Mónica y Juan acaban de follar. Mientras él fuma girado hacia la lamparita de noche le pregunta a ella, -¿cómo están los niños?-. -¿Los niños?-, responde la mujer. -Sí. No sé nada de ellos-. -Pues María sacó notable el otro día en matemáticas y Hugo un poco peor. ¿Vas a volver a irte?-. -Sí-. -¿Por qué?-. -Ya lo sabes...-. -De acuerdo-.
La mujer tan solo yace a su lado divisando la penumbra. -¿Alguna vez nos has querido?-. El hombre termina su cigarro y responde, -os quiero tal y como son las cosas-. -Ya...-, concluye la mujer.
-Supongo que es mejor así, ¿no? Al fin y al cabo quién puede amar a un delincuente...-. -No empieces...-. -Está bien, supongo que yo me lo busqué-. -Las cosas suceden-. -E imbécil de mí por pensar que podría cambiarte-. -¿Por qué lo delegas todo en mí?-. -¿Todo en ti? Los niños no tienen padre, ¿en quién se delega un padre?-. -¿Y Ricky?-. -¡Ah! Demonios. Ricky tan solo es un capullo, si es lo que quieres oír. Tú eres su padre-. -Bien...-. -Lo sabía-.
Ambos guardan silencio. El amor tiene infinitas caras. La mujer se queda dormida. El hombre se levanta suavemente de la cama y se viste. Ella se despierta sin abrir los ojos y lo último que oye es un ligero chasquido de la puerta tras él al marcharse. A Mónica le cae una lágrima por la mejilla. Juan sigue huyendo de la justicia en paradero desconocido. Tal vez vuelvan a verse.
Fin
Comentarios
Abrazo.
Ay señor...
Abracito