi propio yo.
El gran silencio me envuelve. Ni un rumor; nada inquieta los sentidos aletargados. El gran silencio cobra vida a mi alrededor, lo siento presente en mí, convertido en cuerpo y en alma, enroscándose en mis entrañas, dominando mis voluntades. Él adormece mis sentidos y él los vuelve a despertar. Es un silencio denso... Candente...
Silencio en el bosque son lejanos murmullos del agua cantarina.
Silencio en el bosque son velados trinos allá en la lejanía.
Silencio en el bosque es quietud en el cielo y en la tierra, es reposo en las fuerzas de la vida, y es también este vacío que siente el alma mía. Este vacío que va creciendo dentro de mí y me hace ser más pequeño a cada instante.
Yo no soy nada; soy parte de este callar de la naturaleza que llena todos los recovecos de mi ser, de este vacío que nace en mi interior, de esta paz inmensa, de esta calma en la que reposa el Universo.
Y es entonces, al tiempo en que dormido sobre la hierba verde y tierna me siento vacío de cuerpo y de espíritu, cuando la Nada absoluta —dueña y señora del espacio que envuelve y que domina—, como un rayo que en vertical se abatiese sobre la Tierra desde el último recoveco universal, me habla de ignorados misterios, me descubre secretos jamás revelados; y en este vacío interior, cual grandiosa lampara activada, se enciende la luz de la verdad eterna.
—Allí de donde Yo procedo —me explica—, todo lo que es comienza; pero Yo no soy. Esta es la gran paradoja de la Nada: Que no es. No hay espacio, créeme, ni distancias, ni alturas ni profundidades.
—Por esto en vuestro ambiente, en este espacio mensurable y tridimensional, no alcanzareis la verdad. Su misma sencillez os desconcierta y vuestra razón rehuye la respuesta.
—Para entender el misterio de la eternidad tenéis que llegar a comprender la Nada como un estado de negación en el cual no existen el tiempo ni el espacio, ni hay actividad.
—Es un vacío total y absoluto sin medidas ni distancias, una eternidad sin tiempo alguno. Allí en la Nada, un segundo, un año, un siglo y un milenio, serán el mismo instante del comienzo; y son también el instante de este momento y el siempre, porqué la Nada jamás tuvo principio ni puede nunca tener fin.
—La Nada —sigue diciéndome— no tiene dimensiones. El vacío inmenso es como un ácido en reposo. No está en ningún lugar pero lo es todo. No es nunca, pero siempre no será.
—Duerme, descansa, retorna hacía la infancia tu espíritu inquieto, y busca con ojos inocentes un nuevo principio, una nueva Creación donde cada imagen sea el eco de otra imagen más lejana. Una nueva Creación sin vacíos inexplicables, donde quede reflejada la esencia de tu propio ser.
—¡Yo soy el principio! ¡La Nada absoluta y en reposo!
Y de pronto, en un instante, atravesando la grieta abierta sobre mi vacío interior, me ha llegado una visión grandiosa de este principio.
Todo el Universo visto en una locura momentánea, comprimido dentro de aquel primer círculo energético que, surgiendo del mismo centro de la Nada, ocasionó la reacción del vacío eterno.
Y allí se creó el tejido del espacio que dio origen a las dimensiones. Y allí se sucedieron las transformaciones del tejido espacial que fueron estableciendo el paso inevitable del tiempo. Allí estaba el espacio, las estrellas, y todo lo que es. Allí, en un caos de tempestad cósmica, absorbido aquel primer movimiento por el vacío sin fin y sin principio; deformándose, estirándose, rompiéndose en mil pedazos y volviéndose a unir —cual espumante ola que lanzada en todas direcciones, se viese obligada a llenar totalmente este vacío inexistente que la rodeaba, convirtiéndose así en un todo ilimitado, absoluto y sin fisuras—, se forjó el milagro de la Creación.
—Observa —continúa hablándome la Nada— como este pequeño campo de energías encadenadas, que es una llaga viviente dentro de mi inmensidad de no ser; esta efervescencia que es reacción eterna y sin límites, jamás podrá detenerse. La Nada nunca termina. No tiene fronteras.
—Comprende también mi minúscula pequeñez de no ser y descubrirás que todo lo que es —El Universo celestial que os acongoja por su inmensidad—, en realidad no puede ser más que un solo punto perdido en esta Nada que no ocupa lugar alguno. Que no existe.
—Entenderás porqué las masas se atraen y se aglutinan. Entenderás el porqué de las tensiones en el tejido del espacio; y la paz de esta verdad, por fin asumida, servirá para que descansen contigo, sobre esta hierba tierna, las fatigas milenarias de toda la humanidad.
—Créeme —Asevera la Nada, ahora con soberbia autoridad desde lo alto, en tanto que yo, todavía desfallecido, deslumbrado por la visión grandiosa, sigo extasiado de espaldas a la hierba tierna—. Créeme, Yo que no soy, estoy aquí, entre vosotros; y en cada una de las partículas que forman la masa universal, cada electrón que las une y las separa es una ínfima parte de la Nada efervescente.
Permanezco tendido sobre el prado sin aliento. La mente vacía, esperando sin esperar nada; perdidas las fuerzas en un desmayo sin esfuerzo, lejos de todo y embriagado por este sol que me quema y por el fuego encendido dentro de mi vacío interior.
Soy pequeño, y los picachos que velan mi sueño: Crestas vivas, espantosos roquedales, derrubios por donde la roca rodará hasta el valle... Todo calla, se torna silencio, se vuelve quietud para no desvanecer aquella imagen que me ha sido concedido de contemplar y que en un instante ha iluminado con fulgores de verdad los más escondidos vericuetos de las sendas de mi cerebro.
Sigo inerme sobre la hierba todavía tierna. ¿Dormido? ¿Muerto acaso? Lentamente la imagen se va diluyendo en mi mente confusa. Sus rasgos van difuminándose a medida que renace la calma en mi interior. Muy despacio el silencio del bosque va dejando de robarme el aire. Respiro, mi corazón late, el pecho se ensancha. Poco a poco este sol ya no me abrasa y puedo percibir, a lo lejos, un ssst... silencioso. Puede tratarse del viento silbando entre las peñas; pero no. Son ellas, las montañas que acallan sus mil voces.
—¡Silencio! ¡No turbéis este momento! Que ningún rumor venga a despertar a aquel que duerme sobre la hierba. El misterio más grande se ha revelado a los hombres, y la paz debe reinar en este valle.



