El caso de Orlando Villegas
Una vez más, Orlando acudió a la calle Salazar para solicitar los servicios de una sexoservidora. Era viernes, faltaban quince minutos para las diez de la noche, y el frescor era ameno para ser octubre. El resplandor de la luna iluminaba los callejones, y algunos indigentes hurgaban en los botes de basura para buscar su alimento. Orlando tenía pensado pasar la noche con Jazmín, una de sus chicas preferidas, y la que siempre lo esperaba cada viernes sentada en la banca junto a las demás chicas afuera del hotel Rex. Cruzó la calle y se dirigió hacia ella, pero otra de las chicas que estaba sentada en la acera de la calle le sale al paso. <<Vamos al cuarto, guapo>>, le dijo ella. Era una mujer morena, alta, de ojos grandes y labios carnosos. Orlando nunca la había visto, pero igual se impactó por su belleza. Le gustó su rudeza y su sonrisa sensual. La invitó a un bar que estaba a dos calles de allí, bebieron algunas copas y platicaron; después, regresaron al hotel Rex. Orlando le pagó doscientos pesos al hotelero y éste le dio la llave del cuarto número cuarenta y dos del tercer piso. Afuera, en la calle, había varios clubs nocturnos: El éxtasis, El palacio del placer, Princesas y Las conejitas entre otros. Así pues, una vez que Orlando y su acompañante entraron al cuarto él le preguntó por su nombre: <<Remedios>>, le dijo ella al tiempo que le sonrió. Dejó su bolso negro sobre la cama, y se desvistió hasta quedar solamente en una tanga y un brasier rojos. Mientras Orlando empezó a desvestirse, ella tomó su bolso de la cama y sacó un revólver cuarenta y cinco milímetros. Él se sobresaltó al ver el arma en manos de alguien que apenas estaba conociendo, pero Remedios se la mostró y le dijo: <<¿Sabes quién podría comprármela?>>. Orlando se sobrepuso y tomó el arma para apreciarla pero sin ningún interés. <<No conozco de estas cosas>>, le dijo. Dicho esto, se la devolvió con un temblor de manos que era perceptible. Remedios tomó el arma con su mano derecha y levantó su mano izquierda para hacerle una señal de adiós a Orlando. <<Hasta la vista>>, le dijo ella. Y apenas profirió sus últimas palabras, y se apuntó el arma en su propia garganta y se disparó. El balazo le salió por la cima de la cabeza, y el cuerpo de Remedios cayó al piso instantáneamente. Orlando se quedó paralizado, en un estado de estupor. Después del disparo se prolongó un largo silencio, luego se vistió a las volandas, y lo único que le vino a la mente era meter el cuerpo de Remedios debajo de la base de la cama. Cada vez que escuchaba pasos por el pasillo de los cuartos se estremecía, y se daba vueltas alrededor del cuarto como hipnotizado. Súbitamente sacó un pañuelo rojo de una de las bolsas de sus pantalones y limpió el arma, después la dejó a un lado del cuerpo de Remedios, pues además de las huellas dactilares de ella también estaban las de él. Maldijo la hora en que la conoció, y no tenía la menor idea de porqué una mujer que apenas si conocía se suicidó en frente de él. Nadie le creería que ella se quitó la vida, y lo más seguro era que lo involucrarían en ello. Sus posibilidades de salir airoso de este asunto estaban limitadas, y apeló a la penosa necesidad de huir. Salió de la habitación, recorrió el pasillo de los cuartos con el corazón en la mano, bajo las escaleras hasta el primer piso, y le entregó la llave al hotelero. Y solamente al salir afuera del hotel, Jazmín lo detuvo para sacarle una plática.
—Escuchaste el disparo —le preguntó ella.
—No, no escuché nada —replicó Orlando.
Había varias personas en la calle y todas se preguntaban por dónde salió el disparo, que si por aquí, o por allá.
—Cómo te fue con tu nueva chica —inquirió ella de buen talante.
—Bien, se quedó para darse una ducha —contestó Orlando en un tono de nerviosismo.
Y al ver que venían a lo lejos dos patrullas se dispuso a marcharse.
—Te veo otro día —le dijo Orlando.
—Adiós, cuídate —contestó Jazmín.
Orlando se fue a dos calles de allí, y tomó un taxi directo para su casa. Raquel, su esposa, lo reconoció por la ventana. Su uno ochenta y cinco de estatura; tez blanca; complexión robusta; bigote grueso, su nariz chata, y sus movimientos pausados eran distinguibles. Su vestimenta habitual era un pantalón y botines negros, camisa blanca, y un chaleco de cuero. Era profesor de primaria, y su edad era de cincuenta y un años. Conoció a Raquel en la universidad, cuando intentó hacer una licenciatura en leyes, profesión que nunca ejerció. Así que se conformó con impartir clases en la misma escuela en la que él asistió cuando era niño. Orlando y Raquel llevaban veinte años de casados, con dos hijos ya grandes, y con una posición económica estable, pues Raquel también trabajaba, y era gerente del prestigioso hotel “El palacio”. Nunca discutían, excepto cuando Orlando llegaba muy tarde a casa, situación en la que daba una lista de explicaciones inverosímiles, y de las que Raquel ya no creía. Algo sospechaba, y sólo necesitaba una prueba contundente para increparlo por sus infidelidades. Curiosamente, esa noche al regresar del hotel Rex, Raquel no le hizo ningún reproche a Orlando, tomando en cuenta que eran más de las doce de la noche, y sólo se resolvió a decirle que su cena estaba en la cocina. Orlando ni siquiera probó un bocado, y se sentó en el sillón de la sala con la luz apagada, y encendía un cigarro cada diez minutos. Por primera vez en su existencia se replanteó el sentido de su vida, y deseó nunca haberle sido infiel a su esposa. Pero sus lamentaciones eran un tanto tardías. Su imagen era de un profesor con una reputación intachable, admirado por sus homólogos y alumnos de su escuela. Hasta había sido seleccionado el año pasado para que dirigiera su nuevo cargo como director del plantel estudiantil.
—¡Carajo! —gritó—. Y todo por una puta.
Raquel, que estaba dormida en su recamara, se despertó súbitamente y acudió a los gritos de Orlando.
—¿Pasa algo? —le preguntó confundida.
—Nada…, sólo fue un mal día —contestó Orlando.
—Ya es tarde, deberías dormir —le dijo Raquel.
—Ve tú, más tarde te alcanzo —dijo él.
