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Nitu

BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
editado octubre 2008 en Literatura
NITU

Cuando lo encontramos estaba todo encogido, hecho una bolita peluda debajo de las hojas de una gran vid, de aquellas que antes se desparramaban ocupando toda una extensión de terreno con los sarmientos arrastrando por los suelos.
Apuntaba el mes de Octubre del año 1941 y las uvas ya se habían recolectado, pero mi hermana y yo nos lo pasábamos estupendamente alzando las grandes hojas y mirando debajo por si había quedado algún racimo olvidado que hubiese pasado desapercibido a los cosechadores. Siempre que encontrábamos alguno se lo llevábamos a nuestro papá y él se lo guardaba satisfecho en su zurrón. Aquel día, al levantar la rama, mi hermana gritó alegremente: —¡Un conejito!
Mi padre y yo acudimos presurosos y el animalito, en vez de escapar veloz como un rayo, siguió acurrucado sin moverse ni alzar la cabeza. Era menudo como un puño y temblaba acobardado. Los cazadores habrían abatido o hecho huir a la madre y, no supimos porqué, el pequeño conejo estaba fuera de su nido, escondido bajo los pámpanos.
Estábamos en un viñedo con suave pendiente que alcanzaba desde la carretera que va de Torrelles del Llobregat a Sant vicenç dels Horts, hasta el arroyo que venía del pueblo justo antes de llegar a un puente. Más adelante, siguiendo hacia Torrelles, otro puente volvía a pasar la carretera a la derecha de la corriente, mirando aguas arriba, una vez superada una pequeña sierra pedregosa a la que llamábamos “la montaña de las rocas”, ya que la cumbre estaba formada por extrañas formaciones rocosas como amontonadas de forma caprichosa, ofreciendo un sinfín de grietas, pasadizos y escondrijos, y donde tantas veces habíamos jugado al escondite todos los hermanos. Desde lo alto se divisaba perfectamente todo el pueblo de Torrelles, que ya no quedaba demasiado lejos, en una visión bucólica de huertos, viñedos, cerezos y los boscosos montes con el verde oscuro de los pinos envolviéndolo. En el centro, las blancas casas apiñadas con sus rojos tejados parecían arrodillarse al pie del campanario que presidía altivo todo el valle. Recuerdo que mi padre se sentaba allí arriba contemplando aquel hermoso panorama mientras se fumaba un cigarrillo, y hasta algunas veces se había pasado horas, extasiado, mientras nosotros cuatro jugábamos entusiasmados entre aquellas peñas.
Aquel día, pero, no subimos a las rocas, sino que con mucho cuidado, mi hermana Adelina, cogió el pequeño conejo, que no hizo ningún esfuerzo para resistirse y siguió temblando. Después de acariciarlo e intentar tranquilizarlo con palabras suaves, se lo entregamos a papá que lo cogió acomodándolo en su zurrón y así lo trasladamos hasta nuestro hogar en Barcelona.
Vivíamos entonces en la calle Bailén, muy cerca de la plaza Tetuán, y como el piso era muy grande, había una habitación que no se utilizaba y allí quedó ubicado el Nitu (mi padre lo bautizó con este nombre) que se pasaba todo el día corriendo y saltando arriba y abajo por sus dominios y comiendo hojas de col, de lechuga, peladuras de patata, así como todo lo que sobraba de la cocina. Pero no creció. Se quedó tan pequeñito como cuando le encontramos, y hasta muchas veces iba por el piso metido en el bolsillo del jersey de mi padre. Le salían la cabeza y las dos patas delanteras que apoyaba en el borde del bolsillo y le quedaban colgando por debajo del hocico. Así, con aquellos ojos vivarachos que no perdían detalle y las orejas prestas, iba el Nitu viendo el mundo desde su atalaya privilegiada.
Las chicas que cosían en el pequeño taller que papá tenía en aquellos tiempos le hacían toda clase de gracias al pequeño Nitu, que llegó a conocernos y a soportar nuestros juegos, pero como buen conejo de bosque, siempre se mostró algo esquivo.
Mi hermana y yo teníamos entonces mucha afición a cuidar y proteger animalitos desvalidos, y cuando una golondrina caía de su nido o quedaba en el suelo sin poder volar de nuevo, en los patios que se divisaban desde nuestra galería, enseguida no poníamos en marcha para recogerla salvándola de los gatos que siempre merodeaban por allí y nos pasábamos unos cuantos días alimentándola con moscas que cazábamos con la mano, hasta que estaba lo bastante repuesta (o había crecido lo suficiente) para volar. Entonces llegaba el gran momento en que las lanzábamos al aire desde el balcón de nuestro segundo piso y observábamos con satisfacción como remontaban el vuelo desapareciendo por alguna esquina de la calle Bailén.

