Todos los días comienzan con olor a alegrías, y estas se gastan, se gastan y, las poquitas que quedan, prefiero guardármelas para mañana.
Hasta mi amiga María dice que es tontería, pero yo me veo en el día en que me creo que todo esto tendrá que tener efecto. Y, pues, a lo mejor si me guardo todos estos migajicos de mis risas y mis placeres... ¡Ya no mis vicios! Esos se quedan firmes a ayudar a reservar los trocitos de paseos, charlas, abrazos, besos... Encuentros y desencuentros! Vamos, lo que viene y se reviene del fluir, yo, me los guardo.
Gasto un poquito en la mañana, para sobrevivir lo justito sin morir. Y después me voy dejando ganar... Y hasta que me apoltrono en mi incomodidad que no oigo atolondrarse a mis estímulos... Y ya está ahí... mi bolsa de esperanzas hinchándose y rebosándose, aunque cuando me fijo bien, me doy cuenta que se encogen al ratito de salir del calorcito de mi aliento. ¡Pero ya están ahí! Y lo que cuenta es el peso.
Y sí que se lo puedo jurar, que cada dia este saco de suspensión, es más y más pesado...
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