Me he despertado de improviso. Un viento frío que trae hacia mí presagios de tempestad, me estremece. ¿Cuánto he dormido? ¿Años quizá? ¿Días? ¿Minutos solamente? Me levanto. El viento me da en la cara subiendo por la hondonada.
Nubes oscuras, espesos cúmulos de siluetas diferentes salpican de negras sombras montes y valles.
El sol se aleja, huye. Todavía aquí y allá un haz lame la tierra, pero es un momento. Después las tinieblas se enseñorean del espacio.
El viento viene a mí furioso y se arremolina a mi entorno. Mil aromas distintas suben con él desde el fondo de los barrancos, batiendo contra las paredes del cañón.
Emprendo el regreso. Las ennegrecidas nubes —bolas plomizas—, a caballo de crestas y collados, saltando de una al otro en su loca carrera, se mezclan y confunden amenazadoras.
Continúo descendiendo —el viento de frente— recordando el sueño que he vivido. Recuerdo la visión de la Nada, la primera contracción del vacío absoluto, el estallido en reacción de la naturaleza, las tensiones del tejido espacial, donde nebulosas, galaxias, estrellas y planetas se han formado... Pero ¿Era un sueño? El caso es que ahora me parece realidad.
De pronto, rebotando contra las piedras, con fuerza, sin piedad; una lluvia fría, pesada y furiosa —como vivientes agujas de hielo— me cae encima.
Busco refugio entre unas peñas mal colocadas, caídas años ha desde las cumbres. Cerca de mí, un abeto de tronco ancho y punta viva, lleno de brazos que parecen acoger el chaparrón, se remueve con sordo rumor, defendiéndose del viento impetuoso que le acomete. La lucha es irreal, casi épica. Permanezco allí, calado hasta los huesos, pero admirado.
A cada acometida del viento furibundo, responde el árbol con brazadas de titán. Las raíces, firmes, resisten —nervios de madera dura entre el peñascal—. Garras aferradas a la tierra, aguantan los embates del vendaval que chilla lanzado sobre el árbol en furioso remolino.
Cuando el ventarrón amaina para recobrar aliento, respira el altivo ejemplar. Las ramas, gimiendo, vuelven a la normalidad; y a la nueva embestida que le lanzan los elementos, responde el abeto con bravura, agitando locamente el verde candelabro de su ramaje.
Una y otra vez vuelve el vendaval aullando sobre el árbol. La cortina de agua emprende giros de danza caracoleando en todas direcciones. La naturaleza desenfrenada quiere mostrarme todo su poder inmenso.
Y es entonces, en el mismo corazón de la tempestad, cuando —con el más espantoso trueno— se rasga el cielo. El tejido del espacio, cuerpo de la naturaleza, se abre en una grieta que en forma de zigzag de luz y fuego, atraviesa desde las nubes hasta la tierra para acabar cayendo allí, frente a mis ojos.
Un halo violáceo se expande con luz irreal. Millones de electrones unen el tejido abierto, cosiendo la fisura con luminoso hilo encendido; y cuando el rayo se aleja cielo arriba, veo aquel abeto que, altivo , rugiendo, del viento se defendía, separado en dos mitades, caer a mis pies envuelto en llamas.
Y el tiempo se detiene en un largo segundo, mientras la razón se esfuerza en comprender todo el alcance del hecho presenciado, contemplando repetidas veces como es rasgado el dibujo de la naturaleza en la tela del Universo.
Permanece aún en mis ojos la imagen del poder de la Nada en el espacio. Todavía, temblando, sigo bajo los peñascos sin pensar en nada, horrorizado. Una y otra vez vuelvo a ver como cae el abeto encendido por el fuego de la Nada —hacha de la naturaleza—, cortante al que nada ni nadie pueden detener.
Y levanto la mano saludando a la Nada que retorna a las alturas, cerrando la grieta abierta sobre mí por un instante.
Ya no llueve. Todo el valle respira una calma llena de frescor. El sol de tarde, caído sobre un collado, se esconde lentamente. Las nubes se deshacen en largas tiras, rojas por debajo, lilosas, grises... La negrura de la tempestad va alejándose hacia las cumbres. Los relámpagos encienden los rincones, los valles y cañones con luz lechosa.
Ya no llueve. Por las montañas el agua brilla cayendo sobre las rocas. A cada contrafuerte de la sierra, un torrente —hilo de plata— fluye desde las cimas.
El aire es fresco. Respiro profundamente hasta llenar mis pulmones de este oxígeno perfumado y tonificante.
Barranco abajo, sigo caminando por el sendero, oyendo a lo lejos el retumbar de los truenos, gemidos de la naturaleza atemorizada; y en cada rayo reconozco a la Nada, reina de los espacios, que castiga las crestas de la cordillera, protestando contra este Universo —llaga creciente incrustada en su no ser— que roerá sus entrañas durante toda la eternidad.

