Dellacroix, por segunda vez, tenía los labios secos como el papel. Prefería que lo llamaran así, porque ya habían pasado por Crucifijo, Crux con Triple X y otros heterónimos que no hacían más que aumentarle la popularidad por su reconocido apellido. Así que, en su ley, Dellacroix era. El de los labios secos. Por el momento, entraba en su oficina en el segundo piso del tercer edificio blanco, el de la Facultad de Ciencias Sociales. Recorrió, pensativo, la sala semi ovalada recubierta de estantes, y éstos también repletos y rebosantes en el monocromático terciopelo de los libros, afiches estadísticos sobre la frecuencia de la presencia del azul en los ojos de los pueblos del Caribe, réplicas pequeñas de esqueletos con particularidades óseas. Pasó un dedo por cada uno de los objetos, en silencio, y se sentó frente a su escritorio. Ring, ring, una vez. Husmeó en los cajones a ver si encontraba su crema de cacao especial, pero volvió a fallar rotundamente. Rendido, Dellacroix se apoyó contra el respaldo del asiento y miró el maletín que lo acompañaba. Lo abrió, sacó de él una pila de exámenes y comenzó a corregirlos como corrige un maniquí.
El sol ya se había puesto al otro lado de la oficina cuando Dellacroix contó todos los nuevos nombres que pudo recordar que lo habían llamado últimamente. Sólo Crucifijo le resonaba más en un patrón que otros nombres. Ring, ring, dos veces. Fue entonces cuando, habiendo puesto la mano sobre el último examen calificado, el papel formó la silueta cuasi-cúbica de un algo debajo de él.
Dellacroix, sorprendido, (“Y esto, ¿de dónde? ¡Oh, que dejo todo donde no debe!”) se fijó en ese algo y se dio cuenta de que se trataba de ¡un libro! Muy cuadrado para su gusto, pero encuadernado y con páginas sucedientes, al fin. Encuadernado y con páginas, al fin. Lo amontonó frente a otra galería de colecciones, abrió una de las ventanas laterales de la oficina y llegó a maravillarse por el azul pardo del cielo del atardecer. ¡Ring, ring, Dellacroix!
- Apreciadísimo profesor, ¡qué bueno que aparece!
Se pasó la lengua por los labios nuevamente:
- ¿Ah? ¿Quién me habla?
- ¿Cómo que quién le habla? Su profesor, Profesor. Anda, vamos por esa jarrita que nos debemos.
El otro colgó su lado de la línea, por lo que Dellacroix se quedó observando el aparato medio confundido. Le relampagueó por la cabeza el nombre de Félix, así que pudo salir en paz por la puerta de su despacho. ¡Qué contento estaba cuando cruzó el umbral! Félix lo recibió como indicaba su nombre y, casi tomados de la mano por la sonrisa de Academia que compartían, cruzaron la plaza universitaria al dirigirse al bar de media-mala-muerte, al lado del de mala-muerte-total que frecuentaban los estudiantes. Pidieron un par de rubias (rubias las cervezas, claro), se rodearon de candelabros tenues y se comentaron los últimos chismes universitarios de la quincena:
- El rector y la Luciana, esos sí que dejaron una nueva sala de juntas - comentaba Félix tras un sorbo de su vaso.
- ¿Así de estremecedor?
- ¡Así! Sabrás, amigo mío, que las cosas en el departamento están daditas vuelta.
- ¿Daditas vueltitas? Como todo el 2012.
- Sí, así es. Como en repetición.
- ¿Como en repetición?- Y ambos reían, como lo hacen los buenos amigos. – Y Rosetta, ¿no ha vuelto aún?
- No, le quedarán semanas, seguro – Y Dellacroix rió cuando Félix le contagió la risa.
“¡Qué tarde tan tarde!”, exclamó el profesor para sí. Pero ya había anochecido, y sólo los entes de Maestría sufrían a tales horas y él, el profesor, tenía la piel hecha papel en los labios. Félix abrazó a su colega; Dellacroix se sacudió los hombros del saco, ya cayendo bajo los efectos del somnífero. Se pasó la lengua por el inferior y el superior, buscó a tientas el lápiz labial de crema de cacao y frunció el ceño al fallar. Sin embargo, continuó caminando debajo de las ramas entrecruzadas de los árboles, con los ojos entrecerrados y masajeándose el bigote al gesticular. “Croix, señor Croix”, creyó que alguien lo llamaba por ahí en los delirios de la plaza universitaria. Resopló, desparramando su bigote. “Una tarde muy tarde”, se le ocurrió pensar.
