PARTE 1
Desde hace mucho tiempo tengo la costumbre de tumbarme cada domingo en la cama. Durante una hora me dejo llevar por mis sentidos, observo las manchas del techo dejando que el cerebro juegue con mi imaginación. A veces veo un cocodrilo, una mariposa, e incluso en alguna ocasión he visto una cara deforme que me mira fijamente desde arriba. Quizá sea Dios, mostrándome su verdadera cara, quién sabe. Yo solo le puedo aconsejar que recurra a la cirugía estética, que tire de sus contactos para pedir una cita en su clínica celestial porque yo tengo mejor aspecto un sábado por la mañana con resaca.
No me toméis por un perturbado, aparte de visionar entes en el techo de mi habitación me dedico a hacer balance de lo que me ha ocurrido durante la semana. Sin duda, ha sido una semana tremendamente aburrida: que si una cena con los amigos, que si la programación de la caja tonta es más basura que nunca, que si no puedes ver porno porque el vecino te ha cortado el Wi-fi… Hechos cotidianos, pequeños acontecimientos que forman parte de nosotros sin ningún significado y sin embargo aquí estamos, luchando contra viento marea contra la rutina de una vida cómoda.
Sin embargo, tengo que relatar los hechos de una noche que se podría definir, cuanto menos, anecdótica, loca y esquizofrénica. Nunca he sido una persona que busca los problemas, pero al parecer el caos me tiene en busca y captura, y es que hasta ese jueves por la noche nunca pude imaginar que una chica, una cámara Polaroid y un perro de raza Yorkshire acabarían siendo los 3 ingredientes de una tragicomedia cósmica.
Todo comenzó hace dos semanas en la biblioteca de la universidad. Estaba buscando un libro de Haruki Murakami mientras escuchaba en mi mp3 London Calling de The Clash en un laberinto de palabras impresas en páginas viejas y oxidadas. Alzaba y balanceaba las manos como haría un director de orquesta con su batuta, esperando que mis dedos exhalaran como por arte de magia un ápice de divinidad y finalmente pudiera acariciar al árbol comprimido que estaba buscando.
Mi dedo índice de la mano derecha se paró en seco en un libro de 745 páginas, fondo negro y letras verdes. Mi búsqueda había concluido.
-Al fin te encuentro, pequeño cabrón- le murmuré a la portada.
Mientras estaba absorto por la pequeña victoria pude observar un par de manchas fuera de mi campo de visión. Manchas difuminadas que a medida que se acercaban a mí iban cobrando forma. La mancha nº1 tenía pelo rubio, ojos azules, y un cuerpo ejemplar propio de una universitaria que tenía bien invertidos esas clases de spinning con precios criminales. La mancha nº2 era como una tormenta perfecta, un pelo rojo como el fuego, ojos marrones muy intensos y una generosidad que no le cabía en el pecho. A la vista estaba que ambas féminas eran totalmente opuestas: si bien la rubia vestía con una blusa impoluta de Ralph Lauren y unos vaqueros intactos, el ave fénix llevaba una camiseta rasgada de The Beatles con un John Lennon mostrando su cara abultada con una sonrisa de oreja a oreja por encontrarse en un puesto tan privilegiado como puede ser la teta derecha de una chica de tal calibre. El pobre McCartney tenía que conformarse con el ombligo.
Cuando se pararon frente a mí, Silvia me saludó con gran entusiasmo.
-¡¡¡Hola Daniel ¡!! Cuánto tiempo. Últimamente no te veo en clase.-dijo Silvia.
Me quité los cascos sin perder el contacto visual con mi tesoro recién descubierto.
-Me aburren las clases, esto es más divertido –dije.
-Siempre estás igual.-dijo Silvia con su acento pijo de alta cuna mientras agitaba con soltura su mano derecha- mientras yo tomo apuntes en clase tengo que aguantar las chorradas del profesor sobre Edgar Allan Poe tú te pasas horas en la biblioteca haciendo a saber qué –dijo Silvia.
