BOMBARDEO
Primero fue una lluvia de octavillas lanzadas desde un avión que el viento desparramaba e iban cayendo lentamente, balanceándose en el aire. Los viandantes se apresuraban a recogerlas así que tocaban el suelo, y en ellas se advertía al pueblo de Barcelona de los próximos bombardeos. Todo el vecindario iba lleno. —Dicen que nos van a bombardear. —En el mercado, en la panadería, por la calle, con los conocidos; casi todo el mundo llevaba alguna hoja informativa y el comentario siempre era el mismo. —Dicen que van a bombardearnos. —Y el miedo se adivinaba en los ojos de la gente que se sabía indefensa contra aquella amenaza.
Para los pequeños, esto representaba un misterio que nos llenaba de curiosidad. Bomba y bombardeo eran conceptos nuevos que no habíamos asimilado todavía, pero, por desgracia, muy pronto se hizo patente su significado. El sonido penetrante de las sirenas y el silbido prolongado de los proyectiles que caían vinieron a formar parte irremediablemente de nuestra infancia, junto con el terrible estrépito de las explosiones.
Recuerdo una tarde de primavera en la que, regresando de Sant Climent del Llobregat, íbamos hacia Sant Boi para coger el tren y al darse cuenta de que estaban bombardeando Barcelona, nuestro padre nos hizo sentar al margen de la carretera, a las faldas de la montaña de Sant Ramón, mientras esperábamos que finalizase el ataque. Allá a lo lejos se divisaban las nubecillas que hacían las bombas al estallar. Parecía que estuviésemos en un teatro panorámico de juguete. No se oían los sonidos pero veíamos alzar las bolas de humo, ora aquí, ora allá, entre los miles de edificios de la lejana ciudad que parecían pequeñas cajitas de cerillas vistos desde aquella altura.
Pasado un buen rato, los bombarderos se fueron agrupando como en formación y se marcharon volando por encima del río Llobregat, siguiendo aguas arriba hasta que los perdimos de vista. Volaban tan bajos que no teníamos que mirar hacia arriba y los veíamos pasar a través de la sierra de Collcerola, por debajo del Tibidabo y Sant Pere Mártir. No debían temer ningún ataque por parte de nuestras baterías ni de nuestra aviación.
Aquel día, pero, de pleno otoño, no tuve tanta suerte, y después de haber estado todo el día con mi padre resiguiendo los campos del Maresme, buscando alguna cosa para comer en los cultivos que ya se habían cosechado (lo llamábamos “espigolar”, y siempre caían cuatro patatas, algún racimo de uva, serbas, higos y alguna verdura que comprábamos por las casas de los pueblos o en las masías), con un saco a la espalda y subidos al estribo de un vagón de carga, volvíamos a Barcelona cuando ya estaba bien oscura la noche. Al salir a la calle estaban bombardeando.
Yo tenía entonces cerca de siete años, pero ya había aprendido a mezclarme con la gente que salía por la puerta de la estación de Francia sin que el encargado de recoger los billetes me descubriese, ya que papá no me compraba y me tenía que despabilar. Una vez en la calle me esperaba a que saliera mi padre, pero aquella noche, justamente al salir al pla de Palau, al fondo de la calle Reina Cristina que cae delante mismo de la salida lateral de la estación, y todavía en los muelles del puerto, una bomba estalló con gran estruendo y una luz rojiza encendió la noche. Una segunda bomba cayó en el mismo cruce de las calles Reina Cristina y Llauder y recuerdo que la intensa luminosidad de la explosión me hizo ver por unos instantes las fachadas y los balcones de las casas. Y entonces lo vi.