Después de un breve silencio, Raquel se retiró a su recamara mientras Orlando seguía fumando. Y también empezó a beber, era su manera de dulcificarse un poco las penas y aflicciones. Miró el reloj y eran las tres y veinte de la madrugada, y sólo veía en su mente el rostro de Remedios, como un suplicio que el karma le había reservado. Pensó en sus hijos, Pablo y Samuel, aunque ya eran mayores y casados, les debía el respeto que un padre tiene que asumir. No soportaba la idea de verse en una cárcel por un crimen que no cometió, y aunque tenía conocimientos sobre leyes, nada le garantizaba verse indemne de su penosa situación. Entre los tragos de ginebra y el tabaco pensó que Jazmín podría darle una información más concreta. Tomó el teléfono y le marcó. Al escuchar la voz de Jazmín por la bocina impostó la voz para ir al grano:
—¿Hola, pasa algo malo por allá? —le preguntó Orlando.
—Hola, respecto con esa pregunta tú lo sabrás mejor —contestó Jazmín. Será mejor que te cuides de la policía.
—Está bien, sólo quería saber cómo andan las cosas —dijo Orlando.
—¿En serio… tú mataste a esa mujer, Orlando? —preguntó Jazmín.
Fue todo lo que Orlando necesitó escuchar y después colgó.
Al amanecer, sábado, y un tanto sobrepuesto por la incertidumbre, Orlando visitó la casa de su amigo Nicolás, quien era un coleccionista de objetos antiguos, entre otras cosas armas. Le planteó su situación y de paso le compró una pistola Luger, un arma un tanto antigua y utilizada por los alemanes en la primera y segunda guerra mundial, pero que al cabo sólo la quería para defenderse de un caso extremo. Nicolás trató de disuadir a Orlando.
—Entrégate, no seas inconsciente —le dijo.
—Nunca, yo no maté a esa mujer —replicó Orlando.
—Con más razón —dijo Nicolás.
Nicolás era un hombre ya grande, de setenta y dos años; rostro enjuto y tez clara, tenía una barba canosa y cerrada, el cabello también pobladamente canoso; ojos negros y mirada profunda para un hombre mayor; era delgado y se apoyaba en un bastón negro con la empuñadura de plata. Escuchaba música clásica en un viejo tocadiscos, y checaba el tiempo en un reloj de bolsillo cada hora, pues decía que era su herramienta contra los vicios de la mala memoria. Era de un carácter voluble, y en ocasiones renuente cuando se le contradecía. Vivía solo desde que su esposa murió hace quince años, y sus nietos e hijos lo visitaban cada domingo. Su medio de sustento era un bazar de antigüedades que heredó de su padre, y en el que conoció a Orlando cuando buscaba las obras de Lucas Alamán. Muchas veces, Nicolás y Orlando amanecían
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—No temas por tu vida, teme por tu verdad —le dijo Nicolás al ver a Orlando blandir el arma en su mano derecha.
—No es tan fácil —replicó Orlando.
—Son tiempos difíciles —dijo Nicolás—, Y un arma no soluciona nada, pero igual te la vendí por un acto de solidaridad.
Orlando se levantó del sillón y se tomó la copa de vino de un solo trago, y se acercó a un cuadro de Van Gogh que estaba en la pared enfrente de ellos.
—Qué buena imitación —dijo Orlando, no lo había observado bien.
—La noche estrellada —dijo Nicolás—; es el nombre del cuadro.
—¿Realmente fueron grandes sus problemas? —preguntó Orlando.
—Más de los que puedes imaginar —contestó Nicolás.
Después de un breve silencio, Orlando se fajó el arma en los pantalones, dejó la copa sobre la mesa de cedro, y se dispuso a retirarse. Nicolás lo acompaño hasta la puerta, y antes de que se marchara le puso una mano en el hombro y le dijo:
—Ten cuidado con esa arma, recuerda que la justicia siempre sobresale a la luz.
Orlando asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa melancólica, y se fue… Ese mismo día, al atardecer, Orlando se dirigió a su casa, y se sorprendió al ver afuera de la misma a dos policías. Raquel los estaba atendiendo desde la puerta. Orlando estaba en una esquina, a dos calles de allí, y al ver pasar un autobús de transporte se subió en él sin siquiera saber a dónde se dirigía. Todo lo que necesitaba era alejarse de su propia casa, pues era cuestión de lógica saber que ya lo habían localizado las autoridades. El autobús hizo en su trayecto cincuenta minutos, y Orlando se bajó en una colonia muy retirada a la suya. Pareciera un poblado con las características de las calles de terracería; rostros alegres, y personas amables, como si todos se conocieran entre ellos. Orlando sólo tenía en su cartera quinientos pesos, y pagó la renta de un hotel barato mientras veía la manera de trasladarse a otra ciudad, ya que su plan era vivir un tiempo en casa de su hermano Gustavo, quien era un próspero comerciante de zacatecas.
El hotel “Los Dos Caminos” donde se hospedó Orlando, era un edificio de dos pisos, la estructura era de adobe, con cuatro ventanas rectangulares y grandes. Era de un color blanco hueso, y sólo tenía ocho habitaciones grandes. Contiguo al hotel había una sastrería, y enfrente había una tienda de abarrotes. La calle se llamaba las gaviotas.
Así pues, el hotelero Pedro Román le entregó a Orlando la llave del cuarto número seis del segundo piso, y justo antes de entrar a la habitación, una mujer de ojos negros y de estatura regular se dirigió a Orlando y le puso en sus manos un mechón de cabellos amarrado con un listón blanco. <<Dios te cuide de todo mal>>, le dijo ella. Orlando vio en sus ojos una expresión de piedad, como si tratara de protegerlo de algo, y no resistió la curiosidad y le preguntó quién era. Pero ella permaneció callada, y se retiró sigilosamente hacia las escaleras que daban a hacia abajo del primer piso. Orlando trató de alcanzarla por el estrecho pasillo de piso laminado, pero apenas si se asomó hacia las escaleras y ya se había desaparecido. Tal pareciera que aquella mujer fuera un fantasma de los que abundan en los hoteles viejos; no obstante, Orlando era una persona escéptica, y siempre trataba de ver la lógica a las cosas antes de hacer conjeturas en su cabeza. Finalmente, después de algunos minutos decidió olvidar a aquella mujer, y se encerró en su habitación. Dentro, había una cama grande con una sobrecama roja, también tenía una mesa de noche a un costado de la misma, y también había un baño con azulejos blancos y una regadera. El color de las paredes también era blanco, y aunque la ventana que estaba contigua a la cama estaba abierta, el color de la habitación se percibía un tanto enrarecido, como si una extraña neblina impidiera la nitidez de la luz de la habitación. Al principio le importunó la condición del cuarto, pero después de pensarlo algunos segundos, creyó que no estaba en posición de tomar muchas opciones, así que, se dejó caer sobre la cama junto con el mechón de cabellos que le había puesto en sus manos la extraña mujer de ojos negros. Después, lo puso sobre la mesa de noche, y se desfundó la pistola para dejarla debajo de la base de la cama; y luego se entregó a un largo sueño que duraría hasta el amanecer, tomando en cuenta que apenas si eran las cinco de la tarde.