-¿Tú crees? Yo creo que es más lucrativo pasarme las horas entre los libros que perder el tiempo en clase solo para comprobar cómo el profesor se masturba intelectualmente sobre un hombre con un cuadro clínico depresivo que murió hace más de 100 años –Contesté.
-Pues ya me dirás cómo quieres aprobar el curso, porque nuestro profesor tiene fama de ser muy rencoroso con los alumnos que no están presentes en sus clases.-Silvia se acercó un poco más- Se rumorea que se tiró a un par de alumnas de su clase. Ya sabes. Lo típico para aprobar y subir nota
-Um, entonces yo estoy jodido, aunque seguro que le hago disfrutar al viejo verde si me lo pidiera-dije - Nunca se sabe qué puede pasar por la mente de un profesor de literatura, vivir tanto en fantasías puede sacar lo peor de ti.
-¿Lo dices por experiencia?
-Quién sabe, igual un tipo como yo está tan chalado como el profesor.
-Posiblemente sea cierto-dijo Silvia con una sonrisa
-Eres mala- dije desafiante- Te puedes quejar de mi ausencia en clase, pero si quieres aprender literatura la mejor forma de aprender es leer las obras de los autores. No te culpo, si quieres perder tu juventud escuchando a un viejo catedrático sobre el contexto social y cultural del libro tienes mi bendición, pero no me obligues a ir a clase para contar unos ladrillos del techo que ya he contado demasiadas veces.
-Eres muy tonto, ¿lo sabías?-espetó Silvia.
-Lo sé, es parte de mi genialidad. No te lo tomes a mal. Por eso me gusta hablar contigo, porque eres muy inteligente y muy sexy. Eres la femme fatale de la universidad.-dije
La miré directamente a sus ojos azules.Noté que empezó a sonrojarse. Esa pequeña caldera hirviendo que era mi compañera de clase no paraba de reír discretamente, como si se hubiera enterado que el chico más popular del colegio estuviera loco por ella. Mientras Silvia desconectaba emocionalmente me fijé que la pequeña pelirroja. Tenía una mirada algo inocente, pero había algo en sus ojos marrones que un de caramelo recién envuelto en arrogancia. Fue como saludarnos telepáticamente, y con su pequeña mueca me di cuenta de que captó mi saludo.
-¿Quién es tu amiga la rockera?- pregunté .
-Eh, ésta es mi amiga Bea. Acaba de mudarse a la ciudad para estudiar Arte.-dijo Silvia.
Giré la cabeza, y contacté con las pupilas en llamas de Bea. Me guardé el libro y seguidamente le extendí la mano como un saludo cortés.
-Soy Daniel. ¿qué tal?.- dije
-Hola Daniel. Por lo que he podido comprobar vas mucho a tu rollo.-dijo Bea con una sonrisa picarona.- En parte estoy de acuerdo con tu punto de vista. Sobre todo cuando decides saltarte una clase para coger un libro de Murakami. Me encanta ese autor, ¿ te has leído ya algún libro de él ?.
-No solamente me he leído algunos. Me los he leído todos.
-¿Y qué te han parecido?.
-Es un pasatiempo entretenido. Me leí sus obras una temporada en la que trabajaba en la gasolinera de mi barrio. Demasiadas metáforas espirituales para mi gusto, pero no te voy a engañar, me encanta su filosofía y sobre los tejemanejes del destino, pero cuando unas madres cuarentonas recién divorciadas te tiran los tejos casi a diario te digo yo que te replanteas la vida.
-Jajaja, debe ser una pesadilla aguantar todo eso.
- En realidad no me quejo. Hay cosas mucho peores.
-¿Cómo qué?-preguntó la pelirroja
-Por ejemplo, que una chica decida estudiar arte buscando la belleza del mundo. Es perder un talento en potencia.-dije.
No pude evitar sonreir.
-¡Oye, no seas malo!!- dijo Bea.
Me dio un golpecito en el pecho.
- Hay muchas cosas bonitas en el mundo. Sin ir más lejos, ésta ciudad me gusta porque tiene una expresividad que me abruma. Sus edificios hablan, los muros que nos recuerdan la paciencia de un pueblo oprimido, la…-Siguió Bea.
