Édgar era un chico de dieciocho años recién cumplidos. Su vida era completamente feliz, pero él era el único que no se daba cuenta de tal hecho, ya que estaba obsesionado con esa preocupación que llevaba rondando su cabeza desde que tenía memoria. Parecía un chico normal a primera vista, pero cuando alguien comenzaba a conocerlo siempre dejaba ver el gran defecto que le supone esta obsesiva e imprudente preocupación, y esto hacía que todos los amigos que tenía acabaran incluso alejándose de él asustados. Sin embargo, el hecho de que sus amigos se alejaran de él tarde o temprano sólo alimentaba más su obsesión.
A pesar de ello y de que la gente que lo conocía no terminara de creerlo, Édgar ahora tenía novia, con la que era muy feliz. No obstante, él pensaba que sería más feliz si ponía a prueba en ella aquello que tanto atormentaba su mente.
Así pues, el día que os voy a narrar es aquél en el que Édgar puso a prueba la fidelidad incondicional —pues esto era lo que pedía en cada persona que conocía, y lo que tanto le preocupaba— de su novia Alexia.
Lo tenía ya todo dispuesto desde el día anterior, así que Édgar despertó con especial ilusión. Debido a que tuvo que llevar a cabo los preparativos durante la noche, se levantó de la cama tan tarde que ya había pasado la hora de comer, y casi era hora de reunirse con su amada, por lo que decidió olvidarse de comer algo —su plan tenía más prioridad que alimentarse— e ir directo a la ducha.
Una vez terminada la ducha y completamente vestido, se dirigió al espejo, donde sus grandes ojos verdes se centraron en su alborotado y mojado pelo castaño. Apenas hizo pasar su mano por la cabeza para conseguir que, domado, el pelo cayera sobre su frente, tapándole incluso las cejas. Hecho esto, se miró a los ojos y sonrió, recordando la perfecta prueba de fidelidad que había organizado para su novia. Estaba tan impaciente que ni siquiera esperó a que se le secara el pelo para salir a la calle.
Pasaron veinte minutos en moto hasta que Édgar llegase al lugar donde había acordado su cita con Alexia: una casa abandonada, en las afueras de la ciudad. Era el lugar perfecto, ya que nadie debía descubrir la ubicación de dicha cita, salvo ellos. Con el motor ya apagado y el casco en la mano, había dejado la moto aparcada junto a la puerta de entrada, que lentamente abrió, mirando con cautela el interior de la estancia, hasta donde su vista y las maltrechas paredes se lo permitían, y preparado para utilizar el casco como arma si fuese necesario. Parecía que dentro no había nadie que no debiera estar ahí, así que confiado al fin, se decidió a entrar, con el casco aún en la mano, y a esperar en el sucio y ruinoso salón que se hallaba justo a su derecha conforme había entrado hasta que su novia, quizá más preciada a partir de ese momento, llegara.
Apenas tuvo que esperar cinco minutos sentado en una deteriorada silla de madera que crujía constantemente como si fuera a ceder en cualquier momento, hasta que escuchó el coche de su novia cada vez más cerca —reconocía ya el ruido del motor con facilidad—. Acto seguido escuchó el ruido del motor desvanecerse y ser sustituido por el de una puerta que se abrió en primer lugar para cerrarse después.
Desde la ventana Édgar vio cómo Alexia estaba ya acercándose a la puerta, e impaciente fue a recibirla.
— ¡Alexia! ¡Por fin has llegado! Pasa para que te pueda enseñar lo que he preparado para ti —una sonrisa temblorosa por la emoción se dibujó en su cara.
— Hola, Édgar —un suspiro salió de su boca—. Espero que lo que me tengas preparado sea alucinante, porque sabes que estos sitios me dan miedo. Esta casa parece que se va a caer en cualquier momento, y preferiría que no fuese justo cuando estemos dentro.
— Dependerá de ti cuánto tardemos, y me gustaría también que fuese rápido, sería una buena señal —se sonrió—. Sí, cuanto más rápido, mejor. En fin, sígueme.
Édgar caminó por el largo pasillo central —la casa era enorme—, y conforme se iban acercando al final del pasillo, sólo Alexia se sorprendió al escuchar lo que parecían gemidos de angustia.
— ¿Oyes eso?
Édgar no contestó, ni siquiera aminoró su marcha. Alexia empezó a sentir escalofríos y se agarró del brazo de su ahora silencioso novio, confiando en que todo saldría bien mientras estuviese a su lado, lo cual hizo que a él le recorriera una gran alegría por todo el cuerpo.
Tras cruzar el largo pasillo sembrado de puertas a ambos lados, Édgar entró en la última que se abría a la izquierda, y Alexia entró junto a él. El espanto invadió su cara al ver que Alejandro —su ex-novio— estaba atado a una silla, con cinta adhesiva en la boca, intentando con todas sus fuerzas gritar y escapar. Pero nadie había podido escucharle allí, y la propia silla estaba atada a una de las rejas que había en una ventana, tras él, y a varios muebles roídos, aunque pesados.
— ¡Dios mío! ¡Tenemos que ayudarlo! —Alexia corrió junto a Alejandro, intentando liberarlo, quedando Édgar a un par de metros de distancia. Estaba ella intentando quitarle la cinta adhesiva de la boca cuando él sacó una pistola de la parte trasera de su pantalón y apuntó directamente a su novia.
