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CRÍSIS X - CAPÍTULO I

CAPÍTULO I

PEDRO

Su esposa se acomodó junto a él en el sillón, había sido un domingo bastante tranquilo, habían dormido hasta tarde, atendido cosas pendientes del trabajo, cocinado en casa y ahora ya cayendo la noche se disponían a ver algo de televisión. La sala estaba iluminada únicamente por la luz que emitía el televisor al transmitir su programación. A la distancia se escuchaban las sirenas de la policía, que esa noche parecía tener un arduo trabajo por toda la ciudad. Luego de haber visto un poco de lo que transmitían prácticamente todos los canales nacionales habían quedado sin poder despegar la vista de la pantalla, las noticias eran difíciles de creer, difíciles de aceptar.

—   Todo esto es una locura —dijo Pedro, que no daba crédito a lo que anunciaban los medios.

 

—   Pero si lo dicen allí es que debe ser verdad —se apuró a contestar Carmen— además todo parece estar de cabeza últimamente ¿Recuerdas ese accidente de ayer?

 

Pedro no contestó inmediatamente, le costaba digerir lo que un día antes había ocurrido: él manejaba con tranquilidad su minivan adaptada para carga de mercancía mientras Carmen jugaba con su pequeña hija en el asiento del copiloto. Se dirigían a supervisar la instalación de un comedor de acuerdo con el último contrato que habían conseguido en su empresa familiar dedicada al rubro alimenticio. La carretera estaba poco congestionada y en el carril de su izquierda transitaba un tráiler de carga. Llamó su atención una mujer que empezó a correr de lado a lado en el puente peatonal al que se aproximaban, Pedro se le quedó mirando un instante, pero al estar el puente muy por encima de la carretera no veía peligro inmediato, así que continuó. No supo qué hacer cuando la mujer trepó la baranda de seguridad y se arrojó al vacío cayendo en la pista justo por donde se aproximaban. Tal vez la suerte o el destino hicieron que cayera en el carril por el que se aproximaba el tráiler de carga, y no el de ellos. El conductor del tráiler sabía que ante un accidente solo debía disminuir la velocidad hasta detenerse; no pudo evitar pasar el vehículo sobre el cuerpo de la mujer, pero si se hubiese desviado de carril para no atropellarla hubiese chocado con Pedro y su familia.

Todos los vehículos de alrededor se detuvieron. La mujer tenía el cuerpo destrozado, irreconocible en su mayoría, algunas partes permanecían bajo el pesado vehículo. Cuando la policía llegó al poco tiempo decidieron evitar el caos por el atasco y se quedaron solo con el conductor del tráiler para tomar su versión y firmar documentos. Pedro y su familia no habían tenido nada que ver con el accidente o suicidio, o como quieran llamarlo. Solo se llevaron del lugar ese mal recuerdo y un poco de sangre que les había salpicado.

 

—   Dicen que la gente se vuelve violenta, que debemos encerrarnos, ¡hablan muy rápido! —Carmen que estaba cada vez más asustada.

—   Iré a la tienda de la esquina, compraré algunas cosas, no quiero quedarme en casa sin tener qué comer —contestó por fin Pedro, parándose a recoger su casaca y algo de dinero.

Carmen se levantó como un resorte, ella era pequeña en comparación con el hombretón que era Pedro, tenía miedo y no quería quedarse sola.

—   Vamos, iré contigo —dijo Carmen— aún tenemos arroz y carne congelada, pero casi nada de verduras, además nos queda poca azúcar y… —hablaba con rapidez cuando Pedro la interrumpió.

—   Amor si vamos los dos ¿quién se quedará con Sherezade? —dicho estos ambos miraron a la pequeña que se había quedado dormida en el sillón, tenía seis años y era un torbellino de travesuras, preguntas e inquietudes. Dejarla sola no era una opción, y por las circunstancias llevarla tampoco lo era.

ella finalmente asintió, él se puso la casaca cogiendo su billetera, abrió la puerta y salió de casa, hacía frío pues eran cerca de las 8 de la noche, pero la tienda debería seguir abierta. Vivían en una zona de clase media trabajadora, con un modesto parque y muchas casas pequeñas de gente soñadora, los crímenes solían ocurrir, pero en menor medida que en los márgenes de la ciudad, las tiendas y negocios locales abundaban en la avenida cercana, pero hacia allí Pedro no se dirigía, sino a la tienda del barrio, mejor surtida y menos conocida, por lo tanto, menos concurrida.

Comentarios

  • Solo eran unos cien metros de caminata, no había personas en su calle, Pedro escuchó gente discutiendo a la distancia, apuró el paso, volteó la esquina y vio con pesadez que dos tipos esperaban ser atendidos haciendo una pequeña cola frente a la tienda de Don Ricardo. La tienda estaba ubicada en el espacio del garaje de una casa. Tras un enrejado se podían ver aparadores exhibiendo las existencias que comerciaban, tenían alimentos y golosinas, y algunas chucherías, una típica tienda de barrio en la que siempre sonaba un clásico bolero de fondo.

