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Redención

AloneAlone Anónimo s.XI
editado julio 2014 en Narrativa
El golpeteo suave y continuo de la lluvia sobre los cristales de la ventana, resuena como una tenue letanía que envuelve la celda del padre Honorio, hombre de simplicidad admirable dedicado por entero a la iglesia entregándose a la voluntad exclusiva de Jesús, y en la paz de SU contemplación solloza suavemente esa noche sentado al borde de su cama en el presidio en el que se encuentra desde hace algún tiempo recluido a perpetuidad, condenado por las pruebas halladas en su contra en el lugar del asesinato perpetrado contra una médica del pueblo.
Súbitamente esa aparente armonía desaparece capturada por la primitiva sustancia de la inquietud, oculta en el interior del sacerdote desde hace días, angustia que lo oprime, lo sofoca.

¿Es la suprema gracia, aquella de la Huerta de los Olivos, tan próxima de la condena? ¿Quizás Dios lo deja preso de los terrores de la duda y por ello se sobresalta? Se recuesta y cierra los ojos. Su rostro adquiere ese tinte níveo que es potestad de los muertos, aunque él sabe que está vivo y esa vida que se prolonga por dentro de su cuerpo demacrado es el signo expuesto de su decisión en no acusar a la persona qué él sabe es el asesino de la médica, ése que le llevó a tan infausto y sombrío lugar, donde deberá concluir su vida, únicamente aferrado al tesoro de su alma inmortal.

A partir de una sotana ensangrentada que apareció oculta entre los matorrales cercanos al lugar del hecho, el sacerdote fue acusado de asesinato de la obstetra del hospital, Rebeca Gorki.

Fue inútil su defensa, acerca que la misma le fue robada de la cuerda de la ropa lavada. Solitario, sin testigos, no pudo probar donde estaba en el momento del homicidio de la doctora. El padre era inocente, pero sin pruebas a su favor, la condena fue un simple trámite al final del juicio; la sentencia fue drástica precisamente por su condición de pastor de la iglesia.

El cura deja de lado los tristes días del juicio y se recuesta sobre el lecho de su celda, sumido en una especie de abstracción; entre sus manos aprieta con fuerza un rosario de cuentas de vidrio, y la cadenita con una medalla de oro con la cabeza de un dragón grabada en una de sus caras, que recogió debajo de la mesita de luz en la habitación del crimen la noche que le llevaron para que reconozca el hábito ensangrentado, placa que sabe quien la usaba y a quien pertenecía; era el talismán de la suerte, según lo llamaba el hijo de su hermana menor. Seguramente durante la lucha entra la doctora Gorki y el agresor, la cadena se fragmentó y la medalla cayó debajo del pequeño mueble de noche donde quedó extrañamente oculta a la vista de los policías que llegaron al lugar.


El joven sobrino del cura Honorio, era la luz de los ojos de su hermana Rosario. Hijo único, había nacido con alguna deficiencia mental, y de tanto en tanto tenía raptos de perturbación y extraños delirios, aunque nunca se advirtieron signos de violencia física o verbal; sólo decía ver seres fantásticos que le perseguían. Por entonces no se logró un tratamiento que pudiese ayudarlo a salir de ese mundo febril y desvariado, y el pobre joven comenzó a transitar desde muy niño un sendero oscuro envuelto en constantes sombras de inestabilidad. Y ahora si el padre Honorio hablara del hallazgo en la habitación de la médica asesinada, rápidamente se daría con el verdadero criminal, y la cárcel en esta caso castigaría sin clemencia a su sobrino, o en el mejor de los casos sería enviado a un lugar para enfermos mentales, lejos de su madre que ya por entonces había sufrido varias afecciones de origen cardíaco, natural fruto madurado partir del abandono por parte de su marido en el momento en que se hallaba embarazada.
La pobre Rosario se vio impelida por las necesidades más vitales, a trabajar de cualquier cosa, generalmente como sirvienta en casas de familia, juntando moneda a moneda el dinero que necesitaba para dar de comer a su hijo y alimentarse ella misma, sin contar los gastos de tratamiento del chico. Si su sobrino era condenado, sin dudas que la muerte llegaría rauda y febril en busca de su hermana, algo que Honorio no estaba dispuesto a que ocurriese, aunque dicha actitud no fuese más que el silencio cómplice de ansiedades desconocidas que lo llevase a terminar su vida en la cárcel, infamado ante su comunidad de fieles, condenado por la ley y por su pueblo, y llevado ante el tribunal de su propia conciencia que le reclamaba por su integridad herida.

