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Reto Abril 2021. Poseída

Como todas las mañanas, María esperaba pacientemente en el porche de su hermoso chalet a la llegada de Antonio, su taxista de mano. 

El calor sofocante del mes de julio se había apoderado de toda la comarca de Moralzarzal, y de sus afueras, lugar donde residía la joven. Éste hecho la había incitado a ponerse una falda beige con motivos florales, junto a un top blanco, el cual iba bien sometido por la misma goma elástica de la susodicha falda. 

Su físico era atlético y fibroso, algo lógico, teniendo en cuenta que no era raro verla corriendo por Cabeza Mediana, aunque nunca solía llegar hasta la cima del monte. 

Su piel blanquecina agradecía las pequeñas rachas de una tímida pero refrescante brisa, la cual también mecía, y además con alegría, las ondas de su larga y cuidada melena dorada.

 —Vaya. Parece que Antonio se ha retrasado. A este paso no llegaré al bufete… —dijo la joven para sí misma y con gesto de suficiencia, mostrando una voz dulce y suave. 

Esta joven de apenas 28 años, podía presumir de haber creado uno de los bufetes de abogados más importantes de toda la comunidad autónoma, hecho considerable, teniendo en cuenta de que se trataba de la Comunidad de Madrid. 

Y os preguntaréis: ¿por qué vivía en aquel pueblo tan alejado de la ciudad?, pues la respuesta es simple, ya que María padecía una gran lista de fobias; tales como: pánico a conducir; aracnophobia; aerophobia, y la que más nos atañe; la agoraphobia (miedo a los lugares públicos). Gracias a esto, también podemos entender que la joven recurriera a su taxista de confianza, y solo lo hacía en contadas ocasiones, ya que la mayor parte de los días, se quedaba trabajando en el pequeño despacho de su casa. 

No obstante; cuando se encontraba punto de llamar a otro conductor, un gran monovolúmen de color blanco aparcó justo en frente del porche de su casa. Así pues, y con gesto de satisfacción, la joven abogada corrió hacia el coche tan rápido como sus tacones negros le permitieron; mas, al acercarse al vehículo, su mente le ordenó detenerse en seco.

—Disculpe, ¿y Antonio?... ¿acaso le ha ocurrido algo malo? —dijo la bella muchacha, con evidente gesto de sorpresa, a la par que una desconfianza comenzaba a surgir de lo más profundo de su ser.

En verdad, María era una persona inteligente, y no se dejaba guiar por las primeras impresiones; no obstante, el taxi de Antonio iba pilotado por un hombre bastante peculiar. No se puede decir que dudara debido a sus rasgos africanos; ni tampoco por sus gafas de sol al estilo de aviador; o quizás por el gorro de “cow boy” que encumbraba esperpenticamente su cabeza; se podría decir que era todo el conjunto de peculiaridades de aquel hombre, lo que asustó a la joven. Además, su vestimenta no incitaba a la seriedad, ya que aquel hombre iba ataviado con un traje de chaqueta malva. Así fue como María se quedo parada en medio de su bello jardín, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. 

—Antonio se ha retirado, y yo le he comprado el taxi. Me llamo Fito, así que sube si quieres, pues al igual que él, yo también te llevaría al fin del mundo —dijo aquel hombre sonriente, para finalmente bajar las gafas de sol hasta la punta de su nariz chata, al mismo tiempo que le guiñaba el ojo derecho con chulería. Mientras hablaba, el joven taxista mostraba una sonrisa blanca y brillante tal como las perlas de una marquesa.

—Se ha retirado… —murmuró María para sí misma, mientras que fruncía el ceño y se rascaba el mentón.

—¡Vengaaaa chica! Suéltate un poco… no te arrepentirás —señaló el risueño conductor.

Tras la insistencia de Fito, junto al hecho de que llegaba tarde a una reunión importantísima, la joven se armó de valor y se encaminó hacia la parte trasera del taxi. Tras abrir la manilla de metal cromado, María se acomodó sobre aquel tapizado de cuero, color crema, y el cual estaba limpio e impecable. El interior del vehículo no olía como de costumbre; el típico aroma de la piel de los asientos había sido desplazado por un agradable aroma a jazmín. Tras sentarse, sus dos ojos azulencos miraron tímidamente hacia el espejo retrovisor interior, mas rápidamente retiró la mirada, pues aquellos grandes ojos negros la observaban con curiosidad. Los nervios se apoderaron de su cuerpo, y María comenzó a frotarse las piernas con su mano derecha, y su mano izquierda acudió en busca de la clavija metálica del cinturón de seguridad, mas, cuando estaba a punto de abrocharlo, un repentino y violento acelerón hizo que ésta clavase las uñas contra la piel del mismo asiento.