Volaba lentamente casi rozando los tejados, como una amenazadora sombra negra que venía directamente hacia nosotros. Sus alas cubrían toda la anchura de la calle y todavía quedaban ocultas detrás de los edificios de ambos lados, de forma que no pude verlo en toda su extensión hasta que llegó a la plaza. Entonces me pareció ver la misma muerte viniendo de cara. Era tan enorme y monstruoso que con un espanto que jamás antes había sentido me puse a gritar: —¡Papá que nos van a matar! ¡Papá que nos matarán! —Él me cogió de la mano y me arrastró hasta debajo de unas columnas que había en el edificio de Capitanía, que hacía esquina con el pla de Palau y la avenida del marqués de la Argentera. La próxima bomba nos había de caer directamente encima, pero estuvimos tan de suerte que ya debió de haberlas acabado y la tercera no cayó. Al cruzar la plaza, el estrepitoso y ronco sonido de los tres motores subió de tono y se hizo más intenso al mismo tiempo que observamos como se elevaba y pasaba por encima de nuestras cabezas en dirección al parque de la Ciudadela sin soltar ninguna bomba más.
Mi padre me hizo atravesar la avenida para volver a casa pero yo iba tan asustado que se me escapó el saco de las manos en medio de la calzada, y al agacharme para recogerlo me volvió a arrastrar con un fuerte tirón. Seguimos por todo el paseo de Colón, cruzamos la Rambla y subimos Paralelo arriba en la oscuridad de la noche casi corriendo. Las pocas personas que se veían en aquellas horas por la calle iban también presurosas y cada cual a lo suyo. Por fin llegamos a casa y yo tenía un verdadero ataque de pánico. Temblaba y estaba blanco, y de no ser por la mano que me cogía mi padre, hubiese caído al suelo más de una vez durante el trayecto. En el primer piso estaban reunidos muchos de los vecinos comentando las peripecias del bombardeo (siempre lo hacían así) y en vez de subir directamente a casa, nos quedamos allí unos momentos. Me vieron tan aterrorizado que alguien dijo: —Dadle un trago de coñac a este chiquillo. Y así fue como, por culpa de aquel bombardeo, me bebí mi primer chupito de brandy.
BOLERO
Comentarios
Son parte de tu biografia supongo. Tienes una manera de relatarlas que logro imaginarme todo tan claro como si estuviera contigo en la historia.
Ahora sobre esa vivencia del bombardeo supongo que ha debido dejar profundas marcas en tí, a nivel de recuerdos digo, porque para un niño vivir algo asi debe ser muy fuerte. Creo que en las guerras lo que no te mata te endurece, asi dicen.
Yo nunca he vivido algo asi, pero sí viví un toque de queda en Caracas cuando en una ocasión el pueblo pobre se alzó y bajaron a las calles en protesta por el modo de gobernar del Presidente de ese entonces ( Carlos Andrés Pérez) , estaba en la Universidad para esa época y recuerdo que la cerraron y toda Caracas estaba en alerta y en toque de queda, los militares estaban en las calles con tanques de guerra patrullando a los sublevados que desde las montañas que rodean la capital disparaban camuflajeados. Fueron unos 4 dias de miedo, cuando era la hora del toque de queda, todo el que estuviera en la calle podía ser muerto, esa vez hubo muchos muertos en las calles del centro de Caracas, y de noche al dormir se oía el ruido de las ametralladoras disparando en las cercanías de donde vivía, entonces dormiamos en el suelo, por si alguna bala perdida entraba por la ventana.
Yo no vivía en la capital, sólo estudiaba allí, vivía con mis padres en la provincia,y para poder irme a casa, fue todo un proceso, y gracias a una compañera de apartamento que era sobrina de un General, pudimos bajar en un jeep del ejército al aeropuerto y recuerdo que el soldado que lo conducía nos contaba que habían salido la noche anterior a patrullar y de 10 que iban sólo regresaron 3 al cuartel, los demás fueron muertos por los sublevados, que él estaba vivo de casualidad, cuando ibamos al aeropuerto nos pidio que nos echaramos en el piso del jeep porque podían tirotear el jeep al vernos pasar, te imaginarás el miedo que sentimos, finalmente logramos con la ayuda de éste soldado embarcar en un avión e irnos a nuestra ciudad.
Pero la verdad es que a mi ésto no se me ha olvidado.
Me imagino cómo habrá sido lo tuyo, que vistes los aviones de cerca y las bombas, mucho peor.
Gracias por compartir tus recuerdos.;)