No quiso hacer más que deleitarse un rato en la vista de la plaza universitaria: hojitas marrones y amarillentas, y, por qué no, medio azules sobre los árboles; palomas desplumadas que se persiguían hacia el coito; las ramas y las palomas que se regocijaban en ser un mismo monstruito juguetón. El profesor se sacudió los restos de pelusa de los hombros del saco, se acomodó muy masculinamente y prosiguió silbando hasta cruzar la plazoleta hacia los edificios blancos de al frente. Lo hizo muy triunfantemente.
Bostezó frente a la puerta de su oficina. Sutiles sombreados pintarrajeados se expusieron sobre los maniquíes; algunos otros continuaron sonriéndole al profesor, torneadas las sonrisas, de madera. Torneado, de madera, el escritorio, y sus puntas como frágiles contra el oscurecimiento de los libros detrás de él. Fascinado, Croix se acercó más a la repisa y se apoyó en ella. Palpó las esquinas azuladas del algo que no se había dignado en guardar. No obstante, tal fue el golpe de las aleteadas en sus oídos, que cayó dormido sobre él. Un foco de luz ámbar lo iluminaba de lleno cuando levantó la cabeza de nuevo. Le pareció oír otra vez el aleteo de las criaturas, pero se convenció de que la vida nocturna era así de traviesa que lo había hecho decaer a ¡dormirse en su propia oficina! ¡Qué vergüenza! Arreglándose el bigote, se apresuró a tomar sus cosas y salir de la habitación, cual maniquí obligado a ser.
Amaneció un sol maya sobre la universidad. Las vías aullaban incendio hacia los peatones. Por otro lado, a Dellacroix no le apetecían tanto sus mapas sobre los colores de los ojos de los caribeños como la frecuencia de los colores del cielo aquellos días de noviembre. Cuando podía, revisaba sus cuadernos de bitácora bajo la cadencia del calor, junto a otros conocidos que resonaban su amalgama de nombres, en burlitas amistosas, hasta que se dormía en el pasto, apaciguado por su trabajo. Pero también miraba el cielo con regularidad, estando azul y dócil como lo traía el verano. Ante la hipnosis del astro rey, nuevamente en la plaza universitaria, un toc toc en sus hombros. Volvió al glaciar:
- Despierta. Todavía no se termina el calendario – habló la sonrisa límpida de Félix.
- ¿A dónde vas?
- A clase, claro – Sonrió.
- Todavía quedan semanas.
- Muchas semanas, claro.
- “Introducción”, ¿no?
- Sí, y luego a la biblioteca. Hay noticias de Rosetta.
- ¿Después de almuerzo?
Y después de almuerzo, el sonriente Félix y su amigo de labio disfrazado se encaminaron por las escaleras de ladrillo hacia la biblioteca, la de las paredes de piedra y cemento encuevado. Dellacroix se quitó el saco, para que la tela sofocante dejase de traerle los recuerdos del 2012 (retomó, por ejemplo, aquella vez en que el séquito de profesores sociólogos había hecho una competencia de mímica de victorianos en la oficina del rector, por allá hacía unos cuatro meses, donde Dellacroix había… ganado, a su manera), y miró a Félix como si de un verdadero sir se tratase. Ambos rieron al mismo tiempo.
(Continúa en Comentario I)
Comentarios
- Depende, Félix – contestó Croix, curioso ante esta mención. - ¿Dices en la actualidad? Depende de la región.
- En Puerto Rico, por ejemplo.
- Más en la zona rural que en la metropolitana, te lo aseguro.
- No, no – se inclinó Félix un poco hacia adelante. -. Te pregunté qué, no cuánta.
- Ah. Bueno, entonces la “qué” es la población de ojiclaros y punto, Félix.