-Si,si,si. Lo he entendido. Belleza por todas partes, captado. Sinceramente, no he visto nada en esta ciudad que se pueda considerar arte. Solo una ratonera donde saciar los vicios carnales de una realidad demasiado edulcorada.
-Igual es que no has encontrado a la chica adecuada para que te enseñe.
-Quizá…
Ante el clímax místico de la conversación, Silvia se quedó mirándonos, dándose cuenta de que cada vez sobraba más en la conversación. Sin embargo siempre fue una chica que debía tener toda la atención, y éste instante no iba a ser una excepción. Así que con algo de malicia y decidió cortar por lo sano para romper el hechizo.
-Bueno Bea- interrumpió Silvia- Nos tenemos que ir, no querremos perder el autobús, ¿verdad?.
-Pero si aún nos queda media hora por lo menos.
-Si…pero…es que estoy muy cansada. Y no me apetece ir corriendo a última hora.
Bea y yo nos dimos cuenta al instante de qué juego perverso estaba jugando la rubia empollona. Bendita cortesía, que útil y que cabrona eres en ocasiones. Esas prisas fingidas por mi querida compañera de clase era la bandera de cuadros que indicaba que el coqueteo se había acabado. Game over.
-Bueno, no os interrumpo más. Yo me voy a casa. Que mi perro no se pasea solo-Dije.
Nos dimos un pequeño pero sutil apretón de manos.
-Está bien-dijo cabizbaja-. Ya nos veremos.
Las dos se dispusieron a irse por el cementerio de libros cuando, para mi sorpresa, justo antes de cruzar la puerta, Bea dio media vuelta y se acercó corriendo a mi lado.
-Oye Daniel, ¿te gustaría que quedáramos un día para enseñarte la ciudad?...No por nada en especial…sino porque quiero que recuperes tu Fe en el arte.
-Mmmmm, te diría que soy una causa perdida, pero mentiría si no te dijese que me encantaría que perdiéramos juntos el tiempo.
-Muy bien- Dijo Bea irradiando pequeños destellos de felicidad inesperada- Bueno, aquí tienes mi número. Llámame.
No pude evitar quedarme plantado como un gilipollas mientras contemplaba como se marchaba escaleras abajo mientras sostenía un fragmento de papel con su número de teléfono y los labios marcados con carmín con su ligero toque de purpurina. Sin duda, esto iba a ser una jodida obra de arte.
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2ªParte
No voy a malgastar mi tiempo hablando de cómo fue la cita. No vale la pena saber quién estaba coladito por quién, quién fue el primer chico que la desfloró ni siquiera cuál fue el motivo por el que yo la atraje. Puedo comentar que hubo un poco de risas, café Latte y una charla que comenzó con un tema como es la decadencia de la humanidad en nuestro sistema occidental ,de cuya conclusión extrajimos que su perrito recién adoptado era el más mono de todos. Sería malgastar páginas inútiles en pequeños detalles que no tienen relevancia alguna. Lo único importante fue el final de éste pequeño teatrillo.
-Me ha encantado ésta discusión dialéctica. No es sencillo encontrar a un chico que entienda de cosas que a mí me gusten.- dijo Bea.
-Considérame como un amante ignorante que sabe un poco de arte- dije- Siéntete orgullosa, me has devuelto algo de Fe en la humanidad. Que una estudiante de arte pueda sentarse conmigo para hablar de los temas transcendentales del ser humano es algo que me inquieta y que al mismo tiempo me alegra. Considérate una chica especial.
El peloteo y yo nunca hemos sido buenos amigos, pero las personas, en cualquier momento de su vida, necesitan que alguien reconozca sus cualidades, que les digan que tienen “algo” que les diferencie del resto y que les haga especiales. Esta pelirroja era una de estas personas.
-Me alegro mucho de haber pasado la tarde contigo- me dijo sonrojada.
