Lo primero que recuerdo es un culo sobre una silla. Lo observaba restregarse y retreparse (me parecía) como un trozo de carne blanda, rosa e hinchada, oh, yo dejaba que aquella masa de carne hiciera de mí un esclavo.
La masa cárnica castiga al hombre como lo que más. Pensemos si no en los padres y las madres, en la carne de ellas y las manos de ellos, cómo se buscan y cómo se encuentran cuando alguna de las partes lo permite, ¡atentos! Si el roce es el adecuado -pensaba yo entonces-, cuando el roce es largo y suficiente ocurren cosas; si el contacto de los dedos con la carne ocurre...(¡casi no podía conducir mi pensamiento, de pura turbación!)...entonces...cualquier papá como el mío transforma a su mujer en recipiente...
El culo sobre la silla hacía de mí un esclavo, repito, y me sentía feliz. No era tanto que quisiera yo un culo como aquel para mí mismo, es decir, en lugar de mi culo, no tanto eso como que ansié aferrarlo siempre, cómo diría, apretarlo: exactamente penetrarlo, desfondarlo en su belleza, muchos machos podréis entender lo que digo, no tanto las mujeres, creo.
Clara Livia era el nombre de su dueña, la diosa del culo hinchado y más que hinchado suave como el beso de un besito. Sentí amor, estaba enamorado ya en aquellos días pero no me daba cuenta porque me faltaba un nombre para lo que sentía.
"
¿Te gusta estar con Clara?", preguntaban, pero jamás fue Clara Livia lo importante. Para mí la niña siempre existió al margen de su culo.
"
¡No!", me defendía yo, fíjate, y luego la insultaba como cualquier cosa: "
¡Es una cerda, una puerca, una guarra!", intentaba encontrar la palabra: "
¡Una puta!", sentenciaba, triunfal.
Al parecer, eso era todo lo importante. Si yo decía "
puta" en lugar de limitarme a pensarlo, la gente se horrorizaba más allá de todo término. Por mi parte, no me importaba nada que me dieran de azotes, me tirasen del pelo, me enviaran a casa. Yo pensaba en el culo sin preocuparme de si su propietaria era una puta de verdad o sólo porque yo así lo creía o no lo creía, ni si era posible convertirla en una puta con solo mencionarlo.
El culo-dios me tenía agarrado por los huevos.
Y tanto.
Una tarde, de vuelta del colegio, coincidimos yo y esa niña en el camino. Me empeñé en acompañarla hasta su casa (resultó que vivía bastante más lejos de lo que había imaginado, casi en las afueras). Sonrió y desde el principio trató de enredarme en no sé qué jueguecitos: se colocaba junto a mí, pegada a mi hombro como una tórtola recién parida y empezaba a cloquear, a gorjear, a erotizarlo todo con su ronroneo demasiado inmaduro, demasiado blando, poco hecho.
Comencé a molestarme.
Había pensado pedirle que me enseñara su culo, así, sin más rodeos. No estaba muy convencido de que fuese a acceder de primeras, pero me pareció que tenía que intentarlo.
Eso al principio.
En cuanto empezó con sus pucheritos y todas aquellas lindezas de adolescente fatal me sentí desplazado e incómodo, atravesado en mi centro por una sensación apabullante de insatisfacción y absurdo. Yo quería sólo ver su culo y no estaba dispuesto a pagar el precio que parecía empeñada en exigirme: que me recreara en su juego (¡pero cómo, Señor, si para mí era sólo la vecina incómoda de su propio trasero!), que atendiera a su ruego soterrado, que me complaciese en sus gorgoritos de lolita barata...
"
Enséñame tu culo", solté al fin.
Clara Livia me miró sorprendida. Se detuvo y clavó sus ojos en mis ojos con un resto de asco en la comisura de los labios.
"
¿Cómo dices?", preguntó.
"
Quisiera ver tu culo", repetí, esta vez algo más firme. Estaba completamente ido, como un pollo borracho.
"
Eres un grosero", la oí decir, "
¡Discúlpate inmediatamente!"
Entonces mi mano -no yo, sino mi mano- se lanzó hacia el bulto blando bajo la falda de ella. Y apretó. No sólo se lanzó, sino que pellizcó y retorció hasta hacerla gritar y revolverse.
"
¡Estás loco! ¡Ay, Dios, qué loco!", chilló Clara en mi cara. Pero no se movió. Ni un metro más, te digo. Se quedó allí mirándome, ahora con otro gesto en el que la sorpresa daba paso al espanto y al instante al desamparo absoluto, la indefinición, la duda...y así hasta la pura, dura y sencilla curiosidad perversa:
"
Vuelve a hacer eso", pidió.
Y en ese instante no fue mi mano, sino yo, quien se posó a conciencia sobre aquel culo blando, lleno, esta vez él mi esclavo y no a la inversa.
"
Te amo", musité (al fin había encontrado las palabras), y hablaba con su culo, no con ella.
Clara Livia sonreía, sin entender.
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Comentarios
Me hubiera gustado saber qué opinaba el propio culo: si dijo algo, si suspiró, si conseguiste que se independizase para irse contigo...
Es cierto, hay culos que parecen tener vida propia.
Arañazos amistosos!
Un saludo, Dr.
He disfrutado mucho con este culo. Un placer.