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Turquesa

GuillermHotelGuillermHotel Anónimo s.XI
editado junio 2015 en Narrativa

Nada más llegar a la habitación del hotel lo hemos hecho. Ha sido como la culminación de un acto reflejo, el rescoldo de un tiempo pasado, algo instintivo e insatisfactorio. Nos hemos limitado a movernos como dos perrillos desaforados que, tras un breve espasmo, se corren y luego se separan y cada uno se va por su lado. Me dan ganas de decirlo pero no lo hago y sé que a ti también te dan ganas de decirlo aunque tampoco lo haces, que a esto que tan de vez en cuando practicamos, ni si quiera se le puede llamar follar. Sí, es cierto, ya ni siquiera follamos, ya no me gusta hacerlo contigo Carmenchu; sé que a ti te sucede lo mismo. Enseguida nos hemos dormido.
Por la mañana, en el desayuno, sólo algún gesto recíproco de amabilidad y ciertos gruñidos pertenecientes a ese código existente entre ambos, esa caricatura de comunicación que, en realidad, más que un sistema de señales, se traduce como la constante homologación de un pacto de no agresión. La nuestra, es una rutina deconstructivista, una convivencia difunta; ya no sabemos relacionarnos de otra manera.

Me duele la cabeza, es la resaca de la noche anterior, yo tome mucho... yo y todos. Fran, el compañero de tu amiga Patt, el que más. Te lo digo como si dijera cualquier cosa, que me gustaría quedar otra vez a cenar con ellos. Bueno, lo cierto es que lo que me gustaría de verdad, es quedar a cenar con tu amiga Patt, no he dejado de pensar en ella desde anoche.
Entras en el dormitorio y empiezas a ponerte el bañador. No me apetece bajar a la playa, me duele la cabeza... En realidad si me apetece, me apetecería bajar y tumbarme al lado de Patt y que tú y Fran desaparecierais de repente; que os fuerais de vacaciones, eso es. No he dejado de pensar en Patt desde anoche y tú, como si captaras telepáticamente mi reflexión, percibiendo que mi cabeza no está donde tiene que estar, que la tengo con Patt, te me has quedado mirando y has dejado escapar una sonrisilla torcida al tiempo que preguntabas: ¿Con ellos o sólo con Patt? Por supuesto que no me he atrevido a responder, me he hecho el loco, como siempre, el que no se entera, como siempre. Has tomado la bolsa de baño y has salido hacia la playa y yo te he seguido.

En la playa no estaba Patt; sí estaban los vecinos mal educados, del apartamento que se encuentra pegado al que ocupamos Carmenchu y yo, y estaban también un montón de gente sin rostro, arremolinados alrededor del morito de turno que alquila tumbonas y sombrillas, y estaban también los mismos bañistas metiéndose los codos y el culo los unos a los otros, para ponerse debajo del chorro de la ducha antes y después de salir del mar, y estaba también la hilera de chiringuitos atestados de clientes que piden hora para comer aunque sea a las seis de la tarde, y estaban también, y menos mal, los cuatro socorristas, dos chicos y dos chicas, que con sus juveniles anatomías y su aspecto aseado, procuran al lugar ese punto de atractivo, que se diluye en cuanto te alejas del puesto de vigilancia playero; un hito con una casetita blanca y un toldillo de cañas y un mástil, en el que ondea la banderola verde que con tanta pulcritud izan cada mañana los socorristas. En fin, que también estaba el de los patines a pedal. Te he dicho que si alquilábamos uno y nos acercábamos al islote a bañarnos en la poza resguardada, la del agua color turquesa, pero tú no me has contestado. Es decir, sí lo has hecho, has gruñido, has estirado el pareo en la arena, me has señalado enarcando las cejas la sombrilla que sostenía sobre el hombro, te he obedecido, o sea, he abierto y colocado la sombrilla a tu gusto, y luego te has tumbado boca abajo, has desabrochado tu sujetador y me has contestado con un seco: yo me quedo aquí, ve tú si tanto te apetece. He sentido deseos de hacerlo.