Se paró a mirar el cielo un momento y yo la acompañé en el gesto. El Sol se estaba preparando para desaparecer, podíamos observar cómo la luna se preparaba para ocupar su puesto.
-Oh, oh. Se está haciendo muy tarde y estoy empezando a tener algo de hambre. ¿Tú no?
-Yo no tengo mucha hambre, ese helado de fresa me ha dejado las papilas gustativas sin sensibilidad. Algo así como una muerte cítrica.
-Daniel, no tengo a nadie en casa. Podríamos cenar juntos y seguir discutiendo sobre los temas mundanos.
Sentía que había un juego de dobles intenciones en esta afirmación.
Llamadme avispado, pero creo que se trata de una indirecta bastante clara. En estos momentos de duda, lo mejor es mandar a tu cerebro a que se tome unas copas y dejarse llevar por una pelirroja hasta su pequeño piso de jengibre.
-Está bien, si no hay más remedio iré a tu casa. Pero nada de cosas precocinadas, tenemos que nutrir nuestra sesera con buena comida italiana.
-Molto Benne.- dijo Bea.
Llegamos al portal de su piso. Era un edificio demacrado, seguramente de principios del siglo XX que parecía que seguía de pie por intervención divina, porque su descolchada fachada roja suplicaba por un derribo masivo. El rellano olía a una mezcla entre lejía y alcohol. Cuando eché un vistazo a las escaleras pude comprobar por qué: una mujer de unos 50 años con el pelo azul sujetado con rulos multicolor no paraba de mirarnos mientras agarraba la fregona y el cubo donde vertía su producto de limpieza definitivo. No sé de donde se sacó la botella de JB, pero le dio un par de tragos muy generosos y luego lo mezcló con la lejía del cubo. El efecto aturdidor provocado por el hedor de unas baldosas borrachas como cubas se estaba empezando a colocarnos.
-Ésa es la vecina del quinto, está como una cabra-susurró Bea.
La del quinto bautizó dicho producto como “el asesino de bacterias”, un título que sin duda, cumplía lo que prometía. Como la mujer siguiera echando más alcohol caro en esa quimera química, el ser humano sería la próxima víctima.
Después de este sufrimiento sensorial subimos en el ascensor hasta llegar al tercer piso, donde se encontraba posiblemente la tierra sexual prometida. Bea me paró delante de una puerta recién pintada de azul, algo que perfectamente podría haberlo pintado el mismísimo conejo del país de las maravillas. En este caso el conejo que la pintó era de un rojo pasión, y al parecer también tenía mucha prisa para que me metiera en su madriguera.
Una vez dentro de su guarida, pude observar una hilera de maniquíes a lo largo del pasillo. He de confesar que los maniquíes siempre me han producido cierta intriga, son la sombra de un alma carente de rostro y alma, cuya simulación de abrazo se me antoja como una especie de grito por absorber nuestros pecados. Después de esquivar no con poca tranquilidad a los cuasi-humanos llegamos a una sala de estar decorada con lienzos que reflejaban paisajes inexistentes, trazos inacabados de una persona que buscaba una inspiración desesperadamente. Por suerte para Bea, la inspiración acababa de cruzar su puerta.
-Bueno, ¿ qué te parece mi pequeña morada?-dijo Bea.
-Sinceramente, quitando a los maniquíes disfrazados de las tribus indígenas del Amazonas, el resto me parece muy original. –dije- ¿En qué estás trabajando ahora?.
-Estoy investigando sobre el control y el efecto de la tiranía sobre el individuo.
-¿Quieres decir…figuras carismáticas y autoritarias?
-Exactamente. Me parece muy interesante, muy digno de estudiar. Digamos que es por el bien de la humanidad. Igual necesito que me eches una mano después.
-Mientras no me obligues a posar desnudo como modelo de tus dibujos artísticos nos llevaremos bien.
-Entonces será una lástima, sería un gran perjuicio para la humanidad-dijo.