Al día siguiente, domingo, Orlando se despertó más tranquilo y reposado, salvo por un olor nauseabundo que empezó a despedirse en la habitación, como a huevos podridos o alguna vieja cañería que pudieran estar arreglando. Se levantó de inmediato, y tomó la pistola debajo de la base cama y se la fajó, aunque se le notaba un pequeño bulto en la cintura, el chaleco de cuero le cubría el arma y podía pasar desapercibido. Fue a reclamarle a Pedro Román por el olor que se sentía dentro de la habitación; pero cuando entraron los dos para constatar el dicho olor, ya no se percibía ningún olor. Orlando confundido y apenado se disculpó con el hotelero. Éste le sonrió amablemente. <<No tenga cuidado, amigo>>, le dijo. De paso, Orlando le pagó doscientos pesos por dos días más en el hotel.
Al atardecer, Orlando se encontraba en un bar de nombre “El Par de Ases”, que estaba a dos calles del hotel, y se gastó el resto del dinero que le quedaba en la cartera. Por una casualidad del destino se encontró con Gregorio Medina , quien fue uno de sus viejos alumnos, y ahora un hombre de veintitrés años; un poco obeso y de estatura baja, de tez morena clara y la mirada errante. Había sido desterrado de su familia por vivir en amasiato con su propia hermana, aunque después se supo que la retenía bajo amenazas y golpes. Un domingo de agosto, la hermana escapó por la ventana del baño de la casa donde era cautiva, y denunció a la policía las acciones de su hermano agresor. Después de que Gregorio Medina fue sentenciado a cinco años de cárcel, la hermana se dio cuenta de que estaba embarazada de su errante hermano, y apeló a la medida extrema de beber todos los días té de canela hasta abortar el infausto retoño. Después de que Gregorio Medina purgó su condena, se dedicó a vender drogas en los bares de la ciudad. Cuando éste le contó el trajín de su vida a su ex maestro de primaria, Orlando hizo un gesto de desaprobación.
—Eres un perro —le dijo.
—Pues ya somos dos —replicó Gregorio Medina—, porque según dicen los diarios has matado una mujer.
Era la segunda vez que Orlando escuchaba esa cuestión, y no pudo evitar que la sangre se le subiera al rostro de enojo. Se bebió el último trago de aguardiente que le quedaba en su vaso, y miró a Gregorio Medina con las mandíbulas apretadas, después, lo sujetó por el cuello de la camisa y le dijo en un tono amargo:
—No juegues con mi mala suerte, porque te puedes quemar.
Dicho esto, sacó la pistola Luger y se la colocó en la sien izquierda. Gregorio Medina, al borde de la muerte levantó sus dos manos en son de paz, y le invitó de buena gana unas copas a Orlando. Éste aceptó, aunque ya estaba en cierto grado de ebriedad.
Aunque algunos de los clientes que estaban cerca de allí se alarmaron al ver el arma de Orlando, finalmente cuando ya estaba muy entrada la noche, Orlando y Gregorio Medina se habían bebido dos botellas de ginebra, y hasta compartieron la compañía de una suripanta deslenguada de nombre Cecilia. Entre copas y la música de los boleros, los malos ratos quedaron sustituidos por un estado de alborozo y conversaciones que se remontaban hacia la infancia de Gregorio Medina, cuando apenas si era un estudiante de diez años.
—Cómo pasan los años —dijo Orlando.
—Ciertamente, profesor —contestó risueño Gregorio Medina.
Todo parecía marchar bien: la plática, la bebida, la música y hasta la presencia de Cecilia que buscaba un resquicio para llevarse a Orlando a una habitación solitaria. Excepto por la llegada de un par de oficiales de la policía que estaban haciendo una inspección de rutina, y que Gregorio Medina tuvo la sutileza de alertar a Orlando mediante la mirada. Los oficiales estaban en la puerta del bar, y la primera reacción de Orlando fue levantarse de su silla y dirigirse al baño; después, se sacó la pistola de los pantalones, y levantó la tapa del depósito del inodoro para dejarla en el fondo del mismo. Al salir del baño, Cecilia ya no estaba allí, y los oficiales tenían esposado a Gregorio Medina, y le habían sustraído de las bolsas de los pantalones un paquete con marihuana. Se lo llevaron sin remedio, y después de cinco minutos se retiraron. Por suerte para Orlando, los policías sólo buscaban a Gregorio Medina, pues ya le estaban pisando los talones, y también estaban informados de que vendía droga. Con lo visto, Orlando se fue al hotel y se olvidó del arma, ya que por esa
Al entrar a su habitación del hotel Los Dos Caminos, notó nuevamente ese olor nauseabundo y extraño de la vez anterior, y también había un descenso en la temperatura del cuarto, como una energía ajena a su cuerpo. Se sentó en la orilla de la cama con la respiración dificultosa y una mezcla de emociones contrariadas, y con el fragor de la música todavía en su cabeza después de escucharla en aquella cantina. Por momentos, el rostro de Cecilia, de mirada tenue y la piel de canela, aparecía en su mente. Una flor en un estanque de aguas turbias, un bello silencio dentro de un desastre de música tenaz y acordes disonantes. Recordó aquella tarde en la que daba una lección a sus alumnos, y en lo importante que era el respeto y el derecho a la vida, en la belleza de las pinturas de Picasso, en los sonetos de Amado Nervo, en los nuevos descubrimientos de la astronomía, en el posible fin de la humanidad con el asteroide Apofis, en la muerte de Hipatia, en el legado de nuestros héroes nacionales, y en el amor por los libros como patrimonio de la humanidad. Cada alumno suyo era un pequeño mundo en crecimiento, un río salvaje al que era necesario encauzar, una piedra sin esculpir… Todo pasaba por su mente, Remedios, Raquel, sus hijos Pablo y Samuel, su buen amigo y confidente Nicolás, y hasta el infausto de Gregorio Medina, como un fracaso en sus empresas educativas y moralistas, pues era la prueba viviente de que no todas las cosas resultan como uno lo espera, ya que Orlando lo educó lo mejor que pudo, y aun así, nunca esperó ver a uno de sus alumnos con problemas legales. Y en ese mismo punto se veía a sí mismo como una víctima de sus deslices, como un representante más de la doble moral, sin los tapujos que la sobriedad le proporciona, porque a veces el alcohol le muestra esa parte de él que en sus cinco sentidos evita reconocer; pero que al final, todo se reduce a que las causas de sus infortunios se deben al hecho de hacer cosas incorrectas o indebidas.