- Feo, ese término, ¿no? “Ojiclaros”.
- No veo cómo…
- Rosetta también lo emplea de vez en cuando. ¡Oye esto!
Félix sacó de su maletín una tableta Samsung, la conectó al enchufe al lado de la mesita, tecleó en el vacío de la pantalla. Parpadeó repetidas veces, se aclaró la garganta: “Todavía hay asentamientos por desentrañar, y el carbono 14 no sirvió mucho en otros casos. Raro caso, aunque de vez en cuando siento que pierdo noción del tiempo en este lugar. ¡Un beso aborigen, Félix! Te adjunto una carita feliz”.
- Le quedan muchas semanas, aún – comentó Croix, relajado.
- Así es, muchas semanas. Parece bien – Hizo una pausa. - ¿No volverías al Caribe, Crux?
- ¿Qué? Sí, claro. Eventualmente lo haría.
Félix lo miró sin parpadear. Pareció querer mover los ojos hacia otra parte: sólo pudo, en efecto, fruncir el ceño.
- ¿Sí volverías? – preguntó.
- Claro. Pero para incluso poder averiguar si eso es posible, Rosetta tiene que regresar primero, ¿no? Y para eso quedan semanas.
Croix visualizó alguna cita que había leído alguna vez, que decía algo más o menos como “No es el sol el que baja a ajustar el tiempo; sí la marea”. Habiendo dejado a Félix luego de almorzar, también se dio cuenta que ya estaban a finales de noviembre y que el mar debía estar comportándose peculiarmente allá en el océano. Por la luna, o por el sol.
Pudo entrar al aula de gradas elevadas y amarillentas, pararse como el procurador de los pueblos perdidos del Éxodo frente al desierto, y dar su clase.
Precisamente, para aquél entonces los estudiantes y el profesor ya habían estado discutiendo respecto a la concepción de la figura del diablo en la cultura occidental. “¡El maestro y Margarita!”, había mencionado un estudiante lejano, y Crux le había dado la aprobación rotunda de su mención: ¡tremendo carnaval alrededor del demonio, tremenda fiesta la del fin del mundo y la de los condenados! Y las gradas reirían cuando Crux señalaba el calendario maya que proyectaba en la pantalla del aula llena de antropólogos y curiosos. Por eso, cuando hubo finalizado la clase (Etnografía religiosa, dictada por el reconocidísimo doctor Crux), otro de los estudiantes se le acercó dando pasos de pingüino:
- Profesor Crux, discúlpeme que lo moleste…
- ¡El perdón es de los débiles! ¿En qué lo ayudo?
- Quería saber… ese libro, El maestro y Margarita, es de un ruso, ¿no?
- De Mijaíl Bulgákov, para ser exactos.
El estudiante le agradeció la mención y se retiró. Pero Crux sonrió ingenuo ante el “Profesor Crux”, y volvió con la piel apergaminada hasta su oficina. Como tenía una buena media hora antes de su próxima sesión, volvió a recordar que “no era el sol el que definía el tiempo, sino el m ar”, a ver si El maestro le había indicado lo mismo. Se dirigió a su biblioteca, la recorrió con la mirada y la nariz varias veces a ver si encontraba el libro que, él se aseguraba, había dejado en su élite sección de literatura de autores de la A a la C. No olió el encuadernado hasta encontrarlo encima de su escritorio, junto a ese cuadrado lleno de papeles amarillentos.
Se extrañó casi con solemnidad al no encontrar ningún indicio de la cita que había rememorado casi en el acento eslovaco de Bulgákov. Quizás por pura secuencia lógica de acciones, abrió el otro libro una vez se hubo sentado gomosamente detrás del escritorio. Las primeras páginas estaban en blanco; ya en la tercera, Crux pudo leer el manuscrito: “No es el sol el que baja a ajustar el tiempo; sí la marea la que demuestra”. No se sorprendió; sabía que había leído la cita en algún lado cerca de El maestro, y encontrar un texto al lado del otro, y eso. Punto y aparte.
Ring, ring, sonó el teléfono de la oficina. Era Félix, nuevamente: “Fiesta del fin del mundo en el barucho, Profesor”.
- ¿Pero a cuántas rubias piensas robar en un día?