Sinceramente, no entendía qué bien podría conllevar estudiar a esos pequeños cabrones que han destruido civilizaciones por unas doctrinas inútiles. Pero qué le vamos a hacer, ya conocéis el dicho: no juzguéis si no queréis ser juzgados, yo no era el más santo para juzgar a nadie.
Fue entonces cuando entró en escena un pequeño némesis peludo que se camuflaba en un disfraz canino de raza Yorkshire. Se quedó plantado en la puerta de la cocina mirándome fijamente como lo haría un padre sobreprotector con su hija en plena efervescencia adolescente. Empezó a gruñir, enseñando los dientes que decían que era el Rey de éste reino de lienzo y pintura acrílica. No estoy en contra de todos los perros, solo de los que me tocan demasiado la moral.
Bea lo recogió y empezó a hacerle cosquillas como si fuera uno de sus peluchitos. El perro hacía amagos de felicidad cuando su ama le aplastaba cariñosamente entre sus pechos, pero de reojo me lanzaba miradas amenazantes y me gruñía furiosamente.
-Estas tetas son mías, cabrón-pensaría el perro.
-Hijo de puta, ya cambiarán las tornas- pensé.
Cruzamos miradas al puro estilo Clint Eastwood durante unos 10 segundos.
-Se llama Mick Jagger. Ya sabes, en homenaje a los Rolling Stones.-dijo Bea.
- ¿Ah,sí? Yo habría apostado por Atila,rey de los caninos.
Cenamos unos raviolis en la sala de estar, rodeados de todas las variopintas imágenes de la futura artista que tenía a mi lado. Era algo presuntuosa pero había que reconocer que tenía un talento natural. Mientras estábamos los dos juntos en el sofá asestándole puñaladas al plato de pasta con los tenedores de plástico no podía parar de observar algunas fotos en las que ella era la protagonista de la función: Roma, París, Perú…sin duda ésta chica tenía mucho mundo recorrido, es algo a lo que me gustaría llegar algún día. No pude evitar darme cuenta de que las fotos no eran de una calidad excelente típica de las cámaras digitales de hoy en día: Que si objetivo con zoom óptico, que si filtros de color, formas y formas de sacarnos el dinero fotograma a fotograma. Aun así, las fotos, sin ser geniales en calidad, su propia imperfección rebosaba de perfección.
-¿Qué estás mirando tanto, Daniel? ¿Cotilleando mis fotos?
-Más bien, estaba pensando con qué cámara las hiciste. Tienen un toque muy personal.
-Sin duda eres una persona muy perspicaz.
-Soy el príncipe del Kodak.
Bea se levantó y se perdió en su cuarto unos instantes, mientras yo miraba al infinito intentando adivinar cuál sería la próxima jugada de un pobre servidor. Antes de que yo pudiera dibujar un pequeño esbozo de mi plan, la pelirroja se sentó a mi lado portando una cámara que era como la bondad: se hablaba mucho de ella pero ni puta idea de dónde se encontraba.
-No sé si te suena, pero ésta cámara es ni más ni menos que una Polaroid. La retiraron del mercado hace unos años.- dijo Bea, haciéndome una foto al mismo tiempo. El fogonazo de luz penetró en mis pupilas, quedándome ciego durante unos segundos.
Enseguida vi cómo la cámara paría una foto de sus entrañas, mostrando a un individuo con cara de simio retrasado con un desenmarañado pelo negro enganchado a la cabeza.
-Jajaja, estás muy guapo.
-¿Lo dices en serio?.
Miré con recelo a ese impostor la foto.
-Voto por quemar ésta foto ahora mismo.
Le arranqué la foto de las manos y me dispuse a ir a la cocina para coger un mechero. La pequeña artista me siguió por toda la sala intentando quitarme la imagen que ha robado mi alma impura. Después de un minuto de forcejeo nos dimos cuenta que estábamos jugando como dos niños en el patio del colegio, un juego que hacía estallar por todos poros de nuestra piel el deseo de dos personas diminutas como nosotros. Finalmente ella me cogió por la espalda, y antes de que me quitara la foto, me di la vuelta y me quedé mirándola a los ojos durante unos segundos. Nuestros labios estaban a un infinito de 3 centímetros, el silencio y la distancia embaucarían a cualquier navegante a abandonar el barco al encontrarse con una misión prácticamente suicida. Yo siempre me he considerado un inconsciente. La cogí de la cintura y la besé. No sé qué fue de la foto, sólo sé que mis manos estaban ocupadas tocando el culo de una escultura ardiente.
