Lo que el destino escribe, escrito queda
En la ciudad de Sevilla, en una de las dos entradas finales a Sierpes (céntrica calle peatonal), un indigente dibujaba a lápiz y trataba de vender sus láminas a los transeúntes que se detenían a ver su arte.
En las ventanas y los balcones de los pisos florecían los primeros azahares que daban olor, color y vida a esta típica calle sevillana. La primavera aparecía dando su primer saludo, y Sevilla se lo agradecía saliendo a recibirla.
Uno de los protagonistas de esta historia, Luis, también salía a recibirla, pero confiando en que le trajese algo más que un buen tiempo y un olor a azahar.
Luis era feliz desde hacía meses: tenía una novia, y se sentía importante por cómo llevaba sus estudios, y también por ser el portero de su equipo de fútbol juvenil, el Betis. En el curso escolar anterior, acabó su bachiller y en el siguiente, superada la Selectividad, empezaría la carrera de Ingeniero Agrónomo.
Pero la vida, que demasiadas veces se obstina en castigar cuando mejor está uno o al menos recuperándose, le dio un golpe bajo que no lo supo encajar: su chica lo abandonó. A pesar de este fatal revés, estaba decidido buscar una mujer con quien compartir el resto de sus días.
Desde la Plaza del Duque llegó hasta la calle Sierpes, encontrándose con el pintor. Se paró y miró largamente un lienzo con el rostro de una mujer en primer plano, y una borrosa imagen de un hombre en el fondo. Después de recrearse en el lienzo, empezó a caminar rumbo a la Plaza Nueva.
Por el otro extremo de Sierpes avanzaba Elisa; una chica pelirroja y guapa de cara, que, siendo ésta el espejo del alma, se podría decir que su interior era más guapo aún. Llevaba gafas y era entradita en carnes. También había acabado su bachiller e iba a iniciar la carrera de Medicina.
Elisa nunca había tenido relaciones con ningún chico, excepto esos idilios platónicos con compañeros de su colegio, que nunca llegaban a nada. Era una chica tímida, reservada; quizás porque vivió sin el cariño de un padre, que se divorció de su madre y despareció; o quizás porque en su colegio era objeto de mofas, por su constitución gordita, por parte de los otros alumnos; o quizás por el color de su cabello, o quizás por su miopía, que la obligaba a llevar gafas; o quizás por una mezcla de todo junto.
Cuarenta y dos pasos después, para Luis, que tenía mayor zancada, y cincuenta y seis, para Elisa, se vieron frente a frente. Y fue en ese momento que se miraron durante unos segundos, y en ese pequeño lazo de tiempo vivieron toda una vida.
Él se imaginó invitándola a un helado en la heladería “la Campana”.
Ella se imaginó ambos tumbados en el césped del “Parque de María Luisa”.
Él se imaginó cenando con ella, con velitas y violín de fondo.
Ella se imaginó su “primera vez”, con sus gemidos como únicos testigos.
Él se imaginó pidiendo la venia a la madre de ella para ennoviarse con su hija.
Ella se imaginó un fin de semana con él en la playa de Rota, tomando el sol y bañándose.
Él se imaginó una puesta de Sol con ella, contemplando los infinitos matices multicolores.
Ella se imaginó viviendo juntos y compartiendo todo con él.
Él se imaginó trabajando como Agrónomo en una empresa de productos agrícolas.
Ella se imaginó a él de rodillas en un lugar idílico entregándole una sortija.
Ella se imaginó un vestido largo blanco y sus ojos humedecidos por la emoción.
Ella, ya médica, se imaginó pariendo a su primer hijo.
Él se imaginó llorando de alegría por el nacimiento de su primer hijo.
Ella se imaginó a los tres juntos, observando los primeros pasos del bebé.
Él se imaginó el bautizo de su primer hijo, con borrachera incluida.
Ella se imaginó la llegada a la familia de un miembro más: una hija.
