La sonrisa
Medirá cerca de dos metros; va vestido con una falda plisada, unas medias de rayas rojas, un suéter morado. Está sentado en la esquina de Antón Martín, bajo el sol del mediodía. Mantiene la cabeza apoyada sobre una mano, como los alumnos que se aburren en clase. Su peluca rubia, sobre los ojos, me impide verle el rostro; quizá duerma. En la otra mano sostiene una lata, donde uno de cada muchos transeúntes deja caer alguna moneda. Finalmente levanta la cabeza y se yergue sobre la silla; su torso es ancho y definido.
Permanezco unos minutos observándolo: después de echar un ojeada alrededor, él retoma su postura. Su rostro era serio, tal vez indiferente. Por la acera se acerca una pareja con dos perros; al pararse junto al semáforo de la esquina, los animales, que son poco más que unos cachorros, se giran y se acercan a olerle las piernas y el carro que tiene a su lado.
Él se yergue de nuevo, incluso más que antes, y observa a los animales, que sacuden el rabo mientras lo miran. En su rostro aflora, dulcemente, una sonrisa. El semáforo cambia a verde; los perros se alejan jalados por la correa. La alegría brillará en su rostro todavía unos instantes, antes de volver a enterrar el rostro bajo la rubia maraña de su peluca.
Comentarios
Gracias por compartir sus escritos.
Gracias por el nuevo relato y las secuencias.
De Neruda he leído muy poco; algunos años atrás: algo de su poesía; recientemente: una autobiografía (Confieso que he vivido, creo que se titulaba). Quizá se me haya pegado algo, salvando las enormes diferencias con su talento.
Un saludo.
He tratado de implicarme lo mínimo en la escena; simplemente he puesto los ojos.
Un saludo.
Doble saludo