Ella miró mi dulce bayoneta y me di cuenta que en ese momento no existía mundo, no existían cuadros, ni siquiera la música era parte de juego.
-Solos tú y yo.-dijo Bea
Yo no soy un tío que me guste dar órdenes, y en este caso aunque mis ganas de poseerla se escapaban de mi entendimiento fue ella la que jugó a las caricias mientras me así el pene, pasándose la punta de todo mi ser por partes de su cuerpo que le despertaban su fiera más innata. Siguió jugando un poco más hasta que noté que estaba preparada. Dejó que entrara dentro de ella, exhalando de su diminuta boca una mezcla de risitas de niña inocente y gemidos propios de una mujer adulta. Seguimos así durante unos minutos, dejando que la música de fondo nos guiara por los círculos del infierno. El pobre Dante debía estar sufriendo por nuestras almas, pero si le hubiera tenido a mi lado le habría dicho dos cosas: 1- ¿quieres probar?. 2-Todos vamos a acabar en el infierno de todas formas. Entonces, en pleno culmen de la lujuria, Bea se apartó un momento, y se acurrucó en una esquina de la cama respirando lentamente y sonriendo del placer carnal que le estaba proporcionando un joven de 24 años que hasta hace un par de días no era parte de su mundo.
No pude evitar la confusión, ésta chica seguía siendo un misterio sin resolver .Mis engranajes bicéfalos estaban obstruidos y mi polla me miraba preguntándome qué hacer. Bea se me acercó como una gatita apunto de coger su presa. Se acercó a mi oreja y me susurró :
-Me gustaría que probáramos algo.
-¿De qué tipo de “algo” hablamos?-dije.
La falta de riego sanguíneo en mi cabeza no me dejaba pensar con claridad.
-¿Te acuerdas de que estaba haciendo un estudio sobre figuras carismáticas y totalitarias? Pues, la cuestión es que, quiero investigar contigo. Será divertido.
Cuando una chica que recién acabas de conocer te propone un juego sexual posiblemente poco ortodoxo tienes que plantearte durante al menos 10 segundos si vale la pena correr el riesgo. 1 segundo…2 segundo…Mi cabeza dijo sí, mi polla dijo Sí, mi boca dijo Sí. Hubo unanimidad. Ante mi afirmativa, mi posible esclava sexual se dirigió al armario estilo años veinte que había adquirido en un rastrillo en París. Comenzó a buscar lo que yo suponía que era una vestimenta que incluía cuero negro, esposas y látigos con tachuelas. Pero he aquí mi sorpresa cuando sacó dos uniformes, dos casacas de los protagonistas y a su vez enemigos más recordados de toda la historia bélica contemporánea.
-¿Me estás pidiendo lo que me estás pidiendo?
-Yo creo que estamos pensando lo mismo mi pequeño dictador.
-Es decir, me estás pidiendo que me vista de Hitler y Stalin.
-No, no te pido eso. Quiero que folles como Hitler y Stalin.- dijo.
Mientras se acercaba a la cama sacó la Polaroid, era la guinda del pastel bélico.
-Para que conste parte en la investigación utilizaré la Polaroid que tanto te ha gustado. Vamos a hacer historia, Daniel.
-Si…un pequeño paso para el hombre, un gran paso para mi polla.