El mar estaba un tanto picado. A cada embate de las olas bajo el pantoque de fibra de vidrio, sonaba un pequeño chasquido amenazador. He puesto rumbo hacia el islote, sin hacer caso del silbato del tipo que alquila los patines, cuando he rebasado las boyas que indican el límite de alejamiento máximo. El oleaje ha ido en aumento, pero ya estaba a mitad de camino y no me iba a dar la vuelta. Además, en la minúscula ensenada que se abre a sotavento del islote, hay otro patín y en vez de sentirme molesto por encontrar alguien allí, la situación me estimula; digamos que lo que en realidad me estimula, es la remota posibilidad de que esa persona que se me ha adelantado sea Patt.
Llego, arrastro mi patín hasta juntarlo al otro y observo el rastro dejado por unos pies pequeños, que han cruzado la estrecha franja de arena y que luego han ascendido la vereda que trepa hasta lo más alto del islote; vereda que antes de llegar a la cima, es asimilada por un promontorio, que rodea una roca de basalto fracturada en un estrecho pasillo, por el que se accede a una especie de escalinata natural que va ensanchándose y descendiendo, como si se tratara de la chimenea de un horno en cuyo fondo, y en este caso, lo que existe es una poza perfectamente circular, en la que un lengüetazo de mar, sube y baja impulsado por el reflujo del oleaje, del mismo modo que si debajo existiera un ascensor juguetón, que empuja la masa de agua y al que al instante se le agota su energía y cae y vuelve a recuperarse empujando hacia arriba y se agota otra vez y...
A esa hora de la mañana y hasta poco después del mediodía, la luz solar ilumina el diminuto estanque natural, proporcionando al agua una vivísima tonalidad turquesa. Allí está ella, Patt, descansado recostada en toda su esbeltez, sobre una plataforma bruñida por el tiempo y los embates del mar. Su melena dorada le cubre la mitad del rostro; aún así, me doy cuenta de que observa algo que se agita en el fondo de la poza, una forma que sube y baja a impulsos del oleaje, y que se hunde poco a poco. El agua se le retrepa a lametones a Patt, acaricia sus senos, asciende sobre la curva de su cintura y se le remansa justo en la concavidad que proporcionan el cóccix y el sacro, hasta que otro leve golpe de mar, hace que el agua se desborde y le escurra sobre las escamas plateadas, que recubren el resto de su anatomía hasta la cola. Un movimiento en falso me ha hecho perder el equilibrio, y entonces Patt se ha sobresaltado y se ha zambullido en el agua antes de que cayese yo, y no me ha dado tiempo de advertirle que, según reza en un estratégico cartel allí situado, se avisa a los bañistas de que no está permitido lanzarse al sifón cuando existe oleaje moderado en la isla o, simplemente, durante la marea alta, cosa que ocurre en aquel momento. Pero enseguida he comprendido que los problemas no son para Patt, sino míos que, absorbido por el reflujo marino, me hundo de manera inexorable. Extiendo la mano hacia ella y Patt se impulsa poderosa con un golpe de su cola hacia mí, y casi está a punto de tocar mis dedos con sus dedos, y entonces, jubiloso, he repetido su nombre, lo he gritado: ¡Patt, Patt!... Y luego es como si el grito dirigido a Patt, fuese arrastrado hasta las profundidades por aquel ascensor marino al que antes me refería, como si mi grito bajase y subiese una y otra vez, como si yo estuviese atrapado por un sueño que a un tiempo es reparador y agitado; pero vigente, sobre todo vigente...

Era de noche, y allí estaba yo debajo de la sombrilla, tumbado encima del pareo. Y también estaba la luna llena flotando en un calmo mar, que se diluía en la línea de playa sobre la que descansaban los patines. Y estaban los chiringuitos, cerrados, las tumbonas, todas libres, el mástil con la banderola, arriada, y no estaba Carmenchu, ni por supuesto Patt.

Comentarios

  • PipelinePipeline Pedro Abad s.XII
    editado junio 2015
    Me gusta mucho la elección del narrador y el ambiente onírico que respira el texto, es todo como una de esas modorras confusas junto al mar y bajo la sombrilla, de la que uno despierta sin saber muy bien dónde ha estado y dónde está. Su redacción es impecable. Lo que me tienes que explicar es eso de "rutina deconstructivista" :confused:
  • GuillermHotelGuillermHotel Anónimo s.XI
    editado junio 2015
    Hola Pipeline.
    Gracias por comentar, aunque sobre todo me alegro que la lectura no te haya resultado negativa. La apreciación que haces sobre "la modorra playera" es dar en diana: ¡exacto! Dibujar eso era una de las intenciones del relato. Lo de la "rutina deconstructivista" es también eso... Opino que como casi todo lo que es rutinario en esta vida, casi nunca suma y muchas veces resta, tal y como dice el texto.
    Otra vez gracias.
    Salud.
    GH.
  • Nicanora PiNicanora Pi Anónimo s.XI
    editado junio 2015
    Buen relato. Me gusta el tema y la forma en que lo desarrollas, y solo una pequeña pega, con tu permiso: quizás algunos pasajes se hacen un poco densos y en algunos instantes se pierde el hilo. Se me ocurre que alguna descripción podría no ser tan pormenorizada...
    Lo interesante es que como gastas una buena prosa, una que atrapa, en seguida vuelve uno a coger ese hilo perdido.


    Repito, un buen relato
  • GuillermHotelGuillermHotel Anónimo s.XI
    editado junio 2015
    Mil gracias Pi por tu paciencia en esos pasajes "densos", pero sobre todo por tomarte la molestia en dejar constancia escrita de lo que te ha parwcido el relato. Eso sí, menos mal que no se me ha ocurrido subir uno de los que considero densos... jajaja.
    Saludos.

    GH
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