Él se imaginó el debut de su hijo como portero juvenil del Betis, como antes él.
Ella se imaginó viajando por España, siempre con él y con sus dos cachorros.
Él se imaginó la boda de su hija y su felicidad y su tristeza a la vez.
Él se imaginó su primer nieto, al que hizo socio del Betis desde la cuna,
Ella se imaginó paseando con él y con sus nietos en el parque de María Luisa, de Sevilla.
Y el final de esos encantadores segundos, los dos, muy ancianos ya, se imaginaron que la parca venía a recogerlos
Pero nada de eso sucedía. Final de las imaginaciones y cada uno seguía su camino. Parecía verdadero el amor que sentían, pero solo duraba unos segundos y en la cabeza de ellos. Realmente podía haber pasado, pero actuaron cobardemente: Elisa no se atrevía, quizás por timidez, y Luis no era lo suficiente valiente para vencer sus miedos al pensar que de nuevo lo iban a abandonar.
Mientras Elisa doblaba la esquina, miraba hacia atrás, al igual que Luis; dos segundos más de propina que no aprovechaban y que quizás en esos segundos hubiese estado el principio de la felicidad de ambos.
Elisa reiniciaba su camino. Pero, de repente, a mitad de Sierpes, alguien la paraba: era el pintor, quien, con una cara llena de bondad y una agradable sonrisa en los labios, le regalaba la lámina que había en el caballete. Pero Elisa no la quería aceptar, alegando que era su único medio para ganarse la vida. El pintor insistía en su ofrecimiento, y la chica no tenía más remedio que admitirla y recogerla.
Luego de agradecerle el detalle, miró la lámina y se quedó sorprendida al ver que en primer plano estaba ella, con su melena pelirroja, e incluso con sus gafas; y en el fondo, a punto de desaparecer en una esquina, había un espigado joven, cabizbajo, con la perspectiva en el dibujo de una de sus piernas iniciándose a caminar...
-¡Pero si ese es el muchacho que se ha cruzado antes conmigo!, gritaba, sorprendida, Elisa.
El pintor, que era un hombre bueno y que tenía dotes de adivino, había adivinado lo ocurrido entre Elisa y Luis. Algo que le hacía recordar su propia historia de años atrás, y era por eso qué, antes de regalar el dibujo, se aligeraba en ponerle cara a la imagen borrosa del fondo. Elisa, emocionada, comenzó a correr con el dibujo en la mano, en busca desesperada de Luis. Y lo encontró. Y ahora toca rebobinar los textos anteriores para convertirlos en realidad.
Comentarios
Tiene todos los ingredientes necesarios para atraer la lectura y así disfrutar el relato.
°°°Mis felicitaciones°°°
Shalom desde Israel, colega de la pluma
Gracias, betobrom. En realidad esa historia es una historia real, la cual le sucedió a gente de mi entorno, excepto los intríngulis y los matices que se me iban ocurriendo mientras la escribía en su día.
Un saludo afectuoso de Antonio desde Sevilla (España) hacia un maestro de la pluma
-o-
¡Venga, parriba!
Es falso, es mendaz, es pícaro y es traidor.
No es mi amigo.
Hablar de que el destino tenga que ser ecuánime no está escrito en ninguna parte, solo pensar ello es una utopía
Falso o real... está ahí, es como nuestra sombra
No es mendaz o embustero, es un designio marcado desde que nacemos
Todo lo inesperado suele ser pillo
Todo lo que nos llega de improviso, aunque bueno, es traidor (hasta cierto punto)
Sea o no amigo del ser humano, tenemos que aceptarlo porque es inexorable
Ahora, si te va el ir en contracorriente, sigue reflexionando inconsistentemente
Gracias por colaborar
Saludos
Horrible pensamiento que nos convierte en simples fantasmagorías de un supuesto Gran Titiritero.
Gracias por comentar sin reflexionar.
Siempre ayuda.
Cuando sea mayor me gustaría ser como tú