—¡Paraaaa! ¡Estás loco! —exclamó la joven con el rostro desencajado y el corazón a punto de salir de su pecho.

—¡Jajajajajajaja! —Carcajeaba aquel hombre de rasgos africanos, mientras sus ojos azabaches parecían estar a punto de abandonar sus órbitas oculares

Comentarios

  • La joven intentó reaccionar, y con toda la inocencia del mundo, intentó abrir la puerta para abandonar el vehículo; sin embargo, aquel piloto enloquecido había accionado los seguros; estaba atrapada y a la merced de un temerario. 

    A su vez, María se percató de un hecho bastante misterioso, y es que algo extraño ocurría en Moralzarzal, ya que las calles parecían estar desiertas, y a esas horas de la mañana, siempre solía aparecer alguna señora dando un paseo; o algún tractorista dirigiéndose a sus menesteres agrarios; es que ni las ovejas de su vecino, Paco, estaban en su pequeño prado...

    Tras recorrer dos calles a una velocidad digna de circuitos de competición, María tomó las riendas de su mente, y decidió actuar. Así fue como empezó a golpearlo, y con todas sus fuerzas además. 

    —¡Maldito loco!, ¡nos vas a 

    matar! —gritaba la joven mientras le pegaba puñetazos en el hombro, aunque a decir verdad, fueron en vano, ya que aquel loco sonreía y gesticulaba con placer ante cada uno de sus golpes.

    El captor y la secuestrada se adentraron en el núcleo urbano de Moralzarzal. Los neumáticos de aquel monovolumen blanco rebotaban contra el pavimento adoquinado; y los cuerpos y las cabezas de ambos fueron sacudidos con violencia durante el trayecto. Tal era la velocidad del coche, que por las ventanillas apenas se podía dilucidar el color beige de la piedra de las casas, junto al color anaranjado de las tejas de los tejados. Tras un par de minutos, el temerario se desvió hacia la Plaza de la Constitución. El reloj de la torre del ayuntamiento marcaba las nueve de la mañana, y la fuente de la plaza elevaba sus chorros de agua, tan alegres y majestuosos, como de costumbre. Entonces, y de forma inesperada, el taxista pegó tal frenazo, que la joven se terminaría golpeando la cabeza contra el asiento del conductor. 

    —¡Maldito chalado! ¡Ohhhhh que 

    dolor! —exclamó la joven, mientras se llevaba las manos hacia su frente dolorida.

    —Ven —dijo Fito, con gesto más serio y  seco.

    La joven titubeó ante el requerimiento de aquel loco, pero finalmente, y sin saber muy bien por qué lo hacía, decidió acompañar al extraño hombre en su peculiar ensimismamiento. Éste observaba, con ojos curiosos, como aquellos diez chorros de agua intentaban confluir en el mismo punto.

    —Me secuestras; pones en peligro mi vida; casi haces que me rompa la frente, ¿y todo esto para enseñarme la fuente del ayuntamiento? —dijo la joven con tono de indignación. 

    —Dime María, ¿por qué crees que no hay nadie en el pueblo? —preguntó Fito sin apartar la mirada del agua.

    La joven lo miró extrañada y sin saber qué hacer o qué responder. En verdad una parte de ella le decía que llamase a la policía de inmediato, mas, había algo especial en él...

    —Bien, pues yo te lo diré: porque no estás en el mundo de los vivos, yo te he transportado a una dimensión paralela a tu realidad.—Con un rostro más serio, el joven se desprendió del sombrero de cow boy y de las gafas de sol, arrojando ambas cosas hacia el suelo de la plaza. Su gesto ya no se parecía al de un payaso, su nuevo talante desprendía seriedad e imponencia. El sol hacía brillar aún más aquellos zapatos plateados. 

    Tras las palabras de Fito, la joven sonrió con cierto desdén, mas al mirar fijamente hacia los ojos carbón de aquel desconocido, sus finos labios comenzaron a entristecerse y sus glándulas lacrimales estallaron en un mar de lágrimas. Aquella mirada no parecía de este mundo...

    —¿Quién eres?, ¿qué quieres de 

    mí? —preguntó la joven, mostrando un tono de voz triste y temeroso. 

    —Soy San Miguel Arcángel, y he venido a matarte, pues en ti, María, habita todo el mal de este mundo; en ti, habita el espíritu del Ángel Caído, el alma de Lucifer. 

    Tras sus palabras, los ojos azabaches de Fito se encendieron como soles, y sus labios carnosos comenzaron a moverse, mas la joven no escuchaba lo que decían. De pronto, dos alas negras manaron de su espalda; su cuerpo comenzó a engrandecerse; sus músculos se hipertrofiaron de tal forma, que su traje y sus zapatos se rompieron en decenas de pedazos; su piel adquirió un color aún más azabache, con reflejos metálicos. Entonces, el Arcángel se elevó por encima de su cabeza; y de su mano derecha nació una espada de luz blanca, con la cual apuntó hacia su cuerpo.

