Vivía solo pero le había quedado una buena pensión porque era funcionario. Ante el mostrador de la carnicería se mostraba efusivo, se tentaba la cartera varias veces y entablaba una conversación que no entablaba en el bar porque no iba. Su gran pasión, además de comer, era la lectura, por eso estaba tan gordo porque ni comer ni leer se hace andando. pedía al carnicero que le llenara la bolsa para hacer un cocido; luego, para una fabada y después le tenía entretenido con sus batallitas de ingeniero de montes cortando filetes, un queso mantecoso y unos fiambres para hacer bocadillos los días de pereza. Cuando empezaba a contar los argumentos de las novelas que leía, llenaba de extrañeza todo el recinto cárnico y las clientas pensaban que estaba loco pero en algún lado tenía que explayarse el hombre de sus lecturas. El carnicero, llegado un punto, le advertía:
-llévate este queso otro día que se te va a estropear.
-Yo no le dejo que se estropee. Aquí le meto quiera o no quiera-y se señalaba la panza abultada. Y seguía -entonces la chica esta que hace de protagonista se acuesta con el vecino, el calvo, el que se dedicaba a coleccionar fotos y hay una escenita que no hay que perdérsela. Te recomiendo la novela, Agustín. No tiene desperdicio.
-No tengo tiempo, Tomás. Anda, no te quiero echar pero ¿tú sabes la carga que has hecho? Como para dar de comer a una familia. Llevo una hora contigo venga pedirme. Tomás, Tomás...
-Bueno, me voy. Pero no vuelvo más-se le puso la cara colorada como gente no acostumbrada a la pelea y al desaire.
-Hombre, Tomás. Tampoco hace falta que te pongas así.
-Que no, que no vuelvo más. Hay más carnicerías por ahí. Toma.
Sacaba un billete y se lo extendía, muy nervioso.
-Vale, Tomás. No te enfades. Si no quieres venir, no vengas. Toma, tus bolsas.
- Trae. aquí no vuelvo.
Tomás no tenía otro sitio donde departir y su carnicero era amigo de toda la vida, así que un día se acercó a la carnicería y pidió perdón, muy azorado.
Agustín, al verle, quiso gastarle una broma y le dijo que no volviera más por allí. Del susto que se pegó Tomás, le dio un ataque fulminante y murió allí en la carnicería sin que se pudiera hacer nada.
Tomás era un hombre tan solitario que solo tenía por amigos al carnicero y a las sartenes y cazuelas de su cocina. Solo Agustín le echó de menos y un mendigo al que le daba un euro todos los días. Descanse en paz Tomás
Comentarios
Buenas letras, buen ritmo, espléndida la naturalidad del discurrir de la vida en una "simple" carnicería.
Está visto que hay que andarse con ojos con las bromas. Y con el corazón, también, jeje.
Un saludo.
Por otra parte, tus personajes de vida sencilla, siempre me dejan la sensación de querer seguir sabiendo más de ellos. Siento predilección lectora por tus protagonistas de a pie : -)