Con la abulia marcada en el belfo sensual, Isidoro Fuentes entró al hervidero de la feria de los martes. Desde cada tenderete, enero echaba sobre los transeúntes un bostezo hirviente, que acentuaba el letargo del mediodía. Pero él llevaba, agarrado a sus talones, un propósito impostergable. Y ese propósito era el remo que lo impulsaba cada martes, por el mar tempestuoso de las trece cuadras entre su cuarto de solterón y el puesto de la negra Simona. La grupa mitológica de la especiera, hendiendo el aire entre el vaho caliente del romero, del pimentón, de la salvia y el tomillo, era el firmamento oscuro en que él leía las coordenadas de su destino.
Desde lejos oyó su voz grave y densa: “¡Mixtos, patrooooona! No se los puede perdeeeeeer...”
Cuando estuvo frente al mesón, advirtió que no podía hablar: un remolino de arena en la garganta se lo impedía. Ella lo miró y esperó sin prisa. Cuando él pudo, musitó “Una bolsita chica de orégano y una papita de jengibre”. Ella envolvió en papel de diario el pedido, sin quitarle la mirada socarrona de encima. “Quince”, dijo y tendió la palma.
-Simona, negrita hermosa, si usté no viene hoy a dormir conmigo, voy a tener que matarme.
-¡Otra vez tronando...! –alzó ella los ojos con un resoplido.
-¿Por qué es tan mala?
-Oiga, blanquito, pa que de una santísima vez se deje de esta jodienda, se lo via’ decir de una: usté no sabe nada de mí, no soy lo que usté piensa. ¡No le convengo!
-¿Y por qué, tesoro?
-¡Porque soy trava*, pué! ¿que no ve?
-¿Qué cosa...? Oiga, mamita, que a mí no me importa su pasado, yo la quiero como es y ya.
-¡Que tengo una matraca más grande que la de usté, patrón! –dijo la negra levantándose la falda de colores vivos.
Isidoro miró el prodigio y silbó su sorpresa. Inmediatamente, estallaron las risas circundantes, que habían estado esperando el desenlace, apenas contenidas.
Mientras regresa a su casa con paso cansino, Isidoro Fuentes va planificando cuidadosamente el encuentro: cambiar las sábanas, ventilar la pieza, echar agua de rosas, jamón y queso de la Colonia, el roncito añejo...
-¡Qué mujer! –piensa, regodeándose por anticipado, mientras la victoria le ciñe los pasos.
*Trava: travestido, en jerga popular
Comentarios
Me gustó mucho el personaje de la negra y más aún el de ese Isidoro al que nadie le podrá jamás estropear una victoria. Y ese lenguaje tan de a pie de calle! Uno anda como deambulando entre zapatillas y pimentones, jeje...
Saludos!