Con ambos objetos en la mano reclina la cabeza y susurra: Pobre hijo desorientado, pobre sangre de mi sangre, has matado y no sé porqué; has hecho lo que sólo a Dios le es permitido, has quitado una vida; ese crimen horrible te condena al tormento eterno, y vayas donde vayas nunca podrás calmar tu conciencia, nunca serás libre ante los ojos del Señor... tú me has condenado a estas rejas de injusticia y soledad perpetua.. y yo te perdono, así como Cristo vino por nosotros y dio su vida por el perdón de los pecados de toda la humanidad ….” Luego dirigiendo la vista hacia un punto que él solo veía, como si hablara con aquel que echó la desgracia sobre sus espaldas, musitó en voz baja: Ego te absolvo a peccatis tuis. In Nome Páter….”De pronto la celda comenzó a girar como un carrusel enloquecido, alcanzó a gritar algo y luego sobrevino la oscuridad repentina que se disipó en una cama del hospital de la aldea, cuando los ojos celestes de la joven enfermera le miraron con ternura y su voz interrogó dulcemente: “¿Cómo se encuentra, padre Honorio?”.

Luego de ser trasladado nuevamente a su celda, unas horas después Honorio se incorpora lentamente y arrastrando los pies llega hasta la ventana y la abre. La lluvia había cesado y las estrellas fulguraban adheridas a un cielo muy oscuro. Respiró profundamente una y otra vez. El aire frío de la noche penetró al lugar de su encierro y le hizo temblar por un instante. Cerró la ventana y con lentitud, dirigió la vista a la pared, a la altura de la cabecera de su lecho, donde se elevaba una pequeña efigie hecha en madera del Cristo crucificado. Abre los ojos desmesuradamente y mira sin ver a ninguna parte. Su cuerpo destila sudor. El viejo cansancio de sus huesos impone su rigor y lo agobia por dentro y por fuera. Da unos pasos y se detiene; cae de rodillas y allí por unos instantes, queda pétreo, siguiendo con la vista una parte de su propia sombra que se extiende por el piso, se prolonga y avanza como un negro reptil adherido a la pared.

Oró unos minutos y nuevamente entornó los ojos, quedando sumido en lo más profundo de sus pensamientos. Cuando regresó a la conciencia del lugar, fijó la vista en el símbolo colgado por siglos a la cruz de la salvación, y quedó absorto viéndose él mismo dentro de su propio cuerpo. Mantuvo la cabeza en dirección a la figura divina, y de pronto, pese a las débiles fuerzas que le sostenían, se inflamó y comenzó con un terrible soliloquio en voz baja.

Tú que eres el hijo del Padre, y eres mi Señor, haz algo, no te quedes allí; baja de ese madero y háblame; ¿Donde está Dios?, TU padre que parece mirar hacia otros lugares, pero Tú, dime que estos pecados, los míos y los ajenos no serán cargados en mi cuenta, no dejes que mi alma deje su morada sin tu piedad. ¿Qué quieres de mí? Tú, que tienes la facultad de hacer que cambien las cosas que no cambiarían por su propia naturaleza, indícame que debo hacer. ¿Es tu ley, es la de los hombres comunes, o es la ley de los hombres de la iglesia, la que debo acatar? Tú has llenado de dilemas al mundo y si es Tú voluntad que así sea, hágase, y si en un momento me has escogido para que por mi boca oyeran otros hombres las palabras de TU verdad, y en ella creyeran, ¿es posible que Tú me hagas pagar la soledad deseada por la soledad temida, la del cuerpo por la de alma?, pero nada dices, no te escucho dentro de mi corazón, quizás soy un necio por creer en nombre de quién, de qué cosas, de qué penas, trabajos, mortificaciones y oraciones merecerían la recompensa de la intimidad divina; soy tal vez un pobre hombre que quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, y Tú que me diste y diste a millones la ofrenda de la libertad, no puedes ni siquiera darle paz a mi conciencia, y al ponerme diques a mis dudas, introduces en mi alma nuevos elementos de dolor. Donde, donde estás……. Señor……..