De pronto, cuando ya eran casi las cuatro de la mañana, miró el mechón de cabellos que había dejado sobre la mesa de noche; se levantó de la cama y lo tomó con la mano izquierda; se acercó a la ventana y lo arrojó hacia fuera con la mano derecha, como impulsado por un dinamismo irrevocable de la mente, después, apagó la luz de la habitación; se sentó en la orilla de la cama y se quitó los botines, y finalmente, se echó a dormir como un niño de seis meses. Empezó a soñar que estaba en una habitación oscura, apenas iluminada por una tenue luz que su cuerpo emanaba. Avanzó hacia adelante y se encontró con un pasillo largo y estrecho, y por cada lado del pasillo había dos puertas. Avanzó algunos pasos más y se incorporó hacia una de las puertas del costado derecho, al entrar vio a un extraño hombre de negro sosteniendo en sus manos un reloj de arena. Orlando se acercó a él para preguntarle quién era, pero éste se desapareció súbitamente. Trató de buscarlo más hacia el fondo de la habitación; pero fue inútil, no lo encontró. La habitación parecía interminable, pues no tenía paredes, pero estaba alumbrada por una luz propia. Orlando pensó que aquel hombre de negro le iba a dar una respuesta importante de su vida, así que salió de la habitación por la misma puerta y trató de buscarlo en las otras habitaciones. Al caminar por el pasillo escuchó la voz de Raquel, mientras más avanzaba, más intensa era la voz de su esposa que decía: “Yo no quería que terminara así”, y sólo eso repetía “Yo no quería que terminara así”. Y al abrir la primera puerta del lado izquierdo del pasillo, se encontró con la sala de su casa, y allí estaba Raquel, sentada de rodillas en el piso, con su cabello castaño hasta los hombros, su piel blanca y sus ojos grandes con una expresión de arrepentimiento. Orlando trató de consolarla, pero le dio la impresión de que no podía avanzar hacia ella, como si un dinamismo lo atrajera hacia el suelo. Curiosamente ella no se dirigió con ninguna palabra hacia Orlando, mas lo miró un instante, y después desapareció también. Nuevamente Orlando sale por la puerta y se encamina por el largo pasillo, del cual, al final del mismo se distingue una luz, y antes de la luz se distingue la silueta de un ángel de alas negras. No obstante, Orlando no se atemoriza, y observa que el ángel le hace una señal con la mano derecha para que lo siga hasta el final del misterioso pasillo. Creyendo que el ángel pudiera decirle dónde se encuentra el hombre de negro, Orlando accede ante la petición del ángel. Una vez que Orlando llegó hasta el final del pasillo, el ángel lo toma de la mano y lo lleva hacia la salida. Y vio que afuera había un jardín, y en medio del jardín había una lápida, y sobre la misma había un bastón negro con la empuñadura de plata, cuya imagen repercutiría un viernes doce de octubre. Orlando le preguntó quién era aquel hombre de negro que había visto en la extraña habitación, a lo cual, el ángel le respondió: <<No te preocupes, él te encontrará.>> Así mismo, el ángel se dio media vuelta y se desvaneció entre las flores del jardín. Momentos después, Orlando se despertó del sueño, todavía con un sedimento de congoja por no haber dado al encuentro con el hombre de negro, y con la resaca por los efectos del alcohol de la noche anterior. Lo primero que hizo después de levantarse fue darse una ducha de agua fría, y se bebió dos litros de agua a falta de un poco de ginebra, que era la solución más rápida para eliminar los tormentosos síntomas de la cruda. Hizo un recuento del día anterior, y apenas si recordó que había dejado la pistola en el depósito del inodoro del bar El Par de Ases.
Salió de la habitación y se dispuso a recuperar el arma cuando en el pasillo se encontró de nuevo con la extraño mujer que le había puesto en sus manos el mechón de cabellos. Su nombre era Catalina. Era hija de un político retirado que amasó una fortuna por medios ilícitos, y al ser descubierto se le confiscaron todos sus bienes. Al verse en la casi ruina total, vendió a su hija catalina a un narcotraficante de nombre Israel madrazo, por la cantidad de doscientos mil pesos. Catalina apenas si era una jovencita de veinte años, de piel trigueña y cabello negro y lacio hasta la cintura, del cual, se decía estaba bendecido. En el año 2004 cumplió veintiún años, e Israel Madrazo le regaló un kilogramo de marihuana para su uso personal. Fue así como Catalina se inició en el mundo de las drogas y las perversiones, pues Israel madrazo la obligaba a participar en orgías con varios hombres y mujeres a la vez. Ocho años después, Catalina enloqueció parcialmente a causa de las drogas y los excesos. Sin pensarlo dos veces, Israel Madrazo la desterró de su vida con una respuesta terminante: <<Así no me sirves>>, le dijo. Y desde entonces empezó a vagar por las calles y a sobrevivir de la indigencia. Un martes cualquiera, Pedro Román la encontró afuera de su hotel pidiendo dinero a los transeúntes. Le dio posada en la habitación número seis con la única condición de que le hiciera las labores de la limpieza en el hotel. Catalina aceptó, aunque en su petición se percibía una doble intención. Y así fue. Una noche de lluvias, Pedro Román abusó de catalina mientras la encontró dándose una ducha en el baño. En venganza ella le arrancó el miembro viril de un mordiscón, y aparte maldijo la habitación, cayendo sobre aquellos que la habiten una muerte repentina. Con el paso del tiempo, varios huéspedes que han habitado la habitación número seis, han encontrado una muerte repentina y misteriosa. En una ocasión, un arqueólogo de nombre Damián Cabrera, empezó a escuchar voces cavernosas en su cabeza durante su estadía en el hotel, y en un arranque de violencia se arrojó de cabeza por la ventana, y murió a los dos días a causa del golpe craneal. En otro suceso, un turista alquiló la habitación, y al tercer día amaneció degollado en el baño con una navaja de afeitar en sus manos. Desde entonces, se le adjudicaron poderes sobrenaturales a Catalina, y nadie se atrevía a llamarla loca. Muchos le temían con el solo hecho de estar cerca de ella, que hasta el mismo Pedro Román la dejaba pasearse por todo el hotel sin ningún cuestionamiento o censura. Sin embargo, se decía que si Catalina obsequiaba un mechón de su cabello a alguien, esa persona estaría exenta de cualquier sortilegio.
