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Anoche soñé que una ballena prehistórica, un fósil viviente con forma de mantarraya encallaba en el porche del patio de mi madre, justamente hacia el lado izquierdo del aljibe y debajo de la pequeña arcada de las orquídeas, no estaba sola, le acompañaba su ballenato, un pollito de pescuezo pelado con plumas azules, amarillas y rojas que iba y venía desde el pozo artesiano hasta la arcada, debatido angustiosa e histéricamente entre el contrito abandono de la progenitora y la urgente, copiosa, profusa, exuberante, diluvial, necesidad de agua de la misma.
Mi madre nunca aprendió a nadar, aunque en su juventud por largo tiempo fuera apodada cariñosamente la borrica acuática, por ser la más avezada entre sus amigas en la técnica de camuflar depurada, impecable y perfectamente la acción de fornicar dentro de las aguas de piscinas, estanques, ríos, playas y bañeras ¿y lo de borrica? Obviamente, alusión a la yunta o a su exigua capacidad de aprendizaje escolar ¿quién acierta a transcribir la retórica de los barrios cubanos? esa amalgama compuesta por ex comerciantes, pequeños burgueses (sin el prefijo, porque la burguesía también logra ser una condición, unas veces para bien y otras, en su mayoría, para mal) intelectuales, profesores, rameras, sodomitas soterrados unos, reprimidos otros, castigados todos, indulgentes matronas, pacíficos y sabios ancianos, beodos, brujos, soñadores, mitómanos, alcahuetas, chismosos, bondadosas hadas, duendes escondidos, todo un bazar de cualquier comedia humana usurpado y monopolizado bajo la batuta de la chusma diligente grotescamente uniformada de color verduzco como la envidia, horda de chivos -no así de machos cabríos- canallas a los que llaman proletariado, sometidos a su vez a un saco de churre*.
Ahora bien, fidedignamente algo de anfibio regía el sino de mi madre, no en balde el océano era el zaguán de su casa, por donde habían venido la ballena y su pollito. Por tanto, al ver a su otro yo colapsada bajo lívidas orquídeas, vio su propio funeral, no dio gritos, ni llamó a lo vecinos, ni esperó al querindango para que resolviera la situación, se le ensanchó el pecho como se le ensancha a la Caballé en el monólogo de Fedra, Adriana Lecouvreur cruzando su Rubicón, en fin, se le montó Changó y encaró a la muerte. (
)
¡Agua, agua pa’Yemayȧ!
Yo bombeaba el agua empuñando la manigueta del pozo como un machete, mientras que mi madre le arrojaba los cubos repletos, el pollito movía su cuello pelón como gallo de veleta y encarecía la acción esparciendo sus tricolores, diminutas alitas, hasta que ambos coincidimos en una mirada, tácitamente desde hacía tiempo mi madre y yo habíamos acordado encontrarnos en el silencio, por varias razones, la principal para dejar de ser los émulos o contrapartidas de Lucía y Joaquín, el dúo Pimpinela “yo te digo blanco y tú me dices negro” , decía púrpura y ella escuchaba lila, yo decía espíritus y ella escuchaba fantasmas, me retrataba en el cementerio y ella decía ¡SOLAVAYA! en el silencio de las almas nos salvábamos de mi mordacidad zahiriente y de sus cualidades histriónicas muy bien retenidas por sus lecturas de Corín Tellado, los culebrones de melodramas mexicanos ingeniosamente cursi, salvaguardaba sus lagrimitas para el querindango y las lágrimas para mayores infortunios, frente a los cuales casi siempre las olvidada, irguiéndose heroica y trágica como Hécuba, con sus propios dedos extirpándole los ojos a cualquier rastrero, la Doña Bárbara de Gallegos, la gallina a la que apostaban todos los galleros cuando enfrentaba en la valla al gallo fino de mi padre.
A la postre, tendríamos que provocar un mini diluvio en el patio, convertirlo en caudal afluente del zaguán-océano. Entonces, otra vez sin palabras, detuvimos sendas tareas, extendiendo los brazos nuestras psiquis fueron inundadas por poderosos torrentes que nos anegaban los pulmones, las vísceras y el corazón, escuchamos un canto de gallo y sonidos de pulseras que entrechocaban, vimos a la ballena desplegar su mole, era un voluminoso, descomunal y sólido manto de tonos, pigmentos tangibles y etéreos al tiempo, fluctuando en sosegada parsimonia entre un corro de ondas que como notas cromáticas sostenidas describían la silente sinfonía de los insondables compases de su danza, al conseguir el umbral del zaguán plegó absolutamente toda la solidez de su materia en un cono de iris y,
Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,*
como la bailarina española estallaba en convulsiones, en chorros de perlas irisadas despidiéndose en apoteósico agradecimiento. Nunca le ví la cabeza, por eso la describo como ballena-mantarraya, acéfala rapsodia, tal vez, para los evolucionistas, un eslabón perdido entre los abismos de los piélagos y la vastedad del éter, para mi madre y para mí, la Yembo originaria, la del corazón asaeteado por la flecha del cazador, la matriarca que muere en el corazón de la codorniz por el deseo del hijo, el dolor más acendrado cuyo fruto es la vida.
Comentarios
Montserrat Caballé sale a escena por la pluma del autor por esto... "como se le ensancha a la Caballé en el monólogo de Fedra... "
Mi comentario
Doy por entendido que esa es una historia ficticia. Tanto rocambolesco junto, como que no me entra en la cabeza que sea una historia real.
Adornas perfectamente bien tu relato, acompañado de un exquisito vocabulario y no exento de conocimientos de la fauna, además de un acusado sentido del humor.
No estoy totalmente capacitado para darte una exhaustiva opinión como obra literaria, pero la cronología de la narración le veo un poco "saltarina". Me explico. Hay cierta desconexión entre algunos párrafos, pero, hábilmente, le vuelves a coger el pulso. Aún este pequeño reparo, no desvirtúa el contenido total, por lo que todo es leíble y entendible.