- ¡Ni a tantas!
- Ya viene diciembre.
- ¡Ya falta poco!
Optimista, Crux se encaminó hacia el bar de medio-mala-muerte una vez hubo terminado de ponerle notas a sus exámenes. Algunos impertinentes le habían dibujado figuritas del diablo en la hoja, y el profesor, habiendo estado de ánimo propicio, les respondió gráficamente con una sonrisa a cada uno de los descarados papeles. Había empujado la puerta del recinto, se había sentado a la mesa de siempre frente al candelabro de cálida luz, y esperó. El mesero-dueño del lugar, un hombre menudo con más cabellera en el pecho que en la cabeza, le trajo, sin haberle preguntado antes, una rubia. Dellacroix alargó un brazo hacia el vaso color ámbar; sin embargo, los pequeños diablitos dibujados oscilaron un momento en su antebrazo, cómodos y contentos, antes de volverse a tatuar contra la piel. Así lo quiso Crux.
Por fin llegó Félix, quien se disculpó por el retraso, se sentó frente a él y ordenó una rubia para sí. No trajo consigo la tableta Samsung para decirle a Crux que la recién invocada carita de Rosetta había vuelto a vislumbrarse en el Internet: esta vez, parecía que sí había funcionado el carbono 14. De ningún otro modo podrían haber habido tan buenas noticias, sino.
Dejaron la propina, se levantaron coordinadamente y se encaminaron hacia la puerta. Aún no había anochecido: es más, parecía pleno mediodía selvático con el hervor del astro rey sobre sus rostros y los ojos de ambos sobre sus miradas. Crux fue casi trotando hasta su oficina, habiendo sentido más de una vez que lo llamaban desde lo profundo o lo lejano, “¡Cruz, Cruz!”. Félix se quedó observándolo desde el umbral de la media-mala-muerte, con más sombras que soles.
Abrió de un portazo la puerta de su oficina, y no lo saludó ninguno de sus muñequitos. Quiso, por un momento, preguntarse dónde había dejado el libro de Bulgákov, y claro que se encontraba en la sección de élite literaria de la A a la C. Lo abrió, ventiló sus páginas sin darse cuenta de qué número pasaba primero, y cuál después, y cuál antes, y en el frenesí lector tuvo que reconocer que el nombre del diablo ruso no era Félix ni ninguno de sus derivados en latín ni en eslovaco. Volvieron a aletear (como para todo legítimo ebrio) las ondas de visión y sonido frente a él: tuvo que agarrarse de la cosa esa llena de papeles antes de caer por un evidente bajón de azúcar. Pudo abrir el libro, y pudo leer de él en azul que existe, antes de que todo existiera, la promesa del retorno a lo inicial, la promesa del cielo bajo el mar. Confió en el presupuesto, porque le gustaba ser optimista, y se sentó detrás del escritorio. Cabeceaba para no quedarse dormido.
- Oiga, despierte. Todavía quedan semanas para el 21 – Toc toc en el hombro, y Cruz alzó la cabeza despabilado. Se reencontró con Félix, ese gran compinche suyo, y le sonrió de oreja a oreja.
- No quedan tantas semanas – comentó él deleitado.
- Y el mundo arderá en fuego y cerveza. Como en la reunión en lo del rector.
- Por favor, ese corsé deberá quedarse en lo más profundo de mi cráneo, Félix – Y Cruz sonrió cuando Félix pudo contagiarle la risa.
- El de todos, Crux. El de todos.
Félix había apoyado las manos sobre el escritorio, viendo cómo Cruz bostezaba bajo su bigote despeinado. Uno no parpadeaba, mientras el otro no dejaba de hacerlo. Aquella vez sí tenía la tableta Samsung consigo, y ya no tecleaba en su vacío sino que la pegaba ensimismado frente a los ojos tácitos de Cruz. Félix casi rozaba los brazos de los diablos de su compañero.
- Rosetta envió otro “Ya funcionó el carbono 14”, Crux.
- ¡Qué buena noticia!