— Estate quieta y escúchame —la mirada de Alexia, hasta entonces centrada en su ex-novio, se desvió hacia Édgar, hecho que inyectó el miedo en su cuerpo, reflejado especialmente en sus ojos. Levantó las manos intuitivamente y esperó a que él siguiera hablando—. Te he traído aquí para poner a prueba tu fidelidad hacia mí, ya que nadie parece tenerla. Pero no debes tener miedo, si de verdad me amas y me eres fiel todo saldrá bien.
— Mira... Édgar, no sé qué estás pensando, pero te aseguro que te amo y te soy fiel. Tranquilízate y dame esa pistola, por favor —mantuvo la calma como pudo—.
— Estoy pensando en que si de verdad de amas y me eres fiel, harías cualquier cosa por mí. Así que he pensado que ya que Alejandro no es tu novio, no necesita volver a admirar tu belleza nunca más —sacó un cuchillo del bolsillo y lo deslizó por el suelo hasta los pies de Alexia—. Sácale los ojos. Hazlo por mí.
Los gemidos de Alejandro invadieron la habitación con mucha más fuerza que antes. Alexia estaba temblando, pensando en las alternativas que tenía, pero con una pistola apuntando a su cabeza no es fácil pensar en otras soluciones, por lo que se agachó despacio y cogió el cuchillo, todo ello de una forma en la que Édgar pudiera estar tranquilo y no sospechar la huida, o un ataque repentino. Seguidamente, se impulsó de valor y decidió sacarle los ojos a Alejandro. Éste se estremecía, intentando gritar, y dejando que su orina fluyera por dentro de los pantalones. Édgar, por su parte, ahora al otro lado de Alejandro, parecía estar sonriendo, viendo cómo su novia iba acercando el cuchillo al ojo derecho de su ex-novio, mientras le sujetaba él la cabeza con una mano puesta en su frente, para hacer la tarea más sencilla, y con la otra apuntaba a su novia.
El tiempo parecía haberse parado, nadie se movía salvo Alejandro, que apenas podía mover los dedos y las rodillas. El filo del cuchillo estaba ya a un centímetro del ojo, cuando Alexia volvió a intentar entrar a su novio en razón.
— Esa pistola es innecesaria si lo que quieres probar es que te soy fiel y haría todo por ti, ¿no crees? Vamos, guárdala. Ya me ocupo yo de sacarle los ojos a este cabrón, no te preocupes.
— No te estoy apuntando con la pistola para que hagas lo que quiero —sonrió—. Te apunto porque existe una posibilidad de que me ataques con el cuchillo que te he dado, y porque necesitaba que me escucharas antes de que llegaras a liberarlo.
— Pero... ¿no te das cuenta de que la policía te cogerá tarde o temprano?
— No me cogerá. Él se quedará aquí, y para cuando lo encuentren probablemente estará muerto, y puesto que tú serías completamente fiel a mí, ni lo liberarías, ni le dirías nada a la policía sobre estos hechos.
Alexia no pudo guardar más la calma.
— ¡Hijo de puta, estás loco! —le clavó rápidamente el cuchillo en un hombro e intentó salir por la puerta, pero un disparo en la cabeza se lo impidió antes de que siquiera se diera la vuelta.
El cadáver cayó sobre Alejandro, quien tenía ahora la cara manchada con la sangre de su antigua pareja. Observó su agujereado cráneo manchándole de sangre y lloró, gimiendo con más fuerza de la que podía imaginar.
— En fin... —Édgar tenía cara de decepción, salpicada también por la sangre. No obstante, pareció darse cuenta de algo e inmediatamente sonrió— Bueno, al menos ahora tenemos una ex-novia en común, así que... —dirigió su mirada hacia Alejandro, excitado— supongo que podríamos ser amigos, ¿no te parece, Alejandro?
Comentarios
En primer lugar, el relato esta redactado de una manera muy descuidada y floja, con repeticiones innecesarias (véanse los primeros párrafos) y un vocabulario exiguo, mucho me temo que no por elección.
Por otra parte -y esta es la más importante-, es un cuento que busca la mera estupefacción del lector, o qué se yo qué buscará, porque parece la ocurrencia macabra de un niño, que dice: "Vaya, ¿sabes qué sería bien truculento? Que le sacaran los ojos a alguien. También figura en algún lado de esa pintura una pistola, y probablemente tirro y una silla... Bien podría yo justificar con unos cuantos párrafos esa situación, y luego no llegar a ninguna resolución, porque, hombre, ya les di cuchillos, ojos y pistolas. ¿Qué más podrían querer?"
Lo siento, y espero no te moleste mi honestidad, pero más valdría que intentases escribir algo con una intención más sincera, algo con un fondo, que no sea mero entretenimiento acéfalo, que para eso ya tenemos mil escapes.
Saludos.
Sabía ya que esto está lejos de ser lo mejor que he escrito o habré escrito, así que si defendiese a muerte este relato contra lo que me has dicho, no estaría siendo sincero conmigo mismo.
Espero que mi porvenir en los relatos te vaya agradando más.
Gracias por tomarte la molestia de pasar por aquí.