Todo aquel invierno vivió Nitu con nosotros y fue bien entrada la primavera cuando nuestro padre decidió retornarlo al bosque. No había crecido pero estaba completamente sano y había resistido perfectamente hasta entonces.
Aprovechamos el día para hacer una excursión hasta la fuente de “la Camagriga” que se encuentra pasado el pueblo de San Clemente del Llobregat. Bajamos del tren en Sant Boi (en aquellos días San Baudilio) y después a pie, siguiendo la carretera que va subiendo por la montaña de San Ramón y atravesando un pequeño collado desciende hasta San Clemente, llegamos hasta la fuente. Una vez allí, para no dejar al Nitu en un lugar demasiado frecuentado, seguimos, riachuelo arriba, por un sendero hasta encontrar unas buenas explanadas con sembrados y cerezos a la derecha de la corriente y un bosque extenso por el margen izquierdo, donde no era fácil que pasase nadie.
El Nitu, pero, no quería marcharse. El cambio de situación le debió parecer poco atrayente, y por otro lado, se había acostumbrado a nosotros, a nuestros juegos y a la comida segura de cada día. Ni tan sólo debía recordar su primera infancia y lo más probable era que aquel día en que le habíamos encontrado debajo de los pámpanos fuese la primera vez que había salido de su nido. Tres veces lo achuchamos orientándolo hacia los pinos, pero en cada ocasión regresaba con nosotros y se empeñaba en quedarse quieto a nuestro lado.
Por fin lo cogimos y lo llevamos algo más lejos penetrando en el bosque y dejándolo bajo la protección de unos arbustos, donde se quedó encogido y quieto mientras nosotros regresábamos al claro del riachuelo. Pasado un buen rato volvimos con mucho sigilo para dar una ojeada y el conejito seguía quieto, sin moverse, igual que lo habíamos dejado. Antes de regresar a la fuente para comer volvimos otra vez y tampoco se había movido.
Después del almuerzo, ya entrada la tarde y antes de volvernos a casa, retornamos otra vez hasta el claro para comprobar si el Nitu continuaba en el sitio donde lo habíamos dejado, pero esta vez ya no estaba. Para bien o para mal, Nitu ya había comenzado su vida en libertad.

BOLERO.

Comentarios

  • AyauhAyauh Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2008
    Que linda historia sobre Nitu! me ha gustado mucho. La verdad es que siempre deja grandes satisfacciones poder rescatar algún animalito perdido o abandonado.

    Yo recuerdo que cuando era niña, rescataba de la calle a gatos recién nacidos que dejaban en cajas o en bolsas plásticas tirados en los arbustos. Los escondía en cajas de zapatos dentro de mi closet y allí los alimentaba con gotero. Y cuando mi mamá los descubría pues era un problema porque ella no quería animales en casa. Pero siempre conseguía a quien darselos.

    Yo creo que esa etapa de mi infancia de rescatar gatitos, dejó grandes alegrías en mi corazón.
  • BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2008
    Me ha gustado tu recuerdo de los gatos que protejías, Ayauh. ¿En el país de las lluvias? Esto debe ser muy húmedo ¿no? ¡Que ingenuos y felices son estos días de la infancia en que todo es sentimiento y buena voluntad! Nosotros, como habrás visto, tuvimos el consentimiento paterno; pero de gatos ni hablar.Eso si, una vez trajimos a casa , de otra excursión, un ave que habría caído del nido y no volaba pero era más o menos del tamaño de una perdiz adulta (nunca supimos que clase de bicho era) y corría siempre por la habitación grande muy pegado a la pared. Yo que era un niño tremendo de ocho años lo perseguía con una caja de zapatos vacía sin tapa y se la ponía encima. Cuando la levantaba volvía a emprender la carrera, supongo que asustadísimo.No duró mucho el juego porqué al final puse la caja con tan mala puntería que la cabeza se le quedó fuera.Ya no corrió más.

    BOLERO
  • AyauhAyauh Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2008
    Hola Bolero! pues me has hecho reir con el cuento de la caja, o sea que ¿la matastes sin querer cuando le pusiste la caja encima?:confused:

    ¡Ay que mala suerte para el ave !;)

    Recordé con tu cuento de la caja, que yo tapaba a las cucarachas con cajas de zapatos, cuando estaba pequeña y veía a una cucaracha en el cuarto, pues como era tan cobarde y no me atrevía a matarla, le ponia una caja encima y la dejaba asi toda la noche encerrada con pánico de que se moviera y se saliera de la caja, había oido que las cucarachas se suben a la boca y pican los labios si uno come dulce, o eso era lo que me decían quizá para que no chucheara tanto :D.... pero te confieso que le cogí horror a las cucarachas.:o

    Me gusta recordar esas cosas de niños! Gracias por compartir las tuyas! :)
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