Durante toda mi vida me han pasado cosas espectaculares, deprimentes, deplorables y raras, pero sin duda, ésta se llevaba la palma. En parte es culpa mía por creer en éstos romances de cuento, en esas princesas bien educadas a la espera de que subas a la alcoba en su día de bodas para que la alivies de la prisión del puritanismo. Pero ni en mis sueños más perturbadores me habría imaginado a mí una situación tan surrealista. Ante éste dilema existencial y político, tenía que repensarlo de nuevo durante 10 segundos. 1 segundo…2 segundos… Mi cabeza dijo sí, mi polla dijo sí, mi boca dijo sí. Qué le vamos a hacer, si para cumplir los sueños de una joven futura promesa tengo que vender mi alma, no tendré ningún inconveniente en compartir los chupitos con el diablo.
Y ahí estaba, en mitad de “la investigación” viendo como Kurt Cobain, Freddy Mercury y John Lennon contemplaban la escena totalmente descompuestos. Yo les miraba, colocaba las manos como un monaguillo rezando para suplicar mi redención, mientras le estaba dando por detrás a una comunista vestido de Hitler (bigote incluido), mientras Bea me cegaba con los destellos de luz de esa máquina infernal llamada Polaroid.
Finalmente, cuando acabamos los dos caímos rendidos bajo los brazos de Morfeo en la cama después de librar la segunda Guerra Mundial arropados por una sábana fotos de dudosa reputación. Cuando abrí los ojos Dios me estaba apuntando con su linterna más potente a través de la ventana de la habitación, un nuevo día había llegado. Bea estaba durmiendo como un angelito, ignorando que nos pasamos de largo la autopista del infierno. Me quedé mirando las caras de mis ídolos y no tuve más remedio que decir:
-Perdonad por los posibles traumas que hayáis sufrido, pero no he hecho nada que no hayáis probado vosotros primero. Así que, mis respetos- dije señalando el techo.
Después de permanecer un rato en el lecho, mi estómago empezó a rugir. Estaba exigiendo el primer café de la mañana y yo necesitaba hidratación. Intenté zafarme de Bea, cuyos brazos me tenían cautivo. Después de escapar como un hijo bastardo de Tomas Crown me puse las botas militares de Hitler, pasando de la idea de ponerme algo más ropa que mi propia piel. Me dispuse a girar el pomo de la puerta cuando una voz al fondo me susurró:
-Mmmmm Daniel, Buenos días…¿Podrías hacerme un café?.-Dijo Bea.
-Claro, iba a prepararte el café
-Pon algo de música, así me voy despertando poco a poco…
Dicho y hecho. Cogí su mp3 y lo coloqué en los altavoces portátiles para que sonara por todo el piso. Elegí una canción al azar y empezó a sonar Lust for Life de Iggy Pop and the Stooges. Sin duda, ésta chica tenía un alma oscura, pero no cabía duda de que su gusto musical era excelente. Así fui hasta la cocina, desnudo, calzado con mis botas militares, dejando que mi miembro viril hiciera de metrónomo ante el estruendo de la batería. Encendí la cafetera y mientras se calentaba me dio tiempo a buscar un cigarrillo y darle un par de caladas hasta que el pitorro de la cafetera empezara a gritar que el café estaba listo. La canción estaba alcanzando su punto álgido ,al igual que mis ánimos . Agarré una taza cuyo lomo estaba decorado por la frase : The best cock in the world. Cara a la encimera de la cocina me puse el café al ritmo de Iggy, sin que se derramara ni una gota de esa bendita cafeína colombiana.
-¿Lo ves pequeñín? Te dije que no tenías ninguna oportunidad.-dije.
Durante ese cruce de miradas le dí un sorbo al café.
- Ahora desaparece de mi vista.
Entonces el perro empezó a gruñir con una rabia únicamente comparable con la de un dragón que se había dado cuenta de que un gilipollas en pelotas había entrado en los muros de su castillo y mancillado a su dama. Lo peor de todo no era el hecho de cómo rugía, ni siquiera del tamaño de sus pequeños y afilados dientes. Lo que más me inquietaba era hacia qué zona de mi cuerpo estaba contactando visualmente con sus ojos inyectados en furia.