BOLERO.

Comentarios

  • AyauhAyauh Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2008
    Hola Bolero!:)

    Pues que buena descripción de la nada has hecho. Me ha gustado sobre todo ésta frase:

    Esta es la gran paradoja de la Nada: Que no es. No hay espacio, créeme, ni distancias, ni alturas ni profundidades.

    La nada que no es, no existe. La vaciedad de la nada.

    Al leerte me he puesto a pensar en algo que leí hace poco sobre la muerte. Era tomado de la Biblia, algo dicho por Jesús cuando resucitó a Lázaro creo, no recuerdo bien ....llegó por casualidad a mis manos, y era sobre la muerte, decía que cuando morimos estamos "como" dormidos, pero en realidad es la NADA, lo que hay de ese otro lado. Es un sueño donde todo se detiene, no hay NADA. ¿Silencio, oscuridad, vacio?:confused:

    Y me quedé reflexionando sobre eso. Porque desde que tengo cierta madurez he creido que existe otra vida después de ésta, creo en la inmortalidad del alma y en la reencarnación.
    Pero ahora me he puesto a dudar, ¿será que lo que hay del otro lado no es más que esa NADA?
    Y te confieso que me da cierto temor, dormir como si soñara y soñar sin ver ni sentir. Sólo hundirme en la NADA hasta el día del Juicio Final como dice Jesús cuando los muertos serán resucitados. Y no puedo creer en ésto último.

    En fin que sólo son elucubraciones mias.:o

    Me ha gustado mucho tu relato. Insisto en que logro ver con asombrosa facilidad todo lo que narras.