Dentro de los parámetros de la razón, Catalina podía recordar o distinguir a personas que hayan sido importantes en su vida, y Orlando lo fue. En efecto, Orlando fue su maestro de primaria en el Colegio San Martín, generación 1989-1994, pero no podía reconocerla dada su condición física, pues las drogas le dejaron el rostro enjuto y demacrado. Aunque, Catalina trató de hacerlo recordar.
—Soy Catalina —le dijo—. Su ex alumna de primaria.
—Me confundes —contestó Orlando.
—La flaquis, como me decía —le recordó Catalina.
—Lo lamento pero no te recuerdo —precisó él.
—¿Entonces… ya no se llama Orlando Villegas Acosta? —le preguntó ella con tristeza y un nudo en la garganta—.
Fue así como Orlando fijó su mirada en ella, en sus ojos negros y sostenidos por un clamor apagado, en sus brazos lánguidos y carcomidos por el abuso de las inyecciones de la heroína, en su voz resquebrajada por el fragor de la tristeza. Al principio, Catalina era una total desconocida para él, pero poco a poco la recordó. Después de un breve silencio nostálgico y bellos recuerdos de pasado, los ojos de Orlando se humedecieron.
—Eres tú…, —le dijo él.
—La misma —contestó ella.
Mientras platicaban, dos inquilinos del hotel que estaban por salir de sus habitaciones pidieron permiso para pasar por el pasillo. Entonces Catalina le pidió a Orlando a que la invitara a pasar a su habitación. Éste accedió con los barruntos de que algo bueno pudiera acaecer.
Mientras tanto, Nicolás había estado llamando por teléfono a casa de Orlando, y sólo escuchaba la voz impasible de Raquel que le decía no haberlo visto en tres días, y que seguramente debe de estar con algunos de sus homólogos de mala índole. Ante esta situación, a Nicolás no le quedó de otra más que seguir navegando en la incertidumbre, pues no podía sortear la idea de que Orlando cometiera una locura con el arma que le proporcionó. Estaba arrepentido. Se sentía cómplice de cualquier estrago que Orlando pudiera cometer. Entre los claroscuros de su consciencia, decidió contarle la verdad a Raquel. Así fue. Salió de su casa a las nueve y quince de la noche en su Nissan rojo, modelo 1990, y llegó a la casa de Raquel a las diez. No le había avisado que la iba a visitar, pero igual Raquel le dio el pase amablemente cuando tocó el timbre de su casa. Lo pasó a la sala y le trajo un café negro sin azúcar, que era como le gustaba a Nicolás. Mientras estaba sentado con las piernas cruzadas y bebiendo los sorbos del café, Nicolás le platicó de su negocio, de sus clientes, de los buenos libros que han caído en sus manos, y de un sinfín de objetos arcaicos y extraños que ha comprado y que han estado arrumados en un rincón del bazar, porque la gente no sabe apreciar su verdadero valor.
—Soy un hombre amartelado dela historia —le dijo él—, pero también conozco algunas páginas negras que no son dignas de mencionarse.
—Es como todo —dijo ella.
—Así es —contestó Nicolás.
Después de una hora de circunloquios, finalmente Nicolás procedió a decirle toda la verdad. Desde que Orlando la engañaba con alguna que otra meretriz, hasta el delicado asunto en que se metió con la muerte de Remedios. Raquel sin siquiera trastabillar por un momento le dijo:
—El que mal anda, mal acaba.
—Es tu esposo —le dijo Nicolás pasmado.
—¿Y eso qué! —exclamó ella con el ceño fruncido—. Yo no lo engaño con cuanto hombre me encuentro por la calle.
—Entonces ya no lo amas —preguntó él.
—Eso es harina de otro costal —replicó ella.
Nicolás notó en la voz de Raquel un dejo de irritación y desprecio, como si la noticia le resultara una lección de las que da la vida. No obstante, Nicolás trató de defender a Orlando con una apología que Raquel consideró inoportuna, y lo refutó con una estocada propia de su carácter.
—Si Orlando tuvo la impudencia de buscar a otra mujer y sólo encontrar problemas, pues que se faje los pantalones y los resuelva por su cuenta.
Fue una respuesta terminante. Raquel estaba sentada frente a Nicolás en el sillón de dos cuerpos, y lo notó reflexivo.
—Tienes razón, mujer… —dijo Nicolás.
—Por supuesto que tengo razón —precisó Raquel.
Dicho esto, se hizo un breve silencio. Raquel dirigió la mirada hacia afuera de la ventana, y Nicolás se levantó del sillón y dejó su taza de café medio vacía en medio de una pequeña mesa que estaba en el centro de la sala, y dijo:
—Con tu permiso, me retiro. Creo que ya no hay nada más que decir.
—Déjame te acompaño hasta a la puerta —le dijo Raquel de buen talante.
Era la segunda vez durante la semana que alguien contradecía a Nicolás. La primera fue un tipo jergón con un brazo tatuado de sirenas, y portaba un sombrero Fedora negro con unos pantalones negros de pachuco que le daban unos aires más de rufián que de hombre a la antigua. El caso fue que el tipo quería comprarle a Nicolás un reloj de bolsillo Hamilton por la mitad de su precio, y éste se negó. A los cinco minutos de insistir, a Nicolás se le exasperaron los ánimos y le dio de golpes con la empuñadura del bastón. El tipo salió del bazar con remilgos y profiriendo sandeces que todavía se escuchaban a dos calles del bazar. Sin embargo, cuando Nicolás escuchaba razones aparentemente ciertas, su postura era flexible.
Momentos después de llagar a su casa, Nicolás vio a una mujer afuera de la misma, y pareciera esperar a alguien: era Catalina. Se presentó con él y le dijo donde estaba Orlando. La envió con las premuras de que la incertidumbre lo consumía, y le dejó dicho con Catalina que le enviara algo de dinero para trasladarse a otra ciudad. De una forma u otra Nicolás vio un resquicio para enmendar una posible desgracia.
