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El cristal verde con que se mira

Dedicado a Antonio Chaves, mi sorprendente admirador de mis relatos. Espero que te guste

EL CRISTAL VERDE CON QUE SE MIRA

Mirando el intenso verde

 Llegó un nuevo invierno. Y lo hizo como acostumbra, sin previo aviso, dándole a mi adorable otoño con la puerta en las narices. ¡Ah! Es duro hasta entrando en escena. Pero no me ha de arredrar pues, a mi edad, aún me quedan redaños y algún as en la manga… Ya saben ustedes lo que esos, tan típicos y tan certeros refranes, que llenan la vida de nuestra España, dicen: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y yo, que de diablo lo tengo todo, edad, saber, gobierno, rabo y cuernos… ¡Bueno! Estos dos últimos apéndices mejor dejarlos en una dudosa incertidumbre; al fin y al cabo, no todos los demonios tienen que tener las mismas “virtudes”. Pero, perdonadme, que me voy derrapando en las curvas de mi inseguro caminar.

Aún hay más…

Quería hablar de este invierno. Es otro más, lo sé, como sé que también podría ser el último. ¡No!, no dramatices tus pensamientos al leerme. Hay que tener siempre los pies en el suelo. De vez en cuando levitar, sí, pero sin exagerar el vuelo que luego las caídas son muy dolorosas. Y me abrigo bien, sobre todo con prendas muy ajustadas, que un buen diablo es conocedor de que más abriga una fina prenda ajustada que un grueso jersey muy suelto. Yo, por si los refranes fallan, me he puesto ambos y, sobre ellos, para cubrir mi timidez, un buen abrigo de paño. Y salgo a la vida.

No elegí ni fecha ni hora, solo la voluntad de hacerlo y, al mirar al cielo, observo que me tocó un buen día. Frío, sí, como el corazón de un viejo, pero lleno de luz y de fuerza, tanta, que he decidido andar algo más y acercarme al parque. Está algo lejos, lo sé, y puede que, al llegar, mis piernas tiemblen de miedo; de miedo de no alcanzar algún banco donde descansar estos pesados huesos que soportan mi alma. Y me lanzo sin complejos.

¿Habrá llegado ese viejo? Os preguntaréis algunos. Pues llegué, llegué y entero; me senté en un frio banco y ahora, sonriendo, observo.

Me gustan estos altos y fuertes árboles que adornan mi parque; son de hoja perenne, sí, verde intenso todo el año, con un color esperanza que da sombra en el estío y calidez en estos tiempos. Y he nombrado a la esperanza, como no. Aún a mi edad esa palabra existe; no como en las hojas de los árboles, buscando la pervivencia; esa no, que ya he vivido tanto que se me olvidan hasta los amores, los sufridos y los deseados. Mi esperanza ya solo la fundo en esa necesidad que tengo de saber. Si no, ¿hacia dónde crecen estos gigantones vestidos de verde ilusión? ¿Qué buscan por esas alturas? ¿Es que hay algo más que aún no descubrí?

No creáis que yo espero algo después de la muerte, buscando la inmortalidad. ¡Por favor! ¿Acaso no he soportado ya suficientes vivencias? ¡No! Quisiera que después de soltar la carga que soporto, hubiese una oportunidad para entender; sí, solo quiero entender para qué hemos aparecido en este mundo. Porque no acepto que la aleatoriedad de una evolución caótica haya conseguido fabricar una mente pensante. Demasiado complejo hasta para este enormísimo pero inánime universo. El panteísmo se lo dejo a los fenómenos como Einstein; yo soy algo más simplón y, con una pequeña voluntad suelta por esos etéreos espacios, ya me doy por satisfecho. Eso sí, que antes de desaparecer para siempre, tenga a bien enseñarme cómo funciona todo esto. Una vez sabido, yo le diría: “Y, ahora, déjame descansar en paz” Y me perdería para siempre en el olvido.

Y levanto la vista y los miro. Fuertes como la voluntad; flexibles como la bondad; intensos como el amor; así son los árboles de mi parque, pero hablarles no les hablo, que luego, cuando se levanta la suave brisa, van cuchicheando de hoja en hoja y, al día siguiente estoy en boca de toda la ciudad. Sí, ¿no os habíais dado cuenta? Los árboles son los “corre ve y diles” de la ciudad. Los que a la chita callando, con eso de que ellos siempre están ahí “porque como no podemos movernos”, se van enterando de todos los chismes y con dos soplidos de brisa, airean hasta sus propios secretos.

No me importa que aireen los míos, total, si nadie sabe quien soy.

Hablar con uno mismo es como confesarse sin sacerdote, todo se airea, pero todo queda entre mi voz y yo. Por eso me gustan los monólogos, porque desahogo mi conciencia, porque escribo entre líneas y solo me entiendo yo mismo, porque en el fondo, solo soy un pobre soñador que quiso ser lo que he llegado a ser y me siento satisfecho. Por eso, cuando miro hacia adelante y veo venir el final, ni me pongo nervioso, ni pienso que dejé muchas cosas sin hacer, solo pienso y siento, que por fin me corresponde disfrutar de la paz que acompaña al momento final.

Y, por hoy, ya no os cuento más, que con tanto hablar, al final sabréis tanto como yo, y eso que no sé nada. Ya me levanto y me voy; ya, que se me están quedando las posaderas como un carámbano.


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Gracias por la dedicatoria, edulcorante. Me ha gustado mucho tu cristal verde, que veo que sigue en la misma línea del amarillo y el azul anteriores, pero más personificado. Cuando yo sea más mayor de lo que ya soy, me gustaría escribir como tú.

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    edulcorante

    Te sugiero que para irte acoplando más al grupo que ahora estamos en la brecha en el foro, que, aparte de plasmar tus relatos, hagas algún comentario en los textos que más llamen tu atención de los restantes compañeros foreros. Gracias

    Más saludos

     :)
     
  • Plácidas y acogedoras palabras. Desde mi relativa juventud me siento identificado.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    edulcorante

    Ah, mi apellido es Chávez, con Z final y tilde en la A. "Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios"  :)

    Saludos



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