RODRIGO
Ya se había acostumbrado a los gritos del gentío al verle trabajar y, aunque no le gustaba su profesión la ejercía con suma pericia. Su padre le enseñó desde que era niño y a éste también se lo había enseñado su padre. No le gustaba su oficio, pero durante generaciones los primogénitos de su familia se habían dedicado a lo mismo que él y nunca se le ocurrió que tuviera posibilidades de cambiar su sino dedicándose a otra cosa.
Era posible que nadie quisiera estar en su lugar, ni siquiera él mismo, pero aquello que hacía le permitía que su mujer y sus hijos vivieran sin pasar necesidades. Tampoco tenían para grandes lujos, pero nunca les faltó un plato caliente que llevarse a la boca ni un techo donde cobijarse en las noches de invierno.
A muchos podría parecerles odioso su trabajo, pero él se sentía orgulloso de conseguir hacerlo más llevadero para sus víctimas demostrando una habilidad especial que le proporcionaba muchas veces la felicitación de aquellos que con él se encontraban.
Rodrigo era un buen cristiano, iba a misa todos los domingos, se confesaba con regularidad y sus pecados eran perdonados. Se arrepentía, sí, todos los días, pero tenía que volver a provocar el sufrimiento y la muerte de sus semejantes porque a eso se dedicaba. No era él quien lo ordenaba, sólo lo llevaba a cabo bajo las órdenes de otros que, muchas veces, se lavaban las manos. Nunca pensó en culpabilidades ni inocencias, ese no era su cometido y su voz tampoco hubiera sido escuchada en las ocasiones en que pensaba que no era justo lo que hacía.
El traje negro, la capucha y las botas le daban mucho calor en verano, pero no podía prescindir de ellas, eran su uniforme. Gracias a aquellas prendas podía evitar que le reconocieran.Y era mejor así, quería ser anónimo. Además le permitían abstraerse, huir del odio que le rodeaba y de la sed de sangre del pueblo que gritaba y abucheaba. No pensar, dejar la mente en blanco hasta el momento en que debía actuar y concentrarse en su tarea. No era fácil, a veces su día a día les pasaba factura. Su padre, que le enseñó todas las habilidades que ahora poseía se dio a la bebida y murió alcoholizado. Su abuelo se suicidó después de dedicarle a la profesión media vida. Pero él había encontrado la forma de superarlo. Ponía un muro ante él y aquello que hacían sus manos. Además él sólo hacía lo que le ordenaban y por lo cual le pagaban. No sería justo sentirse responsable de ello.
Mientras se guarecía tras aquella capucha pensaba en su familia. En Liberta, su esposa, que le esperaba con un sabroso guiso en la mesa de aquella cocina que siempre olía a leña, con la chimenea encendida y los niños sentados alrededor. En Basilio, el mayor, su único hijo varón al que también él enseñaba el oficio. Este chico prometía, gracias a él nunca faltaba leña recién cortada en la casa. Sus hijas, Blanca, Petronila y Liberta, que seguramente casarían también con alguien que compartiera la misma ocupación que él, tan bellas las tres, tan hacendosas y parecidas a su madre. ¿Qué sería de ellos si a él un día le fallaran las fuerzas, si perdiera las agallas, si se dejara vencer por el sentimiento de culpa?.
Ya se acercaba el infortunado, la gente le insultaba y escupía mientras lloraba y suplicaba, el sacerdote caminaba a su lado y rezaba intentando que se arrepintiera de sus pecados. Le obligaron a rastras a subir la pequeña escalera, lo arrodillaron y taparon sus ojos con un paño oscuro. Su víctima estaba preparada, respiró hondo, se concentró y bajó el hacha con todas sus fuerzas cercenando la cabeza del reo de un sólo golpe certero.
Comentarios
Me ha gustado este relato. Está bien el artificio literario de revelarnos la identidad de Rodrigo paulatinamente. Das las pistas poco a poco y cada vez con mayor claridad. Aunque desde el principio supe que era un verdugo medieval ( o del Renacimiento, tal vez). Tu texto me ha recordado a la explicación que una excelente guía de la Vila de Cardona nos diera en febrero acerca del botxí ( Catalán, verdugo). Era la primera vez que escuchaba ese término y descubrí que su etimología era muy curiosa: proviene del término francés boucher, carnicero. Y tiene su lógica que conociera la anatomía animal para poder torturar, descoyuntar y realizar otras de sus sombrías actividades.
A pesar de tratarse de un relato breve, has logrado dar identidad a tu Rodrigo.
Saludos.
Mi idea era plasmar un poco cómo se sentían estos personajes obligados por tradición a ejercer esta profesión y que muchas veces no eran sádicos a los que gustaba infringir daño o dar muerte a sus víctimas. No sé si lo he conseguido pero lo he intentado.
Lo que me parece interesante de su relato es que llama a los reos 'víctimas' del verdugo; lo que me lleva a preguntarle si esa es su voz como autora infiltrándose para marcar su postura, o si realmente es que los ejecutadores consideran a los reos 'víctimas.'
Pero volviendo al relato, me parece que se comió alguna palabra en el primer párrafo, o no sé si no entendí bien:
Es curioso también que el personaje no guste de su oficio, más está entrenando a su hijo para que haga lo mismo.
¡Gracias por compartir!
Muy bueno, felicitaciones.:)
Yo no lo veo tan extraño. Cuando una profesión pasa de padres a hijos, simplemente lo aceptan como algo hecho. Además, estamos hablando de una época en la que la gente con pocos recursos no tenía mucha elección para ganarse la vida. Lo más fácil era seguir con la misma profesión que sus progenitores.