Se irguió exhausto, angustiado, y una vez más arrastró sus huesos hacia su cama. La noche iniciaba su etapa final dispuesta a confrontar con el alba. El silencio que reinaba en aquella parte de las tierras del fin del mundo, fue quebrado por los débiles quejidos del cura, que con lentitud se quitó el cuello sacerdotal, lo besó y dejó a un costado, y leyó algo escrito en uno de sus muchos libros que le permitían tener en su celda: “El Dios del universo es más temible de lo que los hombres imaginan; Su voz no susurra en los torrentes de agua ni entre las hojas de los árboles. Esa voz no se parece a ninguna otra, y cuando los hombres la oyen y la reconocen, caen de rodillas y surge la furia en su corazón, ya que entienden que los impíos que no la escuchan están a salvo en su cómodo exilio, pero a los que Él ha hablado, saben que sólo deben esperar una vida llena de inquietudes”.

El padre Honorio cerró el libro, se recostó en su lecho, cerró los ojos y sin otra queja se entregó al sueño, más no pudo dormir; ni se podría decir en que pensaba.
Tal vez su imaginación desatada lo poseyó y le guió por los senderos de las sombras finales que se acercaban, y vio más allá de los límites usuales de la irrealidad pero con la aguda visión de la mente, las alas gigantes del ángel de la muerte, y sin hacer esfuerzo alguno por burlar el mecanismo prodigioso del Creador del mundo, se entregó a la voluntad de las cosas que no pueden ser cambiadas nunca desde el principio de los tiempos.

© Enero 2007

Comentarios

  • FrancescaFrancesca Fernando de Rojas s.XV
    editado julio 2014
    Me ha parecido un buen texto. Transmites con acierto la angustia y la impotencia de un hombre que se sabe inocente. También, me parece que sabes expresar su agonía espiritual. El final me parece muy bueno.


    Solamente decirte - y es algo muy personal- que me costó engancharse a la lectura porque las oraciones son - siempre para mi gusto- demasiado largas. No sé si esta opinión mía pueda molestarte ( no es ésa mi intención, te lo aseguro). Me atrevo a decírtelo porque es lo único que ha contribuido a que mi valoración sea de notable y no superior.
  • AloneAlone Anónimo s.XI
    editado julio 2014
    Bueno, nuevamente muchas gracias Francesca. Y tienes razón. Mis textos suelen ser kilométricos y son tantas las veces que me critican por ello. Pero no hay caso. carezco del sentido " del minimalismo" . Me cuesta horrores simplificar un texto con palabras simples y frases cortas. Tengo muchos relatos que han gustado, pero aquí no se me permite pasar más que 10.000 caracteres, y salvo los dos publicados a la fecha, el resto supera ( algunos con suma holgura) la extensión permitida por el sistema, y creo que por el gusto de los lectores en general. Ciertamente me agradaría publicar varios más pero el " arte" de seccionar, seleccionar. copiar, y pegar, se me ha vuelto irrealizable por el problema comentado en el post sobre el " tanguero petiso" ( Vo' Bailá ).
    Gracias nuevamente, eres muy amable.
  • FrancescaFrancesca Fernando de Rojas s.XV
    editado julio 2014
    Por el mérito que tienen, te agradezco tus amables respuestas a mis comentarios y a mi texto.


    Creo que no tendrías que cambiar mucho del tuyo. Tal vez se solucionaría substituyendo algunas comas por puntos y seguidos. Gramaticalmente es correctísimo, salvo por esos períodos tan largos.


    En cuanto al estilo, te felicito par la capacidad que tienes de diversificarse. ¡Es que tu "voz" narrativa no tiene nada que ver en esta historia con la de mi querido Floro!


    ¿No has pensado en buscarte un amanuense ( o un "ateclense") que te ayude a pasar a la pantalla tus escritos? Es que me parece una pena que no puedas escribir más.
    Me alegro de verte por el foro y que , en lugar de "alone", digamos "toguether".


    Cao!
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