    —¡Cuánto tiempo, mi viejo amigo, San Miguel! Siempre es un placer volver a gozar de tu presencia divina —dijo la joven sin querer hacerlo, a la vez que mostraba un tono de voz grave y metálico. 

    Tras pronunciar aquellas palabras, María se tapó la boca con ambas manos; no podía ni pestañear, y su gesto era una buena muestra del pavor que invadía su mente.

    —¡Oh Satán!, ¡en nombre de Dios todopoderoso, yo te condeno a la muerte eterna!

    Así fue como San Miguel, tal como una flecha, y apuntando hacia la joven con la punta de su espada, comenzó la ofensiva; mas el cuerpo de María reaccionó, y una vorágine mística y repentina la envolvió, protegiéndola del impacto. El Arcángel no podía traspasar aquella barrera de luz oscura, y su espada chispeaba rabiosa ante la dureza de aquel escudo de energía. Entonces, y sin aviso previo, el cuerpo de la joven comenzó a mutar: su piel suave tornó en dura y áspera, de tonos carmesís; su rostro se enrudeció; su cuerpo se hipertrofió, hasta tal punto, que las costuras de su top blanco cedieron ante aquel violento engrandamiento muscular; sus orejas se estiraron; su nariz se alargó; dos grandes alas rojizas nacieron y desgarraron la piel de su espalda; sus uñas se transformaron en unas garras, tan afiladas como guadañas; su cabeza, la cual ya no tenía pelo, se deformó y tomó una forma vil y demoníaca. Aquella mutación esperpéntica se culminó, cuando observó, como de su mano derecha nacía una gran lanza del color de la sangre. De su antiguo ser, solo quedó parte de la falda, y con tremenda agresividad, aquel demonio arrancó la saya y la arrojó hacia la fuente. 

    Allí comenzó la batalla de los dos entes alados, ambos sobrevolando la torre del ayuntamiento de Moralzarzal. Las piedras centenarias del casco histórico del pueblo, fueron testigos de semejante batalla encarnizada.

    Por otro lado, la mente de María seguía siendo consciente de todo lo que sucedía, mas, no podía controlar su cuerpo; ¡estaba poseída por el mismo Diablo! 

    San Miguel esgrimía la espada de luz con maestría; no obstante, Lucifer bloqueaba sus golpes. Los rostros de las dos deidades mostraban furia, rabia, un odio mutuo el cual se encontraba enquistado desde el inicio de todos los tiempos.

    —¡Muere, vil traidor a la

    fe! —exclamaba el Arcángel, mientras que ambos batían sus armas, enroscados en vuelos circulares. Ambos mostraban una violencia desmesurada.


  • La batalla estaba muy igualada, pero tras una esquiva, San Miguel abrazó con todas sus fuerzas a Satán. La potencia de los brazos del Arcángel era inconmensurable, y el Diablo mostró sus afilados dientes, señal de rabia y de dolor, pues el guerrero De Dios estaba intentando romperle los huesos. 

    —¡No podrás derrotar al Señor de los Infiernos, San Miguel Arcángel, yo te mataré!

    Tras las palabras de Satán, éste abrió su boca, y tal como una anaconda del Amazonas, comenzó a engullir la cabeza de su oponente. El cuerpo del Arcángel quedó bloqueado, la espada de luz se desvaneció, y una serie de espasmos se apoderaron de todo su cuerpo.

    Este fue el final de San Miguel, engullido por Lucifer, el cual, tras devorarlo, comenzó a escupir una serie de carcajadas, tan potentes y siniestras, que su eco inundaría todo Moralzarzar, y gran parte de la Sierra del Guadarrama.

    El impertinente sonido del despertador, no fue el culpable del gesto de pavor de María, y es que no era para menos, pues la pesadilla había sido terrorífica. La cálida luz de aquel sol estival iluminaba perfectamente toda la habitación, pues a María no le gustaba dormir con las persianas bajadas. Así, y tras apagar el despertador, la joven se desembarazó de las sábanas y de su edredón azul celeste, el cual estaba ornamentado con motivos florales. Después de bostezar, y de estirarse, la muchacha se dirigió alegremente hacia su cuarto de baño. No le llevó ni cinco segundos, ya que éste se encontraba contiguo a su habitación. Al entrar al baño, y como todas las mañanas, la joven liberó sus dos hombros de los tirantes de su camisón, el cual era blanco, y al hacerlo, la joven se quedó tal como un buen día llegó a este mundo. Su cuerpo, delgado y atlético, cumplía a la perfección con los cánones de belleza de la época; entonces, se dispuso a entrar en la ducha para realizar su rutinario aseo. Mas, cuando la muchacha deslizaba la puerta corredera de la mampara, algo vio en el espejo del lavabo, ¡algo terrorífico!