Se subieron al auto y se dirigieron al hotel Los Dos Caminos. Una vez que llegaron, Catalina le puso en las manos de Nicolás un mechón de su cabello amarrado con el listón blanco. A éste le pareció una acción de la más extraña, y cuando estuvo a punto de guardarlo en la gaveta del automóvil, ella le cerró el puño con sus manos.
—Es protección —le dijo ella.
—No creo en supercherías —replicó Nicolás molesto.
—Si se deshace de él grito —dijo ella.
Nicolás la miró y percibió en su mirada un devaneo axiomático que prefirió no contradecirla.
—Está bien, con tal de que me dejes en paz —le dijo él.
Dicho esto, se guardó el mechón de cabellos en el bolsillo derecho de los pantalones y se bajaron del automóvil. Mientras subían los peldaños de las escaleras, Catalina le comentó a Nicolás por todo lo que ha pasado Orlando desde su llegada al hotel. En esas estaban cuando al subir el último escalón, Nicolás escuchó la voz de Orlando.
—¡Nicolás! —gritó Orlando—.
Estaba a mitad del pasillo, y se había rasurado el bigote y la barba con un rastrillo usado que encontró en el lavabo del baño. Tenía la ropa parcialmente húmeda después de darse una reciente ducha sin secarse el cuerpo por falta de toalla. Trasnochado por la inclemencia de los pensamientos fúnebres, y sentía una opresión en el pecho que presionaba con su mano derecha, como sosteniendo la lanza de un enemigo invisible. Nicolás le dio un abrazo como si no se hubieran visto en tres años, que hasta dejó caer el bastón en el suelo. Catalina se lo recogió y entraron a la habitación los tres. Se sentaron en el borde de la cama a falta de sillas, y empezaron a platicar. Nicolás puso al tanto de la situación a Orlando, pues leía los diarios todos los días. Le dijo que Remedios padecía leucemia, y que había intentado suicidarse anteriormente con una mezcla de barbitúricos y alcohol; que su familia había muerto en México, en el terremoto de 1985 mientras ella se encontraba de vacaciones en Oaxaca con la única tía sobreviviente; que tenía tres hijos y uno de ellos con labio leporino a causa del abuso del alcohol por parte de la madre; que quiso ser monja en el Convento de la Santa Cruz, pero fue expulsada por mantener relaciones sexuales con un sacerdote; que conoció a un hombre mayor que ella y vivieron juntos durante dos años. Hasta que un domingo de enero lo cambió todo, pues, durante una noche del frío invierno el hombre olvidó apagar la calefacción, mientras Remedios se encontraba en casa de la tía, suscitándose la muerte de su compañero sentimental a causa de la inhalación de monóxido de carbono. También le comentó que Remedios acudió con un psiquiatra de nombre Roberto Maldonado, quien después de darle tratamiento, los resultados fueron nefastos, pues se dice quienes la vieron, parecía que estaba como poseída o fuera de este mundo.
Orlando escuchó atento, y no pudo reprimir un sentimiento de compasión. En un principio estaba convencido de que sólo sentía aversión por Remedios, aunque estuviera muerta y enterrada, pero después de escuchar a Nicolás, se sintió redimido de una carga que sólo le causaba lamentaciones. Al igual Catalina, que creía ser la única mujer con un pasado subversivo.
De pronto, Orlando concluyó que Pedro Román ya lo hubiera denunciado a las autoridades desde hace días, puesto que lo había visto leer los diarios en ocasiones anteriores, y aun así, su postura ha sido reticente. Sin embargo, ese silencio ha sido el mejor, o quizás, el único baluarte que lo ha mantenido alejado de cualquier contingencia. Fue así como Catalina les dijo la verdad: <<A ése yo le cierro el pico.>> Orlando pareció leerle la mente, y asintió con una sonrisa y una dulcedumbre que contrastaba con la resonancia de su desasosiego.
Habían venido algunos oficiales de la policía en busca de Orlando, pero Catalina conminó a Pedro Román para que les dijera que no lo conocía.
Nicolás quedó pasmado ante la potestad de una mujer que prácticamente vivía en la calle. Nadie puso en tela de juicio sus palabras, ya que no había otra razón por la que Orlando seguía siendo un hombre libre. Aprovechando el momento, Nicolás adujo con argumentos verosímiles de
—¡Yo no soy rata de ergástulas!
Y se levantó de la cama y se marchó. Dada la situación, a Nicolás y a Catalina no les quedó de otra más que permanecer en la habitación hasta que se le pasara el mal rato. Ciertamente, el carácter indomable de Orlando y su hermetismo nada proficuo eran las características más notorias de su vida. Un contraste de ideas y personalidad en un ser humano arrollado por la desaventura. Pasaron al menos diez minutos, y Catalina salió a buscarlo. Lo encontró en el baño de una habitación desocupada que estaba en el fondo del pasillo. Estaba sentado en un rincón, y se veía más mustio que de costumbre. Catalina se compadeció de él, y le dio la impresión de estar frente a un niño. Le pasó la mano a contra pelo, con tal ternura que fue ineluctable que Orlando dejara rodar algunas lágrimas sobre sus mejillas. Estaba desbocado. Catalina encendió la luz, cerró la puerta, y se desvistió frene a él hasta quedar totalmente desnuda. Y después…, retozaron. A partir de entonces formaron un vínculo de protección mutua. Catalina lo abrazaba y él se dejaba abrazar, le dijo que lo protegería de cualquier peligro. <<Guarda bien el mechón de pelo que te di>>, le dijo ella en voz baja. Orlando asintió, aunque en realidad quiso decirle que se había deshecho de él, y en ese momento sólo quería sentir el regazo de su consuelo. Quería dejarse llevar por el buque de la noche, por la nitidez del momento, o tal vez… lo ilusorio. En ese espacio, donde las palabras no son necesarias. Donde el silencio es una copa de vino para compartir; la excusa para agitar las alas del corazón. Una nave en aguas tranquilas…
El comandante Rafael Quiroga estaba al mando de las operaciones contra los actos delictivos hacia la mujer en la ciudad. Durante los últimos treinta días se tenía la pista de cuatro sospechosos, entre ellos: Omar Pacheco, Narciso Ramos, Orlando Villegas y un cuarto más que no estaba identificado hasta el momento. Rafael Quiroga era un tipo robusto, de tez morena y mirada indiferente, y con un corazón de Nerón. Decidió ser policía a la edad de veinticinco años, cuando su padre fue asesinado por un grupo de rufianes, dándole muerte con una navaja automática en la zona del pecho y el abdomen. Sólo se llegó a capturar a dos de los supuestos incursos. Sin embargo, más que una profesión, Rafael Quiroga encontró un pasatiempo para darle rienda suelta a sus desvaríos, pues disfrutaba hacer perjurios e imputar cargos inciertos a los ciudadanos. En una ocasión, Rafael Quiroga tuvo una fricción con un carpintero que se negó a trabajar para él por el simple hecho de no tener herramientas por el momento. Así que, Rafael Quiroga se lo tomó personal, y le introdujo en su taller seis kilogramos de cocaína. El carpinteo fue vapuleado y encarcelado sin remedio. Es así como la nequicia y la arbitrariedad del comandante incómodo estaba prevaleciendo en la ciudad.