    Mientras esperaba Pedro revisó su celular, muchas noticias policiales, había una movilización de gente revoltosa en el centro, más violenta de lo habitual. Por las redes vio algunos videos de ciudadanos corriendo sin control, estos chocaban contra un cordón policial antidisturbios. Nadie sabía explicar con claridad qué estaba ocurriendo. Las autoridades solo recomendaban “no salir de casa”, pero lo que le sorprendió aún más es que el panorama se repetía en países vecinos, algunas páginas decían que era una “histeria colectiva”, encontró otra página que hablaba de una posible enfermedad virulenta, ingresó para leer un poco...

    —   ¿Qué le vendo amigo Pedro? —le preguntó el bodeguero Ricardo, regresándolo al presente.

    —   Buenas noches, deme un kilo de cebolla, otro de tomate, dos de papa, dos botellas de aceite, dos paquetes de ajo… —Pedro hablaba con rapidez a la vez que el bodeguero, hábil y conocedor de la tienda iba alistando lo dictado con rapidez.

    —   ¿Ha escuchado las noticias amigo Pedro? —preguntó Ricardo mientas terminaba en embolsar lo ordenado.

    —   Si, pero parece que no es exageración de parte de los noticieros, le recomendaría que cierre temprano.

    —   Lo intentaré, pero el miedo suele ser bueno para el negocio —dicho esto Ricardo se echó a reír.

    Pedro lo miró, pero no se unió al chiste. Conocía al señor Ricardo desde que ellos se mudaron a la zona hace 8 años. Era bajo de estatura, vestía un holgado pantalón plomo con una camisa algo desgastada, solía hablar sin pronunciar bien las cosas, pero lo curioso en él es que era proclive a reír de todo, incluso cuando su esposa falleció mantuvo su buen humor bromeando con que “de seguro ella está alistando una tienda en el cielo” y “nunca perdería una oportunidad de negociar” o cosas así.  Su tienda estaba abierta todos los días desde la madrugada hasta altas horas de la noche, pedro se quedó pensando un momento en cómo sería la vida de aquel hombre, al que todos en el barrio parecían estimar.

    —Serán treinta y cuatro soles, con rebaja incluida —le dijo Ricardo, volviendo a reír.

    —Tome amigo, y gracias —Pedro le entregó un billete, tomó las bolsas y empezó a regresar caminando a paso rápido rumbo a casa. Desde hace unos instantes se habían acrecentado los gritos en la avenida y estaba ansioso por volver a su hogar. Cuando llegó a la esquina dio una rápida mirada y vio como varios sujetos (no podía decir cuántos, tal vez tres o cuatro) parecían estar peleando contra ¿una puerta?, pateaban, gritaban y volvían a golpearla. Pedro meditó si al pasar rápido por la calle haría que se fijen él, o tal vez debía esperar un poco y contar con la posibilidad de que los sujetos se fuesen solos.

    —¡Su vuelto amigo Pedro! —le gritó don Ricardo desde la ventana de su tienda. El gritó fue demasiado fuerte, Pedro se quedó como una piedra en aquella esquina mientras los sujetos que antes lanzaban golpes contra la puerta ahora, quietos también, lo miraban fijamente.

    Hay momentos en los que uno no sabe cómo reaccionar, o si reacciona de alguna manera, desconoce por qué hizo las cosas de esa forma. Lo cierto es que Pedro echó a correr hacia su casa. Inmediatamente los sujetos salieron corrieron hacia Pedro. Él era un sujeto relativamente obeso, a sus treinta y seis años no practicaba ningún deporte, el máximo esfuerzo físico que se exigía era subir las gradas del colegio en el que enseñaba como profesor de secundaria. Lo de su corpulencia era cosa de genes, de sus ancestros, mas no de entrenamiento ni dedicación, aun así, corrió sin voltear, corrió cerca de cien metros viendo cómo la puerta de su hogar se acercaba a él, escuchó pisadas tras él, no entendía de motivos, pero sabía que estaba en peligro, tenía esa sensación en la columna, como si alguien tirase de su destino desde allí.

    La puerta de su casa se abrió ante él, su esposa lo había estado esperando y ni bien lo vio acercarse le abrió la hoja metálica que le permitió acceder a toda velocidad.

    *

    Carmen vio cómo su esposo al entrar casi se tropieza por la forma en la que había corrido, volteó asustada pues no entendía qué había pasado, o si le estaba dando un ataque al corazón, o algo. Las cosas que compró Pedro en la bodega se dispersaron en el suelo de la casa pues la bolsa plástica llegó a su límite por la frenada repentina. Allí entre las compras dispersas, un padre de familia agitado, una esposa asustada y una niña dormida, allí entre tanto ajetreo, olvidaron cerrar la puerta.


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