Fue en ese preciso instante cuando me percaté que el hecho de ir con la salchicha colgando por una casa desconocida con un perro cabrón no era tan buena idea como parecía en un principio. Empecé a moverme lentamente hacia los lados, pero el jodido York Shire no paraba de mirarme la polla. Me temía lo peor. Noté que el tiempo se paraba durante unos instantes. Ante un duelo de esta índole hasta el mismísimo John Wayne se retiraría a pastar vacas al establo.
-Ahora estamos solos tú y yo.-pensó Mick Jagger.
-Glups- dijeron mis pelotas.
En cuanto pestañeé el perro se lanzó sobre mis partes más nobles, intentando desayunar al estilo americano mientras botaba como si tuviera unos muelles en sus diminutos pies. Mientras Iggy Pop seguía cantando, el perro mordía en las alturas y yo gritaba esquivando unos dientes que cada vez se presumían más próximos.
-Joder, joder ,joder.- gritaba.
Con mi virilidad en juego dí vueltas por todo el comedor con la taza en la mano sin derramar una sola gota de café.
Entonces Bea únicamente con sus braguitas salió de su santuario y vio la persecución al estilo Benny Hill con rock de fondo. Tuvo que frotarse los ojos unas tres veces para darse cuenta que no era otro sueño erótico formado por un dictador, era una situación jodidamente real.
-¿Pero qué cojones estás haciendo Daniel?- gritó Bea.
-¿ No lo ves? Mick Jagger me quiere morder la polla. ¡Joder,joder, joder!- grité.
Giré por la esquina del sofá por vigésima vez en esa mañana.
-Para de una vez Daniel, para de correr.
-¿¿Tú estás loca?? No pienso dejar que éste chucho se coma mis pelotas –seguí gritando.
Finalmente conseguí algo de ventaja con respecto Mick Jagger, nos separaba una distancia considerable. Fue cuando sabía que se acercaba el final, era él o yo .
Si tuviera que confesar que pasó realmente mientras el perro venía corriendo hacia mí corriendo como alma que lleva el diablo, diría que yo era un pobre inocente que quería conservar la poca dignidad que le quedaba. Si tuviera que confesar realmente qué pasó realmente durante esos instantes en los que Mick Jagger estaba suspendido en el aire con la boca abierta con la justa medida de lo que en unos instantes iba a ser su presa más codiciada ,diría que estaba acojonado de miedo. Si tuviera que confesar qué pasó realmente durante ese instante en el que mi pie contactaba de pleno con la cara de Mick Jagger cuya combinación de dureza y fuerza de las botas nazis provocó cuanto menos que el canino saliese disparado estrellándose en las fotos artísticas de Bea, en mi defensa diría que el cabrón se llevó su merecido.
Allí estaba Mick, tendido en el suelo gimiendo dando lástima auxiliado al instante por su ama legítima. Pude contemplar cómo se dejó llevar lentamente al nirvana de sus pechos, atisbando un pequeño gesto de felicidad. Me miró a los ojos esta vez. Yo le devolví la mirada desafiante, hasta que Bea salió en defensa del diablo de cuatro patas.
-¿Tú qué coño estás mirando? Estás como una puta cabra. Lárgate de mi casa.
-¿Pero qué cojones dices? ¿Que aquí el loco soy yo? Si soy el puto Hitler, por el amor de Dios. Deberías dejar de…
A partir de aquí recuerdo vagamente lo que pasó. Gritos, ladridos, ropa tirada al rellano, un tipo sentando en el rellano en calzoncillos portando en sus brazos la ropa que ahora consideraba extraña, unas botas nazis y un olor a asesino de Bacterias que echaba para atrás. Mientras seguía sorbiendo el café de una taza convertida en souvenir, no pude evitar en recordar una de mis reglas: las cosas malas pasan de tres en tres. En mi caso, fue una perturbada pelirroja, una polaroid y un tal Mick Jagger. No sé si era el surrealismo de la velada, no sé si era por el encogimiento de mis pelotas, no sé si era el del desinfectante, pero no pude evitar escupir el café por las poderosas carcajadas que surgían de mis pulmones.
Me recuerdas al Bukowskii underground, cañero y nacional, o sea, nuestro, cercano.
Repito, muy bueno.