Al día siguiente, martes nueve de octubre del año 2012, Rafael Quiroga recibió la orden de arrestar a Orlando Villegas, quien ya estaba localizado como presunto asesino de Remedios. Aparcaron dos camionetas de la policía afuera del hotel Los Dos Caminos. Orlando se encontraba al fondo del pasillo, en la última habitación, y al escuchar las sirenas de las patrullas sitió en su pecho una trepidación inequívoca de que las cosas marchaban mal. Sin pensarlo, corrió por el pasillo, y al llegar a la habitación número seis se, encerró con el cerrojo de la puerta. Nicolás y Catalina habían salido para traerle algo de comer. Al regresar, quedaron pasmados al ver tantos uniformados afuera del hotel, y arrojaron las bolsas con los alimentos para correr en su auxilio.
Rafael Quiroga y un séquito de seis policías irrumpieron en el inmueble en punto de las diez de la mañana. Varios inquilinos, hombres y mujeres, salieron de sus habitaciones en paños menores. Se hizo una requisa sorpresiva y se confiscaron armas y droga. Algunos inquilinos fueron vapuleados con las cachas de las pistolas. También la presencia de algunas meretrices que se paseaban desnudas por los pasillos de las habitaciones fueron detenidas por los agentes de la policía, no sin antes despertar un paroxismo y la lascivia de los mismos.
La turbación de Orlando, y el fragor que se escuchaba en los pasillos del hotel, lo hicieron perder los estribos, a tal modo de ponerse a gritar.
—¡Soy inocente!
Los gritos se escuchaban a cuatro calles del hotel, y los oficiales acudieron con prontitud afuera de la habitación. Orlando seguía gritando con todas sus fuerzas, con los puños cerrados e hincado de rodillas, y con los brazos abiertos. Su rostro y su mirada estaban transfigurados por una expresión de osadía, por una convicción que nada lo detenía.
De pronto…, el extraño hombre de negro aparece en la habitación y se adentró en el cuerpo de Orlando, sus ojos se tornaron blancos. La vena yugular externa y las demás arterias del cuello parecían querer reventar. La garganta se le empezó inflamar, y empezó a hablar en lenguas extrañas. Se precipitó al suelo como un costal de piedras. Las manos se le engarruñaron, y también empezó a tirar patadas al aire. En esas estaba cuando un oficial le dio la orden de que abriera la puerta, pero Orlando ni siquiera pudo escuchar. Pasados dos minutos de insistir, Rafael Quiroga dio la orden de derribar la puerta. Al entrar, vieron a Orlando convulsionándose y arrojando espumajos por la boca. Dos policías lo sujetaron por los brazos, pero Orlando los arrojó por el aire como trapos sucios y dieron a la pared contigua a la puerta. Estaba implacable. Rafael Quiroga no se tentó el corazón y sacó su escuadra para apuntarle en la cabeza, y sólo la presencia de Nicolás lo hizo desistir, pues se interpuso para protegerlo.
—Ese hombre es inocente —le dijo.
—A un lado o también se lo lleva la chingada —le dijo Rafael Quiroga con determinación.
—Dispara —lo desafió Nicolás—. La justicia es…
En eso, Rafael Quiroga le disparó en el hombro izquierdo, y no lo dejó concluir lo que iba a decirle. El cuerpo de Nicolás se estremeció como gelatina y fue a dar a la pared que estaba a un lado del baño. Dejó una línea de sangre cerca del cuerpo de Orlando. Catalina lo sujetó del brazo y lo llevó afuera de la habitación para sentarlo en el suelo, mientras Orlando seguía convulsionándose. De momento, los oficiales pensaron que se trataba de una artimaña para persuadirlos, pero después notaron un fuerte olor a azufre, y también a alguna sustancia nauseabunda que los hizo convencerse de que se trataba de una posesión. Con lo visto, a Rafael Quiroga y a sus oficiales no les quedó de otra más que permanecer a la expectativa. Catalina estaba consternada, y no pudo sortear la idea de haber suscitado los estragos que Orlando padecía, pues nunca imaginó que su imprecación llegara tan lejos.
Media hora después, Orlando volvió en sí, y dos oficiales lo sujetaron de los brazos para trasladarlo. Sin embargo, un pequeño descuido por parte de los policías lo cambió todo, pues en el momento en que se disponían a llevarlo, Orlando se zafó de los oficiales y corrió hacia la ventana para arrojarse por la misma. Al caer al por el pavimento rodó hasta en medio de la calle, y un camión de transporte que pasaba lo arrolló con tal fuerza que le arrebató la vida en ese instante. Orlando murió sin remedio, y ese fue su último movimiento redimible. Había cerca de veinte personas afuera del hotel, alimentado el morbo y la curiosidad. Y también empezaron a llegar ambulancias y reporteros de las cadenas televisivas. Fue así como Raquel se enteró de lo sucedido mientras veía el televisor de su recámara, cuando llevaban el cuerpo de Orlando ensangrentado en una camilla, su chaleco de cuero, su pantalón y botines negros, y su camisa blanca. Pero sobre todo, cuando un reportero mencionó el nombre completo de Orlando: Orlando Villegas Acosta…
Dos días después, Nicolás fue dado de alta del Hospital San José, tras recuperarse de la herida de bala en el hombro. Tomó un autobús y llegó a su casa en treinta minutos. Estaba abrumado, y decidió no abrir el bazar durante el resto del día. Se sentó en el sillón de la sala, y se bebió una copa de vino, levantó la bocina del teléfono de una mesita de madera que estaba en la esquina, y se disponía a llamarle a Raquel para preguntarle cuando iba a ser el entierro de Orlando, Cuando notó que ella le había dejado un recado en el buzón de voz. Le había dejado dicho que el entierro era a las cinco de la tarde de ese mismo día, y también le dijo que fuera para su casa, pues quería hablar con él. Nicolás checó la hora en su reloj de bolsillo y daban las seis y veinticinco, así que supuso que Orlando ya había sido enterrado, y que Raquel no tardaría en llegar a su casa. Se dio una ducha con agua caliente, pero con la cautela de no dañarse la herida, pues aún sangraba. Para las siete de la noche ya se había mudado de ropa, y a las siete y quince se subió al auto y se dirigió a la casa de Raquel. Ella lo recibió en la sala con un llanto abierto, y con la premura de confesarle un secreto que le oprimía el pecho. Pensó que Nicolás era la persona más indicada para saberlo, pues era el mejor amigo de Orlando.
