A veces recuerdo aquellos silencios como huecos espacios en el tiempo. Una queja suave ante mi requerimiento y luego los gemidos de toda la vida. Siempre te gustó verbalizar el erotismo. Siempre te gustó darle sonido al placer. Y más cuando te diste cuenta que a mí me complacía que lo hicieras.
No sé cuánto tiempo pasó. Acaso diez o quince años, la verdad es que me cuesta recordarlo. El giro del siglo no me deja hacer bien las cuentas. Antes era más fácil, claro. No había nada más que sumar y restar al año 1970. Ahora me resultan más difíciles las cosas. Este nuevo milenio no es para mí, yo soy un hombre del pasado.
Pero volviendo a tus gemidos: no sabes cuánto placer me has dado con ellos. La primera vez en aquel hotel no voy a olvidarla nunca. Tu cuerpo desnudo ondulaba en la cama y tu piel era la seda más preciosa del mundo. El cuarto estaba en penumbras y en la esquina opuesta una luz indecisa te iluminaba de a ratos, como un relámpago. Era el cartel luminoso de una tienda de ropa de moda, justo frente a nuestro cuarto de hotel. Y me atrevo a decir “nuestro” porque tú misma me lo has escrito en una carta. En aquel tiempo yo tenía dotes instintivas para no hacer ni amigos ni aliados.
Y no sabes el precio que he pagado por la soledad.
Siempre respetando tus tiempos y tus necesidades personales.
Es que nadie ha sido como tú en mi vida. ¿Recuerdas esa vez en aquella reunión? Todo el mundo se puso a hablar al mismo tiempo. Y nosotros escapamos juntos al último rincón, a la última bohardilla y al último rellano. Y te toqué donde más te gustaba y tus gritos y tu respiración agitada fueron casi un escándalo. En fin, son cosas del pasado, y ni siquiera sé porque me pongo a recordarlas.
Hoy mi esposa Molly Lane ha muerto a los cuarenta años.
Molly nunca aceptó mi obsesión contigo. Era menor que yo y me casé con ella para tener hijos, pero ni bien se dio cuenta del profundo magnetismo que nos unía me pidió el divorcio.
Ahora las aguas corren más mucho más calmas.
El giro del siglo ha quedado atrás como quedan todas las cosas de este mundo. Y aquí me encuentro yo, en la penumbra de mi cuarto, sintiendo cada centímetro de tu piel en mis manos y escuchando cada uno de tus gemidos como si el sonido me traspasara el alma.
Ya te lo dije.
No sabes el precio que he pagado por mi soledad.
Tú has estado en mi recuerdo imposible en el devenir de los meses, de las semanas y de los años; es algo que no puedo evitar.
Y mientras tanto el tiempo transcurre como en un cuentagotas.
Cada gota que cae es un suspiro. Cada gota que cae es un gemido. Y tu piel y mi piel juntas, buscando quien sabe qué eternidad.
Solo tengo una certeza.
Nunca te voy a olvidar.
Comentarios
Hay amores que jamás se olvidan, por mucho tiempo que pase.
Un saludo desde el sur.
Y sobre todo que bien lo verbalizas tú.
Parece que uses un almirez que mezcla pasado y presente, ayer y hoy, una amalgama mezclada con maestría y literatura.
¡Ay! ( eso fue un suspiro grande de lectora agradecida)