    Un abrazo!:)
  • BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2008
    Otra vez te saludo, Ayauh, y agradezco tus palabras de elogio, así como los comentarios a mis otros escritos.
    Yo no creo en otra vida, es más, me siento ateo convencido, pero tampoco quiero entrar en estos temas aquí.
    Como verás, en mi Universo, sólo hay dos elementos: nada y energía. Muy pronto publicaré en esta misma sección el segundo tema de "la nueva Creación"
    que dedico al espacio. Espero que te guste.
    Ah, me olvidaba. La música no se traduce porqué todos la oímos en el mismo idioma. No traducir la poesía supondría un vacío en nuestro acervo cultural. Nada es una traducción del catalán que es mi idioma paterno.
    Con afecto.

    BOLERO.
  • AyauhAyauh Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2008
    Hola Bolero! Me agradará leer tu nuevo escrito.:)

    Yo ahora estoy en una fase de mi vida en que no sé si creer o no.

    Sobre el pensamiento que copié en mi firma, lo puse porque cuando lo leí me gustó. Lo entendí como que interpretar un poema, es muy díficil, porque nunca podemos realmente llegar a lo que quiso decir el poeta, quizá aproximarnos, pero no saber a ciencia cierta que pensó al escribirlo, o que quiso decir. Creo que cada quien interpreta a su modo lo que escribe el poeta y con la música me parece que sucede algo similar, la sentimos distinto. De cualquier modo, no es sino una humilde percepción muy personal.

    Un abrazo!!
  • BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2008
    Hola, Ayauh. Acabo de publiar aquí la segunda parte de "LA NUEVA CREACIÓN" y aprovecho ahora la ocasión para decirte que yo también estoy de acuerdo contigo en que al traducir (sobre todo poesía), algo de su esencia se perderá siempre, pero así y todo, creo que es preferible esto que ignorar por completo las obras de grandes genios.
    Te aseguro que no quería influir en ti para que cambiases tu despedida. Sólo era un comentario.
    Saludos y hasta pronto.

    BOLERO.
  • CésarCésar Fernando de Rojas s.XV
    editado octubre 2008
    Buenas tardes, Bolero.
    Es que... me has dejado impresionado con este escrito. Me faltan palabras para decirte aquello que me ha inspirado, pero sí puedo decir que me ha dado mucha alegría el comprobar que no soy sólo en este foro, y quien sabe en qué más sitios, al que le preocupa esa NADA que tan bien has descrito en un extraordinario relato, tan profundo que invita a la reflexión de nuevo aunque uno esté un poco harto de reflexionar sobre ello.
    Seguro que nunca es suficiente meditación por muy harto que se esté, seguro.
    Estoy encantao con este escrito, has tocado mi fibra más sensible y... preocupante.

    Siempre estoy en la duda, me doy razones y razones y más razones... pero la duda nunca se va. Aunque creo que la duda -con respecto a todo, moderadamente, claro- es buena, incita a buscar.
    Escribí, hace algún tiempo, una experiencia sobre la NADA, que para mí fue tan... terrorífica, pero desde luego no llega -ni a la altura el betún- a este ensayo tan magnífico que has escrito.
    ¿No serás un escritor camuflado?... bueno, es igual, no contestes, escritor eres, no hay duda.
    Muchas gracias por haber puesto esto aquí. Gracias.
    César

    P.D. Para Ayauh:

    En alguna ocasión leí que "aquello que es nunca puede dejar de ser"... no recuerdo quien lo dijo. Es una de las razones que me doy para evitar mi nada absoluta... bueno, hay más... pero la duda... creo que moriré con ella.
  • BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2008
    Amigo Cesar: Ya sois dos las personas que han visto la nada como yo he intentado describirla y estoy enormemente satisfecho por ello.
    Cuando me decidí a escribir "La Nueva Creación" tuve muy claro que lo primero tenía que ser el definir exactamente lo que era (o no era) la nada y su extraordinaria importancia en todo el proceso del origen y la evolución del Cosmos.
    Te aseguro que no soy escritor camuflado, sinó más bien aficionado, pero tengo ideas e intento hacerme entender. Lo que no tengo, amigo Cesar, son muchas dudas. Ya se que a mi Creación le falta el respaldo científico, y que si se llegase a ello, muchos de mis supuestos se verían modificadosy mejorados, pero no puedo dejar de pensar que la sencillez de este génesis en el que creo es mucho más comprensible que las complicadas y rebuscadas soluciones que plantean los sabios.
    Muchas gracias por tus elogios. Yo también me siento menos solo ahora.
    Un abrazo.

    BOLERO.
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