    En su espalda habían aparecido dos grandes cicatrices, y aquellas eran las cicatrices de las alas de Satán.

    Tras escupir un gran alarido entremezclado de disgusto,terror y asco; la joven cayó desmayada sobre la frialdad del suelo de su cuarto de baño. Su bello rostro quedó congelado, pero, de repente, un nuevo gesto iba a surgir de él; y es que sus ojos se abrieron fugazmente; estos eran blancos como la nieve; y su expresión facial tornó hacia una forma maquiavélica, como si algún espíritu maligno la estuviese poseyendo. 

    El alma del ángel caído habitaría en ella, y en aquella inmortalidad tendría su amargura, pues su conciencia humana seguiría intacta, observando con frustración los viles actos del mismo Diablo. 

  • editado mayo 2021
    Vamos a empezar con la crítica de este buen texto de temática fantástica.

    Gramaticalmente hablando, parece bastante correcto. No he visto muchos fallos, quizás alguna coma perdida, pero poco más.

    La temática me parece buena, y aunque la base del texto no se centra directamente en la inmortalidad, tanto San Miguel como Satán son inmortales. Aún así, al final haces hincapié en el susodicho tema, entonces se puede dar por bueno.

    Lo único que me chirría del texto, es la forma en que se desvela la identidad de San Miguel. Aunque, y en parte, es comprensible porque a la temática fantástica siempre se le conceden ciertas licencias, las cuales son más flexibles que en otro tipo de manuscritos. Mas, lo del taxista loco... no sé; entiendo que es una forma de relleno, o quizás, también sea una forma de describir el pueblo y el ambiente de esta chica.

    En general me parece un buen texto, y la historia bastante atractiva. 

    Un saludo 😁

  • GadesGades Garcilaso de la Vega XVI
    A ver, ¿por dónde voy?

    El tema de la inmortalidad pues por los pelos. 

    Gramaticalmente muy correcto. Veo alguna coma de menos, alguna tilde que se fue con las comas, poca cosa. Un par de repeticiones de cuerpo y de tejas/tejados. Y me choca que si habla para sí misma tengamos esa percepción de voz dulce y suave. 

    Un tanto peculiar la entrada en escena de San Miguel que más parece demonio que Arcángel. 

    El final me gusta mucho.

    Buenas descripciones y buen ritmo.

  • editado mayo 2021
    Bien, a mi me gusta el personaje esperpénticamente vestido, por momentos, parecía estar viendo una película de Tarantino, luego en el coche, de "Too fast Too furius", luego un episodio de "Goku Vs Freezer" y finalmente, con ella en la habitación un final de Hitchcock.

    Me ha parecido bien escrito y narrado, ameno y divertido.
    Cambiaría: No hay nada objetivo pero para mi la pelea sobraba.

    Un saludo chiclanero
  • Creo que la palabra que describe este relato es "curioso". Me ha gustado, es corto y va directo a la acción. Realmente me cuesta ver el concepto de inmortalidad aplicado a la historia. Solamente se nombra al final y de manera esporádica. 

    Hay ciertas cosas que podrían mejorarse con un poco más de desarrollo, en mi opinión. Por ejemplo, es entendible que la joven finalmente termine por subir al taxi, ya que, de otra manera, la historia no hubiese podido continuar. Pero la forma en que lo hace no me convence, más que nada porque se nos aclara previamente que "María era una persona inteligente, y no se dejaba guiar por las primeras impresiones". Queda una sensación de que sucede "porque sí". Algo parecido ocurre más adelante:

    "—Ven —dijo Fito, con gesto más serio y  seco.

    La joven titubeó ante el requerimiento de aquel loco, pero finalmente, y sin saber muy bien por qué lo hacía, decidió acompañar al extraño hombre en su peculiar ensimismamiento."

    La pelea es entretenida, aunque se parece más a una pelea entre dos personajes de un anime más que una pelea entre el Arcángel y el mismísimo Satanás. Es como que no se siente ese aspecto "épico" o "apoteósico" que entiendo que debería existir. Capaz que no era la intención, en ese caso, olvida lo que dije.

    En el aspecto técnico, no he visto ningún error grave, así que felicitaciones por eso.

    El final es lo que más me ha gustado. Cuando parece que todo ha sido un sueño, lo cual hubiese sido un poco decepcionante, resulta que todo era muy real. Bien logrado.

    ¡Saludos!

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