—¿Cómo es eso? —replicó Nicolás—. Explícate porque no te entiendo, mujer.
—Pues verás —le dijo ella al tiempo que estaba en el sillón, y con la mirada hacia el piso. Todo comenzó cuando conocí a Remedios.
—Entonces, ya la conocías —preguntó Nicolás.
—Así es… —le dijo ella con profunda tristeza.
En efecto, Raquel conoció a Remedios en el momento en que iba a tirarse de un puente, pues le habían diagnosticado cáncer, y desde entonces había buscado la muerte por diferentes medios. Raquel vio en Remedios un resquicio para llevar a cabo sus oscuros planes, y la persuadió de que acudiera con un psiquiatra de nombre Roberto Maldonado. Quien supuestamente la iba a ayudar, sin embargo, fue todo lo contrario. Roberto Maldonado era un pseudomédico psiquiatra que falsificó su diploma para ejercer dicha profesión. Un tipo de mala índole, y que estudió su profesión a medias, y amigo de Raquel desde hace diez años. El caso es que Raquel solicitó su ayuda para que Remedios involucrara a Orlando por medio de su muerte. Y así fue. Roberto Maldonado utilizó la hipnosis para manipular la voluntad de Remedios, posteriormente le mostró una fotografía de Orlando que Raquel le había proporcionado, y le dio órdenes precisas de que se matara frente a Orlando, y sobre todo a solas, y de esa forma involucrarlo en el supuesto crimen. Fue así como la nequicia de Raquel y Roberto Maldonado llevaron a cabo su cometido. Hasta el momento nadie sabía cómo fue en realidad la muerte de Remedios, excepto Nicolás, que al darse por enterado por medio de Raquel quedó petrificado.
—Eso no tiene nombre —le dijo Nicolás con la mirada encendida—. Cómo fuiste capaz de hacer algo así.
—Yo sólo quería que terminara en la cárcel —contestó Raquel. Quería darle un escarmiento.
—¡Eres una vil perra! —gritó Nicolás. Qué clase de ser humano eres.
Nicolás estaba exasperado, y sintió que el pecho le ardía del cólera. Se levantó del sillón, y dejó caer el bastón en el suelo, después, le arrimó tremenda bofetada a Raquel que quedó tirada en el suelo, y le dijo:
—Agradece que no sea otra persona, porque ya te hubiera matado.
Nicolás levantó su bastón, y se marchó con el corazón destrozado. Fue el último encuentro entre Raquel y Nicolás. Ella se quedó tirada en el suelo diciéndose una y otra vez a sí misma:
—Yo no quería que terminara así…
Aunque la muerte de Orlando estaba adjudicada a causas sobrenaturales, Raquel propició los medios para que su esposo encontrara la muerte. Fue algo que Nicolás comprendió a la perfección, y de lo cual, nunca olvidó.
Por otra parte, la muerte de Orlando le causaron profundas tristezas a Catalina, a tal modo de provocarle intermitentes brotes de locura que la hacían confundir a desconocidos de la calle con Orlando. Por fortuna para ella, el gobierno inauguró el Centro de Rehabilitación Para Enfermos Mentales San Ignacio. En el cual, albergaba a más de doscientos pacientes. Al ingresar Catalina, le cambió la vida para siempre, pues se recuperó notablemente, y hasta encontró un enfermero que la quería realmente, pues le propuso matrimonio para un futuro no muy lejano.
Al día siguiente, Viernes doce de Octubre del año 2012, Nicolás visitó la tumba de Orlando. Estaba vestido de negro, y se veía doblegado por la congoja. Se incorporó frente a la lápida, casi trémulo y sosteniéndose en su bastón negro con una actitud ceremonial; después, le dedicó unas palabras:
Siempre he creído que la amistad es un tesoro invaluable, y en verdad fuimos
buenos amigos, aun en las vicisitudes del destino. Tal vez nunca estuvimos de
acuerdo en todo lo que hacíamos o decíamos, pero al final… siempre había algo
que nos unía. Y esas pequeñas discrepancias eran nuestra forma de ser, nuestros
caminos por separado. Quisiera haberte comprendido más, pero ya estoy viejo
para indagar en los dilemas de la vida. Sé que fuiste un buen hombre, con tus
defectos y tus virtudes, y aun así, siempre seré tu amigo. Quisiera haberte apoyado
más, como un padre a un hijo, o tal vez un hermano; pero a veces el destino está
fuera de nuestras manos.
Y dicho esto dejó su bastón sobre la lápida de Orlando y agregó:
Te doy mi bastón, espero que te sirva de algo, porque ya no pienso usarlo. Apóyate en él. Yo no supe apoyarte, en mi pecho hay un estropicio, y no sé cómo remendarlo. Perdóname si no te comprendí, pero hay viejos que solemos ser necios. Y ahora que te has ido, también algo dentro de mí se fue, como las páginas de un libro, y de las cuales, son necesarias para entender el final. Así me siento. Espero que algún día sigamos con nuestras charlas, no importa si no hay vino, me conformaré con seguir siendo tu amigo. Hasta siempre…
“Sobre la lápida de Orlando yace un bastón negro con la empuñadura de plata…”
Fin
Saludos
Me parece que le hace falta un poco de espacio y puntos aparte, en algunas partes se juntan las palabras y hace dificil seguir el cuento, pero en general escribes bien, alguna que otra falta por ahi de orden, poco sè de esto, es lo que me parecio.:rolleyes:
Me gustó la parte que dices "pero es que dan papaya" jajaaj muy buena.
Gracias por tomarte el tiempo de leerme.
Un abrazo y un saludo cordial
¿Qué me pasa doctor?
Buen trabajo Gilberto.
Un saludo cordial y ameno