- Tambien dejó algo escrito para ti. Rosetta – Hizo una breve pausa, pasó el dedo por la tableta; había dejado el cuaderno abierto a un lago, y desfiguró el rostro antes de proseguir: -. “De todo el tiempo que paso por alto, a Crux es al que más recuerdo”.
Los ojos azules de Cruz se detuvieron momentáneamente en la nuca de la Samsung. Triangularon angularmente las miradas de los tres presentes.
- Es una buena mujer – comentó el profesor.
- Levántate. Hoy hay fiesta en la oficina del rector.
- ¿Hoy?
Continúa en Comentario 2
- Te dije que lo…
- ¡No! ¡Nada de eso! ¡En corsé, ahora, que hay fiesta!
¿Y qué más pudo hacer el antropólogo que recuperar el artificio victoriano, atárselo a la cintura y hacer que los pelos del torso le sobresalieran como un garabato por los elásticos del disfraz? La noche azulada no podía hacer otra cosa más que recibirlos. Cruzaban la plaza universitaria en tanto Félix iluminaba el camino con la Samsung y Cruz se tambaleaba en su vals peripatético: tenía sed, pero sólo pudo pasarse la lengua sobre los labios. Félix lo animó a apresurarse hacia la oficina del rector, oprimiendo botones y acertando códigos para pasar por todas las puertas necesarias a deshoras. De la misma forma irrumpieron contra un portón que era presionado por más masas que cerraduras.
¡Aquella oficina del pecado! ¡Feliz 21 de diciembre! El simple tumulto separó a Cruz y a Félix hacia tapas y vasos llenos de líquido ámbar. El rector, en un silencio solemne, sonreía a los presentes, todos posibles académicos de Ciencias Sociales, Humanidades y, por qué no, de Ingeniería.
- ¡…que Rosetta ya está avanzadísima en esa excursión! El profe Félix la recomendó muy bien, y llegará con buen material… aunque de ese ya tiene ella, ¿no? Je, je.
- ¿Fue al trópico? Debe estar en implosión, si es tan caliente como ella.
- ¡No sólo al trópico, sino a buscar algo debajo de él! – señaló uno de los importantes de la cuestión. -. Nos ha hecho reportes de gente, pero habla con Félix luego, él te puede comentar mejor al respecto. Por lo pronto, sería yo el que debería buscar algo más debajo suyo – Los sires reunidos en plena discusión formal rieron con finura, aplastando sus panzas contra los disfraces y poniéndose más violáceos que colorados. Félix no quiso rendirle cuentas a nadie, pero Dellacroix seguía igual de optimista y, ahora, más animado de lo que había estado en todo el año. ¡Cuándo había estado en una fiesta similar anteriormente! Entre las manos ritualistas y el carnaval, comenzó a oírse música clásica.
- Rosetta sigue repitiendo lo mismo - En medio de Bach y Vivaldi, Félix había arqueado los hombros hacia Cruz, y fruncía los labios. El antropólogo también había arqueado las escápulas muy masculinamente, preparado para recibir a su bailarín. -. El carbono…
- ¡A bailar, Félix! – Y siguió sin parpadear. El vals era rígido pero violento.
El crescendo orquestal le dio la conveniencia de estrellarle el rostro contra todo su puño. Y sin embargo, Cruz no se cayó al suelo ni volcó una sola gota de su rubia, porque la multitud ya se lo llevaba hacia el centro de la oficina, las caderas se seguían moviendo con electricidad. La boca de Félix aullaba hacia todos:
- ¡Qué habrá dejado ella, luego de que la sacrificaste tú! – Diente por diente. -¡Y todo por…! por…
- ¡Por el fin del mundo, SALUD! – Y la multitud ahogó, por fin, el bramido del historiador… pero más celestial y liviano le era la voz al profesor, a pesar de todo, ahora que seguía así de optimista.
Ante nosotros se encontraba el libro abierto, con el grabado mirando repulsivamente hacia arriba. Al musitar el anciano las palabras “más igual a la suya” se oyó un golpecito como de un chapoteo, y algo se dejó ver en el papel amarillento de aquel tomo abierto al revés. En un principio pensé si sería alguna gota de lluvia procedente de una grieta en el tejado, pero la lluvia no es roja.
El grabado en la casa – H.P. Lovecraft